Capítulo 27
—Ya están aquí —dijo Amelia, asomándose por la ventana—. Son dos carruajes.
Charlotte, pese a que se había prometido a sí misma que no se alteraría con la llegada de lady Eleanor a la casa, sintió que su pulso se aceleraba y la boca se le secaba de pronto.
Tragó saliva y se acercó a la ventana. Un carruaje tirado por dos caballos de color gris avanzaba por el camino de grava a paso tranquilo.
Esa mañana, cuando Lucy le explicó —con una emoción que rayaba lo insoportable— que lady Eleanor vendría a pasar unos días a Spencer Hall, acompañada de su madre y su doncella, no pudo hacer nada más que contener las ganas de llorar y de salir huyendo.
Hubiese sido lo correcto, en realidad. Apartarse y permitir que aquella mujer pasara unos días agradable junto al que sería su futuro esposo.
Sin la sombra de la atracción que sentían Sebastian y ella ensombreciendo ese camino que construirían juntos.
Pero no fue capaz de hacer la maleta e irse.
En el fondo, aún albergaba la esperanza de que encontrar la manera de sobrellevar la situación lo suficientemente bien como para ser la institutriz de Amelia y Beatrice un tiempo más.
—Sí —dijo Charlotte—. Ya están aquí.
—¿Tenemos que bajar a recibirla? —Amelia lo preguntó con una mueca de fastidio.
—Sí, cielo. Es la prometida de tu padre.
—¿Por qué? Ella ni siquiera me cae bien.
—Papá dijo que ella quedía conocernos —intervino Beatrice, más ilusionada que su hermana mayor—. ¿Es guapa?
—¿Y qué más da eso? —resopló Amelia—. Ella quiere ser nuestra madre.
Beatrice hizo un puchero.
—Pero ya tedemos mamá.
—Vamos, niñas. Terminemos la lección antes de que lleguen las visitas —ordenó Charlotte.
Fue imposible seguir con las clases, porque Beatrice no dejaba de mirar por la ventana y Amelia de resoplar. Finalmente, lo dejó por imposible.
Las tres acabaron por asomarse a la ventana a cotillear la llegada de la comitiva.
En cuanto el carruaje se detuvo frente a la casa, el corazón de Charlotte se saltó un latido.
Apenas unos segundos después, una mujer de caballera rubia y vestido azul marino, abandonaba el interior del coche con la ayuda de su cochero.
Charlotte la observó con atención. Era más alta de lo que esperaba.
De complexión delgada, con el cabello recogido en un moño sencillo y un vestido que le sentaba bien sin llamar demasiado la atención.
No era guapa en el sentido convencional.
No tenía la belleza llamativa de las heroínas de novela.
Pero había algo en ella —una serenidad, una elegancia discreta— que resultaba agradable.
«Ella sí encaja en este mundo —pensó con congoja—. Ella sí merece ser la condesa».
No era su enemiga, pero, de alguna manera, su corazón creyó que sí. Ambas disputándose el corazón del conde. Solo que, en este caso, ninguna de las dos ganaría.
Porque Sebastian no poseía tal corazón dentro de su pecho.
—Vamos —dijo, girándose hacia las niñas—. Bajemos a recibir a lady Eleanor. Será mejor que causéis buena impresión.
El recibimiento fue protocolario. Sebastian esperaba en el vestíbulo, con una expresión serena que no casaba en absoluto con su ataque de nervios del día anterior.
A su lado, la señora Holloway y James, el mayordomo, aguardaban la llegada de quien se convertiría en la condesa.
Necesitaban causarle buena impresión, para que en el futuro ella no pensara que gritarles o tratarlos mal era una opción.
Charlotte y las niñas se quedaron a un lado, en completo silencio.
—Lady Eleanor —dijo Sebastian, inclinándose sobre la mano de su prometida—. Bienvenida a Spencer Hall.
—Gracias, lord Spencer. —Eleanor sonrió con educación—. Permítame presentarle a mi madre, lady Ashford. Y a mi doncella, Steicy. Ambas están igual de agradecidas y emocionadas por pasar unos días en este hogar tan acogedor.
—Lady Ashford. —Sebastian se inclinó de nuevo hacia su suegra—. Es un placer tenerla en mi hogar, que pronto también será el suyo.
—El placer es mío, lord Spencer. —Lady Ashford lo miró de arriba abajo con una expresión que Charlotte no supo interpretar.
¿Estaba a favor o en contra del conde? Quién sabía—.
Mi hija me ha hablado mucho de usted, y cosas muy buenas.
Se nota que han encajado ustedes dos. Eso es muy bueno.
En los matrimonios hay que encontrar un punto de entendimiento.
Charlotte ignoró la punzada de celos.
—Espero que así sea, milady. Le aseguro que pondré todo de mi parte para que lady Eleanor sea feliz.
La mujer asintió y permitió que James le cogiera el abrigo.
Sebastian, aprovechando que estaban todos reunidos, se acercó a sus hijas y las señaló con la mano.
—Amelia, Beatrice. Venid a saludar a lady Eleanor.
Las niñas avanzaron con lentitud. Amelia hizo una reverencia perfecta. Beatrice intentó copiarla, pero se enredó con el vestido y casi se cayó. Eleanor sonrió.
—No te preocupes —dijo, con un tono suave. Casi maternal—. A mí me pasaba lo mismo a tu edad. Una vez me caí en medio de un baile y tiré a un obispo.
Beatrice abrió los ojos como platos.
—¿Qué es un obisbo ?
—Obispo —corrigió Eleanor con dulzura—. Mi madre no me dirigió la palabra durante tres días. Pero yo no seré tan dura como ella —ignoró la mirada de reproche que le dedicó la aludida—. Estoy segura de que tendremos tiempo de practicar las reverencias, hasta que salgan perfectas.
«Ese es mi trabajo —Charlotte se sintió relegada de pronto—. Soy yo quien le enseña cómo hacer este tipo de cosas».
No es que a Eleanor le fuese a importar, de todos modos. Ahora le tocaba a ella proteger y cuidar a esas niñas. Ganarse el cariño de ambas, y así convivir en armonía.
Beatrice soltó una risita. Amelia no. Amelia se quedó quieta, con las manos cruzadas por delante y una expresión que Charlotte conocía bien: la de una niña que ha decidido, de antemano, que no le va a gustar alguien.
Eleanor lo notó enseguida. Charlotte lo vio en el modo en que sus ojos se posaron en Amelia, en la forma en que su sonrisa se volvió un poco más suave.
—Y tú debes de ser Amelia —dijo como si nada—. Tu padre me ha dicho que eres muy inteligente, y que te encanta la astronomía.
—Sé leer en tres idiomas —respondió Amelia, con sequedad—. He visto las estrellas a través de mi telescopio. Pero no te lo voy a prestar.
—Amelia —le reprendió Sebastian.
Lady Eleanor alzó la mano y negó con la cabeza, pidiéndole que no se metiera. Era mejor si ellas dos limaban asperezas sin intermediarios.
—Impresionante. Yo solo sé leer en dos. Y regular, si me preguntas. Tendrás que enseñarme tú a mí, entonces. Ya ves que ni siendo una adulta se libra una de seguir aprendiendo cosas nuevas.
Amelia parpadeó. No esperaba esa respuesta.
—¿Le gusta leer?
—Muchísimo. Sobre todo, libros de arte. —Eleanor se inclinó un poco—. ¿A ti te gusta el arte?
Amelia dudó.
—Prefiero la historia.
—La historia también es un arte. —Eleanor le guiño un ojo—. Quizá algún día me dejes ver tus libros. Me encantaría aprender algo nuevo.
Amelia no respondió, pero Charlotte vio cómo sus hombros se relajaban ligeramente.
Acababa de perder contra la futura condesa… y esa derrota dolió como mil fuegos del infierno.
—Son unas niñas encantadoras, milord —se giró hacia Sebastian, sin perder el brillo de sus ojos y sus mejillas—. Creo que las tres seremos capaces de mantener conversaciones muy interesantes.
—Como ya ha visto, Beatrice aún no sabe pronunciar algunas palabras correctamente. Pero se esfuerza muchísimo —aseguró el conde, con un deje de orgullo.
—Eso se debe a la falta de dientes, milord.
Le faltan dos en la parte superior y por eso le cuesta pronunciar algunas palabras.
A Eleanor le ocurría lo mismo cuando era pequeña —intervino lady Ashford, mucho más animada de encontrarse allí.
Ya no los miraba con tanta reticencia—. Apuesto a que esta jovencita será una gran oradora cuando crezca.
—De eso no tengo duda alguna —aseguró el conde—. ¿Les gustaría ponerse cómodas y tomar un té? ¿Tal vez conocer el resto de la casa?
—Oh, sí. Por supuesto —lady Ashford asintió—. Ha sido un viaje largo. Muchas gracias, milord.
Todo el mundo se despidió de las recién llegadas y volvió a sus quehaceres. Hasta Charlotte. Solo que ella tuvo que enfrentarse a dos niñas alborotadas, que no dejaban de hablar de lady Eleanor. Lo hermosa que era, lo amable.
Y, mientras ellas adulaban a la futura condesa, Charlotte se hundía más y más en su desesperación.