Capítulo 23
—¡Tío Henry! —chilló Beatrice, que llevaba dos días levantada y ya corría por los pasillos como si el catarro nunca la hubiera postrado en la cama.
—¡Tío Henry! —repitió Amelia, menos estridente pero igual de entusiasmada.
Henry se agachó a tiempo de recibir a Beatrice y Amelia en un abrazo caluroso.
—¡Mis pequeñas salvajes! —exclamó, riendo—. ¿Es que nadie os ha enseñado a recibir a las visitas con tranquilidad?
—Tú no eres una visita —dijo Beatrice, colgada de su cuello—. Tú eres el tío Henry.
—Eso es verdad. —Henry le revolvió el cabello—. ¿Y qué me contáis? ¿Habéis metido más ranas en la casa?
—No —dijo Amelia, con cara de asco—. Papá le ha prohibido por completo que se acerque al estanque.
Henry suavizó un poco la expresión al mirar a la pequeña Beatrice y recordar el trágico accidente que sufrió unas semanas atrás.
Aunque le hubiese gustado llega antes a Spencer Hall, sus deberes como marqués lo mantuvieron más tiempo del debido en Londres, y solo pudo escaparse cuando delegó lo demás a su abogado.
—Es lo mejor. No queremos que a nuestra pequeña estrellita le ocurra algo malo.
Beatrice sonrió y le dio un beso en la mejilla.
—¿Me has traído un regalo, tío Henry? —preguntó ella.
—Eso creo. Deben estar en el salón.
Amelia se mostró igual de emocionada que su hermana.
—Pero no podréis abrirlos hasta que hayáis terminado con la lección de hoy —proclamó Sebastian, apareciendo de golpe en el salón—. ¿Qué hacéis aquí? ¿Acaso no os está esperando la señorita Bennett?
—Es que quedíamos ver al tío Henry…
—Después abrimos los regalos —le prometió el marqués a la niña.
Beatrice puso mala cara, pero Amelia la agarró de la mano y tiró de ella hacia el aula.
—A veces te envidio un poco —admitió Henry, quitándose el abrigo y entregándoselo al mayordomo—. Dos niñas tan bonitas y alegres…
—¿Estás admitiendo que te gustaría ser padre?
Henry se rio entre dientes.
—No creas. Ojalá se pudiera ser padre sin tener que pasar antes por la vicaría. Me ahorraría muchos problemas.
—Dudo mucho que en Londres se te permita conservar tu legado si no traes al mundo a un heredero.
—Bueno —Henry se rascó el mentón de forma pensativa—, aún me quedan unos años antes de que eso ocurra. Y eso si no me muero antes.
Sebastian amusgó los ojos.
—Deja de decir tonterías. ¿Es que ya vienes borracho?
—Claro que no, ¡dios me libre! —bromeó—. Solo digo que hasta las mentes más brillantes acaban bajo tierra. Y ahora dime una cosa… ¿tienes ensillados los caballos? Hace mucho que no monto y necesito recordar viejos tiempos.
El conde le hizo un gesto con la mano, invitándole a salir de la casa, y Henry sonrió.
Tal vez no sería padre nunca, pero se convertiría en el Pepito Grillo de su amigo hasta el día del juicio final.
—Así que Eleanor te cae bien —dijo Henry, subido a su caballo favorito, mientras trotaban por el camino más accesible.
Sebastian fingió no haberle escuchado. Prefería no traer a colación su inminente futuro. Pero Henry no lo dejaría pasar, y él lo sabía muy bien, así que se comió la pulla que en realidad quería soltar y murmuró:
—Es sensata. Educada. Sabe lo que quiere y no espera nada que yo no pueda darle. ¿Caerme bien? Tampoco lo diría de ese modo. Prefiero pensar que es fácil convivir con ella cuando estoy en Londres.
—¿Y eso te basta?
—No me queda otra. Tú mismo te encargaste de recordarme que debía casarme otra vez con el noble propósito de proteger a mis hijas de un futuro oscuro y cruel. Hasta me conseguiste esposa. Ni las mejores alcahuetas son tan eficaces como tú.
Henry lo miró de reojo.
—No me has contestado.
—Te he contestado mejor de lo que te mereces, viejo amigo —el conde le dio una palmadita suave al caballo al ver que se detenía en el camino porque había visto algún animalillo salvaje—. ¿No te basta con mi palabra?
—Confío en ti, pero sé que no eres del todo sincero. Tú nunca hablas con tanta calma cuando se trata de asuntos que no te gustan.
—Está bien. —Sebastian suspiró, poniéndose en marcha de nuevo—.
No me basta, pero es lo que hay. Eleanor será una buena condesa.
—Trató de sonar convencido—. Una buena madre para mis hijas.
Y me dará un heredero, que es lo que necesito.
Eso es más de lo que la mayoría de los matrimonios de nuestra clase pueden presumir.
—Suena muy racional de tu parte. Supongo que has hablado con ella de esto.
—Así es. Lady Eleanor solo me ha pedido que le permita seguir pintando, porque es lo que de verdad le hace feliz.
Ella es consciente de su situación delicada, y no planea complicarle aún más a su padre la tarea de encontrarle un marido cuando ningún hombre de la aristocracia aceptaría una dote tan pequeña.
—Bueno, eso no es del todo cierto. Los hay que se casarían con una muñeca de trapo si pudieran.
Sebastian soltó una carcajada.
—¿Y tú no eres uno de ellos? —lo pinchó el conde, burlón.
—Claro que no. Me gustan las mujeres reales. Algunas son un poco insufribles, no te lo voy a negar, y tratar con ellas presenta un desafío. Pero la gran mayoría son una compañía muy agradable.
—Algunas más que otras. Sobre todo, las que trabajan en el teatro, ¿no?
Henry escondió una sonrisita.
—¿Qué puedo decir? Tengo buen gusto. —Pausa—. ¿Y Charlotte?
Sebastian se tensó. El caballo notó la tensión y sacudió la cabeza, inquieto.
—¿Qué pasa con Charlotte?
—Tú dirás. Parece que esa mujer se está convirtiendo en la horma de tu zapato.
—Claro que no.
—He visto las miraditas que le lanzas cuando ella no se da cuenta.
Y, para ser sinceros, no me importa demasiado si te has acostado con ella o no.
Dios sabe que las mujeres hermosas están hechas para que las colmen de halagos y joyas —Henry agitó un poco las riendas para indicarle al caballo que regresarían por el sendero de la izquierda—.
Lo que me preocupa es que esté viviendo bajo tu techo.
A las amantes se las busca lejos precisamente para evitarse escándalos, Sebastian.
El conde no permitió que aquellas palabras calaran en él y le hicieron arrepentirse de lo sucedido con Charlotte.
Tenía muy claro que compartir un par de noches con aquella mujer lo había cambiado todo, al punto de que no solo la deseaba cada vez más, sino que haría cualquier cosa por conservarla cerca.
Si eso iba en contra de las normas impuestas por la sociedad, poco le importaba.
—Pero no puedo evitarlo. —Sebastian apretó las riendas y echó un vistazo al marqués.
Henry no parecía preocupado, solo intrigado por los vaivenes de su amigo—.
Cada vez que intento alejarme, algo me devuelve a ella.
Cada vez que me prometo no volver a tocarla, la veo en el pasillo, o en el aula, o en el jardín con las niñas, y...
—Se calló—. No puedo, Henry. No puedo. Durante muchos años he intentado alejarme de los placeres de la carne porque ninguna mujer despertaba en mí el más mínimo interés.
Ni siquiera una llama pequeña que me permitiese retozar con ellas en la cama.
—Pausa—. Y entonces apareció Charlotte en la puerta de mi casa, y me pareció un ángel recién llegado del cielo.
¿Cómo esperas que ignore esto que siento?
Henry guardó silencio un momento. Luego suspiró.
—¿Y qué piensas hacer?
—Nada. —Sebastian se encogió de hombros—. Aprovechar cada segundo que pueda. Tarde o temprano, esto se acabará.
Sebastian ignoró la punzada que sintió en el pecho.
—Eres consciente de que, si alguien se entera de esto, el escándalo será monumental, ¿verdad? Ya no solo para ti, Sebastian; también ella sufrirá los escarnios de la sociedad. Nadie le ofrecerá trabajo si creen que se mete en la cama de todos los señores para los que trabaja.
Apretó la mandíbula y asintió. Claro que lo sabía, y lo último que buscaba era precisamente dañarla. Porque Charlotte no se merecía un trato tan vejatorio.
—Además —dijo Henry, esta vez algo más serio—, que tu futura esposa te diese permiso para tener amantes no significa que a ella le agrade que vivan bajo su mismo techo. Diría que ninguna mujer, en su sano juicio, lo permitiría. Es humillante.
Sebastian apretó la mandíbula.
—Eso no es asunto tuyo.
—Es asunto mío si voy a verte arruinado.
—Henry detuvo su caballo—. Escúchame, Sebastian.
Te lo digo como amigo: Charlotte no es una amante cualquiera.
No es una viuda aburrida en busca de aventuras, ni una actriz que necesite regalos.
Es una institutriz. Una empleada. ¿Te das cuenta de en la posición en la que la pones, aceptando ser tu amante?
Sebastian no respondió.
No tenía nada con lo que excusarse porque su amigo tenía razón.
—¿La quieres como amante? —insistió Henry—. ¿O la quieres como algo más?
—No lo sé —confesó en voz baja—. La verdad es que no lo sé.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo. —Sebastian se pasó una mano por el cabello—. No sé qué siento, como tampoco sé lo que quiero. Solo sé que no puedo dejarla ir porque es la única mujer que ha despertado en mí algo que no sea rechazo.
Henry se puso en marcha de nuevo, su caballo trotando por el camino de tierra en dirección a Spencer Hall.
Junto a él, el conde iba cabizbajo, pensativo. En su cabeza se había desatado un torbellino de pensamientos que no lograba desenmarañar, y todos giraban en torno a Charlotte y Eleanor. En la boda que se llevaría a cabo en unas semanas.
—Eres un zoquete —soltó Henry al cabo de unos minutos.
—Gracias por decirlo. Creo que no hubiese conseguido dormirme hoy si no lo escuchaba de tus labios.
—Un inmaduro también.
—Lo sé —dijo Sebastian, resignado.
—Y un mal hombre.
—También lo sé.
—Pero te aprecio de todos modos —Henry esbozó una sonrisa que achicó sus ojos azules—.
Precisamente por eso es por lo que no quiero verte entre la espada y la pared, eligiendo entre dos mujeres y haciendo daño a una de ellas.
Eres un hombre inteligente —apostilló—, y sé que no permitirías que Eleanor se sintiera humillada o que Charlotte fuera señalada con el dedo.
Pero tendrás que ser honesto con la segunda y explicarle por qué no puedes mantenerla en esta casa. Es peligroso.
Sebastian lo siguió, en silencio, con el corazón pesado y la mente llena de preguntas a las que no sabía —ni quería— dar respuestas.
Henry tenía razón. Sabía que estaba jugando con fuego y que aquello no podía acabar bien. Pero cuando pensaba en Charlotte, en su piel, en su voz, en el modo en que le decía su nombre, no podía evitar desear que aquel fuego lo consumiera entero.
Aunque le doliera.
Aunque le costara todo.