La amante de lord Spencer Capítulo 33
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Capítulo 33

Charlotte se levantó con náuseas el lunes y se dijo que era culpa del pescado de la cena.

El martes se mareó al subir las escaleras y se dijo que era el cansancio acumulado de aquellos días.

El miércoles se pasó la mañana entera con un sabor metálico en la boca y los ojos cansados, y se dijo que era el estrés y la ausencia del conde.

Sebastian se había marchado de improvisto, alegando que tenía que ocuparse de unos asuntos muy serios en la capital, y que regresaría cuanto antes. No le explicó de qué se trataba, pero antes de abandonar Spencer Hall, la visitó en su habitación y la llenó de besos y promesas.

Ante su ausencia, Charlotte se pasó noches enteras dando vueltas en la cama, con la cabeza llena de preguntas para los que no tenía respuestas.

Tras varios días encontrándose mal, Charlotte decidió que no era sano seguir obviando que su salud estaba decayendo considerablemente, y decidió ir al pueblo a que la viese el doctor.

Por supuesto, no le dijo a nadie a dónde iba. Ni siquiera a la señora Holloway, con la que empezaba a tener mucha confianza.

—Señorita Bennett —la saludó el doctor—. Espero que no se encuentre usted aquí porque las hijas del conde están enfermas.

—No, no. Las niñas están bien —aseguró Charlotte. Los nervios la hacían temblar a pesar de que ya no hacía tanto frío—. En realidad, vengo a verle porque creo que estoy enferma.

El doctor la invitó a tomar asiento mientras él sacaba su maletín. Pasaba consulta en una sala pequeña y austera. Charlotte nunca había estado allí, pero se sintió cómoda en todo momento. Incluso cuando él la reconoció en tanto le hacía algunas preguntas.

Finalmente, el hombre se sentó al otro lado de la mesa y se quitó las gafas.

—Está usted encinta. Unas pocas semanas, diría yo.

Charlotte se quedó helada.

¿Encinta? ¿Cómo iba a estar ella encinta? ¡Imposible! Las ocasiones en las que había estado con el conde, él tomó medidas al respecto, retirándose antes de alcanzar el clímax. Se suponía que eso servía para evitar embarazos, ¿no?

—¿Recuerda la última vez que sangró, señorita Bennett? —preguntó el médico.

Charlotte negó con la cabeza, incapaz de emitir sonido.

El doctor la miró con algo de compasión.

—Este sería su primer embarazo, imagino.

—S-Sí.

—No hay nada de lo que preocuparse. Debe usted guardar reposo y alimentarse bien, y venir a consulta cada pocas semanas para asegurarnos de que todo marcha bien. Siendo usted tan joven todavía, no tendrá problemas a la hora del parto.

Charlotte, aunque escuchaba la voz del doctor, no lograba retener nada de lo que él decía.

Embarazada. Estaba esperando un hijo del conde, y solo ella conocía ese secreto.

¿Qué iba a hacer a partir de entonces? ¿Cómo iba ella a esconder un embarazo?

Se rozó el vientre con los dedos, incapaz de reaccionar.

El doctor le dio algunas pautas más que ella ni siquiera escuchó. Charlotte pagó los chelines de la consulta con dedos helados, dio las gracias y salió a la calle.

Encinta.

Caminó de regreso a Spencer Hall sumida en un trance fantasmal. En el vientre llevaba el fruto del amor clandestino con Sebastian.

Un hijo. Su hijo.

Pero la alegría no tenía cabida en aquel pensamiento; solo un terror negro y profundo que se apoderaba de ella y le robaba el aire de los pulmones.

Visualizó el rostro de Sebastian, el de la pequeña Beatrice riendo en el jardín, el de Amelia leyendo junto al fuego… y la sombra de Lady Eleanor, a quien no le haría nada de gracia saber lo que pasaba. ¿Qué mujer aceptaría el bastardo de otra mujer, de todos modos?

Un bastardo.

Un niño nacido de una institutriz sin apellido y un conde a punto de pasar por la vicaría.

Dios los librase de ese escándalo. Ninguno de ellos se salvaría de semejante escarnio.

A ella la señalarían con el dedo y la llamarían fulana.

A lady Eleanor, en cambio, la tacharían de tonta por permitir que su marido tuviera un hijo con otra.

Y lord Spencer… Oh, él no se levantaría de ese escándalo.

Muchos hombres traían bastardos al mundo, cierto, pero todos y cada uno de ellos lo ocultaba lo mejor que podía. Sin embargo, Sebastian no era como ellos. Él sí querría tener a ese hijo cerca, a pesar de las consecuencias que pudiera tener tal osadía de su parte.

«No puedo permitirlo. No puedo criar a mi hijo bajo la sombra de la infamia».

Llegó a la mansión al atardecer. Subió a sus habitaciones esquivando las miradas del personal, echó el cerrojo y se dejó caer sobre la cama. Aún no asimilaba del todo que esperaba un hijo de Sebastian.

Un niño que había sido engendrado en el pecado.

«Dios me libre de condenarlo al fuego eterno», pensó. «Yo sí amo a Sebastian. Lo amo con todo mi corazón. Y a este bebé. Pero no puedo condenarnos a todos por un desliz».

A medianoche, con la casa sumida en el sueño más absoluto, Charlotte encendió una sola vela en su escritorio. Mojó la pluma en el tintero y, con el pulso firme pese al dolor que le atenazaba el corazón, empezó a escribir:

Querido Sebastian:

Cuando leas estas líneas, ya no estaré en Spencer Hall. No intentes averiguar a dónde voy; no he dejado rastro ni destino, porque sé que, si pudieras encontrarme, jamás me dejarías marchar.

Te amo. Te amo con una devoción que me asusta y que ha sido la luz y la condena de mis últimos meses. Te amo desde aquellas mañanas en tu despacho enfrentándome a tu severidad; te amo desde la noche en que tus labios me prometieron un mundo que no nos pertenece.

Pero no puedo ser la sombra que arruine tu vida. No seré la mujer que te obligue a elegir entre el honor de tu linaje y un afecto clandestino. No puedo vivir alimentándome de las migajas de un amor que la sociedad condenaría si se enterase.

Hay una razón más grave, una razón que no me atrevo a trazar en este papel por miedo a que las palabras me vuelvan cobarde y me hagan correr de vuelta a tus brazos. Solo te pido que confíes en que este sacrificio es el único camino justo para protegerte a ti, a tu nombre y al futuro de tus hijas.

Te suplico, por todo lo que compartimos, que no me busques. Déjame desaparecer en la multitud. Cuida de Amelia y de la pequeña Beatrice; diles que las llevo grabadas en el alma y que mi mayor dolor es no haber podido darles un último abrazo.

Y, por favor, sé feliz con lady Eleanor. Ella es una mujer maravillosa que te sacará más de una sonrisa. Estoy segura de que aprenderás a quererla con el paso de los años.

Sé feliz, Sebastian. Haz que esta renuncia valga la pena.

Tuya para siempre, Charlotte.

Dobló la carta con cuidado y la depositó sobre la almohada. Luego, con movimientos rápidos y eficientes, empaquetó sus escasas pertenencias en su pequeño baúl de lona: un par de vestidos sencillos, sus cuadernos, las cartas de su padre y sus libros favoritos.

Antes de cruzar la puerta trasera, un impulso irrefrenable la llevó al pasillo del piso superior.

Descalza, para no hacer crujir el roble del suelo, entornó la puerta del dormitorio de la más pequeña de las hermanas. Beatrice abrazaba a su conejo de trapo, sin rastro de las pesadillas que la asolaba por las noches unas semanas atrás.

Charlotte se apoyó contra el marco de la puerta, ahogando un sollozo con el reverso de la mano. No quería despedirse de ellas, pero era lo correcto. Llevarse consigo ese recuerdo.

Se acercó a la cama y le dio un beso en la frente a Beatrice. La cubrió mejor con la manta y grabó a fuego en su memoria el rostro de la niña.

—Adiós, mi pequeña... —susurró con el corazón deshecho.

Cuando llegó a la habitación de Amelia, las lágrimas caían por sus mejillas. Se las secó con el dorso de la mano antes de besar la cabeza de la niña. Amelia se removió un poco, aunque no abrió los ojos.

Las extrañaría tanto.

Aquellos dos torbellinos la habían hecho más feliz que nadie en toda su vida. Solo esperaba que Beatrice y Amelia también la recordasen con amor, incluso si venían más institutrices después que ella.

Se dio la vuelta, bajó las escaleras de servicio a oscuras y atravesó la cocina hasta el jardín de atrás.

El aire frío de la madrugada la recibió de golpe.

Charlotte cruzó el sendero de grava con el baúl a cuestas, sin volver la vista atrás.

Sabía que, si miraba una sola vez hacia los ventanales oscuros de Spencer Hall, si recordaba el calor de los brazos de Sebastian o la risa de las niñas en el salón, sus piernas se negarían a avanzar.

«Esto lo hago por nuestro futuro», se recordó. «Por la felicidad que os merecéis».

Al alcanzar la puerta pesada de hierro, Charlotte se llevó la mano al pecho y apretó con fuerza el colgante que Sebastian le regaló unas semanas atrás. Ese pequeño objeto sería lo único que guardaría como un recuerdo físico de lo que ambos compartieron.

Tal vez para él no fuese más que un delirio, una aventura que olvidaría en unas semanas. Para Charlotte, sin embargo, lo significa todo.

Nunca se había enamorado, y no sabía muy bien qué le deparaba el futuro, pero jamás arrancaría de su corazón a Sebastian.

Él era el único que merecía vivir allí.