La amante de lord Spencer Capítulo 37
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Capítulo 37

Charlotte realmente creyó que el conde la dejaría en paz. O, al menos, contaba con ello mientras terminaba de rehacer el baúl antes de abandonar ese hogar y buscar dónde vivir a partir de ahora.

Las palabras, junto a las promesas que Sebastian le susurró el día anterior aún le quemaban en el corazón.

Quería creer que él decía la verdad y la amaba, y estaba dispuesto a luchar por ella.

Pero, al mismo tiempo, Charlotte no soportaba la idea de condenarlo al escarnio público.

O de ensombrecer el futuro de Beatrice y Amelia por sus malas decisiones.

Claro que amaba al conde, su querido conde, pero precisamente por eso sabía que lo correcto era largarse. Evitarle cualquier tipo de sufrimiento.

Se había pasado toda la noche llorando a mares, apretando el colgante contra su pecho. Apenas se tenía en pie. Pero iba a luchar por darle una vida digna a su hijo. Y quizás, el futuro, podría hablarle de quién era su padre y cuántas hermanas tenía.

Una vez terminó de hacer la maleta, se vistió rápidamente y se recogió el pelo en un moño. Pero no tuvo tiempo de hacer mucho más, pues unos golpes en la puerta la sobresaltaron.

«¿Sebastian?», pensó con el corazón en un puño.

No podía ser él. No debía ser él. Ayer le había gritado que la dejara en paz, que se fuera para siempre. Pero cuando sus dedos temblorosos tiraron del cerrojo y la puerta de la calle se abrió, el corazón le dio un vuelco tan violento que le dolieron las costillas.

Sebastian sí que estaba allí, sin rastro de ojeras y barba. Con el cabello perfectamente peinado y la ropa ordenada.

Volvía a ser el hombre que conocía. El hombre del que se había enamorado.

—Charlotte, mi amor… Pensé que no te encontraría aquí —reconoció él.

—Te... te pedí que no volvieras, Sebastian.

—Me lo pediste, sí —respondió él, entrando como si nada—. Pero no he hecho un viaje desde Spencer Hall ni he removido cielo y tierra en Londres para perderte de nuevo. Y menos si es el miedo el que te impulsa a huir de mí.

—Tengo las maletas listas, Sebastian —dijo ella, señalando el baúl—. Me voy hoy mismo.

—No vas a irte a ninguna parte sola —dijo Sebastian. Su tono no era autoritario, sino tranquilo—. Si vas a huir del mundo, de mí, Charlotte, tendrás que hacerlo conmigo.

—¡No digas locuras! —las lágrimas acudieron de inmediato a los ojos de ella, quemándole las mejillas—. ¿Acaso no entiendes la gravedad de esto? ¡Estoy embarazada! Si la gente de Mayfair o los periódicos de la capital descubren que tu institutriz...

—Creí haberte dejado claro ayer que me importa muy poco lo que opinen los demás —la interrumpió él, acortando la distancia hasta quedar a un palmo de su rostro.

La calidez de su aliento le rozó la piel helada—.

Llevo años siendo un fantasma que se arrastra por los pasillos de Spencer Hall, emborrachándome para no sentir, rompiéndome por dentro porque creía que mi vida se había terminado.

Y llegaste tú, ángel. Con tus vestidos sencillos, tu dignidad intacta y tu puñetera manía de decirme la verdad a la cara.

Me devolviste la vida, Charlotte. Tú hiciste que quisiera volver a ser un hombre digno para mis hijas.

—Sebastian... por favor...

—No voy a dejar que te sacrifiques por un falso sentido del honor —dijo él, tomándole las manos. Sus dedos estaban calientes, envolviendo los de ella con una firmeza desesperada—. Cásate conmigo. Sé la señora de Spencer Hall y permíteme hacerte feliz; que es lo que te mereces.

—No puedo hacerte esto. Te destruiría. La sociedad te dará la espalda, tus hijas cargarán con la sombra de nuestros pecados…

—Nadie cargará con nada. Porque no estamos solos en esto, ángel. Los milagros existen, ¿sabes?

Sebastian se hizo a un lado y señaló hacia el umbral de la calle.

Henry Montgomery estaba allí, y hasta ese momento Charlotte no se había percatado de su presencia. Pero tampoco le sorprendió demasiado. Al parecer, el conde no daba ningún paso en falso sin tener el respaldo de su buen amigo.

—Señorita Bennett —saludó Henry con un gesto de la cabeza—. Perdóneme por irrumpir en un momento tan íntimo, pero creo que mi presencia aquí es la única garantía de que escuchará a este insensato.

Charlotte parpadeó, desconcertada, limpiándose una lágrima con el reverso de la manga.

—Señor Montgomery... no entiendo qué hace usted aquí.

—He venido a traerle una familia, señorita Bennett —dijo Henry, apoyando las manos sobre el pomo de su bastón—.

O, al menos, la documentación legal que acredita que la tiene.

—Pausa—. Mi padre tuvo un hermano menor, Arthur Montgomery, que marchó a Escocia hace cuatro décadas y del que la sociedad de Londres perdió el rastro.

A partir de esta mañana, en los registros que he preparado, usted es lady Charlotte Montgomery.

Mi prima hermana. Una dama de buena cuna que regresa a Inglaterra tras la petición de su amado padre para establecerse bajo mi protección y conseguir un buen marido.

Charlotte pensó que se convertiría en una estatua de granito de lo mucho que se tensaron sus músculos.

Miró a Henry y luego a Sebastian, sin poder procesar el alcance de aquellas palabras.

—¿Una... una prima? ¿De qué está hablando? No sé… si sigo lo que intenta decirme.

—En efecto, ahora eres mi prima —la tuteó él—.

Una señorita de alcurnia, con una dote modesta pero legítima y el respaldo incondicional de la casa Montgomery —asintió Henry con una sonrisa sagaz—.

La alta sociedad de la capital es infinitamente vanidosa, Charlotte, pero también es perezosa.

Nadie enviará un bergantín a investigar mi árbol genealógico.

Si yo digo que es mi prima, Mayfair lo aceptará sin muchas reticencias.

—¿Y el niño? —musitó Charlotte, llevándose instintivamente una mano al vientre—. Las fechas... la gente sospechará. No es tan fácil. Y sí habrá gente que pregunte —insistió ella—. Es una historia demasiado inverosímil.

—Cerraremos Spencer Hall durante unos años —intervino Sebastian, dando un paso hacia ella y tomando de nuevo sus manos entre las suyas—.

Criaremos a nuestro hijo allí, lejos de las miradas inquisidoras.

Para cuando volvamos a la capital con Amelia y Beatrice en edad de debutar, serás la condesa de Spencer, la prima del barón Montgomery, y nadie recordará a la institutriz que un día enseñaba gramática en mi casa.

»Es cierto que alguien pondrá en duda nuestra historia, pero… ¿a quién le importa? Carecerán de pruebas para demostrar que sus sospechas son auténticas.

—Por no hablar de que yo extenderé el relato de mi amada prima, Charlotte Montgomery, que encontró en el viudo de Spencer el amor de su vida —añadió el marqués con una floritura de la mano.

Charlotte negó con la cabeza, sin querer aferrarse a aquella pequeña luz que por fin empezaba a iluminar su camino.

—Es una locura... Una mentira piadosa construida sobre cimientos de papel. Hay gente que sabe la verdad. Lady Eleanor, la señora Holloway, el servicio, las niñas… —negó con la cabeza—. ¡Es una locura!

—Es el escudo que necesitas para dejar de tener miedo —dijo Sebastian con una ternura devoradora.

Extendió una mano y, con la yema del pulgar, le acarició pómulo, recogiendo la humedad de sus lágrimas—.

Llevas días intentando proteger a todo el mundo: a mí, a mis hijas, a mi apellido...

Pero ¿quién te protege a ti, Charlotte? —Terminó de limpiarle el rostro—.

Déjame hacerlo. Déjame cuidar de ti y de nuestro hijo.

Era demasiado bonito para creerlo. Y existían tantos riegos que Charlotte no terminaba de convencerse de que aquello era lo mejor.

—Tengo miedo, Sebastian. Yo no… No buscaba nada de esto.

Cuando me entregué a ti, lo hice porque era lo que me nacía de dentro.

Y a medida que pasaba el tiempo, me fui enamorando perdidamente de ti —agachó la cabeza, como si tuviera que avergonzarse de sus emociones—.

A pesar de lo incorrecta que era mi actitud, a pesar de tu compromiso con lady Eleanor, no me alejé y… y ahora…

—Ahora podemos estar juntos, si lo deseas.

Henry se alejó de allí, buscando darles intimidad.

—¿Tienes idea de la cantidad de sacrificios que requiere formar una familia conmigo?

—Amelia te adora, aunque sea demasiado orgullosa para admitirlo —dijo Sebastian, sujetándole el rostro con ambas manos y obligándola a mirarle directamente a los ojos grises, donde la sinceridad brillaba como una llamarada—.

Beatrice no sabe qué hacer sin ti, ángel.

Y en cuanto a mí... jamás podría arrepentirme de amar a la única mujer que me enseñó lo que significa estar vivo.

Te amo, Charlotte. Te amo desde la primera tarde que entraste en mi despacho con ese vestido gris gastado y la barbilla alta, desafiando a un hombre que solo sabía destruir cuanto le rodeaba.

No quiero una vida perfecta sin ti. Prefiero cualquier tormenta, siempre que la naveguemos juntos.

Charlotte buscó en la mirada de Sebastian cualquier atisbo de duda, cualquier sombra de compromiso forzado. Solo encontró una devoción ciega, pura y absoluta. Miró a Henry, que le ofreció un firme y respetuoso asentimiento de cabeza. Y luego sintió la vida latir despacio dentro de su vientre.

Sintió que la muralla de hielo que había construido en su corazón durante semanas de dolor se desmoronaba en mil pedazos.

—¿De verdad... de verdad vas a luchar contra todo por nosotros? —susurró, con el labio inferior temblándole.

—Hasta mi último aliento, ángel —prometió él, rozando sus labios con los suyos—. Dilo, Charlotte. Dime que te quedas conmigo.

Charlotte cerró los ojos y se concentró únicamente en él, en sus dedos cálidos, en sus labios suaves… y asintió.

—Sí —sollozó contra su cuello, rodeándole los hombros con fuerza—. Sí, me casaré contigo, Sebastian.

Sebastian dejó escapar un gemido de puro alivio, la levantó ligeramente en el aire y la apretó contra su pecho con un abrazo tan intenso que parecía querer fusionar sus vidas allí mismo.

Le besó la frente, las mejillas, las lágrimas que aún le caían y, finalmente, sus labios en un beso hambriento, profundo y desesperado que selló todo el dolor del pasado y abrió el camino al futuro.

Henry tosió discretamente desde la puerta, ajustándose el chaleco con una sonrisa contenida.

—Lamento interrumpir la reconciliación del siglo —dijo Henry con tono jovial—, pero si vamos a falsificar un árbol genealógico completo y organizar una boda discreta en la parroquia antes de que la masa de hojaldre del desayuno se enfríe, sugiero que subamos las maletas al carruaje.

Sebastian se separó lo justo para mirar a Charlotte, manteniendo sus manos firmes en la cintura de ella, con los ojos brillándole de una felicidad que Charlotte jamás le había visto.

—Le pondremos Henry si es varón —dijo Sebastian a su amigo, sin quitarle los ojos de encima a Charlotte—. Es lo mínimo que podemos hacer para saldar esta deuda.

—Me parece un trato justo —repuso Henry, guiñando un ojo mientras tomaba el baúl de Charlotte de la entrada—. Os espero en el carruaje. No tardéis; el aire de esta callejuela es pésimo para la salud de mi nueva prima.

Aún sujetándola de la mano, Sebastian la ayudó a subirse al carruaje y se acomodó a su lado. No podía creer en la suerte que tenía de que aquella mujer lo eligiese a pesar de todo.

—Ya no hay nada que temer, mi amor —murmuró sobre sus labios, besándola con una dulzura infinita—. Estamos juntos. Y de aquí en adelante, nadie volverá a separarnos. Te lo prometo.

Charlotte apoyó la cabeza en su hombro, escuchando el latido firme de su corazón. Miró por la pequeña ventana hacia el cielo de Londres, donde los primeros rayos de sol empezaban a romper la niebla gris, y supo, por primera vez en su vida, que por fin había encontrado su verdadero hogar.

Su familia.