La amante de lord Spencer Epílogo
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Epílogo

Un año después

—¿Qué les cuentas hoy, Bea? —preguntó Charlotte al ver a su hija cerca del estanque.

Como ya tenía nueve años y había pegado un estirón considerable, ninguno de ellos consideraba que fuese necesario seguir extendiendo la prohibición de que se acercase al estanque.

—Cosas importantes —respondió la niña sin apartar la vista del agua—. Les he dicho que mi hermanito ya sonríe. Y que se llama Henry. Y que va a ser el niño más protegido y querido de todo el muuuuuuundo.

Charlotte sonrió con cariño.

Aquella tarde de primavera, la brisa traía el aroma dulce de los tilos en flor.

Charlotte descansaba en el banco del jardín con el pequeño Henry en brazos.

El bebé, rollizo y con mejillas sonrosadas como melocotones, dormía plácidamente contra su pecho.

Tenía los ojos grises idénticos a los de su padre y una diminuta mano cerrada con fuerza sobre el borde de su manta de hilo.

—¿Crees que a él le gustarán las ranas? —preguntó Beatrice.

—Esperemos que no tanto como a ti —bromeó ella.

Beatrice soltó una risita y fue en busca de otra rana que había visto saltando por ahí.

Disfrutando de la tarde tan agradable que hacía, Charlotte acarició los rizos de su bebé y le besó la frente.

—¿Hay sitio para mí? —la voz de Sebastian la sacó de su ensimismamiento.

Charlotte alzó la mirada y le ofreció una sonrisa radiante.

—Siempre, mi amor.

Sebastian se acomodó a su lado en el banco de piedra y se inclinó sobre la criatura. Rozó la mejilla suave del bebé con la yema del dedo; el pequeño arrugó la nariz en un gesto adormilado y volvió a acurrucarse contra la tela del vestido de su madre.

—Es perfecto, Charlotte —susurró él, con un tono lleno de reverencia.

—Tiene tus rasgos —murmuró ella—. Y esa misma mirada intensa cuando despierta. Como si odiase el mundo —se rio.

—Pobre criatura, qué mala suerte la suya —bromeó Sebastian.

Charlotte dejó escapar una risa suave, de esas que no rompían el sueño del niño.

Sebastian pasó un brazo protector alrededor de sus hombros y la atrajo hacia sí.

Ella apoyó suavemente la cabeza en su pecho, escuchando el latido constante de su corazón, mientras la manta del bebé los unía a los tres.

—¿En qué piensas? —preguntó él al cabo de un momento, besándole la sien.

—En el día que llegué a esta casa —admitió Charlotte, contemplando la luz del sol entre la copa de los árboles—. Estaba aterrorizada. Pensé que Spencer Hall era una prisión, y que tú eras un hombre inalcanzable y que yo jamás encajaría aquí.

—¿Y ahora? ¿Qué piensas ahora?

Charlotte giró el rostro para mirarlo a los ojos.

—Ahora sé que este es el único lugar del mundo al que pertenezco.

Sebastian le estrechó los hombros con dulzura, pegando su frente a la de ella.

—Y el único lugar donde yo quiero estar.

Los dos se quedaron un poco más allí, admirando a Beatrice jugar con las ranas.

A lo lejos, el sonido del piano amenazaba la tarde.

Amelia había empezado a tocarlo más a menudo, adiestrando los dedos con melodías animadas que, lejos de despertar al pequeño heredero del conde, Henry Spencer, le ayudaba a dormir.

Todo funcionaba bien en aquella parte del mundo. Nadie puso en duda su relato, y Charlotte aprendió a ser condesa de la mano de Sebastian y el resto del servicio. También a ser madre, por supuesto. Y a ser esposa.

Cosas que no cambiaría por nada del mundo.

—Por cierto, debo comentarte algo importante.

—¿Qué ocurre?

—Henry por fin ha encontrado una debutante con la que quiere casarse.

Charlotte abrió mucho los ojos.

—¿En serio? ¿Cómo ha sucedido…? Dios, no me puedo creer que por fin vaya a sentar la cabeza.

—Bueno, no cantes victoria. Verás, lo que sucede es que…

Sebastian le comentó todo lo que Henry le escribió en la carta que le llegó esa misma mañana. Su esposa no paraba de reírse, al punto que el pequeño Henry se despertó entre quejidos.

Ella lo apretó contra su pecho, calmándolo.

—¿Y qué pasará entonces con ellos? —se interesó Charlotte.

—Supongo que lo mismo que nos pasó a nosotros: que lucharán contra viento y marea para estar juntos.

Charlotte sonrió con dulzura.

—Eso espero. Cuando dos personas se aman de verdad, no debería haber obstáculos que los separe.

—Totalmente de acuerdo, mi amor.

Sebastian le dio un beso casto en los labios, y luego tomó al pequeño Henry en brazos.

Estaba tan feliz, que no pensó en nada más mientras disfrutaba de su familia.