Capítulo 30
La cocina de Spencer Hall se había convertido, en las últimas semanas, en el único lugar donde Charlotte se sentía de verdad en casa.
No sabía exactamente cuándo había ocurrido.
Quizá fue la noche de la leche caliente, o la vez que la señora Holloway le guardó un trozo de pastel.
Quizá fue cuando Martha y Lucy empezaron a reírse con ella en lugar de callarse cuando entraba.
Lo cierto era que, sin que nadie lo dijera, Charlotte había dejado de ser una extraña en el comedor de servicio.
Tenía su silla. Su taza. Su sitio.
Y eso la hacía profundamente feliz.
Aquella noche, después de que lady Ashford y Eleanor se retiraran a sus habitaciones, el servicio se reunió alrededor de la mesa larga con una baraja de cartas gastada y una botella de vino barato.
La señora Holloway había hecho bollos. James había contado un chiste que nadie entendió.
Y Martha y Lucy habían empezado a jugar a las cartas con una competitividad feroz.
—Estás haciendo trampas —acusó Lucy, señalando a Martha.
—No es verdad. Lo que pasa es que yo tengo talento.
—Eso no es talento. Es hacer trampas.
—Es lo mismo.
Charlotte negó con la cabeza, sonriendo, y bebió un sorbo de vino.
—¿Y qué os parecen nuestras invitadas? —preguntó James, bajando la voz.
—La madre es un hueso duro de roer —dijo la señora Holloway, sin rodeos—. Se pasa el día criticando mi cocina. Dice que el pastel de carne lleva demasiada sal. Pues que no se lo coma.
—A mí me cae bien lady Eleanor —dijo Martha—. Es educada. No da órdenes a lo tonto. Y trata a las niñas con cariño.
—A las niñas les cuesta quedarse a solas con ella —comentó Lucy—. Sobre todo, a Amelia. No la mira a la cara y la esquiva tanto como puede.
—Amelia no mira a nadie a la cara. Es su forma de ser —repuso la cocinera.
—Pues a Charlotte la adora —se burló Martha—. Parece su madre.
Charlotte se quedó quieta, con la taza a medio camino de los labios.
Se limitó a sonreír, incómoda.
—Bueno —intervino la señora Holloway, dándole la vuelta a una carta—, eso es porque ella no las ve como un caso imposible. Las anteriores institutrices eran muy duras con esas niñas. Pero tú las tratas con mucho cariño.
—Eso es porque las adoro —aseguró Charlotte.
—¿Lo ves? —Martha también le dio la vuelta a sus cartas—. Lady Eleanor es muy dulce, sí, pero no tiene mano con los niños. Creo que perderá la paciencia ante de lo que creemos.
—Esperemos que no —dijo la señora Holloway—. Después de todo, será la señora de la casa.
Charlotte ignoró el pellizco de su estómago.
—Siempre nos quedarán los pasteles de carne salados —bromeó Lucy.
Todos se echaron a reír y siguieron jugando a las cartas un rato más. Hasta que se hizo demasiado tarde para seguir emborrachándose y chismorreando de la futura condesa y su madre.
Charlotte fue la primera en rendirse debido al sueño. Se despidió con una sonrisa y subió las escaleras con paso ligero, con la cabeza aún zumbándole del vino aguado y las bromas de las doncellas.
Le encantaba pasar tiempo con ellos de vez en cuando y no pensar en nada que no fuese divertirse. Como si fueran una familia de verdad.
Sebastian la esperaba de pie al final del pasillo, junto a la ventana, con la levita desabrochada y el cabello suelto sobre la frente.
Al verla, se giró rápidamente y, antes de que Charlotte pudiera decir nada, antes de que pudiera siquiera respirar, la agarró del brazo, la arrastró hacia el hueco entre la pared y la columna, y la besó.
Fue un beso rápido. Hambriento. Silencioso. Un beso que sabía a fuego.
Charlotte se aferró a su levita un instante, disfrutando del sabor de sus labios. De las caricias suaves de su lengua. Luego lo apartó con las manos temblorosas.
—No —susurró, manteniéndose firme a pesar de que él hizo ademán de volver a besarla—. ¡Esto es una locura! ¿Te das cuenta de lo peligroso que resulta besarnos en público? ¿Has perdido la cabeza?
—Sí. Por ti.
Charlotte ignoró el revoloteo de su pecho. Aquellas mariposas debían morir.
—Por favor. —Sus ojos brillaron en la penumbra—. Te lo suplico, Sebastian. Vuelve a tu habitación. No pueden vernos.
Sebastian acarició su mejilla y besó su frente.
—Unos minutos más, por favor. Se me está haciendo muy largo estos días sin ti. Casi no te veo, ángel. ¿Te das cuenta de lo que me estás haciendo?
—Soy la institutriz a ojos de todo —bajó aún más la voz—, no tu amante. Y mucho menos estoy disponible para ti las veinticuatro horas del día. ¡Compórtate!
—Demasiado bien me estoy comportando, ángel —deslizó la mano por su espalda, hasta su cintura, atrayéndola hacia su pecho—. Ven a mi habitación. Duerme conmigo.
Ella sacudió la cabeza y lo miró como si hubiese perdido la cabeza por completo.
—¡Te has vuelto loco!
—Loco me vuelves tú, y tu ausencia. Duerme conmigo —repitió—, ángel.
—No, Sebastian. Esto es… Por favor, suéltame. Regresa a tu habitación. No nos condenes a ambos a un escándalo sin precedentes.
—Está bien —cedió él—. Pero dame un último beso.
Aunque iba a negarse otra vez, Charlotte se rindió por completo y se inclinó a besarlo ella. La primera vez que tomaba la iniciativa, y el conde lo celebró con un gemido y hundiendo los dedos en su melena rubia. Suave como la seda.
—Te veré mañana, ángel mío.
Sebastian le dio un beso sobre los nudillos y se alejó antes de que alguno de los perdiese el control de nuevo.
Charlotte se quedó inmóvil hasta que su silueta desapareció en la penumbra. Luego respiró hondo, se secó los ojos y entró en su habitación.
Cerró la puerta y se apoyó en la madera, con el corazón desbocado y una sonrisa tonta en los labios. Estuviese mal o no, no cambiaría por nada del mundo aquellos ratitos que el conde y ella robaban al reloj.
«Esto es una locura», pensó, rozándose los labios con los dedos.
Antes de poder contenerse, corrió hacia su tocador y tomó el colgante que el conde le obsequió unas semanas atrás. Una vez que se lo puso, lo ocultó detrás de su camisón y se metió en la cama.
Ninguno de ellos, ni Charlotte ni el conde, se percató de que había una figura oculta al final del pasillo. Y que estuvo ahí todo el tiempo. Escuchando y viéndolo todo.
Un testigo muy fiable del idilio prohibido que se traían entre manos.
Eleanor Whitmore se quedó muy quieta hasta que la puerta de Charlotte se cerró. Luego, lentamente, se giró y volvió a su habitación, con el rostro pálido y los ojos secos.