La amante de lord Spencer Capítulo 38
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Capítulo 38

—¡Señorita Bennett! ¡Charlotte!

La pequeña Beatrice bajó los peldaños volando, con los bucles revueltos por el viento y el vestido descolocado, arrojándose hacia los brazos de Charlotte antes de que esta terminara de poner un pie en la casa.

Charlotte la recibió en un abrazo desesperado, riendo y llorando a la vez, hundiendo el rostro en el cuello de la niña y apretándola con un afecto reprimido durante semanas.

—Mi niña... mi pequeña Beatrice —susurró Charlotte con la voz quebrada—. Cuánto te he extrañado.

—¡Nos prometiste que nos leerías el final del cuento! —sollozó la pequeña, aferrada a su capa con sus puñitos cerrados—. ¡Dijiste que no te irías jamás!

—Y no volveré a marcharme nunca —le prometió Charlotte, besándole las mejillas húmedas—. Te lo juro por mi vida.

En lo alto de la escalinata, Amelia aguardaba inmóvil.

Tenía la barbilla alzada en su habitual gesto defensivo, pero los ojos, rojos y brillantes por las lágrimas contenidas, la delataban.

No corrió ni gritó, pero cuando Charlotte subió los peldaños y le tendió una mano temblorosa, la niña dio un paso al frente y se dejó envolver en el abrazo con un suspiro largo y tembloroso.

—Lo siento... —murmuró Amelia contra su hombro, con la voz ahogada—. Grité a papá cuando te marchaste… He sido una niña mala. Perdóname.

—No tienes nada que lamentar, mi vida —Charlotte le acarició el cabello suavemente—. Estabas asustada, y tu padre lo entiende. Pero ya estoy de vuelta, y no hay nada que importe más que el presente.

—¿Te quedarás? ¿De verdad?

—Para siempre —afirmó Charlotte, sellando la promesa con un beso en su frente.

Sebastian, que había descendido del carruaje tras ellas, observó la escena con los puños hundidos en los bolsillos de la levita.

Contempló a sus hijas y a la mujer que llevaba a su hijo en el vientre, sintiendo que el pecho se le henchía de un sentimiento tan vasto y cálido que amenazaba con sobrepasarlo.

—Bienvenida a casa, Charlotte.

Todo el personal de Spencer Hall aguardaba alineado junto a la gran chimenea del vestíbulo.

Sebastian se detuvo en el centro del vestíbulo, manteniendo a Charlotte tomada de la mano con una firmeza que ya dejaba claras sus intenciones. Miró a los sirvientes, aclarándose la garganta.

—Como bien sabéis, las cosas en esta casa están a punto de cambiar —comenzó Sebastian, paseando la mirada de uno a otro—.

Señorita Bennett ha regresado no como la institutriz de mis hijas, sino como la mujer que pronto se convertirá en la condesa de Spencer Hall.

Y espero que toda esta casa le rinda el respeto y la lealtad que su futuro título exige.

Pero eso no es todo, y por eso necesito que prestéis atención.

El conde les explicó lo que ocurría, sin esconder nada.

Ni siquiera esquivó la mirada intrigada que le dedicó su hija Amelia cuando afirmó en voz alta que Charlotte esperaba un hijo suyo.

Aunque no era un tema agradable, les pidió, con una sencillez impropia de él, que siguieran la mentira que Henry y él habían construido.

A partir de ahora, Charlotte sería la prima del marqués, y una dama de alta alcurnia.

Nadie tendría que saber jamás que había trabajado como institutriz.

—Espero que estéis de acuerdo con nuestra decisión.

Un segundo de silencio sepulcral dominó la estancia. Luego, la joven Lucy dejó escapar un chillido ahogado de júbilo que Martha acalló disimuladamente con un codazo. James inclinó la cabeza con una reverencia que rozaba la devoción.

Pero fue la señora Holloway quien dio un paso al frente. La mujer que jamás regalaba un gesto baladí, la gobernanta que guardaba los secretos de la mansión tras una coraza de disciplina, miró a la pareja. Una pincelada de calidez genuina le suavizó la mirada.

—Cómo me alegra saber que vamos a tener una duquesa con un corazón tan noble —dijo, pellizcándole la mejilla a Charlotte—. Prepararé un banquete para esta noche, con sus platos favoritos. ¡Seremos la envidia de toda la capital! No faltará de nada, lo prometo. ¡Hay mucho que debemos celebrar!

—¡Yo quiero ayudar con el postre! —gritó Amelia.

—¡Yo pido rebañar el tazón! —exclamó Beatrice, echando a correr tras la falda de la cocinera.

—¡Eso no es justo! —protestó Amelia, siguiéndolas con una risa infantil que no se escuchaba en Spencer Hall desde hacía días.

Mientras la servidumbre se dispersaba entre murmullos alegres y felicitaciones contenidas, el gran vestíbulo quedó sumido en una serenidad majestuosa.

Él la acompañó hacia el salón de día y la obligó a acomodarse sobre el sillón.

—Quédate aquí —dijo él, arrodillándose sobre la alfombra, a su lado—. El viaje desde Londres ha sido demasiado largo para tu estado.

—No soy de cristal, Sebastian —protestó ella con una sonrisa rendida, acariciándole el cabello oscuro.

—No, no lo eres —admitió él, tomando su mano para llevarla a sus labios y besarle los nudillos uno a uno, despacio—. Eres la mujer más fuerte y terca que he conocido en mi vida. Pero déjame cuidar de ti. Déjame pasar el resto de mis días compensándote por cada lágrima que te hice derramar.

Charlotte lo miró fijamente. Sus ojos grises, antes fríos e insondables como las tormentas de invierno, reflejaban ahora una luz tan pura y profunda que le llenó el alma de paz. Se inclinó hacia él, acariciándole la mejilla afeitada con el pulgar.

—Te amo, Sebastian —susurró—. No te amo solo por el hombre en el que te has convertido hoy.

Te amo desde aquellas mañanas en las que intentabas intimidarme en tu despacho; te amo desde la noche en que me buscaste en la verja; te amo por la forma en que miras a tus hijas...

y por cómo has luchado por esta criatura que llevo dentro.

Te amaré cada día de la vida que nos queda por construir.

A Sebastian se le hizo un nudo en la garganta. Sin articular palabra, se incorporó lo suficiente para rodearle la cintura con los brazos y sepultar el rostro en el hueco de su cuello.

—Todo va a salir bien, mi amor —murmuró él contra su piel, besándole el cuello con infinita dulzura—. Vamos a ser felices. Tú, yo, las niñas y nuestro hijo. Ningún rumor, ningún escándalo y ninguna sombra volverán a cruzar este umbral.

—Lo sé —sonrió ella, dejando caer un par de lágrimas silenciosas de pura dicha—. Por fin estamos en casa.

Sebastian alzó el rostro y la besó. Sellando así el futuro que les aguardaba a ambos.

Un futuro feliz, donde serían felices y no se separarían nunca más.

Porque Sebastian Spencer por fin había encontrado la paz que tanto anhelaba su corazón en el ángel más hermoso de todos.