Capítulo 25
Charlotte estaba encorvada sobre el escritorio, recogiendo los libros que había apilados por allí de cualquiera manera. Las niñas habían salido hacía media hora con la señora Holloway, entusiasmadas con la idea de hornear un pastel para despedir al tío Henry, que se marchaba al día siguiente.
Amelia había insistido en que el pastel llevara pasas. Beatrice, en cambio, defendió su idea de añadirle mermelada sin dejar de chillar. Y la cocinera les mandó a callar y las llevó antes de que se enzarzaran en una disputa de hermanas.
Menos mal que la señora Holloway adoraba a esas niñas, o ya se habría vuelto loca.
—¿Interrumpo? —preguntó Henry, en el umbral de la puerta, con una sonrisa afable.
Charlotte se giró, sorprendida.
No esperaba que el marqués se pasara por allí, y menos cuando las niñas ni siquiera daban sus clases esa mañana.
—Lord Montgomery —hizo una venia—. No, en absoluto. Las niñas han bajado a la cocina, si está aquí para llevárselas a dar un paseo. Creo que están cocinando un pastel para usted.
—Sí, algo he oído. Tiemblo de solo imaginar la cantidad de ingredientes que esas dos chiquillas le añadirán al pastel —bromeó—.
Las he visto pasar como dos huracanes y he decidido apartarme, por si acaso.
—Henry entró en el aula y cerró la puerta tras de sí—.
Vengo a despedirme de usted, en realidad. Me voy mañana al amanecer.
Charlotte frunció el ceño. ¿Por qué querría el marqués decirle adiós? Ella solo era la institutriz, y no se habían dirigido la palabra en ningún momento, más allá de los saludos cordiales.
—Lamento que haya sido un viaje tan corto, milord. Espero que nos deleite con su compañía muy pronto.
—Sí, tengo obligaciones que atender en la capital. Cuando la temporada avanza, a uno lo invitan a todo tipo de eventos. Problemas de estar soltero —sonrió con cierta cortesía—. Pero no vengo a aturullarla con cosas tan mundanas.
—Claro, milord. Soy toda oídos. ¿Acaso he hecho algo que le incomodase?
—No, no. Descuida, Charlotte. ¿Me permite llamarla por su nombre? —Ella asintió y él apoyó la mano sobre el escritorio—. Necesito hablar contigo un momento. Como amigo de Sebastian. Te prometo que seré breve.
Charlotte sintió que el estómago se le encogía.
¿Acaso el marqués conocía lo sucedido entre el conde y ella? Pues claro que sí, eran amigos. Y Sebastian no se callaría algo tan importante.
Solo esperaba que el marqués no le fuese con el chisme a la gente de Londres. En algún momento se vería obligada a servir en otra casa, y no necesitaba que su nombre se viera machado por haber caído en la tentación en un par de ocasiones.
—Por supuesto, milord.
—¿Cómo le va con las niñas?
—Bien. Muy bien. —Charlotte dejó un par de libros a un lado, perfectamente alineados el uno con el otro—. Son niñas maravillosas, inteligentes y cariñosas. Estoy muy contenta de poder compartir esta etapa con las dos.
—Me alegro. De verdad. —Dijo Henry—. Se nota que las quiere.
Y se nota que ellas la quieren a usted —añadió con cierta calidez.
A diferencia del conde, Henry parecía cercano con quienes le rodeaban; aunque no fuese gente de la aristocracia—.
Beatrice habla de usted constantemente. Amelia también, aunque disimule más. Ya sabes cómo son las niñas…
—Gracias por sus amables palabras, milord. Le aseguro que, el tiempo que pase al cuidado de esas niñas, me aseguraré de que sean felices.
Henry se apartó de la mesa y se acercó a la ventana, asomándose como quien buscaba disfrutar de las vistas.
—Pero no he venido a hablar de las niñas, Charlotte. ¿Sabe lo que está haciendo?
Charlotte parpadeó.
—No sé a qué se refiere, milord.
—Sí, sí lo sabe. —Henry no la miró, pero ella sintió el peso de su pregunta sobre los hombros.
Como si de una piedra se tratase—. Mi amigo va a casarse en unos meses.
Con lady Eleanor Whitmore, una mujer buena, sensata y que, según me han dicho, está dispuesta a permitirle ciertas...
libertades. Pero hay una cosa que Eleanor no va a consentir, porque su sentido común se lo impedirá.
Y es que la amante viva bajo el mismo techo que la esposa. ¿Me sigue?
Charlotte sintió que la sangre se le subía a las mejillas tan rápido que se mareó y todo.
Lo sabía. ¡Pues claro que el marqués conocía toda la historia!
El miedo se apoderó de Charlotte. ¿Y si él planeaba chantajearla?
¿Y si le exigía que abandonara esa casa inmediatamente?
Ella no quería marcharse y abandonar a aquellas dos niñas que adoraba con todo su corazón, y mucho menos alejarse del conde.
Que su cabeza supiera que no funcionaría jamás no significa que su corazón también estuviese de acuerdo.
—Yo no soy la amante de Lord Spencer. Creo que se equivoca.
—¿Ah, no? —Henry arqueó una ceja, mirándola por fin—. Entonces, ¿qué es usted?
—Soy la institutriz de sus hijas. Usted mismo me ha visto hacer mi trabajo durante estos días que ha estado aquí.
—La institutriz no duerme con el señor de la casa.
Charlotte mantuvo la cabeza en alto a pesar de sentir que Henry la juzgaba. Un poco, al menos. Como si quisiera ser más tajante con ella, pero se controlase.
—¿Quién le ha dicho...?
—Nadie me lo ha dicho. Me creas o no, Sebastian no me ha venido con el chisme, como si esto fuese una historia con la que amenizar una comida o un par de copas.
—Pausa—. Tampoco me lo negó cuando le pregunté abiertamente.
Él es demasiado sincero, me temo. Hay pocas cosas que no reconozca en esta vida.
Además, no soy tonto, señorita Bennett. Y no estoy aquí para juzgarla, sino para advertirle.
Charlotte apretó las manos contra el borde de la mano, buscando algún tipo de apoyo al notar cómo le temblaban las piernas.
—¿Advertirme de qué? —preguntó, aunque ya sabía lo que le diría el marqués.
—De que lo que sea que estáis viviendo no va a durar para siempre.
—Henry habló con una franqueza dolorosa.
El corazón de Charlotte escoció de pronto—.
Sebastian se va a casar. Tarde o temprano, Eleanor llegará a esta casa.
Y cuando se instale en Spencer Hall, usted tendrá que marcharse.
O él tendrá que dejarla. Y, en cualquier caso, alguien saldrá herido.
Probablemente los dos. ¿Eres consciente de que aún sois capaces de evitarlo si os lo proponéis?
Charlotte se quedó de pie, con los ojos fijos en el suelo, sintiendo que cada palabra de Henry era una piedra que le caía encima.
Claro que tenía que alejarse de allí. ¡Qué estúpida había sido al pensar que saldría bien! O que existía una mínima oportunidad de que Sebastian le dejase vivir allí a pesar de su futura esposa. Y no porque esperase ser la amante, sino la institutriz de sus hijas.
El simple hecho de pensar en irse hacía que su alma doliese como si se estuviera fracturando en miles de pedacitos.
—No estoy diciendo que sea culpa tuya —continuó Henry, por todos los medios tratando de sonar comprensivo al ver lo pálida que estaba la joven—.
Tampoco estoy diciendo que sea una mala persona.
Al contrario. Creo que es usted una mujer íntegra, que se preocupa por esas niñas y que no busca hacer daño a nadie.
Pero también creo que está engañándose a sí misma.
Y que, si no se detiene a pensar en lo que está haciendo, acabará destruida.
Charlotte levantó la cabeza por fin. En sus ojos verdes brillaba un intenso deseo por desaparecer. También vergüenza. Y el marqués, preocupándose por ella, se apartó de la ventana y le ofreció el pañuelo.
Ella no lo aceptó.
—¿Y qué quiere que haga? Ha venido a hablar conmigo, y se lo agradezco. Pero imagino que me pedirá algo, ¿no es cierto?
—Ser el amigo de Sebastian no me convierte a mí en su protector, ni mucho menos. Él tiene derecho a equivocarse tanto como tú, Charlotte. Pero si realmente valora a esas niñas, y a Sebastian, sería recomendable que no sigas con esta historia.
—Así que espera que me vaya.
—Solo que lo rechace —corrigió él—. La tentación es difícil de esquivar, Charlotte. Pero tampoco se muere nadie por no estar en los brazos de la persona a la que desea.
Charlotte sintió que las lágrimas le escocían en los ojos. No quería llorar delante de él, pero las palabras de Henry resonaban en su cabeza como una campana, y no podía hacerlas callar.
—Soy plenamente consciente de esto, milord.
—Bien. Me tranquiliza saber que uno de los dos lo tenga claro. Sebastian no es un mal hombre, ¿sabes? Pero se deja llevar demasiado por sus emociones, y eso siempre le juega en contra.
—Haré todo lo que esté en mi mano para evitar que esto vaya a más —susurró Charlotte.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe y Amelia asomó la cabeza.
—¡Tío Henry! ¡El pastel ya está listo! ¡Y Beatrice se ha manchado toda de harina! Ven a verla, ¡es muy divertido!
Henry sonrió, y la seriedad de su rostro se desvaneció como si nunca hubiera estado allí.
—Voy para allá. —Se giró hacia Charlotte una última vez—. Cuídese, señorita Bennett. Gracias por la conversación. Te deseo la mejor de las suertes.
—Adiós, lord Montgomery.
Henry salió del aula, y Charlotte se derrumbó sobre su silla, escondiendo el rostro entre sus manos.
¿Cómo se libraba una de la culpa y el deseo? Tendría que averiguarlo antes de que todo ardiese.