Capítulo 36
—¿Aún conservas la cordura o el brandy se ha encargado ya de dejarte idiota del todo? —preguntó Henry Montgomery, irrumpiendo en la penumbra del estudio de su residencia londinense sin molestar a los criados.
Sebastian no se movió del sillón de orejas junto a la chimenea apagada. Tenía los codos hincados en las rodillas y las manos unidas sosteniéndole la frente. Vestía la misma levita arrugada y manchada de lodo con la que había regresado de la casa en la que vivía Charlotte.
—Sigo sobrio —murmuró con la voz rasposa la falta de sueño—. Ojalá no lo estuviera, si te soy sincero. No hay nada que me apetezca más en este momento que beber como si no hubiera un mañana.
Henry se quitó los guantes de piel, los arrojó sobre la mesa baja y se sirvió un vaso de agua antes de sentarse enfrente. Escudriñó a su amigo con seria preocupación.
—Deduzco por tu expresión y actitud que no has encontrado a la dama por la que bebes los vientos.
—En realidad, sí he dado con el paradero de Charlotte. Pero ella no quiere regresar conmigo.
La expresión de Henry fue de sorpresa.
—Vaya… ¿Y por qué no estás contento por ello? Cuando me escribiste, cancelé de inmediato todas mis obligaciones en la capital y vine corriendo. Pensaba que… —carraspeó—. Creí que algo había salido mal.
Sebastian le contó todo desde el principio. Desde la carta hasta los días que pasó buscándola. También sus pensamientos oscuros, la presión en su pecho. Y, en mitad de todo aquello, le soltó la noticia más increíble todas: el embarazo de Charlotte.
Henry permaneció inmóvil durante largos segundos, tamborileando los dedos sobre la cristalería hasta dejar escapar un largo y pesado suspiro.
—Un bastardo... —susurró Henry, pasándose la mano por la frente—. Santo Dios, Sebastian. La muchacha tenía razones de sobra para huir. Debe estar aterrorizada.
—Me echó como si fuera un apestado —masculló Sebastian, apretando los puños sobre el cuero de la silla—. Prefiere criar a mi hijo lejos de aquí antes que volver a casa. Maldita sea —golpeó el sillón con el puño—, ¿qué le pasa?
—Porque sabe exactamente cómo funciona esta sociedad —replicó Henry—.
Si la arrastras a Spencer Hall de la noche a la mañana con un vientre evidente, Mayfair la devorará viva.
Y a tus hijas con ella. Charlotte tiene demasiado orgullo y demasiado juicio para permitirlo. Algo que a ti te falta, ya que estamos.
—¡No voy a dejarla marchar, Henry! —estalló Sebastian, poniéndose en pie de un brinco, la voz ronca por la desesperación—. ¡No voy a permitir que el hijo que lleva dentro nazca lejos de un hogar de verdad! ¡Prefiero renunciar a mi título! ¡A todo! Ella… y ese bebé… son todo lo que me importan.
—Siéntate y cállate —le ordenó Henry, sin inmutarse, pero con una autoridad tajante que hizo a Sebastian detenerse—.
La furia dramática no te servirá de nada en esta ciudad.
Parece mentira que tengas la edad que tienes y no intuyas lo que ocurrirá si haces lo que te dé la gana.
Necesitas una estratagema, no un escándalo.
Sebastian lo miró con incredulidad, respirando con dificultad.
—¿Una estratagema? Charlotte no se tragará ninguna promesa vacía si eso significa que será protagonista de un escándalo.
—Aceptará la verdad si viene envuelta en la protección que necesita —apostilló Henry, inclinándose hacia delante con las manos entrelazadas—.
Escúchame con atención: Charlotte no puede regresar como la institutriz que sedujo al conde.
Pero puede regresar como una mujer respetable de la aristocracia provincial.
—Eso es imposible. Su padre es un vendedor de telas arruinado.
—Su padre biológico, sí —lo cortó Henry, con una sonrisa helada y calculadora—.
Pero la sociedad solo cree en el papel sellado y en la palabra de un hombre con influencias.
Mi familia tiene una rama menor en Escocia, Sebastian.
Un tío lejano, Arthur Montgomery, un bala perdida que marchó hace cuarenta años y ha envejecido un poco mal.
No tuvo hijos, la verdad. Hay un primo lejano que está esperando tomar el relevo cuando estire la pata.
—Pausa—. Nadie recuerda si tuvo descendencia o no.
Nadie se tomará la molestia de enviar a otra persona a averiguar si ocurrió, de todos modos.
Sebastian frunció el ceño, parpadeando despacio mientras las piezas empezaban a encajar en su mente.
—Estás diciendo que...
—Estoy diciendo que Charlotte Bennett pasará a ser lady Charlotte Montgomery —sentenció Henry con rotundidad—.
Mi prima lejana. Una huérfana de madre de buena cuna que ha regresado de Escocia a petición de su padre, sin fortuna pero con el respaldo incondicional de mi casa.
Fingiremos que mi tío quiere que se case pronto, por si a él le pasa algo.
Redactaré los documentos en mi despacho mañana mismo.
Le asignaré una pequeña dote ficticia en los libros de registro.
—Henry... las niñas… —interrumpió Sebastian, pasándose las manos por el rostro descompuesto—. Amelia y Beatrice conocen la vida. Saben que era su institutriz. Si algún conocido las oye hablar... Incluso la gente que trabaja para mí…
—Vamos, amigo mío… ¿Crees que tus hijas la delatarían?
¿O la señora Holloway? Todos la adoran. Y si existe una posibilidad de que se quede en casa…
no dudarán en respaldar nuestro relato —insistió Henry—.
Te casarás con ella en un mes, antes de que su vientre sea más evidente.
Dudo mucho que nadie haga muchas preguntas.
Todos saben que eres un viudo un tanto irascible y que necesitas una esposa que te dé un heredero.
Después de que lady Eleanor te haya rechazado, queda muy creíble que te hayas conformado con la primera que pasa.
Y que Charlotte me disculpe —añadió—. Solo tendréis que manteneros alejados de la capital unos años.
Para cuando regreséis a Londres, y hayan pasado cinco o seis años y el niño camine, la gente solo verá a la condesa de Spencer, prima del barón Montgomery.
¿Y quién va a dudar que se trata de mi prima? Si yo voy a hablar maravillas de ella.
Sebastian guardó silencio. La idea era audaz, rayana en la imprudencia, pero poseía una elegancia matemática impecable. Salvaba el honor de Charlotte, protegía al niño y legitimaba su lugar a su lado.
—¿Y si las familias de la alta sociedad sospechan? —preguntó Sebastian sin girarse.
—Dejarás que sospechen lo que quieran mientras no puedan probarlo —repuso Henry, poniéndose en pie—.
¿Desde cuándo te importa la opinión de la gente de la capital, Sebastian?
Tienes las tierras, tienes el dinero, y si juegas bien esta carta, tendrás a la mujer que amas y a tu hijo legítimo bajo tu techo.
El orgullo de Charlotte quedará a salvo porque no entrará en tu casa como una amante, sino como una dama protegida por mi apellido.
»Te prometo que haré todo lo posible para que parezca que la has cortejado. Yo mismo diré que mis constantes visitas a la capital en los últimos tiempos eran porque esperaba la llegada de lady Charlotte Montgomery, y que estaba protegiendo su honor para que solo un hombre honorable la cortejase.
Sebastian tragó saliva, sintiéndose por primera vez en semanas libre del peso asfixiante de la culpa.
—¿Crees que aceptará? —preguntó.
Henry sonrió con cierta socarronería, aunque sus ojos reflejaban una lealtad profunda.
—Es una mujer terquísima, pero no es estúpida. Aceptará porque te ama, porque ese bebé merece un nombre y porque sabe que, si se niega, eres capaz de irte a vivir a cualquier pueblecito solo para estar cerca de ella.
Sebastian soltó un soplo de risa áspera.
—Voy a buscarla ahora mismo —dijo, dando un paso hacia la puerta.
Henry se cruzó en su camino inmediatamente, plantándole una mano firme sobre el pecho.
—De eso nada. Mírate, pareces un espectro surgido de una fosa común.
Si te presentas en su puerta con esa barba de tres días y ese olor a lodo y establo, Charlotte llamará a los alguaciles.
Te vas a lavar, te vas a afeitar, vas a comer un plato caliente y vas a dormir seis horas.
Mañana, al mediodía, irás a verla y le propondrás este plan descabellado.
Sebastian apretó la mandíbula, pero terminó asintiendo, vencido por la sabiduría práctica de su amigo.
—Henry...
—Ni se te ocurra ponerte sentimental —lo detuvo Henry, guiñándole un ojo mientras caminaba hacia la salida—. Solo asegúrate de que, si es un varón, lo bauticéis con mi nombre. Me conformo con eso como pago por mis servicios diplomáticos.
La puerta del estudio se cerró, dejando a Sebastian sumido en la quietud de la noche.
Esa madrugada, Sebastian Spencer durmió por fin. Abrazando con todo su ser aquel milagro recién caído del cielo.