La amante de lord Spencer Capítulo 35
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Capítulo 35

Charlotte llevaba seis días en la casa de su padre, y cada uno de ellos había sido una larga agonía. La vivienda —si es que podía llamarse así— era un inmueble angosto de tres plantas encajado en una callejuela sombría, cerca de los muelles.

Su padre, un hombre que en otro tiempo había vestido chalecos de seda y llevado libros de contabilidad para caballeros acomodados, no era más que una sombra encorvada sobre la mesa del salón.

Arrastraba los pies por la estancia, con los ojos vidriosos por la ginebra barata y la vergüenza marcándole los surcos de la cara, y rara vez se sentaba a comer con ella.

Si ya en el pasado su padre no era más que una sombra de sí mismo, un hombre arruinado y viudo, ahora era poco menos que un cascarón vacío. Un hombre desprovisto de emociones.

Menos mal que Charlotte no planeaba quedarse más tiempo del necesario entre aquellas paredes. Su intención era encontrar un trabajo, de lo que fuese, y ganar cada penique antes de marcharse de Londres y tener a su bebé lejos.

Pero la ciudad no quería sus manos.

Durante seis jornadas infinitas, Charlotte había pateado los adoquines húmedos de Mayfair, Soho y la City.

Había llamado a las puertas traseras de casonas opulentas, se había presentado en tiendas de telas y en posadas de mala muerte.

Se ofrecía como institutriz, como costurera, como doncella o como criada.

La respuesta siempre era una puerta entornada y un par de ojos inquisidores.

Sin un marido, sin una familia respetable que la respaldara y sin una carta de recomendación impecable, en Londres una mujer sola no era nada.

—¿Por qué dejó la casa del señor Spencer tan repentinamente, señorita? —le preguntó esa misma semana el ama de llaves de un comerciante de especias, escudriñando su rostro cansado.

—Por motivos personales y familiares, señora.

—¿Y qué clase de motivos personales hacen que una mujer deje un puesto acomodado para buscar un puesto de criada en la capital?

—Motivos que no interfieren con mi capacidad de trabajo.

La mujer había sonreído con frialdad antes de cerrarle la puerta en la cara.

—En esta casa no contratamos a criadas sin experiencia. Váyase.

Charlotte regresaba cada noche con las plantas de los pies doloridas, los tobillos hinchados y el pecho oprimido por la angustia.

Cenaba un mendrugo seco con té y se obligaba a contar las pocas monedas que le quedaban.

Debía reunir el pasaje para un carruaje.

Tenía que irse lejos, muy lejos, a un pueblo donde nadie conociera su nombre ni le importase que fuese madre soltera.

Porque el tiempo corría en su contra. Y su cuerpo empezaba a delatarla. Era apenas una curvatura sutil, pero pronto sería prominente.

«No puedo traer un bastardo al mundo —se repetía en la oscuridad del camastro, escuchando la tos convulsa de su padre en la habitación adyacente—. Un niño sin apellido en este país está condenado a la miseria. No voy a permitirlo».

Un par de días más tarde, mientras ella terminaba de preparar la sopa que comerían en la cena, un carruaje se detuvo frente a su casa. Ella no alcanzó a ver a quién pertenecía, aunque tampoco hizo falta.

La persona que iba dentro hizo acto de presencia unos segundos más tarde.

—¡Charlotte! —gritó Sebastian—. ¡Charlotte, sé que estás ahí! Ábreme la puerta.

El corazón de Charlotte dio un vuelco tan violento que sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Se quedó paralizada.

¿Qué demonios hacía el conde allí? ¿Y cómo había descubierto cuál era su casa?

Puesto que no quería que ningún vecino lo viese por allí, fue rápidamente a la puerta y la abrió de golpe.

Charlotte apenas pudo reconocer al hombre impecable y aristocrático que gobernaba Spencer Hall con mano de hierro. Tenía los pómulos marcados, unas ojeras violetas y la barba mal recortada.

Era una sombra de sí mismo.

Durante unos segundos desgarradores, solo se escuchó la respiración entrecortada de ambos.

—Charlotte... —susurró él, entrando en la casa a pesar de que ella no lo invitó—. Mi ángel… Pensé que no volvería a verte, y eso me hacía tanto daño.

—¿Qué haces aquí, Sebastian? —logró articular ella.

—Buscar lo único que me queda —respondió él, dando otro paso.

La estrechez de la cocina hacía que su presencia lo llenara todo, sofocante y abrumadora—.

Llevo seis días sin pegar ojo. He tenido que pagarle a mucha gente para que me ayudase en esta locura.

He buscado en cada posada entre Yorkshire y Londres.

He amenazado a jefes de estación, he pagado a rufianes en las tabernas...

Pensé que te había perdido. Pensé que te habías tirado al río o algo así.

No sé, ángel —se pasó una mano por el pelo, desesperado—.

¡Ya no sabía qué pensar! Y todo me aterraba.

—No deberías haber venido —dijo ella, retrocediendo un paso hasta golpear la mesa con las caderas—. No tienes nada que hacer en esta casa. Vuelve a Spencer Hall, con tus hijas y tu prometida. Ese es el mundo al que perteneces.

—¡No hay ningún mundo al que volver si tú no estás en él!

—estalló el conde, alzando la voz con una vehemencia que hizo temblar el pecho de Charlotte—.

¿Crees que me importa Spencer Hall? ¿Crees que me importa el apellido, o las tierras, o la opinión de esa panda de buitres?

No vine a pedirte explicaciones, Charlotte.

Vine a pedirte perdón. A arrastrarme si hace falta, si con eso logro que regreses a mi lado.

»Estas dos semanas sin ti han sido un maldito infierno. Solo pensaba en llegar a casa y encontrarte, y de pronto no estabas… y sentí que me volvería loco…

Charlotte apretó los puños a los lados de la falda.

—No hay nada que perdonar. Hiciste lo que tenías que hacer. Y yo hice lo que debía, Sebastian.

—¡Claro que hay mucho que perdonar! —Sebastian se acercó más, hasta estar a un palmo de ella. Podía ver el temblor de sus labios, la palidez de su piel—. Dejé que te marcharas porque fui un cobarde.

—Me fui porque debía hacerlo —balbuceó ella—. Ni siquiera sabes todo lo que ocurre y… Es mejor que vuelvas a casa. Por favor. No nos metas en un lío.

—¿Es que acaso eres más feliz sin mí, ángel? ¿Tanto me odias, tanto daño te he hecho que eliges una vida alejada de nosotros?

—Cállate... —suplicó ella, cerrando los ojos y girando la cara—. Por lo que más quieras, cállate.

—No me callaré —dijo él, sujetándole el rostro con ambas manos.

Sus palmas estaban frías, pero el contacto abrasaba—.

Te amo desde que irrumpiste en mi despacho, desafiando cada una de mis órdenes.

Te amo por cómo miras a mis hijas, por cómo mantienes la cabeza alta cuando todo se derrumba.

No me importan las normas absurdas, ni lo que digan de mí.

Te amo —repitió—, más que a mi vida. Y sin ti no quiero un futuro.

—No puedo volver como tu institutriz, Sebastian —murmuró ella, sintiendo las primeras lágrimas rodar por sus mejillas—.

No seré el secreto vergonzoso de Spencer Hall.

No voy a ver cómo Lady Eleanor te mira con desprecio mientras me escondes en los pasillos de servicio...

—Sorbió por la nariz—. Y bajo ningún concepto voy a permitir que todos me conozcan como la amante de lord Spencer.

—Eleanor se ha ido —soltó él abruptamente—.

El compromiso está roto. Ella nos… descubrió.

Nos vio besándonos en el pasillo, a plena noche, y me chantajeó.

A cambio de su silencio, le pegaría una gran suma de dinero y ella se olvidaría de todo.

Por eso tuve que viajar a Londres, ángel. Ya no voy a casarme.

Charlotte abrió los ojos, desorientada.

—¿Qué has hecho...?

—Lo que debí hacer hace meses —dijo él, acortando la distancia hasta rozar sus labios con los de ella—. Somos libres, Charlotte. Podemos casarnos, ángel. En Gretna Green. Serás la señora de Spencer Hall. Mis hijas tendrán a la madre que merecen y yo... yo tendré la vida que tanto anhelo.

Charlotte sintió un abismo abriéndose bajo sus pies. Durante un segundo, un efímero y dulce segundo, deseó dejarse caer en sus brazos, cerrar los ojos y permitir que él la llevara lejos de aquella cocina helada. Pero la realidad volvió a golpearla con la fuerza de un jarro de agua congelada.

Se zafó de su agarre con un movimiento brusco y retrocedió hasta tocar la pared.

—¡No! ¡No podemos! —gritó, con la voz quebrada.

—¿Por qué? —exclamó Sebastian, frunciendo el ceño, desconcertado y herido—. ¡Dime una sola razón válida, Charlotte! ¡Una sola! ¿Es que tú no me amas? ¿Es que hice algo imperdonable? Por favor, no me digas que…

—¡Porque estoy encinta!

Las palabras resonaron en la estrecha habitación como un disparo. El eco de la confesión pareció congelar el aire.

Sebastian se quedó petrificado. Su rostro, exhausto y desencajado, mutó lentamente de la incredulidad al absoluto estupor.

—¿Qué... qué has dicho? —balbuceó.

—Estoy encinta —repitió ella en un hilo de voz—. De dos meses, Sebastian. Es tuyo. Llevo la prueba de nuestra culpa aquí dentro y yo no… No voy a permitir que mi hijo sufra las consecuencias de mis malas decisiones, ¿lo comprendes? Abandoné Spencer Hall por este motivo.

Sebastian fijó la mirada en el vientre de ella. No se notaba nada, pero no tenía motivos para dudar de su palabra.

—Un hijo... —susurró él. Un matiz de algo semejante a la devoción o al asombro se apoderó de su voz—. Charlotte... un hijo nuestro...

—¡Un bastardo! —le espetó ella, cortando tajante su ilusión—.

Eso es lo que es. Un bastardo concebido en el pecado, entre las sombras de una casa donde yo era una empleada y tú el señor.

¿Crees que el mundo es ciego? ¿Crees que, si nos casamos ahora, la gente no contará los meses? ¿No sabrá lo que ha pasado?

—¡Que cuenten lo que les dé la gana! —gritó él, dando un paso furioso hacia ella—. ¡Me importa un bledo lo que murmuren en los clubes o en los salones de baile! Tener un hijo contigo es la noticia más feliz que he recibido en años, ángel.

—¡A ti te importará, pero a él le destrozará la vida!

—No dejaré que nadie os toque ni os falte al respeto...

—¡No podrás evitarlo! No puedes luchar contra todo el mundo, Sebastian. Tu nombre quedará manchado para siempre, tus hijas serán marginadas y este niño... este niño cargará con la vergüenza de saber que su madre arruinó a su padre.

—Charlotte, escúchame... —suplicó él, intentando tomarle el brazo, pero ella se apartó como si la quemara cualquier tipo de contacto.

—No. Escúchame tú a mí —dijo ella, con una frialdad desesperada que le desgarraba la garganta—.

No voy a permitir que destruyas tu vida por un error.

Me iré. Encontraré un lugar donde nadie me conozca.

Un pueblo en el norte, una aldea costera...

Diré que soy viuda. Criaré a este niño con honestidad, con mi trabajo, lejos de tus blasones y de los prejuicios de esta sociedad.

—¿Crees que voy a dejar que te lleves a mi hijo a malvivir en una cabaña? ¿Que crezca sin conocer a su padre y sus hermanas? —la voz de Sebastian temblaba de ira y de pánico—. ¡Es mi sangre! Y tú eres la madre de mi hijo, y quiero que estéis conmigo.

—No hay nada que hacer, Sebastian —insistió ella, entre sollozos—. Esto es lo mejor para todos. Vuelve a casa y… y olvídate de mí…

—Jamás —dijo él. Sus ojos grises estaban anegados en lágrimas que se negaba a dejar caer—. Jamás voy a olvidarte. Ni a ti, ni a él.

—Debes hacerlo —murmuró ella, sintiendo que las fuerzas se le agotaban por completo. Señaló la puerta con la mano temblorosa—. Vete. Por favor... si te queda un ápice del afecto que dices tenerme, cruza esa puerta y no vuelvas nunca.

Sebastian la miró. Vio la firmeza terrible en sus ojos, una terquedad nacida del amor más absoluto y del sacrificio más amargo. Vio la palidez de su rostro y cómo apretaba las manos contra su vientre, protegiendo lo que llevaba dentro.

Apretó la mandíbula hasta que le dolió la cabeza.

—Esto no ha terminado, Charlotte —dijo en una voz baja, cargada de una promesa oscura—. Voy a encontrar la manera de que vuelvas conmigo y seamos felices. Lo juro.

A pesar de que ella se veía enfadada y asustada a partes iguales, Sebastian se acercó a Charlotte y le besó la frente.

—Solo dame un poco de tiempo, ángel… Te prometo que valdrá la pena.