Capítulo 22 #2
Sin romper el beso, Sebastian la tomó por los muslos y la alzó de golpe, obligándola a enredar sus piernas alrededor de su cintura.
Charlotte ahogó un grito de sorpresa contra su boca mientras él la llevaba a grandes zancadas hacia la gran mesa de caoba del salón.
Barrió los papeles y el vaso de brandy de un solo manotazo furioso —el cristal estrellándose contra la alfombra en un golpe sordo— y la sentó sobre la madera pulida, acomodándose entre sus piernas con una vehemencia que la dejó sin aire.
—Mírame —ordenó él con voz ronca, apartándole con brusquedad la bata de los hombros.
La fina tela cayó a sus codos, dejando al descubierto el encaje del camisón y la blancura de su pecho agitado.
Sebastian la contempló con los ojos oscurecidos por un deseo salvaje, inyectados en una devoción casi violenta.
Sus manos, grandes y calientes, apresaron la cintura de Charlotte con fuerza, apretándola contra su pelvis donde el volumen de su erección resultaba innegable.
—Dime que esto es mejor que gritarme —exigió él, inclinándose para atrapar uno de sus pechos por encima de la tela ligera, mordiendo con suavidad a través del lino hasta hacerla arquear la espalda en un espasmo de placer puro—. Dime que así es como me quieres.
—Sebastian... Dios mío, Sebastian... —gimió ella, enterrando las uñas en sus hombros, con la sangre ardiéndole en las venas—. Tú... tú eres mi única condena...
—Entonces arde conmigo, ángel.
Con un tirón impaciente, Sebastian rasgó el tirante del camisón, dejando sus pechos al descubierto en la penumbra del salón.
No hubo preámbulos delicados; la tomó con la boca con una voracidad que rozaba lo impúdico, succionando y acariciando el pezón hasta hacer que Charlotte gimiera su nombre una y otra vez, perdiendo el control de su propio cuerpo sobre la mesa.
Sus manos exploraron sin frenos la piel desnuda de Charlotte, descendiendo por sus caderas, levantando la falda del camisón con una prisa torpe y desesperada.
Cuando sus dedos encontraron la humedad hirviente entre sus muslos, Charlotte soltó un grito ahogado que Sebastian ahogó con su propia boca, metiéndole la lengua hasta el fondo mientras la acariciaba con un ritmo frenético.
—Por favor... —suplicó ella entre sus besos, fuera de sí, elevando las caderas al encuentro de sus dedos, devorada por una marea de placer que la amenazaba con romper en mil pedazos—. Sebastian, no puedo... no puedo aguantar...
—Entonces rómpete en pedazos conmigo, ángel.
Se posicionó entre sus piernas y, sin darle tiempo a recuperar el aliento, se empujó dentro de ella de una sola embestida.
Charlotte clavó las uñas en su espalda desnuda, dejando escapar un jadeo agudo al sentir la plenitud abrasadora de Sebastian llenándola por entero.
La mesa de caoba crujió bajo el peso de ambos, pero a ninguno le importó.
El ritmo que impuso él fue salvaje, pautado por la desesperación de un hombre que se ahogaba y encontraba en su cuerpo el único aire posible.
Cada estocada era áspera, profunda y hambrienta.
Sebastian la embestía con una fuerza desmedida, tomándole los brazos y sujetándolos contra la madera sobre su cabeza, mirándola fijamente a los ojos mientras se hundía en ella una y otra vez.
Charlotte no podía apartar la mirada: vio la tormenta, la necesidad absoluta y el deseo desgarrado en las pupilas grises de Sebastian, un reflejo de la misma locura que la consumía a ella.
—Eres mía, Charlotte... —repitió él como una letanía enloquecida, con el sudor brillándole en la frente y el pecho agitado contra el de ella—. Di que eres mía. Dilo.
—Tuya... soy tuya, Sebastian —gimió ella, llevada al límite por el roce frenético de sus cuerpos, sintiendo que la cumbre se aproximaba con la fuerza de un rayo.
El placer estalló en su vientre con una violencia telúrica. Charlotte cerró los ojos y mordió el hombro desnudo de Sebastian para no gritar, sintiendo cómo las olas de éxtasis la sacudían en espasmos violentos y continuos.
Al sentir las contracciones de ella envolviéndolo, Sebastian dejó escapar un rugido visceral, áspero, y se enterró hasta el fondo una última vez y luego se apartó, entregándose por entero en una sacudida brutal que lo dejó temblando sobre su cuerpo.
Derramándose sobre su vientre hasta la última gota.
Se quedaron así durante largos minutos, pegados el uno al otro en la penumbra del salón, escuchando solo el sonido desbocado de sus respiraciones y el chasquido lejano de la madera.
Sebastian no se retiró inmediatamente. Apoyó la frente contra el cuello sudoroso de Charlotte, abrazándola con una fuerza posesiva pero infinitamente cansada, como si en su cuerpo hubiera encontrado finalmente el descanso que el alcohol jamás le pudo dar.
Charlotte, con las fuerzas completamente agotadas y el corazón latiéndole en la garganta, le rodeó la nuca con los brazos, acariciando los mechones desordenados de su cabello con una ternura infinita.
—No vas a beber más —murmuró ella en su oído.
Sebastian levantó la cabeza despacio. La miró a los ojos, con el rostro libre por fin del insomnio y la rabia, sustituidos por un agotamiento sereno y una devoción absoluta. Se inclinó y le besó los labios con una dulzura inesperada que contrastaba con la furia de hacía unos instantes.
—No —susurró él, rozando su mejilla con el pulgar—. Mientras me queden noches como esta a tu lado, ángel... la botella puede pudrirse en el infierno.