La amante de lord Spencer Capítulo 34
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Capítulo 34

—Bienvenido, milord —murmuró James, sin rastro de su habitual entusiasmo—. Espero que el viaje haya sido de su agrado.

Sebastian se desabrochó los guantes de piel, deteniéndose al notar la palidez cadavérica del sirviente.

—¿Qué ocurre, James? ¿Alguna de las niñas ha enfermado en mi ausencia? —se asustó de pronto.

Apenas acababa de llegar de su último viaje a Londres.

Dos días de camino que se le hicieron interminables.

Menos mal que lady Eleanor cumplió su promesa y guardó silencio respecto a su aventura con Charlotte.

Aceptó la fortuna que él le ofreció a cambio de no formar un escándalo, y luego le cerró las puertas en las narices.

El conde no estaba orgulloso de sus acciones, pero al menos no pasaría a mayores. Lady Eleanor se casaría tarde o temprano, y él podría encontrar la manera de ser feliz con Charlotte —a quien deseaba y quería de verdad— sin que la sociedad se lo impidiera.

—No, señor. Las jóvenes se encuentran bien de salud. —El hombre tragó saliva, mirando hacia el suelo de mármol como si le faltaran las fuerzas para sostenerle la mirada—. Se trata de señorita Bennett.

Un latigazo de aprensión le cruzó el pecho a Sebastian.

—¿Charlotte? ¿Le ha sucedido algo?

—Se ha marchado, milord.

El silencio que siguió pareció ahogar el sonido del viento exterior. Sebastian se quedó con los guantes a medio quitar.

—¿Cómo que se ha marchado? —preguntó, intentando mantener la calma, aunque hubo cierto matiz de desesperación en su tono de voz—. ¿A la aldea? ¿Ha ido a visitar a alguien? Si es así, dígale que pase a verme cuando regrese. Me gustaría… hablar con ella sobre un asunto importante.

—Se fue anoche, señor, antes de la madrugada —explicó James, levantando al fin los ojos, cargados de una pena sincera—.

No hay ni rastro de sus pertenencias en la habitación.

Tanto las doncellas como yo hemos intentado dar con la señorita Bennett, pero…

—el hombre carraspeó—. Encontré esto en su alcoba este mediodía.

El mayordomo le extendió una bandeja de plata donde reposaba un solo pliego de papel, doblado en tres y sellado con cera.

—Es de la señorita Bennett… para usted.

Sebastian le arrebató la carta y subió los escalones de tres en tres, con el corazón en un puño. Irrumpió en su cuarto, cerró la puerta de golpe y rompió el sello con manos torpes.

Las palabras lo golpearon como si fueran piedras diminutas.

Charlotte se había ido. Había renunciado a él sin darle la opción a pelear por ella.

En la carta hablaba de amor y sacrificio, pero todo lo que sus ojos captaban, más allá de los borrones de tinta, era su ausencia. La distancia que Charlotte había decidido poner entre ambos.

La carta comenzó a temblar entre sus dedos. Releyó la misma una y otra vez, hasta que se la aprendió de memoria. Desesperación y culpa ahogándolo por dentro, por no haber estado ahí cuando ella más lo necesitaba.

Maldita fuese, Charlotte se había marchado de verdad.

¿Qué iba a hacer? ¿A dónde habría ido?

Desesperado, el conde se dirigió rápidamente a su escritorio y escribió varias cartas, con letra uniforme y con el papel lleno de manchas de tinta. Necesitaba toda la ayuda posible para encontrar a la única mujer a la que había amado tan profundamente.

A su ángel de la guarda.

Unas horas más tarde, tanto Beatrice como Amelia aparecieron en su despacho. Las dos tenían una expresión muy seria, impropias de dos niñas que amaban el caos.

—Papá… ¿es verdad que Charlotte se ha ido? —dijo Beatrice, con la voz ahogada por un sollozo—. La señora Holloway dice que sus vesdidos ya no están. ¿Por qué se ha ido Charlotte, papá? ¿Hicimos algo malo?

La culpa atravesó a Sebastian.

—Nadie ha hecho nada malo, mi amor. Charlotte... tuvo que marcharse por un asunto urgente.

—¡Nos dijo que nos leería el final del cuendo esta semana!

—estalló Beatrice, abalanzándose sobre su cuello para esconder la cara en su hombro.

Rompió a llorar—. ¡Nos prometió que no se iría como las demás!

¡Tráela de vuelda, por favor! ¡Dile que me portaré bien! ¡No volveré a traer ranas a la casa!

El conde apretó a su hija menor contra su pecho, sintiendo el calor de sus lágrimas empapándole el cuello.

Todo este sufrimiento era su culpa. Había jugado con fuego y todos se habían quemado.

—Te juro que la voy a encontrar, Bea —susurró, besándole el cabello desordenado—. Te lo prometo por mi vida. Charlotte regresará con nosotros.

—No prometas cosas que no puedes cumplir, padre —le reprochó Amelia.

La mayor de sus hijas avanzó hasta quedar junto al escritorio, mirando los papeles desordenados y la carta que sobresalía del bolsillo de su padre. Tenía los ojos secos, pero ardían en una furia contenida.

—Amelia, no es momento para...

—La echaste tú —le espetó la niña, sin elevar la voz, pero con una severidad aplastante—.

Como a todas las demás. No te gustaba que Charlotte fuera tan permisiva con nosotras, y la has despedido.

¡Confiésalo! —estalló ella—. Tú… —los ojos se le empañaron por las lágrimas—.

Tú la has echado de casa… ¿Por qué se iría, sino?

—Amelia, eso no es cierto. Ni siquiera me encontraba en casa.

—¡Mentira! Seguro que le dijiste q-que se fuera… porque n-no te gustaba cómo se comportaba con n-nosotras… —Amelia hipó. Era la primera vez que lloraba en meses—. Tráela de vuelta —exigió a su padre—. ¡Queremos a Charlotte con nosotras!

Las palabras de su hija mayor le atravesaron el pecho como una espada. Sebastian ni siquiera encontró palabras adecuadas que calmaran tanto pesar.

Él también anhelaba el regreso de Charlotte. Aquella familia se desmoronaba sin ella.

—Baja a cenar con tu hermana, Amelia.

—¡No! —protestó ella—. Queremos a Charlotte. ¡Búscala!

Sebastian apretó más fuerte a Beatrice contra su pecho. La más pequeña sollozaba aferrada a él y al conejo de peluche. Ese mismo conejito de trapo que tantas veces se vio obligada a buscar Charlotte.

De solo recordarlo, el dolor lo quemó por dentro.

—Lo haré. Pero necesito que te lleves a Beatrice a cenar y me dejes buscar a Charlotte. ¿De acuerdo?

Amelia no añadió nada más. Le quitó suavemente a Beatrice de los brazos, tomó a la pequeña de la mano y se la llevó a pesar de que ambas estaban sollozando por la pérdida de la única mano amable que habían conocido en los últimos meses.

Cuando la puerta volvió a cerrarse, el silencio en el despacho se volvió insoportable.

Sebastian caminó hacia la mesa. Miró el espacio donde Charlotte solía sentarse a revisar los libros o a preparar las lecciones de las niñas. La rabia, la culpa y la impotencia acumuladas durante días estallaron de golpe en su interior.

Con un rugido sordo, barrió con el brazo todo lo que había sobre el escritorio.

La tinta se derramó en una mancha negra sobre la alfombra; las plumas, el secante y los libros de cuero salieron despedidos contra las paredes.

Estrelló una jarra de cristal contra la chimenea, haciendo volar una lluvia de esquirlas brillantes.

Arrastró las sillas, tiró al suelo los volúmenes de las estanterías y golpeó la madera dura del escritorio hasta que sus nudillos sangraron.

Cuando la tormenta de furia se extinguió, dejándolo exhausto y con la respiración entrecortada, se dejó caer de rodillas entre los pedazos de madera y cristal.

No sabía cómo salir de esta. Todo estaba saliendo tan mal últimamente. Y lo peor es que Charlotte era muy buen jugando al despiste. Si no quería ser encontrada, él jamás volvería a verla.

Sebastian agarró un par de libros y los colocó sobre la alfombra. Entre las hojas rasgadas de un volumen de botánica, reposaba una pequeña flor silvestre de pétalos azules, seca y aplastada. Asomaba un poco por el lomo, por eso la vio.

La recordaba perfectamente. Charlotte la había recogido en el prado semanas atrás y la usaba como marcador de páginas.

Sebastian extendió la mano temblorosa y la recogió. Sostuvo la fragilidad de aquellos pétalos muertos en la palma de su mano, sintiendo la textura gastada por el paso de los días.

Apoyó la frente contra la madera del escritorio y, en la penumbra de su despacho, recordó todos los momentos que había vivido con Charlotte. Cómo al principio la detestaba y cómo, poco a poco, se fue ganando su corazón.

«Debes volver, ángel. Vuelve conmigo».

Pasó una hora antes de que se pusiera en pie.

Se limpió la sangre de los nudillos con un pañuelo, se colocó la levita arrugada y se dirigió hacia las cocinas.

—Pide que preparen a Sultán y que enganchen el carruaje ligero —ordenó Sebastian al mayordomo—. Salimos de viaje inmediatamente.

—Milord, es casi medianoche. La niebla del río está subiendo y los caminos a la capital son peligrosos a estas horas...

—Me importa un demonio la niebla, James —lo cortó Sebastian, fijando en él unos ojos grises que ardían por la determinación—. Charlotte está sola en algún lugar, mis hijas la necesitan y yo… —no terminó la frase—. Saldré a buscarla inmediatamente.

El mayordomo asintió.

—El carruaje estará listo en la puerta en cinco minutos, señor. Le prepararé una linterna de aceite y una capa seca.

—Gracias.

James dio un paso hacia el pasillo de servicio, pero se detuvo un segundo y volvió la cabeza.

—Traiga a la señorita a casa, milord. Esta mansión es demasiado fría sin ella.

Sebastian apretó la flor seca dentro de su puño, sintiendo los pétalos crujir contra su piel.

—No pienso regresar sin ella, James. Aunque tenga que remover cada piedra de Inglaterra para encontrarla.