La amante de lord Spencer Capítulo 31
80%

Capítulo 31

La tarde siguiente, Eleanor mandó llamar a Sebastian al salón.

Como mujer que se tenía en una estima alta, había cosas que no pasaría por alto. Y una amante era una de ellas. O, al menos, una amante con nombre y apellidos, y un rostro muy reconocible.

Lo hizo con una nota breve, entregada por su doncella, en la que decía simplemente:

Necesito hablar con usted. A solas. Es importante.

Sebastian leyó la nota dos veces, con el ceño fruncido, y luego bajó al salón con el estómago encogido y una sensación extraña en la boca del estómago.

Encontró a su futura esposa de pie junto a la ventana, con las manos cruzadas por delante y la mirada fija en el jardín. Llevaba un vestido gris sencillo, sin joyas ni adornos.

Lo primero que notó, aparte de ese pequeño detalle, fue que ella no le sonrió ni le recibió con la alegría habituales.

—Lady Eleanor —dijo Sebastian, cerrando la puerta tras de sí—. ¿Ocurre algo?

—Siéntese, por favor. No le robaré mucho tiempo, se lo prometo.

Sebastian se sentó en el sillón frente a ella, con la espalda recta y las manos sobre las rodillas.

Eleanor siguió de pie junto a la ventana, aunque dejó de mirar al jardín para dirigir su mirada hacia él.

—Llevo todo el día pensando cómo decirle esto —comenzó ella, a caballo entre el nerviosismo y la exasperación—, y no he encontrado la manera elegante de hacerlo. Así que voy a ser directa.

—Se lo ruego, milady.

Sus ojos verdes, serenos, se posaron en él.

—Sé lo que pasa entre usted y señorita Bennett. Lo sé todo.

Sebastian sintió que la sangre se le helaba en las venas. «Seguro que he escuchado mal —decidió, empezando a perder el control de sus manos—. Ella no sabe de qué está hablando».

Pero la expresión de lady Eleanor le transmitía más rabia que alegría.

—No sé de qué me habla.

—Sí lo sabe. —Dijo Eleanor—. Podrá mentirles a sus criados, si quiere.

A mi madre, que no daría crédito a esta historia.

Y no la culparía, porque suena… demencial.

Casi como una invención de una mente perversa.

Pero a mí no me va a convencer de lo contrario, milord.

Lo vi todo. —Pausa—. Anoche, ustedes dos, besándose en el pasillo.

—Por fin se reflejó una emoción diferente en sus ojos claros: rabia—.

Escuché ruidos en el piso de arriba y pensé que se trataba de ese dichoso gato que Beatrice mete a veces en la casa, así que abandoné mi habitación y me dispuse a buscarlo.

No quería que despertase a las niñas. Y entonces me crucé con dos… amantes en el pasillo.

Sebastian se quedó sin palabras.

Nunca imaginó que se vería en la tesitura de tener que convencer a su futura esposa de que su relación con Charlotte era puramente profesional y nada más.

Pero decirlo en voz alta sería cavar aún más su tumba.

Lady Eleanor no era tan tonta, y si los había visto…

¿cómo iba a convencerse de lo contrario?

Sebastian abandonó el sillón y se acercó a la mujer con la garganta completamente cerrada por el miedo. Podría haberle contado cualquier mentira para salir del paso, pero no se le ocurrió nada.

En el fondo, estaba agotado de mentir.

—No es lo que parece.

—No me insulte. —Eleanor lo miró con frialdad—. No soy tonta, Sebastian —le tuteó—. ¿Qué pretende ahora, convencerme de que no besó a su institutriz? Sé perfectamente lo que vi y no me hará cambiar de parecer.

Sebastian bajó la cabeza. No había mentira que pudiera salvar aquello.

—Lo siento mucho, Eleanor.

—No me sirve de nada que lo sientas. —Eleanor sacudió la cabeza, decepcionada hasta la médula—.

No voy a aceptar que me tomes por estúpida, ¿entiendes?

Y mucho menos pienso casarme con un hombre que está enamorado de otra.

No pienso pasar el resto de mi vida siendo la esposa a la que se tolera, mientras usted suspira por la institutriz de sus hijas. ¡Es tan cruel!

—Eleanor, no es eso lo que pretendo hacer.

—No he terminado. —Ella lo cortó con un gesto de la mano—. Si te he reunido aquí, a solas, no es para gritarte y llorar en tu hombro mientras te pido que eches a esa mujer de esta casa.

Sebastian se quedó helado.

Para ser sincero, sí había esperado algo similar. Un par de reproches, unos sollozos… y la orden de borrar a Charlotte de su vida.

—¿Por qué no? Estás en tu derecho de hacerlo.

—Eso sería cierto si tú me apreciaras un mínimo, o yo a ti.

Si ya estuviéramos casados, claro. Pero los dos sabemos que esto no va a ninguna parte, y que obligarlo a renunciar a su amante no haría más que encender la llama del odio en su pecho.

Y como verás, no sería inteligente de mi parte casarme con un hombre que me guarda rencor.

—Le prometí a tu padre que me casaría contigo, y eso haré. Encontraremos la manera de solucionar todo esto.

Eleanor soltó una risa desdeñosa.

—Olvida ese cuento, Sebastian. ¡Te estoy diciendo que no voy a casarme contigo! Y ya no solo porque tengas una amante, a la cual podría tolerar, siempre y cuando no estuviera bajo mi techo. ¿En qué momento pensaste que tenernos a las dos a unas habitaciones de distancia sería sensato?

La vergüenza se apoderó del conde, casi sonrojándolo. Nunca lo habían humillado tanto en su vida como en ese momento. Y lo peor de todo es que se merecía todas y cada una de sus palabras.

—Los hombres a veces os desquiciáis por una mujer bonita —sacudió la cabeza—.

Lastimosamente, me toca hacer al respecto, ya que tú no pareces en tus cabales.

—Eleanor entrecerró los ojos sobre el conde—.

Por más motivos que tenga, no puedo romper el compromiso sin que mi nombre quede manchado.

Mi padre está arruinado, y mi reputación es lo único que me queda.

Si rompo el compromiso sin motivo, quedaré señalada para siempre y nadie querrá cortejarme. A este punto me has empujado.

Sebastian apretó la mandíbula.

—¿Qué quieres que haga? Si de verdad deseas romper este compromiso, buscaremos una solución viable. Nunca pensé que llegaríamos a este punto, pero estoy dispuesto a tenderte la mano y hacer lo que esté en mi mano para que las consecuencias sean mínimas.

Ella se acercó al sillón más cercano y se sentó, como si así se sintiera más cómoda a la hora de negociar su libertad.

—Quiero que me escuches con atención —exigió ella—.

Estoy dispuesta a quitarme del medio y a romper el compromiso yo misma, tal vez alegando que mi familia está muy enferma y ahora mismo necesito ocuparme de ellos.

Nadie en Londres me culpará por quedarme unos meses en casa de mis padres, velándolos, en lugar de casarme con usted.

»A cambio, exijo que compres mi silencio.

—¿Qué? —Un músculo le tembló en el mentón—. ¿De qué hablas?

—Dinero. —Eleanor no parpadeó ni se avergonzó de su petición—. Una cantidad que me permita saldar las deudas de mi padre y ofrecer una dote mayor el año que viene. Así podré encontrar otro marido que no sea tan estúpido como para meterme a la amante en casa.

De haberse tratado de otra persona y otra situación, la habría echado a cajas destempladas de allí solo por osar a exigirle unas cuantas libras a cambio de no destrozarle la vida. De no hundir a Charlotte en el escándalo, impidiéndole ser feliz por el resto de sus días.

Pero tenía que protegerla. A ella más que a nadie.

Lo que le ocurriese a él le importaba un bledo, y si tenía que vivir toda la vida siendo señalado, que así fuese. Mas Charlotte le importaba más que ninguna otra persona en el mundo.

—¿Cuánto quieres?

—Lo que tú consideres justo. —Eleanor se encogió de hombros—. No pretendo arruinarte. Solo pretendo sobrevivir y conseguir un marido decente.

Sebastian se pasó una mano por el cabello.

Un marido decente . Porque él no lo era ni lo sería. Solo podían llamarlo bastardo egoísta. Y acababa de poner en peligro a dos mujeres que no se merecían nada malo.

Que Eleanor estuviera enfadada era lo de menos. ¿Cómo iba a reaccionar ante esa situación, sino dándole la espalda y exigiéndole algún tipo de retribución?

Claro que la deuda del barón era considerable, y él tenía que pensar en muchas cosas aún.

—Si te doy ese dinero, tendrás que callarte —dejó claro él, tenso como la cuerda de un arco—. Ni una sola palabra, ni a su madre ni a nadie.

—Descuida, no me interesa romper tu historia de amor con la institutriz —dijo sin rastro de burla—. Por cómo la mirabas, está claro que tu corazón ya lo tiene ella.

—No se trata de eso.

Eleanor bufó.

—Ya te he dicho que no me trates como si fuera una mujer ingenua, Sebastian. Que la ames es lo de menos. Solo quiero el dinero —pausa—. Lo que hagas con ella no me importa en absoluto.

Tal frivolidad lo dejó totalmente desconcertado. Aquella mujer que tenía delante no encajaba en absoluto con la que había conocido semanas atrás.

¿Todo había sido mentira? ¿O simplemente el enfado la empujaba a jugar sus cartas de la forma más inteligente posible?

Fuera como fuese, ya no importaba. Pues lady Eleanor conocía su secreto y lo tenía agarrado del pescuezo. Si se le ocurría contárselo a alguien, tendría que cargar con la culpa y las consecuencias de haber abrazado la tentación con la institutriz de sus hijas.

Y ninguna de ellas, ni Charlotte, ni Beatrice ni Amelia se merecían nada de eso.

—Prométemelo, entonces —insistió él—. Que no le contarás a nadie da de esto.

Lady Eleanor le sostuvo la mirada unos segundos… y asintió con la cabeza.

—Te lo prometo.

—Bien. Le daré una respuesta antes de que se vaya.

Con la furia quemándole en el pecho, Sebastian se dio la vuelta y abandonó el salón antes de que aquella mujer buscase la manera de complicarle aún más la vida.