La amante de lord Spencer Capítulo 32
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Capítulo 32

La taberna estaba a media hora a caballo de Spencer Hall, en el cruce de caminos que llevaba al pueblo.

Era un lugar pequeño, de techos bajos y vigas oscuras, con un mostrador de madera gastada y un par de mesas cojas que nadie se molestaba en arreglar.

No era un sitio para caballeros, pero era discreto.

Henry llegó primero. Pidió dos jarras de cerveza, se sentó en la mesa del rincón y esperó. Cuando Sebastian entró, con la levita polvorienta y el rostro sombrío, supo de inmediato que algo había malo había pasado.

—¿Las niñas están bien? Cuando me llegó tu carta esta tarde, invitándome a venir, me dejaste con el corazón en la mano.

Sebastian se sentó frente a él, tomó la jarra y le dio un largo trago.

—Eleanor lo sabe todo. Mi aventura con Charlotte.

Henry tardó unos segundos en procesar lo que acababa de oír.

—¿Lo sabe todo? ¿Cómo demonios se ha enterado?

—Nos vio —interrumpió Sebastian, pasándose una mano temblorosa por la cara y tirando de los mechones rebeldes de su cabello—.

Anoche nos vio besándonos. Pensé que el pasillo estaba desierto...

Dios mío, Charlotte me lo advirtió. Una y otra vez me rogó que mantuviera las distancias, que los muros de Spencer Hall tenían ojos.

Y yo, como un insensato, la arrastré a una esquina para besarla.

—Maldita sea, Sebastian —masculló Henry—. ¿En qué estabas pensando? ¿Te das cuenta de lo que has hecho? Si Eleanor se va de la lengua…

—¡Ya lo sé! —saltó Sebastian en un susurro sibilante y lleno de rabia contenida—.

No necesitas recordarme lo imbécil que he sido.

Sé perfectamente lo que significa todo esto.

Lady Eleanor no es tan estúpida como para dejarlo pasar o fingir que no vio nada.

Ella misma se ha encargado de dejármelo claro.

Henry apoyó los codos en la madera gastada, escudriñando el rostro desencajado de su amigo.

—Eso por descontado. Esa mujer se ve muy espabilada para no haberse casado nunca —cabeceó Henry—. ¿Y bien? ¿Te ha pedido que eches a Charlotte de la casa?

—No. Sorprendentemente, no gritó ni se echó a llorar —respondió Sebastian con una sonrisa amarga, carente de humor—.

Las mujeres de la aristocracia están entrenadas para sangrar por dentro sin despeinarse.

Me citó esta mañana en el salón matutino, y me dijo que no piensa caminar hacia el altar con un hombre que suspira por la institutriz de sus hijas. Que no será el hazmerreír de Londres.

—Tiene todo el derecho del mundo a estar furiosa —observó Henry serenamente.

Por lo menos tenían la suficiente confianza como para no molestarse por eso—.

Pero romper un compromiso a estas alturas...

El barón no lo va a tolerar. La familia está en la ruina, Sebastian.

Necesitan tu fortuna para no perder sus tierras en el sur y volver a ser bien recibidos en las fiestas y cenas.

—Ahí está el asunto. Eleanor sabe que, si rompe nuestro compromiso, nadie se querrá casar con ella y la culparán por lo sucedido. Y no piensa tolerar tal cosa.

—¿Y qué propone entonces?

—Que le dé dinero —soltó Sebastian sin rodeos—.

Una suma considerable. La suficiente para liquidar las deudas de su padre de forma anónima y abultar su dote lo bastante como para que cualquier hombre mire hacia otro lado.

Si le entrego el dinero, ella asumirá la responsabilidad de la ruptura.

Dirá que su familia está delicada de salud y la necesitan a su lado.

Habrá alguien que dude de su palabra, claro; pero al menos le darán la oportunidad de unirse a la siguiente temporada sin muchos dramas.

Henry se echó hacia atrás, apoyando la espalda en el respaldo de la silla. Permaneció unos segundos mirando el fondo de su jarra, dándole vueltas a la situación en la que se hallaba su amigo.

—Es un chantaje —murmuró Henry—. Pero es una solución brillante, la verdad. Se nota que es una dama de armas tomar.

Sebastian levantó la cabeza de golpe, con los ojos echando chispas.

—¿Brillante? ¡Es una extorsión, Henry!

—¡Es la salvación de tu apellido, insensato!

—replicó Henry, inclinándose hacia él con vehemencia—.

Escúchame bien antes de que tu maldito orgullo aristocrático te ciegue del todo.

Si Eleanor disuelve el compromiso amigablemente, el mundo no buscará culpables.

Nadie investigará. Tú firmas los pagarés, ella se va a Londres con los bolsillos llenos, y el honor de Spencer Hall queda intacto.

—Ya lo sé, maldita sea. Pero me irrita sobremanera que esté comprando mi silencio.

—¿Acaso no te das cuenta? Si esto estalla de forma pública, Eleanor no se hundirá sola.

Arrastrará a la muchacha al pozo. Charlotte es una institutriz sin dote, sin apellido y sin influencias.

Si la sociedad descubre que ha entrado en la cama del señor de la casa mientras su prometida dormía bajo el mismo techo, la destruirán.

Ninguna familia decente la contratará jamás.

La llamarán ramera, Sebastian. La condenarán a la indigencia —Pausa—.

Todo esto ha sido por tu culpa. Te dije que te mantuvieras alejado, que no jugaras con fuego.

Pero ya que el mal está hecho, al menos evita que las llamas se expandan más de lo necesario.

Salva a las dos. ¡El dinero te sobra! Y tu honor, en este caso, da igual.

Sebastian cerró los ojos con fuerza. Las palabras de Henry cayeron sobre él como latigazos, sabiendo que cada una de ellas albergaba una verdad irrefutable. La imagen de Charlotte, tan firme, tan orgullosa en su sencillez, arruinada por su causa, le revolvió el estómago.

—No voy a permitir que la toque la infamia —dijo Sebastian con un hilo de voz—. Prefiero vender Spencer Hall piedra por piedra antes de ver a Charlotte humillada.

—Entonces acepta las condiciones de Eleanor —dijo Henry con tono conciliador—. Dale el dinero. Es solo oro, Sebastian, y a ti te sobra.

—No es tan fácil, Henry... Charlotte no sabe nada de lo ocurrido, y hará preguntas. Querrá saber por qué he roto mi compromiso con Eleanor.

—¿Por qué tendría que enterarse de los detalles financieros?

—lo cortó Henry, frunciendo el ceño—. Es una transacción entre el barón y tú, nada más.

Cuando alguien te pregunte, sea quien sea, diles que lady Eleanor no quería dar el paso.

Que no eras el hombre que ella se merecía. ¿Por qué iban a dudar de tu palabra?

—Porque es mentira.

—Las mentiras son necesarias en algunas ocasiones. Y esta es una de ellas, viejo amigo.

Sebastian apretó la mandíbula.

—Mañana hablaré con Eleanor —dijo Sebastian, poniéndose de pie de manera abrupta y ajustándose la levita polvorienta—. Aceptaré sus términos y la enviaré de regreso a Londres. En unos días todo debería estar arreglado.

—Es lo mejor —concilió Henry—. Para ellas, para tus hijas y para ti.

—Ya lo sé. Todo esto es mi culpa, así que me toca evitarles a ellas las consecuencias.

Henry se levantó también y le dio un apretón en el hombro a su amigo.

—No lo veas como una derrota. Te has librado de un matrimonio que no deseabas, y Charlotte no se verá perjudicada. Dentro de todo lo malo, has tenido suerte.

Pero Sebastian no lo veía de ese modo. Si no se casaba, su primo podía acceder a su título. Y sus hijas sufrirían muchísimo si se quedaban a su cargo. No recibirían una dote decente ni serían amadas.

Si buscaba a otra mujer, seguiría ocurriendo lo mismo. Él no sería feliz y la engañaría toda la vida.

Y lo peor de todo es que daba igual lo que hiciera, pues seguiría sin poder tener a Charlotte a su lado. Ella solo era su amante.

—¿Me acompañas a Londres a solucionar esto? —preguntó.

Henry sonrió con suavidad.

—Siempre, amigo mío.

Eso no tranquilizó a Sebastian, pero sí le dio ánimos a la hora de hacer lo correcto.