CAPÍTULO SEIS
No estaba segura del momento preciso en el que Máximo la levantó, la cogió en brazos y con soltura la llevó escaleras arriba. Sus ojos se abrieron a mitad de los escalones y lo miró entre las pestañas. Su seriedad casi la hace sonreír, pero soportó las ganas de marcarlo como él lo hizo.
Quería acercarse a su cuello masculino, lamerlo y succionar su piel para que su mujer entendiera que ya no era suyo, pero entonces el juego acabaría, así que se contuvo y solo lo observó con dulzura, con los ojos brillantes y una especie de gesto suave en el que pareció contemplarlo como una sumisa hembra que se dispone a complacer a su macho.
Su mano se alzó con sutileza para acariciar su mejilla y barbilla, con tal embeleso que lo obligó a detenerse en la cima de la escalera para mirarla con ardor.
Las pupilas se le dilataron al observarla y pudo sentir su dureza recobrar fuerza.
Ya lo tenía justo donde quería, y lo pudo comprobar durante toda la noche, cuando Máximo la dejó con cuidado sobre la cama, cuando se desnudó frente a ella, cuando la abrió de piernas y acarició su sexo durante varios minutos en los que la besó, en los que probó sus labios, sus pechos cada vez más marcados, en los que se hizo con cada parte de su ser como si no tuviera suficiente, hasta que ella lo detuvo con suavidad y negó con la cabeza.
Sin hablar, descendió por su cuerpo, lo besó con dulzura hasta llegar a su dureza, lo tomó como si fuera la primera vez que tocara a un hombre, lo miró con timidez y se deleitó con sus sabores mezclados cuando lo lamió solo con la punta de la lengua, como a una dulce paleta, mientras su cuerpo se acomodó para mostrarle su trasero en pompa, mientras le pasó las uñas con mimo, provocando uno y mil gruñidos, haciendo que los músculos masculinos se cincelaran, hasta que ya no pudo más y la tomó del cabello para mover las caderas y follar su boca con desesperación.
Bramó, las venas de sus brazos se definieron, así como las de su cuello y la miró lloriquear cuando se metió más hondo en su garganta, cuando blandió su polla con dureza y se hizo con su boca.
Se tensó de pies a cabeza, creyó que iba a explotar en su paladar, pero no lo hizo, en su lugar, se salió de su boca y la atrajo para ponerla debajo de su cuerpo y meterse una vez más en su brillante y humedecido coño que lo recibió entre estremecimientos.
Perdió la conexión con su intimidante mirada, se dejó hacer por su lujuria, por la lascivia que hizo chisporrotear sus sexos con cada arremetida en la que el impacto de sus cuerpos creó un nuevo sonido.
Máximo la abrazó con fervor, se hizo con su figura que pegó a sus músculos calientes, tirantes y húmedos por la fina capa de sudor.
Airi lo buscó, no podía más, sus manos se movieron por su espalda, se aprendió el mapa de sus músculos y luego guio su cabeza hacia sus labios para besarlo con fruición.
Se entregó a la bestia que latió en su interior y devoró cada pecado que cometió con su cuerpo, con su mente, mientras su vitalidad ascendió al tenerlo, al poseerlo y enredarse en su alma, tan profundo que supo que no encontraría el placer con otra mujer, que solo con ella podía sucumbir ante el delicioso templo que era su cuerpo.
Le comió la boca, la folló sin reparo y se corrió cuando ella apenas estaba por caer de su orgasmo, electrizando su núcleo, hasta que el campo magnético en su cuerpo rezumó energía y estalló en mil partículas.
Agotados, la abrazó sin poder despegarse de su lado. Solo el ruido de sus respiraciones truculentas rompió el silencio del momento.
Ella peinó su cabello que perdió el pulcro peinado con el que siempre lo miró. Casi chistó al descubrir su color más claro, como un campo de trigos pringado de hilos plateados.
Máximo no la soltó, no pudo apartarse ni siquiera para que llevara más aire a su interior. Y ella tampoco quería que lo hiciera, el súcubo en su interior se deleitó con aquella muestra de afecto que dejó ver la vulnerabilidad masculina.
Sí, era todo suyo, y lo sería hasta que ella se aburriera, hasta que el sexo dejase de ser tan bueno, hasta que ya no le sirviera para sus interesantes propósitos.
En absoluto le importaba ser la otra, no cuando el puesto de la esposa no era tan atractivo como algunas creían.
Por supuesto, aquella noche solo fue el principio, el principio que marcó su relación, una relación tórrida y cargada de lujuria, en la que su cuerpo fue servido en mil posturas, en las que Máximo la «dominó» una tras otra vez, en las que la metió bajo su escritorio para que se comiera su dureza, en las que la desvistió y la folló en todas las superficies que encontró como si de ello dependiera su vida, para después abrazarla con posesividad y meterla bajo su cuerpo.
Claro que le hizo prometer que sería el único en su vida y, a decir verdad, lo era, pero no por las fútiles razones con las que calmó sus celos cuando el jefe de marketing se acercó para pedirle una cita.
Ese día Máximo la castigó, la hizo correrse hasta que quedó sin fuerza, se embebió con su coño demasiadas veces hasta que su lubricación no salió y entonces la penetró como un salvaje, contra su escritorio, entre gruñidos bestiales que resonaron por toda la oficina. Y ella sonrió en silencio.
No tardó en colmarla de obsequios, en poner a su nombre el departamento en la que la volvió «suya», así como otros terrenos que le entregó cada vez que dejó su piel enrojecida a causa de su rudeza.
En cuanto se mudó las incursiones nocturnas se hicieron más y más recurrentes, así como las absurdas peleas con su mujer.
Airi lo cuidaba, se deshacía de su corbata, le quitaba con cuidado la americana y masajeaba sus hombros mientras el despotricaba contra su esposa, cansado de aquel matrimonio que ya no parecía tan electrizante como su romance secreto.
Por supuesto, ella lo calmaba, lo tranquilizaba para que no cometiera una locura, para que pensara en su familia, en sus pequeños hijos. Él la miraba con vergüenza y le decía que era la única en su corazón, le prometía una y mil cosas a cambio de su perdón.
Airi solo le sonreía, le acariciaba el rostro solo para desatar su lascivia, una que con cada encuentro se desformó más y más, hasta que la posesión lo acogió por completo.
La necesitaba, necesitaba su aroma, su calidez, la tersura de su piel, de sus labios, de su coño, el sonido de sus gemidos femeninos, de su voz dulce en su oído.
La lujuria cimbró en su interior, el súcubo afiló sus garras en cada encuentro y le clavó los colmillos cada que eyaculó en su interior, siempre prometiendo más, llenándola de atenciones por horas y horas, hasta que la realidad se sobreponía y tenía que regresar al lado de su familia.
Airi lo despedía, le daba un tierno beso en los labios y le aseguraba que todo estaría bien, que a ella le bastaba con admirarlo y tenerlo por unas horas para ser feliz, y entonces, cuando su espalda masculina se perdía, su sonrisa maliciosa aparecía.
Lo tenía todo… Al hombre, su riqueza y posición, le bastaba con mirar un objeto para que Máximo se lo regalase, y en la cama nunca se sintió mejor, y cuando se cansaba de él, bastaba con devolvérselo a su estúpida mujer, con regresarle al hombre estresado que vivía engañado en el idilio del placer.
¿El puesto de esposa? ¡Quién necesita tal estupidez cuando se puede ser la amante, la que recibe todo lo bueno y desecha lo malo!
Sí, en definitiva, prefería la deliciosa y virulenta lujuria antes que un amor absurdo y finito que, pese a lo que todos dijeran, no lo puede todo.
¿Fin?