CAPÍTULO DOS
Ya fuera porque lo había estudiado muy bien, porque actuó tal y como el jefe de RRHH lo deseó, quizá porque sus formas encajaron con los requerimientos, o por alguna razón externa a su entendimiento, esa misma tarde su móvil sonó.
La llamada fue rápida, formal, casi rígida y, en pocos minutos, colgó.
Una leve sonrisa se dibujó en sus labios. Lo había logrado, la habían contratado para ser la asistente personal de nada más y nada menos que Máximo Jones.
Se acercó al espejo de cuerpo entero que tenía en la habitación, despacio, desabotonó la camisa, la dobló y posó sobre la cama.
Le siguió la falda, el delicado sujetador de encaje fino, las bragas a juego que apenas cubrían su sexo.
Sus pupilas vagaron por su esbelta figura, por sus curvas pronunciadas y la tersura de su piel pálida.
Su boca se entreabrió, el calor crepitó en su centro y bajó la mano para sentir la tibia humedad que roció sus suaves pliegues.
Lo tendría, lo haría posible, pronto, en algún momento, lo tomaría, lo montaría y se convertiría en su obsesión. Sus ojos relampaguearon, sus dedos se movieron con agilidad sobre su clítoris hinchado y los temblores agitaron sus extremidades.
Los gemidos no tardaron en alzarse, su centro se estremeció. Lo imaginó bajo su cuerpo, grande, con sus músculos definidos por los que pasaría la punta de los dedos, su cabello rubio despeinado y su vagina absorbería el duro mástil hasta devorarlo por completo.
El rayo impactó en su núcleo, gimoteó de la emoción, sus muslos se cerraron, sus rodillas chocaron y sus dientes prensaron el labio inferior.
Su piel se tiñó ante el arrebatador orgasmo y no tardó en perder la compostura y quedar hincada sobre el suelo, desnuda, despeinada, con sus curvas exuberantes atestiguando lo que acababa de hacer.
Sonrió una vez más, una sonrisa más grande, un tanto siniestra, que reveló el verdadero color de su alma.
―Pronto… ―se prometió en un susurro.
De cualquier manera, no tenía prisa, si movía bien sus piezas, Máximo Jones sería suyo en cuerpo y alma.
***
Al día siguiente, se levantó muy temprano, se arregló con especial esmero.
Debía prever cualquier malentendido, para bien o para mal.
Nada de prendas demasiado llamativas, nada de faldas a medio muslo o blusas con escotes profundos.
No podía vacilar ni dejarse dominar por aquella mirada de acero que la persiguió hasta en sus profanos sueños.
Tenía el conocimiento a su favor, investigó sobre su jefe hasta que se hartó, mejor dicho, hasta que tuvo que dormir para estar fresca para el día siguiente.
Se vistió con una falda lápiz negra y una camisa verde oscura que resaltó el tono de su piel. Se arregló el cabello para que, suelto y brillante, provocara a su jefe con su aroma. Se maquilló con pulcritud y utilizó su labial rojo preferido.
Complacida con el resultado, cogió sus cosas y se encaminó al inicio de su nueva vida.
El primer día, la primera semana, no pasó nada.
La antigua secretaria del señor Jones la instruyó para que supiera cómo llevar su agenda, los procedimientos a seguir para realizar su trabajo y la acompañó a cada reunión en las que tuvo que asistir para tomar notas.
Por supuesto, la señora Ferrer se mostró satisfecha y, cuando recogió sus cosas para dejar su puesto libre, se detuvo y la miró con cierto cariz maternal.
Aspiró hondo y cogió la caja en la que empacó sus pertenencias.
―Eres una chica lista, querida, lo vi desde que te presentaste, así que no te trataré con delicadeza.
Airi asintió para que continuara, y la leve sonrisa calmó el escozor en la señora Ferrer que se relamió antes de continuar.
―No te dejes llevar por una simple mirada, el jefe…
tu jefe ―se corrigió con un gesto alegre―, es un hombre atractivo, galante e inteligente que es capaz de conquistar a cualquier mujer con una sola sonrisa, incluso si no sonríe a menudo.
Y tu eres joven, hermosa y tienes un aire delicado que es difícil de evadir.
Pero eso no significa que él caerá ante tu belleza.
Quizás ahora mismo se sienta atraído, ¿qué hombre no lo haría?
―resopló con dulzura la anciana―. Sin embargo, él ama a su esposa, la venera.
Se conocen desde su niñez y se hicieron pareja en la adolescencia.
No ha existido otra mujer para él y no la habrá, ¿entiendes?
Sus ojos se abrieron en busca de una respuesta y Airi no pudo más que sonreír y fingir que atendía al modesto consejo.
Era verdad, el interés de Máximo se hizo tangible con cada una de sus miradas, con sus pupilas que se empequeñecieron para después dilatarse cada vez que la vio acomodar su cabello.
Era obvio que le atraía, pero, tal como dijo la antigua secretaria, Máximo era un hombre fiel, no como aquellos que gustaban con tener mil mujeres a sus pies, le bastaba con la que tenía en casa, la que consideraba como la joya más preciada de la tierra, la madre de sus hijos, y, pese a su reacción, al siguiente segundo su ceño se fruncía y era capaz de apartar la mirada.
La señora Ferrer asintió y se despidió sin tanto protocolo, incluso le dio una especie de abrazo que Airi devolvió con fingida sinceridad, junto con un suave agradecimiento por sus consejos. ¡Sí, como si fuese a hacer uso de ellos!
El primer día sin la jubilada secretaria, la tensión en la oficina de Máximo fue tangible, como una bruma densa que los separó, pese a que sus ojos se quedaron más tiempo en su rostro, en sus curvas que admiró cuando ella bajó la vista para leerle los pendientes de ese día.
Pero esperó y esperó hasta que esas miradas se volvieron más largas, hasta que tuvo que cambiar la postura en más de alguna ocasión para evadir la punzada de excitación que irguió su dureza.
Airi lo sintió en cada momento y la emoción creció, la bestia preparó sus garras y se relamió los labios con excitación.
Lo supo al instante en el que los ojos del CEO siguieron el vaivén de sus caderas al salir de su oficina, al fin podía poner la siguiente fase de su plan en marcha. La sonrisa que alargó sus labios no la pudo disimular hasta que tomó dos hondas bocanadas de oxígeno y se sentó tras el escritorio.
Al día siguiente se arregló con especial esmero.
Se vistió con una falda rojo oscuro, una camisa blanca bien fajada y ropa interior a juego en color piel, de encaje delicado que creaba un bonito escote en sus generosos pechos.
Se pintó los labios como de costumbre y afiló el delineado en sus ojos, casi redondeándolos para bajar la intensidad de su mirada.
Se admiró en el espejo del tocador por un instante, se puso de pie y salió del departamento, preparada para dar el siguiente paso, para probar hasta dónde podía llegar la fidelidad del CEO.
Llegó temprano a la oficina, solo se detuvo por el café que compraba todas las mañanas, el mismo que siempre ponía estratégicamente para que Máximo lo viese al pasar por su escritorio.
A veces dejaba que la forma de sus labios quedase impresa en la tapadera blanca, otras ocasiones bebía un pequeño trago frente a él y se relamía como una tierna gatita. Pero esa vez sería diferente…
Aguardó, como un depredador que espera a que la presa baje la guardia, escondido bajo los matorrales que cubren su pelaje y fingió trabajar desde temprano, tal como hacía todos los días, solo que ese no sería un día cualquiera.
Las puertas del elevador se abrieron, «distraída», cogió el café y dio un trago largo, la tapadera mal puesta se destrabó cuando se separó de sus labios y el café se derramó sobre su camisa, justo sobre sus tetas que terminaron empapadas.
Dio un gritito de sorpresa, y retrocedió sobre la silla para «evitar» mojar el ordenador.
Se relamió los labios, sus ojos pegados en la blanca camisa que, transparentada, reveló la tersura de su piel, la suavidad de sus pechos, la forma de corazón de su escote y, en especial, sus pezones erguidos que con la humedad se erizaron hasta ser visibles bajo la tela.
Si bien el sujetador encubrió su rosado color, los picos atrajeron la mirada masculina que se detuvo al apreciar la estampa delicada y empapada de su secretaria.
―Ay, no ―sollozó Airi con la voz lastimera.
Parecía fuera de su papel serio y servicial de secretaria.
Con agitación cogió su bolso para buscar algo con que limpiarse, sin embargo, en lugar de hallarlo tiró el contenido que se desparramó en el suelo.
Otro quejido acongojado salió de sus labios y, con delicadeza, se hincó en el suelo para recoger el contenido. Su cabeza negó y murmuró mil lamentaciones.
Los zapatos lustrosos aparecieron frente a sus ojos, así como la mano que le tendió un fino pañuelo de seda blanca.
Alzó la cabeza y lo miró entre las pestañas, hincada, frente a él, empapada y con su escote al descubierto.
Máximo tragó saliva con dificultad, sus ojos se dilataron antes de obligarse a mirar a otro lado.
―Tómelo ―indicó con la voz grave.
Sus dedos se rozaron cuando Airi tomó el pañuelo y agradeció por lo bajo.
―Iré a arreglarme, pronto estaré en la oficina ―susurró con fingida pena, con la cabeza gacha y su mano con el pañuelo «tratando» de limpiar el café en su blusa.
La intensidad de su mirada quemó en su piel, los latidos de su corazón se intensificaron y su sexo se estremeció ante el claro ardor que incitó en su jefe.
Con una especie de gruñido, Máximo se quitó la americana y, sin esperar a que ella reaccionara y se negara, la puso sobre sus hombros para cubrirla.
―No… no debería. La ensuciaré si la uso y…
Trató de justificarse Airi al buscar quitársela, pero la mano grande, caliente y masculina que frenó su acción hizo que alzara la vista para descubrirlo más serio que nunca, con los ojos oscurecidos y el gesto tenso.
―Solo es una americana, no importa si se ensucia, solo es café… Pero…
Y bajó los ojos un segundo en el que admiró su cuerpo encogido a sus pies, en un distendido repaso en el que su sistema reaccionó al mirarla en una posición sumisa, con sus rasgados ojos redondeados en un completo sometimiento y entrega, con los labios entreabiertos y cierto aire delicado que se reflejó en el sonrojo de sus mejillas tersas y lechosas.
Hizo el amago de alzar la mano para acariciar su rostro con el dorso, pero rápido se apartó y se irguió como si no hubiese estado bajo su hechizo.
Sin decir nada, se giró sobre sus talones y continuó con su camino, rígido, con los músculos agrandados y la espalda ancha tirante.
Airi lo miró por un instante, la sonrisa lasciva en sus labios solo duró un breve lapso, ni siquiera hubiese notado el gesto de haber volteado a admirarla.
Por supuesto, Máximo se refugió en su oficina, donde al fin pudo respirar y relajar el cuerpo, pese a que su palpitante erección atrajo su atención. Estuvo a nada de ser descubierto, de desvelar la excitación que aquella jovencita provocó en su interior desde que la miró antes de la contratación.
Se repitió que fue una mala decisión elegirla cuando descubrió su currículo dentro de los candidatos para ser su asistente personal.
Debió escoger a un hombre, o a cualquier otra mujer, en su lugar, se quedó con ella, la prefirió sin siquiera mirar si había alguien más capaz para el puesto, sin imaginar que dicha decisión lo condenó a mantener su lujuria a raya, a dominar el impulso de besar sus tiernos labios rojos, a inspeccionar su suave cuello de cisne o a descubrir su figura curvilínea que cada día lo provocaba pese a que su vestimenta no tenía nada de vulgar o erótico.
La imaginó mil veces hincada a sus pies, con esa misma mirada que le regaló al entregarle el pañuelo, solo que tendría en sus labios su dura polla que la metería hasta lo más hondo de su garganta.
¡Se estaba volviendo loco!
Antes de Airi, antes de verla, de olerla, de sentir su exquisita y femenina presencia, su mente estaba llena de su mujer, de su hermosa esposa con la que llevaba años, décadas, pero que poco a poco perdió brillo ante su joven secretaria que lo hechizó.
Bufó con furia y se apartó de la puerta para no volver al escritorio frente a su oficina, arrancarle la ropa y hacerla suya. Ni siquiera sintió ese incendio en su interior cuando era un púber, cuando deseó a su esposa con fervor.
No, no era igual, ya fuese por su cuerpo, por su rostro, porque era el perfecto fruto prohibido que no debía tocar, no solo por su matrimonio, sino por su posición, por la diferencia de poder y de edad, porque era solo una jovencita que incendiaba su sangre y endurecía su miembro; la quería, la deseaba como no creyó que sucedería después de casarse.
Lo trató, trató de poner freno a sus pensamientos libertinos, anheló continuar con su mente libre de mujeres ajenas a la que le entregó su vida y le regaló a sus hermosos hijos.
Folló a su esposa como un salvaje al volver del trabajo, la desvistió con exaltación y la dejó brincar sobre su polla como la meretriz que a Ada le gustaba ser en la cama, sin embargo, el furor que corroyó sus venas no se rebajó al eyacular en el coño de su media naranja, no bajó el calor en su cuerpo, ni sofocó la vitalidad que atravesó su ser.
Esperaba soportarlo hasta que la novedad acabase, hasta que el fuego se apagase cuando el verano árido se terminase y el otoño rebajase la temperatura.
Debía aguantar, por él, por su mujer, incluso por Airi, por su bella secretaria que quería para él, acostada sobre sus sábanas, desnuda, con su voz de hada gimiendo en su oído, mientras la penetraba de las mil formas en las que se recreó cuando se metió al baño para bajar su erección.
Sí, solo debía guardar todo aquello en su interior hasta que se esfumara.