La amante de lord Spencer Capítulo 26
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Capítulo 26

Charlotte tomó la decisión por sí misma, sin esperar a que otros amigos del conde aparecieran para recordarle que aquello no podía ser. Que ella jamás sería la mujer que ocupase su corazón, porque ese privilegio le pertenecía a la futura esposa de Sebastian.

¿Cómo iba a seguir acostándose con un hombre comprometido?

Hasta ese momento no había sido del todo consciente del daño que le estaba haciendo a una mujer inocente.

Lady Eleanor seguramente vivía emocionada por su boda y contaba los días para pasar por la vicaría, y Charlotte no era capaz de romper aquella emoción con sus malas acciones.

No sería su amante.

No se arrastraría por los pasillos a medianoche buscando su boca. No temblaría cada vez que él la rozara al pasar. No se dejaría querer a escondidas mientras él se preparaba para casarse con otra. No aceptaría migajas de un amor que nunca podría ser suyo.

Más que un derecho, era una obligación el respetarse a sí misma y respetar a la otra mujer que muy pronto llegaría a Spencer Hall para convertirse en la condesa.

Se merecía algo más. Las dos, en realidad.

Charlotte no sería la rival de una dama de la aristocracia que había conseguido conquistar a lord Spencer en muy poquito tiempo.

Si él se iba a casar con ella, sus motivos tendría.

Y aunque no era tan estúpida como para creer que un hombre de su posición sería fiel a su esposa, no cometería tal traición con ella.

Así que empezó a poner distancia.

Al principio fue sutil. Bajaba al comedor de servicio cuando sabía que él estaba en el despacho.

Se quedaba en el aula después de las lecciones, ordenando libros que ya estaban ordenados.

Respondía con monosílabos cuando él le dirigía la palabra, y evitaba mirarlo a los ojos.

Y cuando llegaba la noche, cuando el pasillo quedaba en silencio y la casa entera parecía contener el aliento, se quedaba en su habitación, con la puerta cerrada.

Con el colgante escondido bajo el vestido.

Sebastian lo notó enseguida, claro. Y, lejos de aceptar su distancia como una forma silenciosa, aunque contundente, de poner fin a aquella locura, decidió que la encararía antes de volverse loco.

Charlotte había entrado en la biblioteca a buscar un libro de historia para Amelia —una excusa perfecta, porque la biblioteca era el territorio de él, y ella lo sabía, y aun así había ido, porque en el fondo, muy en el fondo, quizá quería que la encontrara—, y no se percató de que tenía compañía.

Sebastian cerró la puerta tras de sí, y se quedó de pie, con la espalda contra la madera y los brazos cruzados, mirándola como se mira a un animal que ha decidido huir.

—¿Puedo saber qué demonios te pasa? —preguntó sin preámbulos.

Charlotte se giró, con el pánico apoderándose rápidamente de ella. El libro que tenía entre las manos se le cayó al suelo, y tuvo que agacharse para recogerlo rápidamente.

—No sé a qué se refiere, milord —mintió.

—Sí lo sabes. —Sebastian dio un paso hacia ella, dispuesto a acortar la distancia entre los dos—.

Llevas cuatro días evitándome. Cuatro días sin mirarme a los ojos y respondiéndome con monosílabos como si fuera un desconocido.

¿Qué he hecho? ¿Es que te molestó que dedicara todos estos días a Henry y no fuera a visitarte?

—No ocurre nada, milord. Hago mi trabajo, que es para lo que estoy aquí —le recordó ella con frialdad.

—Entonces, ¿por qué me rehúye? Dime la verdad, ángel. No te pega nada comportarte de esta manera.

«Quizá porque no me conoce tan bien como cree».

—No es nada, milord —repitió.

—No me llames milord. Después de todo lo que hemos compartido y nos hemos dicho el uno al otro, suena como un insulto.

—Es su título. Los empleados como yo debemos usarlo para dirigirnos a usted.

Sebastian perdió la pacencia de golpe, y chasqueó la lengua a medida que se acerca a ella y la tomaba del mentón.

Charlotte siguió mirando al suelo. Sí, le estaba rehuyendo. Y seguiría haciéndolo, porque ninguno de los dos se merecía cruzar una línea invisible que separaba lo correcto de lo pecaminoso.

—Por el amor de dios, ángel. ¿Hasta cuándo vas a seguir torturándome con tu frialdad y tu rechazo? ¿Qué he hecho para ganarme esto?

—En ningún momento le estoy tratando como dice, milord —Charlotte se soltó de su agarre y se alejó un paso—. Hago mi trabajo y me comporto como se espera de mí.

—Basta, Charlotte —espetó él, más alto de lo que pretendía—. No te pega nada esta actitud. Fingir que no sientes por mí nada de nada.

—Le he dicho, milord, que…

—¡Ya te he oído! Y no me creo nada. Ha sido tocarte y que te pusieras a temblar, y no de miedo. Intenta no engañarme — gruñó el conde—. Dime al menos por qué estás así. Si he herido tus sentimientos…

—No los has herido —la interrumpió ella, por primera vez en su vida—, pero tampoco es conveniente que siga aquí, a solas con una institutriz. Si alguien entrase ahora mismo y te viera tocándome, o suplicándome… ¿Qué crees que pensarían?

—Lo que quieran. Me importa un bledo que hablen mal de mí. ¿O qué piensas, que no sé lo que susurran sobre mi persona cuando cae la noche? Todos ellos me ven como a un hombre cruel y borracho.

—Y tú quieres añadir a la lista que te llamen incoherente e imprudente por seducir a la institutriz de sus hijas —ella lo miró como si hubiese perdido la cabeza—. ¿Es que no te escuchas a ti mismo?

—Lo único que verían es a un hombre suplicándole a su ángel de la guarda que le diga por qué está enfada con él.

Tan hermosas palabras habrían calado en ella unos días atrás, cuando aún vivía ciega y sorda, ajena a la verdad de la situación en la que se encontraba. En ese instante, sin embargo, sonaron sórdidas y pesadas.

—Por favor, Sebastian, no sigas.

—Dime qué ocurre.

—¡Nada! —protestó ella, con una mueca de dolor—. Lo que ocurre es que esto no es posible. Te vas a casar, por el amor de dios. Y no es sano ni lógico que escondas a tu amante en la misma casa en la que vivirá tu futura esposa. Es cruel.

Sebastian encajó el golpe, manteniendo las distancias solo porque Charlotte se alejaría si él trataba de atraparla en un abrazo.

—Eleanor no significa nada para mí. Sabes tan bien como yo que esto no es más que un trámite del que me gustaría desentenderme. Si no tuviera a mis hijas, no daría el paso. Pero me veo en la obligación de tener un heredero y proteger mi legado.

—Ya lo sé. Y eres muy valiente por hacer lo correcto —la voz de Charlotte sonó rota. Pues decir la verdad rara vez se sentía liberador. Sobre todo, cuando los sentimientos entraban en juego—. Sebastian, no estamos aquí para discutir si eres buen padre o no. Jamás he dudado de eso.

—Aún recuerdo cuando me reprochabas mi actitud y no pensar en mis hijas.

—Que bebieras sin descanso te convertía en un insensible, pero no en mal padre. Y todos tenemos derecho a cometer errores —dijo Charlotte—. Al menos mis palabras calaron en ti y te sacaron de la cabeza la estúpida idea de que beber sin descanso calmaría la tristeza que te ahogaba por dentro.

—He seguido bebiendo. Es cierto que no tanto como antes, pero sigo haciéndolo.

Y sigue rondándome ese vacío que se extiende por aquí —rozó su pecho con los dedos— y no me deja dormir.

Pensaba que el brandy y el vino me ayudarían a calmarlo, pero nada más lejos de la realidad.

Solo hay una cosa que me funciona a la hora de abandonar este desasosiego que se apodera de mí día y noche: tú. Mi ángel de la guarda.

Los ojos de Charlotte se cristalizaron. No lloró, porque no veía la necesidad de convertir aquel episodio en un intercambio de sollozos y reproches.

—Y su futura esposa se lo agradecerá.

—¡Deja de hablar de ella! Lady Eleanor no es quien me interesa, por dios bendito. ¿Por qué sigues aferrándote a ella solo para torturarme?

—¿Torturarte? Solo intento que entres en razón, dado que te niegas a ver lo evidente. No soy la mujer que va a pasar el resto de su vida junto a ti.

—Puedes hacerlo —dijo él, y sonó algo desesperado de golpe—. Sé mi amante.

—¿Eso es lo que crees que me haría feliz? ¿Esperar a que pase tiempo con su esposa para que me regale los minutos sobrantes? Cuánta crueldad.

Al conde le tembló un músculo en la mandíbula.

—Te necesito, Charlotte.

La crudeza de aquella confusión casi la hizo doblegarse. Sonaban sinceras. Una clara invitación para que escogiese el camino que él deseaba y no el que les convenía a ambos.

—No puede condenarme a ser ese ángel de la guarda del que habla —repitió Charlotte, con la voz temblorosa.

Sebastian acortó la distancia entre ambos de dos zancadas. Las manos de él se deslizaron por sus hombros y luego por sus brazos. Bajo sus dedos, Charlotte tembló. Él lo tomó como una pequeña victoria.

—Entonces sé mi amante, ángel —dijo él, repitiéndose.

Tomó sus manos entre las suyas y entrelazó los dedos con los de ella, como si quisiera retenerla allí, aunque solo fuera durante unos instantes—.

No solo cuando nadie pueda vernos. Quiero encontrarte en mis pensamientos al despertar y saber que estarás esperándome al caer la noche.

Quiero tenerte a mi lado cuando llueva y cuando salga el sol, cuando estemos solos y cuando el mundo entero nos obligue a fingir que no sentimos nada.

Ella apartó la mirada, nerviosa y con las mejillas sonrojadas, y Sebastian sintió que el corazón se le cerraba ante la posibilidad de perderla.

—Tú has derretido el hielo que llevaba años cubriendo mi corazón. Solo tú, ángel. ¿Cómo quieres que renuncie a ti ahora, después de haberte tenido entre mis brazos, después de haber descubierto lo que se siente al tenerte tan cerca?

Charlotte cerró los ojos. Las lágrimas le escocían, pero no quería llorar.

—No puedo ser tu amante, Sebastian. No puedo ser la mujer que espera en las sombras mientras tú te casas con otra, o ser la que se conforma con migajas. —Se soltó las manos—. Me merezco algo más.

Sebastian se quedó quieto.

—Charlotte...

—No me digas nada. —Charlotte dio un paso atrás a medida que sacudía la cabeza—. Si lo único que te atrae de mí es la sensación de control, entonces sigue bebiendo. Al menos la botella no destruirá su reputación ni me hará ver como una cualquiera.

Sebastian apretó los puños cuando sintió que ella lo estaba atacando de forma indirecta por no pensar en todo lo que sufriría si alguien se enteraba de lo sucedido.

—Eres mucho más de lo que crees para mí, Charlotte.

Ella le lanzó una mirada que le permitió comprender que no se lo creía.

—Si no tiene nada más que decirme, milord —retomó la actitud de unos minutos atrás; fría y distante—, iré a ver a sus hijas.

—Charlotte, por dios bendito, espera.

—Hasta luego, lord Spencer.

Cuando ella cerró la puerta, él gritó de frustración y se tiró del cabello.

¡Qué hombre tan estúpido era!