CAPÍTULO TRES #2
Las polillas se prendieron en llamas, el calor sofocó sus lamentos y no pudo más que agitar las caderas.
Pronto su falda quedó enroscada en su cintura, y su blusa fue abierta por las agiles manos de su jefe que, botón a botón, expuso su escote prominente.
Airi gimoteó, lo tocó con delicadeza, pasó las uñas por su cuero cabelludo, por su espalda ancha, y movió las caderas en busca de aquello que se le fue negado cuando Máximo subió a su oreja para tocar su punto sensible.
―Dime que me detenga, dime que no quieres ser mía y me alejaré ―musitó contra su oído con la voz ronca como en un sortilegio.
Lloriqueó, enredó los dedos con su cabello rubio y lo atrajo con suavidad a sus labios, de los que se prendió para desconectar su racionamiento de una vez por todas.
La boca masculina no tardó en descender, esa vez acompañada de sus manos que manipularon su cuerpo.
La empujó contra los archivos, la tocó sin recato, con dureza, tanta, que supo que dejaría marcas, sin embargo, sus acuciantes súplicas no hicieron más que alentarlo a que la tocara con más exigencia.
No tardó en abrirle la camisa, en sacar sus tetas por el escote del sujetador, mismas que fueron sobrecogidas por sus manos, por la dureza de sus palmas y la solidez de sus dedos que pellizcaron sus pezones, los estiraron y maniataron hasta que su boca los acogió.
Succionó sus perlas rosadas, los torturó con su lengua, para después mordisquearlos y enviar mil rayos eléctricos directos a su centro, para aumentar el campo magnético y encender cada uno de sus nervios.
Lloriqueó, y trató de llamarlo para que se detuviera, para que controlara sus deseos antes de que creyera que fue muy lejos, antes que pensara que tenerla era un error.
No se suponía que debía ir tan rápido, que bajase la mano para abrir sus piernas y meter la mano para tocar su humedad.
Negó apurada, sus manos afianzadas, la una a su cabeza y la otra a su hombro, pero ni siquiera pudo abrir los ojos, mucho menos ponerse de acuerdo con su cabeza para delimitar hasta dónde debía llegar.
Sus gemidos quedaron sepultados con cada nueva lamida, con cada succión en la que se llevó fragmentos de su control, hasta que no pudo más cuando Máximo se hincó a sus pies, cogió su pierna derecha y la besó desde la rodilla hasta la cara interna de su muslo.
Sus ojos se encontraron, los grises encendidos como acero fundido, mientras que los suyos se rasgaron al tratar de mantener la compostura.
Él lamió su piel con provocación, y llevó la nariz hasta sus bragas mojadas.
―Aun no lo has dicho ―indicó al tutearla, mientras las manos masculinas masajearon su trasero, sus senos y todo su cuerpo.
Parpadeó sin comprenderlo, con el cerebro espeso y lo miró entre las pestañas largas y risadas.
Máximo se perdió en su expresión, en la indefensión de su cuerpo, en su piel sonrojada, desde las mejillas hasta su precioso escote, tenía los labios entreabiertos y al fin pudo ver su verdadero color, el mismo rosado de sus pezones y apostó que sería el mismo de su vagina.
Se relamió con apetito y, sin aguardar a que lo detuviera, porque ya no pudo más con el dulce aroma que brotó de su sexo, hundió la cara entre sus piernas para inhalar su esencia y terminar de romper su decencia.
No le importó nada, solo necesitaba degustar su sabor, incitar aquellos gemidos femeninos que lo engatusaron, y hacer que el suave cuerpo de su asistente tiritase hasta que colapsara.
Sacó la lengua y probó las braguitas empapadas, el pequeño rectángulo de seda de la prenda que se impregnó con su lubricación e hizo que todas sus papilas gustativas estallaran de emoción al sentir su candor.
Gruñó, la tomó con fuerza hasta enterrarse en su sexo. Lamió una y otra vez, como si de una deliciosa paleta se tratase, espoleado por sus deliciosos gimoteos, por sus temblores pecaminosos y por sus afiladas uñas que acariciaron su cabeza, su nuca y su espalda.
Pero quería más…
Con prisa, cogió las bragas de encaje y las reventó con sus propias manos, ni siquiera sintió cuando la tela se encajó en sus dedos, ni le importó cuando ella le incrustó las uñas en la cabeza. El mundo se eclipsó cuando la visión de su coño perlado lo atrajo.
Y no pudo más, la abrió bien de piernas, con ambas sobre sus hombros, la cargó contra su rostro y se comió su coño.
Lamió, succionó y jugó con su clítoris, se hizo con sus pliegues, se aprendió el mapa de su sensibilidad y mordisqueó sus labios que luego chupó para bajar la deliciosa irritación que incitó los gemidos femeninos que rebotaron en su cerebro.
La vibración lo anunció, así como las palpitaciones que consumió con la boca, el dulce néctar de su vagina se precipitó contra sus labios.
Ofuscado ante la inminente llegada del orgasmo de su secretaria, lamió y succionó su clítoris, mientras su pulgar se coló desde su cadera para alcanzar el duro botón y remplazar a su boca para que esta bajase y se encontrara con el tembloroso agujero de su exquisita vagina.
La escuchó suplicar, llamarlo por su nombre y gemir cada vez con la voz más suave y delicada.
Airi enredó los dedos con su cabello, lo llevó contra su sexo, y aquel último gesto desató su lascivia y no pudo más que meter la lengua en su estremecido interior que convulsionó contra su rostro en violentos espasmos.
Los gimoteos como música para sus oídos, y los latidos que apresaron su lengua sirvieron para que aumentara el movimiento de su pulgar sobre el pequeño clítoris mientras se comía su feminidad con hambre rapaz, hasta que la lubricación goteó sobre su barbilla y con una aspiración delicada su hermosa secretaria se desplomó sobre sus brazos.
Lamió sus pliegues, la limpió con su lengua y bajó sus piernas cuando Airi quedó laxa contra su cuerpo.
Con suavidad la dejó sobre el suelo y la admiró con tiento.
Estaba más preciosa que nunca, con la ropa mal acomodada, la piel sonrojada y humedecida por el rocío de su excitación, los labios hinchados y dulces, los ojos cerrados con las pestañas descansando sobre sus tiernos pómulos, los pechos expuestos, esas deliciosas tetas que se imaginó en su boca varias noches, con la falda enroscada y las braguitas a media pierna, rotas, y la vulva enrojecida por sus caricias, le pareció la estampa más erótica que alguna vez admiró, casi como si se tratase de un milagro, de una estatua que solo él tenía derecho a ver.
Era una diosa, un ser celestial enviado para corromperlo, para calentarlo, para ser tomado por cada parte de su ser…
Sus pupilas se empequeñecieron antes de dilatarse ante un destello de entendimiento. ¿Era eso…?, ¿era así como estaba pensando?
Se relamió, el regusto de su sexo lo embriagó. Necesitaba más, quería tenerla por completo, quería que ella se doblegara, que aquella expresión de entrega y desamparo solo la viese él, que solo la pusiera cuando él la tomara, cuando la penetrara, cuando…
Se acercó a su rostro, alzó su bonita barbilla con delicadeza y esperó a que sus ojos se abrieran con dulzura para admirarlo como si fuese lo único que existía sobre la faz de la tierra.
El pecho se le oprimió, pero la punzada en su polla lo hizo olvidarse de todo para centrarse en lo que más deseaba; en la mujer que había desencadenado su lujuria como nadie lo hizo antes de que sus ojos rasgados bajaran para mostrar su sumisión.
―Si lo quieres, no tienes más que pedirlo. Si te entregas, te daré todo lo que me pidas…
Se embebió con su mirada angelical, con aquella expresión suave en la que ella solo se quedó pegada a sus pupilas.
―Si estás dispuesta a ser mía, te enviaré un mensaje con una ubicación, si vas…
―Su respiración se cortó al ver cómo sus labios se separaban y sus ojos se dulcificaban―.
Si vas, serás mía. Así de simple, ¿entiendes?
Si no, olvidaré lo que he hecho y aceptaré lo que me pidas, incluso, aceptaré que me castigues para obtener tu perdón.
Cerró la boca con gravidez y, abrumado con los latidos de su corazón que se enloquecieron al admirarla, retrocedió, soltó su rostro y se alejó antes de perder el norte una vez más para, en esa ocasión, llegar hasta el final, como tanto se lo suplicó su dureza que anheló sentir la suavidad de su vagina en la que quería descargarse una tras otra vez, hasta que no pudiese recobrar la fuerza y finalmente lograse la satisfacción que buscó en todo ese tiempo.
El subterfugio de la oscura mirada de su asistente lo sobrecogió cuando se dirigió al baño en su oficina y se masturbó con desesperación, aun con su sabor, con su aroma y con su mirada en la mente.
Jamás probó algo tan dulce y profano, algo que se sintiera tan bien y, al mismo tiempo, lo hundiera como la peor de las personas.
Y, pese a ello, quería más, mucho más.
La joven y bonita asistente se convertiría en su lascivo secreto, en su amante, en su mujer…