La amante del CEO (PERVERSAS PASIONES) CAPÍTULO TRES
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CAPÍTULO TRES

Paso a paso, escalón tras escalón, pero lo valía. Un hombre como Máximo debía ser tratado con cuido, con tal precaución que la tensión erótica pareciera cosa del destino.

No, él no era como otros que cederían ante la primera mujer bonita que se cruzara en su camino, no es como si nadie más lo hubiese intentado en el pasado, no es como si otras bellezas no se hubiesen acercado para que las mirase, no obstante, los ojos de acero continuaron fijos en la única persona que había cautivado su corazón: su esposa. Y no pensaba apresurarlo.

Máximo era el pináculo de su ardor, no solo por todas las sensaciones que despertó en su interior cuando su aroma se adentró en sus pulmones, por las cosquillas que se esparcieron por todo su vientre y el calor líquido que escurrió de su centro.

Máximo representaba más que un simple cuerpo masculino, que un rostro ardiente y un gesto frío y atrayente, era un hombre complejo, ingobernable, que solo se quedó con la mujer que se supo posicionar a su altura, era el epitome de lo prohibido.

Pero Airi no quería quedarse a su lado, quería tenerlo encima, quería que sintiera que cada fibra de su ser vibraba solo cuando estaba con ella. Lo quería para sí una y otra vez, hasta que se aburriera.

Un hombre como Máximo no podía ser tratado como una simple aventura, pese a que Airi jamás se planteó quedarse con el puesto de su esposa, al contrario.

Que él estuviese casado la emocionó. Que su fidelidad fuese proclamada por todo lo alto aumentó la apuesta. Sí, le gustó que estuviera casado, que fuera leal a su esposa, que sometiera sus instintos y pregonara su decencia.

Entre más se negara a sucumbir a los placeres carnales, más incrementaba su deseo.

El café fue el primer paso, y los demás sucedieron uno a uno, poco a poco, como si fuese mera casualidad.

Como cuando llegó con un agujero en sus medias negras, o cuando se agachó antes de salir de su oficina gracias a que «accidentalmente» dejó caer un bolígrafo y le mostró el delicioso melocotón que tenía por trasero.

No lo hizo evidente, no se acercó a Máximo para que sintiera el aroma de su cabello cuando él le pidió que le explicara cómo había creado cierto informe para resumir el reporte de ventas que entregó el equipo esa mañana.

No fue necesario, no cuando él se movió incómodo y por instinto se aproximó para aspirar hondo y meter su esencia dulce a sus fosas nasales.

Tampoco se arregló el cabello detrás de su oreja cada mañana antes de detallar los compromisos que Máximo tenía para ese día a fin de mostrarle su cuello hermoso, o su rostro sonrojado.

Y mucho menos se dobló el pie al subir las escaleras de un restaurante al que acudieron a una cita con uno de los socios comerciales más grandes que tenía el corporativo en ese momento.

No, en absoluto lo hizo a postas para que el CEO la cogiese de la cintura con sus manos fuertes y la apoyase contra su pecho duro.

La preocupación de Máximo fue real, hasta que sintió su cuerpo frágil y femenino, hasta que las cosquillas de la estática se esparcieron desde sus dedos, desde la palma de sus manos y se esparció hasta irrigar sangre a su dura polla.

Airi se apartó con delicadeza y se disculpó con verdadero esmero, con una mezcla de arrepentimiento y suavidad que dejó de lado la seriedad que mostraba en la oficina.

Los ojos de Máximo brillaron al recorrer su rostro ruborizado, su cuerpo se agrandó al verla tan delicada, como una hermosa flor de loto que floreció frente a sus ojos.

Ese fue el disparo de salida, la chispa que necesitó para que sus sutiles esfuerzos fueran recompensados cuando él dejó de alejarse, cuando en lugar de retroceder quiso más y más.

Las explicaciones sobre los elaborados informes se hicieron usuales, siempre le pedía que se acercara, pero ya no rodó su imponente silla de cuero para hacerle lugar, al contrario, se acercó con fingido interés y sus dedos juguetearon con las finas hebras de cabello que rodaron al escritorio cuando ella señaló el dato más importante para tener en cuenta dentro de su reporte.

Máximo ni siquiera la escuchó, no en realidad, el sonido de su voz lo hechizó, pero sus palabras carecieron de relevancia, no cuando no pudo quitarse de la cabeza la sensación cálida de su tacto, la suavidad de su cuerpo, la diferencia entre sus figuras y lo bien que se sintió al tenerla contra su cuerpo, protegiéndola, cuidándola y teniéndola para sí.

Airi lo notó, pero sus ojos evadieron las ganas de descubrir el juego de dedos en los que su cabello fue enroscado alrededor de sus falanges masculinas.

Se desentendió de los largos suspiros roncos, del movimiento de su cadera cuando trató de ocultar su dureza.

Se hizo la ciega, pese a que la emoción cimbró en su vientre, pese a que sus bragas terminaron húmedas y deseó caer sobre su regazo para que le hiciera lo que tanto quería.

No lo hizo y jamás lo haría. Máximo solo se asustaría, solo vería en ella lo que otras mujeres le mostraron y Airi no era como ellas, jamás lo sería.

Si algo debía suceder, ocurriría cuando él ya no pudiera, cuando la lujuria lo desbordase y no pudiera más que saciarse con sus encantos.

Lo quería enloquecido, febril y rendido.

Por supuesto que no creyó que ocurriera en poco tiempo, menos cuando se suponía que estaba sola, en los archivos, junto a cajas y cajas de contratos, informes y documentos importantes.

Pocas veces había entrado a aquella habitación ubicada en el sótano de la empresa, lo cierto es que casi nunca se necesitó recurrir a los archivos físicos cuando se podía hacer uso de los digitales, sin embargo, gracias a la ineptitud de alguien, quizá de un simple pasante, uno de los documentos requeridos para la firma de un importante contrato quedó mal digitalizado y no tuvo otra opción más que bajar para encontrar el original.

Y quizá fue el destino obrando a su favor, quizá fueron los largos minutos aumentando su calor, su deseo y disminuyendo su prudencia, pero, sin saberlo, Máximo la siguió.

La vio descender por el elevador, sus ojos pegados al vaivén de sus caderas, a su culo grande y respingón que bajó sus latidos hasta engrosar su miembro. Y aquel cabello largo, liso y lustroso le robó el pensamiento.

Dejó de pensar y la siguió al bajar cuando el ascensor regresó, ni siquiera el tiempo que esperó doblegó su ímpetu. Su mente se quedó atascada con la imagen lúdica de su secretaria, en sus ojos que se redondeaban para él cuando perdía la compostura, cuando la tocaba por «error».

Airi se adentró a los archivos, el orden la hizo identificar la carpeta con los documentos necesarios en poco tiempo, el problema es que estaba muy arriba de su altura.

Pese a ser una mujer más alta que el promedio, en especial sobre los stilettos, cuando alzó la mano para coger la carpeta solo la rozó con la punta de los dedos.

Casi resopló con fastidio.

Alargó la mano, se puso sobre la punta de sus pies y logró jalar la gruesa carpeta lo suficiente para atraerla, con la mala suerte de que, al estar tan pegada a sus compañeras, estas cayeran sobre su cabeza.

Por instinto, cerró los ojos y se encogió preparada para el impacto que no llegó, no cuando unos fuertes brazos la movieron y quedó apresada por un cuerpo grande y duro.

Alzó el rostro con cierto asombro, sus ojos grandes perdieron su forma natural al ver al CEO encima de ella, protegiéndola con su cuerpo, tan cerca que su resoplido acarició sus mejillas.

Se relamió los labios y tragó saliva. Su corazón palpitó con furia, su cuerpo se encendió en mil llamas que humedecieron su vagina. La electricidad fluyó por sus cuerpos como si el voltaje en sus centros aumentara y se creara un campo electromagnético que los acercó más y más.

Iba a abrir la boca para disculparse, para preguntar qué hacía allí o si se encontraba bien, pero no le dejó ni siquiera pensar en cómo usar la cercanía a su favor cuando la tomó de la cara, la impulsó hacia arriba y se dejó caer sobre sus labios en un beso rapaz.

La tomó con desesperación, sus manos la enjaularon contra su cuerpo, una en la parte baja de su espalda y la otra en su nuca que la fijó para dominar la caricia que rápido incendió todo su cuerpo.

Un suave gemido se escapó de sus labios cuando él se alejó, cuando la miró con lujuria, con los ojos oscurecidos y la decisión titilando en sus pupilas dilatadas.

Mareada, su respiración fue lo único que hizo que su cuerpo se moviera, sus manos quedaron pegadas a sus pectorales hinchados y la estática en su tacto aumentó al sentir su corazón agitado.

―Yo… No… ―negó con la cabeza con fingida modestia, pese a que esa vez no ocultó su deseo.

La miel que goteó de sus gestos dulces y recatados alteró por completo el deseo en Máximo, su cabeza se nubló, su cuerpo tomó el mando y sus labios la buscaron para probar el candor de su textura y la gracia de su sabor.

La besó con dureza, demandó el tributo de su lengua, los suaves gemidos de su lujuria. Y la tocó con la misma urgencia, como si sus manos fuesen capaces de evaporar su vestimenta hasta dejarla tan desnuda como él quisiera.

No se contuvo, abrió sus labios, paladeó su esencia, doblegó su cuerpo contra los archivos y sus manos recorrieron sus curvas.

Magreó sus pechos, su trasero respingón, la acercó a su cuerpo, la pegó al bulto en su pelvis y se frotó contra su estómago como un animal en celo.

Desplazó sus manos temblorosas a su nuca, donde se afianzó para no caerse ante las mil sensaciones que chisporrotearon cuando bajó sus defensas, cuando el placer de sus caricias colapsó sus neuronas que, sobrecargadas, repitieron un solo pensamiento: eso era justo lo que siempre soñó.

Se dejó llevar, esa vez, el poder recayó en la sumisión, no en tomar el mando sobre su cuerpo; no lo quería, no cuando Máximo se dejó dominar por la lujuria, cuando perdió por completo la cabeza solo por ella.

Gimió con suavidad cuando la boca masculina bajó a su garganta, cuando lamió su piel y la succionó con avidez.