La amante de lord Spencer Capítulo 29
76%

Capítulo 29

Esa noche, Charlotte se acostó temprano, agotada después de un día entero de sonrisas forzadas, reverencias y conversaciones intrascendentes con lady Ashford.

Se había quedado dormida casi de inmediato.

Pero a la una de la madrugada, se despertó con el corazón acelerado y la boca seca, como si alguien la hubiera llamado en sueños.

Se quedó un rato en la cama, mirando el techo, contando las vigas. No funcionó. Así que se levantó, se puso la bata y bajó a la cocina a por un poco de leche.

La casa estaba a oscuras, iluminada apenas por la luz de la luna que entraba por la ventana. Charlotte avanzó de puntillas hacia el aparador, tanteando en la penumbra, cuando oyó un ruido. Un tintineo de cristal, un golpe seco y luego una maldición ahogada.

Se giró rápidamente, con el miedo envolviéndola. ¿Y si se había colado algún ladrón? ¿Y si intentaban asaltarla en mitad de la noche?

Sin pensárselo demasiado, agarró el cuchillo que vio sobre la encimera y se acercó despacio a la despensa, dispuesta a ahuyentar a cualquier vándalo.

—¿Pero qué…? —susurró al percatarse de que no había ladrón alguno.

Sebastian estaba de pie junto al aparador de las botellas, con la levita desabrochada y el cabello revuelto. En la mano sostenía una botella de vino que acababa de sacar de su estante, y en el suelo, a sus pies, brillaban los restos de un vaso que se le había caído.

—Milord —dijo Charlotte, con la voz estrangulada—. ¿Qué hace aquí? ¿Se da cuenta de las horas que son?

Sebastian se volvió hacia ella con una expresión indescifrable. Sus ojos, vidriosos y cansados, le hacían la competencia a la crispación de sus labios.

—Podría preguntarte lo mismo, ángel. ¿Desde cuándo abandonas la cama a estas horas? ¿Es que buscabas algo… o alguien?

Ella pasó por alto su acusación, porque el conde sabía perfectamente que ella no se veía con nadie.

—No podía dormir. He bajado a por leche caliente y un poco de manzanilla. Me ayuda a conciliar el sueño.

—Yo tampoco podía dormir —dijo, más relajado.

Charlotte miró la botella que tenía en la mano, y la rabia encendió una llama en su pecho.

—No deberías beber —le echó ella en cara. Dejó el cuchillo sobre la mesa, ya no lo necesitaba—. Tu prometida está en casa. Si decide bajar a las cocinas, verá una faceta de ti que no le va a gustar nada. Dudo mucho que quiera espantarla de esta manera.

Sebastian soltó una risa seca.

—¿Y qué me importa lo que ella piense? Tarde o temprano va a saber que se ha casado con un borracho imposible.

—Debería importarte —insistió Charlotte, a quien apenas le quedaba paciencia ya para fingir que nada de esto le daba igual—. Ella ha viajado desde Londres con la ilusión de conocer a quien será su futuro marido y su familia. ¿Es que crees que le agradará verte romper vasos y gritar improperios?

—A ti no parecía importarte demasiado.

—No decías lo mismo cuando te reprochaba tal actitud y te instaba a dejar la botella.

Sebastian pasó por su lado y dejó la botella sobre la mesa. Giró sobre sus talones, buscando otro vaso del que adueñarse.

—Sigue sin importarme lo más mínimo cualquier idea que lady Eleanor se haga sobre mí. Lo nuestro es una farsa.

—Para ella no lo es. ¡Las damas de la aristocracia necesitan un buen marido!

—Por favor —se burló él, resoplando—, ¿te estás oyendo? Las damitas a las que te refieres se conformarían con cualquier cosa antes de ser consideradas solteronas incasables.

—Tal vez yo no sepa mucho del asunto, porque soy hija de un empresario que importa telas a Francia; pero no soy tan ilusa como crees. Los sentimientos de lady Eleanor importan.

Como el conde no dijo nada, Charlotte dio por hecho de que la ignoraría por completo.

«Tan cobarde a veces». Con las manos crispadas a cada lado de su cuerpo, ella se acercó y le quitó la botella.

Sebastian le lanzó una mirada cargada de frustración.

—No lo soporto. —Su voz sonó muy ronca de pronto—.

No soporto estar con ella, ángel. ¿Esto es lo que quieres oír?

No soporto fingir que me interesa lo que dice.

De solo pensar en la boda, me quema el pecho y me dan ganas de huir muy lejos.

Lady Eleanor es brillante y muy dulce, pero no despierta en mí el más mínimo interés.

»Dime, entonces… ¿importante también mis sentimientos? ¿O solo los de ella?

Charlotte sintió que el corazón le latía con fuerza dentro del pecho. El conde sonaba tan triste y frustrado que se apiadó de él de inmediato.

—No digas eso. Tú mismo fuiste quien la buscó y le prometió que tendría un título, un hogar, un futuro… No se lo arrebates ahora.

—No la quiero, Charlotte. Y dudo enamorarme de ella en algún momento.

La respeto y la compadezco, maldita sea.

¿Te das cuenta de lo horrible que suena decirlo en voz alta?

—Pausa—. Cualquier mujer como ella haría tan feliz a un hombre…

y a mí solo me hunde en la miseria. Pienso en cómo será nuestro futuro, y me invade un sentimiento de… frustración y tristeza.

—Sebastian, por favor. ¡No te hagas más daño a ti mismo! Es innecesario que pienses en cómo será el futuro, porque nadie lo sabe. ¡Tú tampoco!

Ella había avanzado un paso, queriendo consolarlo. Acariciar su cara y prometerle —aunque fuese mentira— que todo estaría bien. Que su vida con lady Eleanor no sería tan terrible como creía.

—Dame un beso. —Su voz era una súplica. La miraba como si quisiera fundirse con ella para toda la eternidad—. Solo uno, y así lograré soportar la angustia. Solo uno, y luego te dejo en paz.

—No. Esto es… demencial… Sebastian, no funcionan así las cosas.

Él la sujetó de la mano, y el contacto piel con piel hizo que ambos pegaran un respingo. Se habían echado tanto de menos.

—Uno —volvió a suplicar él—. Por favor.

Charlotte decidió que no sería tan terrible darle un beso breve en los labios. Uno, y luego se olvidarían del asunto.

Asintió, y Sebastian se lanzó hacia ella, atrapando su boca con un ansia animal que despertó en ella todas esas emociones que creyó tener bajo control.

El sabor del conde estalló en su boca y erizó toda su piel.

Un gimoteo abandonó sus labios cuando él enredó los dedos en su cabello rubio y la pegó todavía más a su cuerpo, su calor envolviéndola como un manto.

Aquel beso se sentía tan bien y tan incorrecto al mismo tiempo.

Cuando se separaron, Sebastian la miró con los ojos encendidos.

—Más —susurró—. Dame otro.

—No.

—Charlotte, por favor.

—No. —Charlotte se apartó, con la respiración entrecortada—. No puedo. Esto está mal. Tu prometida está arriba, durmiendo; ajena a todo. Y tú estás aquí, conmigo, buscándome. ¿Te parece normal?

—No me importa lo que sea normal o lo correcto —le aseguró él, sonando cada vez más desesperado—. Solo me importas tú.

Charlotte tragó saliva, notando un pesado nudo en el estómago.

—Debería importarte.

—No. —Sebastian la agarró del brazo y la mantuvo cerca—.

No la quiero, Charlotte. ¿Me oyes? No la quiero a ella.

Quien se ha colado bajo mi piel, en mi mente, en mi corazón…

eres tú. Tú. Solo tú. —Su voz temblaba. Apoyó la frente sobre su sien y cerró los ojos—.

Que me condenen al infierno, pero no voy a ir en contra de mis deseos.

—El infierno es un lugar horrible.

—Me parece mucho más feo vivir en este mundo y que tú no estés a mi lado —murmuró él—. Déjame tenerte, ángel. Mi ángel hermoso. Te necesito.

Culpa y deseo se desataron en el pecho de Charlotte cuando el aliento del conde acarició su mejilla y sus manos apretaron su cintura. ¿Qué más podía hacer? Si hasta ella era capaz de sacrificarse por un beso más del hombre al que amaba.

Su conde prohibido.

Locura o no, deseaba besar sus labios y firmar un pacto con el diablo. Su alma a cambio de una noche en los brazos del hombre que le había robado el corazón.

Acarició su mentón con los nudillos, sus labios… y se rindió por completo.

—Bésame —suplicó ella—. Llévame contigo.

Sebastian ahogó un gemido cuando ella le dio alas a su pasión. La envolvió con fuerza y la besó de nuevo. Un beso tan intenso que le dolieron los labios y la obligaron enredar sus dedos en la levita del conde.

Charlotte resistió un instante. Un instante nada más. Luego le devolvió el beso con la misma intensidad, con las mismas ganas, con la misma desesperación. Se aferró a su levita. Le tiró del cabello. Le mordió los labios.

Sebastian la levantó en brazos. Atravesó la cocina. Subió las escaleras. Y la llevó a su despacho, donde cerró la puerta con el pie y la depositó sobre el diván.

El conde no le dio un segundo para dudar, ni para pensar en la mujer que dormía dos pisos más arriba. Se acomodó entre sus piernas con una urgencia brutal, devorándole los labios en un beso profundo, hambriento y posesivo que le hizo a Charlotte soltar un gemido desgarrador.

—Si esto es una condena, que me lleven al infierno ahora mismo —gruñó él contra su boca, rozando su mandíbula con besos febriles mientras sus manos, grandes y desesperadas, tiraban de las cintas de la bata de Charlotte hasta deshacer el nudo de un solo tirón.

La bata se abrió, dejando al descubierto el fino camisón de y su piel pálida. Sebastian ahogó un juramento y hundió el rostro en su escote, mordisqueando la curva de su pecho por encima de la tela, haciéndola arquear la espalda con una sacudida de placer que le dejó los muslos temblando.

—Sebastian... —sollozó ella, aferrándose con los dedos a las solapas de la levita de él, tirando de la prenda hasta obligarlo a quitársela—. Sebastian, no podemos... no debemos...

—Cállate, ángel... no pienses, solo siénteme —murmuró él contra su piel, despojándose de la levita y la corbata con prisa salvaje, arrojándolas al suelo sin mirarlas—. Eres tú. Siempre has sido tú.

Con una impaciencia abrasadora, Sebastian metió las manos por debajo del camisón de Charlotte, subiendo la tela por sus piernas hasta la cintura. El contacto directo de las palmas frías de él contra la piel hirviente de sus muslos hizo que ella dejara escapar un jadeo agudo.

Él no fue delicado; la exploró con una voracidad que le robó el aliento, encontrando la humedad ardiente que ya la delataba entre las piernas.

—Mírate... estás tan lista para mí como yo lo estoy de volverme loco por ti —susurró él, introduciendo los dedos en su sexo con un ritmo frenético que la hizo retorcerse sobre el terciopelo.

—¡Ah! —Charlotte se mordió el labio inferior para no gritar, clavando las uñas en la espalda de la camisa de Sebastian.

El placer la arrolló con la fuerza de una marejada, borrando todo atisbo de culpa, toda norma y toda dignidad.

Solo existía él, su tacto, su boca y el fuego devorador que los consumía.

Él no la dejó tomar aire. Zafándose de los pantalones con torpeza desesperada, se abrió paso entre sus muslos separados. Se inclinó sobre ella, sujetándole el rostro con ambas manos para obligarla a mirarlo a los ojos en medio de la penumbra.

—Mírame, Charlotte —exigió él con la voz temblando de pura devoción y deseo—. Dime quién te está tomando. Dime de quién eres.

—Tú... Solo tú —gimió ella con las lágrimas asomando a sus ojos por la intensidad del momento—. Mi conde…

Con un golpe seco y profundo, Sebastian se hundió en ella de una sola estocada, llenándola por completo.

Charlotte soltó un grito ahogado contra el hombro de él mientras el éxtasis la atravesaba como un rayo. La sensación de plenitud era casi dolorosa, una invasión dulce y prohibida que le hizo enredar las piernas alrededor de las caderas de Sebastian para traerlo aún más profundo dentro de sí.

El ritmo que siguió fue implacable, salvaje y cargado de una angustia desgarradora.

Sebastian la embestía sobre el diván con un compás acelerado, ciego a todo lo que no fuera el roce de sus cuerpos.

Cada estocada era un pacto de silencio, un juramento de amor desesperado entre dos almas que se sabían perdidas.

Charlotte respondía a cada envite elevando las caderas, buscando la fricción exacta, llevada por una locura sensual que jamás creyó poseer.

El chasquido del terciopelo, el sonido de sus cuerpos impactando y las respiraciones entrecortadas llenaron la penumbra del despacho.

Sebastian le apresó las manos sobre la cabeza, entrelazando sus dedos con los de ella mientras se movía dentro de su cuerpo con un dominio absoluto, mirándola sucumbir al placer.

—Eres mi vida, Charlotte... mi única vida —musitó él contra sus labios, besándola con una furia hambrienta mientras aceleraba las embestidas al límite.

—¡Sebastian! —gritó ella cuando la ola del orgasmo la alcanzó con una violencia incontrolable.

Su cuerpo se contrajo alrededor del de él en espasmos violentos, aprisionándolo estrechamente mientras el cielo y el infierno se fundían en uno solo.

Al sentir las contracciones de Charlotte rodeándolo, Sebastian perdió la última brizna de control. Emitió un rugido sordo y gutural contra su cuello y se enterró en ella hasta la base, descargándose con una sacudida brutal que le hizo temblar todo el cuerpo sobre el de ella.

Se quedaron inmóviles durante largos minutos, colapsados sobre el diván en un silencio absoluto, rotos únicamente por el pulso desbocado que les golpeaba en los oídos y el aire raspando sus gargantas.

Sebastian no se retiró. Permaneció hundido en ella, con el rostro oculto en el hueco de su cuello, respirando el aroma a lavanda y sudor de su piel. Sus brazos la rodeaban con un agarre posesivo, casi aterrorizado, como si temiera que al soltarla la realidad los separase para siempre.

Charlotte, con los ojos fijos en el techo del despacho y las lágrimas rodando silenciosas hacia sus sienes, le acarició la espalda desnuda con dedos temblorosos.

Sabía que la mañana traería a lady Eleanor, los compromisos y la vergüenza, pero allí, en la penumbra de ese diván y con el peso del hombre que amaba sobre su pecho, supo que le pertenecía en cuerpo y alma para toda la eternidad.