La amante del CEO (PERVERSAS PASIONES)
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CAPÍTULO UNO
El amor es un sentimiento difícil de experimentar, de describir, de gestionar y mucho más de despertar en otra persona; en cambio, la pasión… es erotismo en estado puro, es la ley de la atracción que junta a dos cuerpos que se dejan llevar por las atribuladas palpitaciones de su corazón.
Airi jamás sintió lo primero, nació sin la posibilidad de hacer que su corazón latiese más allá de la pasión.
Sin embargo, en cuanto lo vio, en cuanto sus ojos rasgados y oscuros se encontraron con el atractivo CEO de la empresa en la que la acababan de contratar, la química entera de su cuerpo se modificó y lo deseó.
Máximo Jones era conocido por su seriedad, por sus formas elegantes y por su cabello rubio bien engominado.
A sus cuarenta y tantos años tenía a su espalda uno de los conglomerados más grandes del país.
Su mayor éxito residía en la gran industria automotriz que revolucionó la bolsa de valores cuando salió al mercado bursátil.
Padre de familia y un marido ejemplar, con un atractivo de ante que hacía que más de alguna mujer suspirara al verlo a lo lejos.
Airi no estaba cerca de conocer a un hombre como Máximo, sus mundos completamente diferentes ni siquiera se rozaban para un ligero choque, hasta que un buen día una oferta de trabajo atrajo la atención de una recién graduada Airi.
Joven, hermosa y servicial, se presentó a la entrevista de trabajo con un currículo hecho para deslumbrar. En su hoja de vida plasmaba cada logro que la posicionó por encima de los demás candidatos, incluso de aquellos cuya experiencia los capacitaba más para el puesto.
Los ojos afilados de Airi se posaron sobre el jefe de Recursos Humanos y en cuanto sus labios se abrieron para hablar de todas sus virtudes, él hombre quedó cautivado por su sonrisa discreta, por sus pupilas brillantes que se mimetizaron con sus iris tan oscuros como el ónix, así como su cabello largo y lacio que cayó en cascada sobre sus hombros delgados.
Airi, a sabiendas de su apariencia femenina y atrayente, se vistió para llamar la atención, su falda de lápiz en color gris se pegó desde sus redondeadas caderas hasta por encima de sus rodillas, delimitando su silueta curvilínea, así como la camisa negra de botones que, ceñida, enmarcaba su cintura estrecha y sus pechos redondos y jugosos, de buen tamaño y peso, unos senos hermosos de los cuales estaba orgullosa, y mismos que le ayudaron cuando el jefe de RRHH planteó su falta de experiencia.
Lo sabía, no era tonta, pese a sus títulos, pese a la cantidad de proezas que logró, su educación limitada seguía siendo un obstáculo para ser aceptada como la asistente personal del CEO.
No pocos se presentaron al puesto, pero solo algunos serían los considerados antes de ser descartados hasta elegir al indicado.
Airi batió sus pestañas, modificó su postura, dulcificó su voz y puso en marcha mil pequeñas artimañas para ser elegida.
Una vez la entrevista acabó, estrechó la mano del jefe de Recursos Humanos con delicadeza y se despidió con cierta timidez, una que resultó demasiada embriagadora para que el maduro señor Mora no descubriera el engaño tras sus formas.
Después de dibujar la sonrisa más dulce que alguna vez alargó sus labios, salió de la oficina y se metió al elevador. Sus hombros se relajaron, su aliento salió en una bocanada y sacudió la cabeza.
Esperaba que sus tácticas bastaran para que aquel cuantioso sueldo fuese a parar a su precaria cuenta bancaria.
Tres meses… tres largos meses había pasado desde que se graduó de la universidad, desde que se puso aquella toga negra sin forma y tiró el birrete al aire, así como sus demás compañeros, pese a que el gesto careció de sentido para ella.
No es que no tuviese emociones verdaderas, no en realidad, las tenía, solo que no eran tan explosivas como las de sus congéneres.
De bebé su llanto no provocó dolores de cabeza en su madre, de niña jamás tuvo un berrinche, de adolescente no se saltó las normas por rebeldía, en realidad, fue lo contrario.
Pronto descubrió que sus actitudes les resultaban extrañas y escalofriantes a los adultos, que sus miradas faltas de emoción eran interpretadas como vacías o frías, lo que terminaba por segregarla de los grupos o peor…
Interpretar el papel que otros querían ver en una mujer de su porte, físico y edad, le resultó interesante a medida que socializó, a medida que creció y entendió todas las ventajas de sus acciones.
¿Actuar como la perfecta trabajadora para una entrevista? Fácil. Lo difícil era quedarse con el lugar con su edad y falta de experiencia, por muy inteligente que fuese, no tenía la balanza a su favor.
Sus ojos se desplazaron a las paredes lustrosas del elevador, casi como espejos hechos de metal.
Admiró su reflejo, su rostro con forma de corazón, sus labios mullidos y pequeños, su nariz respingada y corta, sus cejas rectas, sus ojos rasgados y grandes gracias a su ascendencia asiática, su frente amplia y su espeso cabello oscuro.
Su piel pálida se resaltó con el rojo del labial, el único color que usaba, y el poco maquillaje que se permitía en su rostro.
Lo entendió en la adolescencia… ¿Qué deseaba la sociedad de la mujer ideal?
¡Bah, eso era una estupidez irreal!, pero se esforzó por sobresalir sin aparentar pisotear a nadie.
Ser elegante y femenina sin resultar vulgar, ser dócil sin perder su voz, alcanzar la cumbre sin llegar al pináculo donde solo el mejor se coronaba, mantener un tono de voz adecuada en el que jamás debía gritar, gesticular lo suficiente para no parecer un robot sin que se le tildase de exhibicionista.
La aparente neutralidad era su mejor arma.
Por fuera debía resultar delicada, una flor que necesitaba del cuido de un buen jardinero, mientras en su interior se adelantaba tres pasos por delante de cualquiera para saber qué hacer a continuación.
No fue sencillo, pero le divirtió, en especial cuando los pretendientes comenzaron a llamar a su puerta.
La primera vez que aceptó una cita fue por mera curiosidad, el chico era atractivo, apenas tenía quince años, pero él hizo lo posible para mostrarse como un galán de telenovelas coreanas que su madre veía en la televisión.
Y… se aburrió. Él quería tanto su afecto que su carácter se modificó y sus acciones se volvieron cada vez más penosas a medida que elevaba la voz e inventaba historias sobre proezas que jamás en la vida realizaría.
Patético, esa fue su conclusión. No obstante, al final de la cena sonrió y le agradeció con un suave beso en la mejilla.
El muchacho se sonrojó, pero no perdió la oportunidad de tomarla del cuello y mover su cabeza para conectar con sus labios.
El beso fue precipitado, extraño, pero algo en su vientre bajo se encendió, solo fue un débil chispazo que le hizo poner su mano en el pecho masculino y sentir la firmeza de aquel cuerpo acostumbrado al ejercicio.
El gemido que salió de su boca al separarse fue genuino, y su mirada brillante coronó la nueva sensación de cierta euforia que resonó en su pecho.
Al fin lo había encontrado, al fin podía sentir algo, la bestia que dormía en su interior se despertó, sus pupilas se enfocaron en la presa, en la dulce presa que estaba dispuesta a recostarse en la bandeja de plata para que ella se sirviera cuanto quisiera.
Y sonrió, una sonrisa grande, sensual y embriagante que atontó al pobre muchacho que no entendió que detrás de aquellos labios mullidos y dulce se escondía una quimera.
No pasó mucho tiempo antes de que el chispazo incendiara sus venas y acabara en un motelucho de poca mota que él logró pagar con sus ahorros.
Fue la primera vez que se dejó llevar por la pasión, por el calor que se anidó en su vientre y floreció cuando lo sintió en su interior, cuando descubrió su rostro desfigurado al alcanzar el orgasmo.
Ni siquiera se corrió, él no supo tocarla, pero poco o nada importó.
La exaltación no devino de un simple acto carnal, sino del poder que envenenó su sangre cuando lo montó antes de que acabase en su interior y él perdió la razón, y pudo dejar de fingir ser sumisa, ser femenina, ser lo que otros querían.
La bestia en su pecho rugió, se relamió las fauces y lo entendió. La lujuria era más que un sentimiento que aumentaba los latidos del corazón, era el poder de manipular a otro, aunque fuese solo unos segundos para devorarlo por completo.
Lo hizo una y otra vez, lo probó de todas las maneras en las que se imaginó, se dejó llevar cada vez más por aquel instinto depredador, por la necesidad de poseerlos, de dominarlos y dejar de ser la tímida presa para mostrar su verdadera naturaleza.
Solo fueron segundos, minutos que marcaron su vida, horas en las que se desprendió de la máscara de perfección para tomar el control.
Las puertas del elevador se abrieron, una ligera sonrisa se formó en sus labios, casi imperceptible, casi, hasta que el subconsciente la notaba.
Su bolso se balanceó con cada paso, así como sus caderas. Las miradas recayeron sobre su bonito cuerpo, sobre su gentil rostro que no prendió ninguna alarma.
En su papel, atravesó el lobby, hasta que un ligero aroma atrajo su atención.
Sus sentidos más agudos alertaron a su cerebro.
La esencia masculina, fuerte y vigorizante se metió por sus fosas nasales, el aroma era embriagador, una mezcla de cuero, cítricos y algo más que le resultó excitante, que cosquilleó en sus fosas nasales y calentó su vientre.
La presencia erizó su vello y sus ojos buscaron al hombre capaz de meterse bajo su piel.
Su cabeza se alzó y sus ojos conectaron con un hombre a unos metros de distancia que se acercó con paso firme a su vera.
Alto, fuerte, de figura atlética, hombros anchos, cintura estrecha, así como las caderas, vestido impecable en un traje de tres piezas de color azul oscuro, corbata y zapatos oscuros.
Airi repasó la figura masculina, las piernas largas y bien torneadas, los brazos fuertes y musculosos y el pecho firme y bien cincelado que entrevió incluso bajo las prendas.
El calor se esparció por su cuerpo al ascender a su rostro impasible, a sus facciones viriles, su cabello bien engominado, rubio oscuro, su frente amplia, su hueso prefrontal marcado y sus cejas espesas con una ligera curva al final de estas.
Tenía los ojos profundos, grises como el acero, pequeños y brillantes, la nariz larga y delgada, los labios estrechos con la carne justa para imaginarlos en acción, enmarcados por la barba prolija un tono más claro que su cabello.
Airi bajó los ojos a sus manos grandes, de dedos largos, una la tenía con el móvil pegado a su oreja y la otra la usaba para leer los papeles bien ordenados en una dura carpeta.
Se mordió el labio, sus pasos continuaron, pese a que disminuyó su andar. No apartó la mirada, no hasta que él la sintió al siguiente segundo y ella disimuló para aparentar falsa modestia y quizá un poco de sumisión.
Los pasos grandes y apurados del hombre al cual seguía un sequito de ejecutivos disminuyeron cuando se acercaron. Él la barrió con la mirada, pero Airi no se detuvo, en su lugar, se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja y mostró sus mejillas tiernamente sonrojadas.
Sus ojos la siguieron, lo supo cuando pasaron uno al lado del otro sin detenerse. Él disimuló al hablar con otro hombre para girar la cabeza y admirar su culo redondo y carnoso que se movió junto con sus caderas en una danza hipnótica que dejó pegados los ojos de acero a sus curvas.
«Así que es él» ―sopesó Airi.
La bestia en su ser se relamió ante la nueva presa que quería bajo su cuerpo, el hombre que hizo que su pulso se disparara y su vagina se humedeciera deliciosamente.
De haber tenido tiempo antes de acudir a la entrevista no la hubiese tomado por sorpresa, hubiese tenido en cuenta sus gustos, se hubiese preparado para llamar por completo su atención hasta enloquecerlo, después de todo, era a él a quien debía agradar, ¿verdad?
La vacante la vio el día anterior y gracias a la falta de tiempo no pudo más que investigar los gustos del jefe de Recursos Humanos.
No es que no supiera quién era Máximo Jones, oyó de él, pero nunca se detuvo a mirar su rostro, mucho menos a conocer a su familia, no tenía sentido guardar información inútil sobre un hombre con el que jamás se encontraría.
Pero esa tarde, al llegar a su pequeño departamento, no pudo quedarse con las dudas. Sus dedos teclearon con rapidez el nombre del CEO, las múltiples páginas de resultados se desplegaron frente a sus ojos y su coño lagrimeó al admirar su fotografía.
Sonrió, esa vez sin disimular su emoción, la real, la que hizo vibrar su interior, la que sofocó su cuerpo y calentó sus venas.
Se relamió con apetito y pasó la estilizada uña de su dedo índice por su rostro atractivo.
Se prometió en ese momento que, de una u otra manera, aquel hombre del que se presumía su pulcritud, elegancia y fidelidad al categorizarlo como un ejemplo de esposo y padre, sería suyo, todo suyo, desde la punta de sus pies hasta el último de sus cabellos rubios en los cuales deseó enredar los dedos.