Capítulo 28
Al día siguiente, el sol brillaba con una generosidad que no era propia de abril, y lady Ashford insistió en dar un paseo por los jardines antes del almuerzo.
Sebastian no pudo negarse. No había razón para hacerlo.
El jardín era hermoso, el día era agradable y su prometida y la madre de esta habían viajado expresamente para conocer la propiedad.
Para conocer a sus hijas y el hogar en el que pronto vivirían todos juntos.
«Solo es un trámite —se recordó él—. En unos días, se marcharán y esto se acabará».
Lady Eleanor no era demasiado insistente en nada. Había dormido en el ala de invitados, junto a su madre, y parecía disfrutar del trato del servicio. También de la comida —banquetes que la señora Holloway se empecinaba en servir—, y de las breves conversaciones que intercambiaba con las niñas.
Beatrice había aceptado casi de inmediato la presencia de lady Eleanor. Le habían explicado quién era y por qué viviría con ellos en Spencer Hall en unos meses, y le pareció perfecto. Quien no se veía muy contenta era Amelia. Ella aún tenía reticencias con lady Eleanor.
Al ser la mayor, recordaba mucho más a su madre, y no quería que esa imagen se viera desdibujada por la de su madrastra.
Para controlarlas un poco, Charlotte salió con ellos al jardín. El conde insistió en que sería un descanso en la lección de las niñas, pero ella empezaba a sospechar que a lord Spencer le aterraba quedarse a solas con su prometida.
Lo que él no se daba cuenta era de lo mal que lo pasaba Charlotte con la situación. El dolor y la tristeza tan grandes que se apoderaban de ella desde el día anterior.
Nunca pensó que lady Eleanor fuese tan hermosa y dulce. La mujer perfecta para un hombre como lord Spencer. Y no dudaba ni un poco en que él terminaría enamorándose de ella, tarde o temprano.
Así que allí estaban todos, paseando por el jardín, con un sol suave cayendo sobre ellos y las flores que aún llenaban los rincones del lugar.
El primero que no se veía muy cómodo con el paseo era Sebastian.
Cada pocos minutos, sus ojos se giraban por sí solos.
Buscaban a Charlotte como buscaban las plantas la luz del sol.
El viento le movía el cabello rubio, los pequeños tirabuzones que siempre se dejaba a la altura de las sienes, y el sol le iluminaba las mejillas.
Lo odiaba. Odiaba la manera en que su corazón reaccionaba antes que su cabeza. Empujándolo a seguir mirando y anhelando que fuese ella la que lo estuviera agarrando del brazo, como su futura mujer, y no lady Eleanor.
—¿Le ocurre algo, lord Spencer?
La voz de Eleanor lo devolvió al presente. Su prometida lo miraba con una expresión neutra, casi amable. Pero había algo en sus ojos que le hizo saber que había notado su distracción.
Solo esperaba que ella no hiciera preguntas incómodas. Y si las hacía, él se libraría de ellas con una simple excusa: se estaba asegurando de que sus hijas se comportaban como se esperaba de ellas.
—Nada —dijo él—. Perdone. Es solo que... el jardín está especialmente bonito hoy.
—Es cierto. —Eleanor miró a su alrededor sin soltar su brazo—. Aunque está un poco descuidado. ¿No cree? Le faltan más flores coloridas, una hierba más verde.
Sebastian tardó un momento en responder.
—Mi esposa era la que se ocupaba de las flores. Desde que ella murió, el jardinero hace lo que puede, pero... Ya ve que no tiene muy buen gusto. Y a mí tampoco es que me haya importado demasiado.
—A los hombres nunca os han interesado las flores, eso es cierto —trató de bromear lady Ashford.
Sebastian hizo una mueca que pretendía ser una sonrisa.
—Comprendo. —Eleanor apretó ligeramente su brazo—. Lo siento. No quería ser indiscreta.
—No lo ha sido. Es bueno que pregunte por las cosas que llamen su atención de esta casa, milady. Usted será la encargada de mantener Spencer Hall como un hogar —musitó, cada palabra abandonando sus labios con cierta dificultad.
Lady Eleanor le contestó con una sonrisa que, a simple vista, se veía como de felicidad. Pero los dos sabían perfectamente que solo trataban de ofrecerse cierta comodidad en aquel matrimonio arreglado.
Lady Ashford hizo algunos comentarios sobre los setos, las fuentes y la necesidad de contratar a un jardinero de verdad. Beatrice correteaba entre los parterres, y Charlotte la llamaba de vez en cuando, recordándole que debían comportarse como era debido.
—Hábleme de sus hijas —pidió Eleanor de pronto—. Amelia es muy seria, ¿verdad?
—Demasiado. Como su madre. Ella la recuerda más que su hermana pequeña, y siempre la envuelve un aire melancólico que es difícil de explicar. Aun y con todo, es brillante. Retiene información fácilmente y sabe comportarse en todas las situaciones.
—¿Y Beatrice?
—Beatrice es... —Sebastian sonrió sin darse cuenta—. Un torbellino. No hay quien la pare cuando corretea de un lado a otro. Casi siempre está molestando al servicio, pero como todos la adoran, no le dan importancia. Te costará seguirle el ritmo.
—Me gusta. Es vivaz. Un rayito de sol —añadió Eleanor con una sonrisa genuina en los labios—. Son como la noche y el día las dos, pero apuesto a que eso es encantador.
—Es agotadora, milady —insistió el conde.
—Oh, todos los niños lo son —aseguró lady Eleanor—. Y espérese a que alcancen la adolescencia. Será imposible contenerlas.
—Es una de las etapas que más me apetece vivir con ellas, en realidad.
La confesión del conde dejó a Charlotte y Eleanor totalmente desubicadas. Ninguna de las dos se lo esperó.
—Cuando le toque enfrentarse a su debut, no pensará igual —trató de bromear lady Ashford.
Eleanor se rio suavemente. Y Sebastian, por un instante, se permitió pensar que quizá aquel matrimonio no fuera tan terrible después de todo.
Eleanor no era Charlotte. No le removía la sangre ni le quitaba el sueño.
Pero era una buena mujer. Una mujer sensata y con la que podía hablar sin miedo a que le leyera el pensamiento.
—Ese estanque es precioso —comentó lady Eleanor una vez se acercaron de pronto. Notó que el conde se tensaba considerablemente y lo miró con cierta intriga—. ¿Todo bien, milord?
Sebastian asintió.
—Beatrice se cayó al estanque hace unas semanas —dijo, finalmente—. Casi se ahogó. Estuvo varios días en cama, resfriada, y desde entonces no se acerca nadie a esta zona del jardín.
—Dios mío —lady Eleanor se cubrió la boca con una de sus manos enguantadas—. ¡Cómo lo lamento!
—Ella está bien, y casi no lo recuerda —explicó con calma el conde—. Pero decidí que nadie volvería a acercarse a este estanque.
—Lamento mucho lo que ocurrió, milord. Le prometo que, una vez me instale en Spencer Hall, yo misma me aseguraré de que Beatrice se mantenga alejada de las zonas más peligrosas del jardín.
La culpa embargó a Charlotte súbitamente.
Aquella mujer se veía dispuesta a ganarse el cariño de las niñas y del conde.
A adoptarlas como si fueran suyas y hubiesen salido de sus entrañas.
Y aunque ella no sabía que fue su culpa el incidente del estanque, solo era cuestión de que se enterase y le echara toda la responsabilidad encima.
—Gracias —repuso el conde.
Se alejaron de allí y caminaron hacia los establos. Al parecer, a lady Eleanor le gustaban los caballos y montar. Conocía de razas y pelajes, de sillas de montar y de dietas especiales para aquellos animales. Eso mantuvo al conde pendiente de sus palabras un buen rato.
Como Amelia y Beatrice eran dos niñas inquietas por naturaleza, ambas se lanzaron a corretear y saludar a los caballos.
Charlotte se quedó atrás, totalmente relegada. Sintiéndose fuera de lugar.
—Usted en la institutriz, ¿verdad? —preguntó lady Ashford, retrasando su avance para así alcanzar y hablarle sin que los demás se enterasen de nada.
—Así es, milady.
—¿Lleva mucho tiempo trabajando aquí?
—Unos tres meses.
—Se nota mucho que las niñas la adoran. Eso significa que hace usted una gran labor.
Charlotte hizo una suave venia.
—Gracias, milady.
—Aun así… creo que no hace usted todo lo que puede por educar a esas niñas.
—¿Disculpe, milady? Yo hago mi trabajo y no he fallado un solo día —dijo a la defensiva.
De pronto le perdió el miedo a aquella mujer, que intentaría jugar a ser la abuela de dos niñas que, en el fondo, ni siquiera le importaban.
—No he dicho lo contrario. —Lady Ashford miró hacia delante, hacia Sebastian y Eleanor, que caminaban juntos en silencio—.
Pero no me negará que esta casa necesita una mujer.
Una condesa que se ocupe de las flores, de las cortinas, de las visitas…
Alguien que ponga orden y eduque a esas dos niñas como se debe.
»No creo que usted sea conveniente, señorita Bennett.
Charlotte no respondió, y no por falta de ganas.
¿Qué le pasaba a aquella mujer? ¿Solo quería intimidarla para que fuese Charlotte quien diese el primer paso y se marchara sin montar un escándalo? ¡Qué cruel!
—Mi hija —continuó lady Ashford— es exactamente lo que esta casa necesita.
Es dulce, educada y sensata. Y sabe llevar una casa.
Cuando se case con lord Spencer, se ocupará de todo.
De las niñas, de los jardines, de la propiedad.
—Hizo una pausa—. Y usted, señorita Bennett, tendrá que acostumbrarse a tener una señora.
—Lo sé, lady Ashford.
—Me alegro. —La mujer la miró de arriba abajo y suspiró—. Porque no todas las institutrices saben cuál es su lugar. Veo que a ti te tienen bien educadita.
Charlotte apretó los dientes, la rabia quemándole en las entrañas.
¿Cuánto más pensaba humillarla aquella mujer con sus palabras venenosas?
—Charlotteeeeeeeeee. —La aparición de Beatrice la salvó—. ¿Podemos ir a ver los patos? Por favor, por favor. ¡Amelia dice que comen pan!
Charlotte respiró hondo y sonrió. No dejó de sentir la mirada de lady Ashford sobre ella en ningún momento.
—Claro, pequeña. Vamos a ver los patos. Si al conde le parece bien.
Sebastian alzó la mirada y asintió.
Beatrice chilló de emoción y, tras sujetar la mano de Charlotte con fuerza, tiró de ella hacia el corral de los patos.
Durante una fracción de segundo, Sebastian y Charlotte se miraron en la distancia. Ninguno de los dos quería estar donde estaban. Y mientras sus cuerpos permanecían en sitios opuestos, sus almas se abrazaron con fuerza en la lejanía.