La amante de lord Spencer Capítulo 24
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Capítulo 24

Charlotte se cepillaba el cabello frente al tocador, con movimientos lentos y mecánicos, disfrutando del silencio de la noche.

Las niñas ya dormían. Beatrice había tenido una tarde tranquila, sin tos ni pesadillas, y Amelia se había quedado dormida sobre un libro de historia que Charlotte no había tenido valor de quitarle de las manos.

La casa entera estaba en silencio, y por primera vez en días, Charlotte podía permitirse el lujo de no pensar en nada.

O casi nada.

Porque, aunque lo intentaba, no podía dejar de pensar en Sebastian. Todas las veces que el conde la besó y la acarició, le susurró cosas al oído o la miró como si fuera la única mujer sobre la Tierra.

Aquella locura empezaba a pasarle factura, manteniéndola despierta más horas de las necesarias, y haciéndole creer que había cierta esperanza para ellos. Como si ser la amante puntual de un conde cambiara las reglas de la sociedad.

«Soy tan ilusa», pensó.

Terminó de cepillarse el cabello y dejó el cepillo sobre el tocador. La puerta se abrió de golpe, y el conde asomó la cabeza antes de que ella se girase.

—Milord. ¿Ocurre algo?

—Voy a salir con Henry —dijo él—. Al club. Volveremos tarde.

Charlotte enarcó una delicada ceja.

—Oh.

—Si Beatrice tiene pesadillas, o se encuentra mal, o... —Hizo una pausa— ...lo que sea, puedes ir a su habitación. No hace falta que me pidas permiso nunca más.

Charlotte asintió, sorprendida por el gesto.

—Gracias. Lo haré.

Sebastian no se movió. Se quedó en el umbral, mirándola con una intensidad que hizo que el aire de la habitación se volviera denso y cálido.

Aunque no quisiera, Charlotte reaccionó sonrojándose un poco. Se preguntó si el conde planeaba darle algún beso de despedida o algo así.

«Qué tontería. Claro que no».

—¿Hay algo más que desee decirme? —preguntó Charlotte.

Sebastian metió la mano en el bolsillo de la levita. Sacó algo pequeño, brillante, que centelleó a la luz de la vela. Charlotte entrecerró los ojos, intentando distinguirlo. Era un colgante sencillo. Una cadena fina de plata con un pequeño medallón ovalado, sin grabados ni pedrería.

Exactamente el tipo de joya que una mujer como ella podría llevar sin llamar la atención.

—Ven aquí —dijo Sebastian.

Charlotte se levantó, con el corazón latiéndole con fuerza, y caminó hacia él como si de pronto hubiese perdido el control de su cuerpo. Se detuvo a un paso de él, sin atreverse a mirarlo a los ojos.

Sebastian le apartó el cabello del cuello con una suavidad que la hizo temblar. Luego le puso el colgante alrededor y lo abrochó con dedos expertos.

Charlotte se quedó helada al sentir el peso del medallón sobre su pecho.

—Milord... —susurró—. Esto no es necesario.

—Es un regalo. —Sebastian le ajustó el medallón sobre la piel—. Por ser tan buena con mis hijas.

Charlotte bajó la mirada hacia el colgante. Era bonito. Muy bonito. Y eso era precisamente lo que la inquietaba.

—No busco esto —musitó—. No hago nada a cambio de regalos. Mi entrega por esas niñas es genuina. No espero nada de usted ni de nadie. Eso sería mezquino de mi parte.

—Ya lo sé, ángel. No pretendía que pensaras algo así.

—Entonces, ¿por qué me regala una joya?

—Porque quiero. —Sebastian le sostuvo la mirada. Sus dedos acariciaron su cuello, provocándole cosquillas—. Porque no puedo darte nada más, y esto... —Señaló el colgante con un gesto vago— ...es lo único que puedo ofrecer sin comprometerte.

Charlotte sintió que las lágrimas le escocían en los ojos. No quería aceptarlo. No debía aceptarlo. Era un regalo demasiado íntimo, demasiado personal; cargado de significados que ninguno de los dos se atrevía a decir en voz alta.

Pero cuando intentó quitárselo, Sebastian le detuvo la mano.

—No lo hagas, por favor. No rechaces mi regalo.

—Sebastian, esto no es… —carraspeó, tratando de liberar su garganta del pesado nudo que sentía en ella—. ¿Entiende lo que implica que me regale joyas después de lo que sucedió entre nosotros?

—Es solo un colgante. No significa nada.

—Para usted tal vez no —corrigió ella—, pero a mí sí que me transmite cosas que no… Que no debería siquiera plantearme.

—¿Tanto miedo tienes?

—Claro que sí. Cualquiera que vea esta joya pensará que la he robado.

—Entonces póntela solo por las noches, así dormirá contigo y me sentirás más cerca de ti.

Los dedos de Charlotte acariciaron el medallón, y sintió la calidez que transmitía el metal. Como una promesa implícita.

—Esto es una locura, milord.

—Llámame Sebastian.

—No cambia nada, Sebastian. ¿Hasta cuándo vamos a seguir fingiendo que lo que ocurrió entre nosotros no es un pecado terrible?

—Estoy más que dispuesto a ir a misa y confesarme cuantas veces hagan falta, pero no me exijas un arrepentimiento que no siento —soltó un mechón de pelo rubio de Charlotte y le acarició la mejilla—. Cualquiera diría que haberte acostado conmigo te hizo profundamente infeliz.

—¡No! —ella se ruborizó hasta la raíz del pelo—. No quiero decir eso. Pero… Sebastian, eres un conde.

—Eso parece —repuso él con un deje burlón.

—Vas a casarte.

—También lo sé. Cargo con esa pesada piedra todos los días, ángel.

No creas que se me olvida cuáles son mis obligaciones.

Y cualquiera en mi situación sería lo suficientemente noble y listo como para dejarte ir y no colocarte en una situación como esta…

Pero yo soy un egoísta, ángel. Deseo tanto tu compañía que me estoy volviendo loco, y ya no sé dónde dibujar la línea de lo que está bien y mal.

Sebastian se inclinó hacia ella lentamente, y le besó el cuello. El roce tan sutil como la caricia de una pluma, y Charlotte se estremeció por completo.

Resultaba imposible pensar con claridad cuando le tenía cerca.

Cerró los ojos y contuvo la respiración. Y cuando volvió a abrirlos, Sebastian ya estaba en la puerta.

—Prefiero que me odies a que me rechaces, ángel —dijo él—. Y si desearte es el motivo por el cual iré derechito al infierno cuando muera, que así sea. Valdrá el precio.

Charlotte ignoró lo rápido que latía su corazón.

—Solo dices tonterías… Sebastian.

Él se encogió de hombros y sonrió.

—¿Qué puedo decir? Soy un hombre malvado. Hasta tú me lo dijiste. Pero es mejor reconocer los pecados a ignorarlos. Duerme con el colgante —pidió él, sin exigencias—. Necesito saber que me tienes cerca cuando duermes, ángel.

Charlotte le regresó la sonrisa, pero mucho más pequeña.

—Lo haré —prometió.

—Buenas noches, Charlotte. Nos veremos en tus sueños.

«Ojalá me abraces fuerte en ellos», pensó ella, apretando el colgante con la mano.

—Buenas noches, Sebastian.