Capítulo 22
Sebastian había intentado controlar la gente de ingesta tantos días como pudo. Eso desembocó en un insomnio terrible que lo tenía deambulando por su habitación horas tras horas, sin saber cómo evitar los temblores de sus manos y el dolor intenso de sus entrañas.
Tras lo ocurrido con Beatrice en el estanque, se prometió que dejaría de embriagarse y estaría ahí, para sus hijas, siempre. Pero la necesidad de beber vino o brandy era tan intensa que casi podía sentir cómo se le iba la cabeza.
Más irascible que de costumbre, y con una sombra oscura bajo los ojos, Sebastian se levantaba de la cama justo cuando llegaba su ayuda de cámara y luego se encerraba en su despacho a trabajar. Pero ni siquiera las obligaciones le ayudaban a calmar a la bestia que arañaba sus costillas día y noche.
Luchó contra ella, de verdad que lo hizo, pero no fue suficiente. Y una de esas noches en las que no lograba dormir, abandonó la habitación y se dirigió hacia el salón en grandes zancadas.
Necesitaba beber.
Una copa, al menos.
Se sentó en el sillón, con el vaso entre las manos, y miró el fuego apagado de la chimenea.
—Maldita sea —murmuró.
Le dio un trago al brandy y sintió que volvía a recuperar el control de su cuerpo y su mente. Cerró los ojos con fuerza y echó la cabeza hacia atrás, deleitándose en el amargo sabor de aquel brebaje.
Si tan solo pudiera borrar de su cabeza los reproches de la señorita Bennett.
Como si pensar en ella la hubiese invocado, Charlotte apareció por allí apenas unos minutos más tarde.
Llevaba puesta una bata y el cabello suelto sobre los hombros.
Tenía los ojos brillantes y la respiración agitada, como si hubiera corrido.
Al verlo con el vaso en la mano, su rostro se contrajo en una mueca de desesperación.
—No —dijo—. No lo haga. ¡Había aguantado muy bien!
Sebastian soltó un bufido al abrir los ojos y cruzarse con su mirada.
—Vete a la cama, Charlotte. No son horas para que estés pululando por aquí.
—De ningún modo, milord. Pensaba que solo necesitaba un poco de leche o un té para conciliar el sueño, pero ya veo que me equivoqué. ¡Solo piensa en la botella!
—He dicho que te vayas.
—Y yo he dicho que no me moveré de aquí —Charlotte entró y encajó la puerta—. ¿Qué está haciendo?
—Lo que me da la gana.
—Prometiste que lo intentarías.
—Lo he intentado. —Sebastian bebió un trago—. Cinco días. Y no ha servido de nada.
—¡Porque no has tenido la paciencia suficiente! —le echó en cara ella—. ¿Tan difícil es pedir ayuda? Usted tiene médicos a su alcance, seguro que alguno podría ayudarlo y…
—No. —Bebió otro trago—. No ha servido porque sigo siendo el mismo desgraciado de siempre. Que tú creas en los cuentos de hadas, ángel, no significa que los demás también.
—Eso no es verdad —protestó ella—. Es un buen hombre que solo necesita que le tiendan una mano. Si tan solo quisiera dejar esa botella atrás…
—Sí lo es. —Sebastian la miró, con los ojos inyectados en sangre—.
¿Sabes lo que he hecho estos cinco días?
Pensar en ti. Cada minuto. Cada segundo.
Pensar en tu piel, en tu voz, en el modo en que dijiste mi nombre mientras te hacía el amor.
Y eso es una tortura mucho más insoportable que la de no beber alcohol.
»Lo he intentado —se defendió él—, y ya no puedo más. Entre tú y el brandy, prefiere lo segundo. Por lo menos el alcohol no me mete en problemas.
El golpe bajo hizo su efecto, y Charlotte se ruborizó de rabia y vergüenza.
—Sebastian —lo llamó por su nombre, creyendo que así la escucharía—, beber no es la solución. El alcohol convierte a los hombres en bestias.
—No me interrumpas. —Dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco—.
¿Sabes lo peor? Que no puedo hacer nada.
Una parte de mí disfrutaría seduciéndote y viendo cómo caes rendidas a mis pies.
Mi dulce ángel rogándome por un beso —la mirada se le oscureció de pronto—.
Te has convertido en el peor castigo de un hombre como yo.
Hay mil razones por las que esto está mal.
Y yo... —Soltó una risa sin gracia—. Yo solo quiero beber hasta olvidarlo todo. Hasta perderte de vista.
Charlotte se acercó a él y se detuvo a un paso del sillón. ¿Qué pretendía hacer? Aún no lo había averiguado. Solo tenía claro que no regresaría a su habitación, encerrándose bajo llave para fingir que el conde no se estaba autodestruyendo.
—Usted no el mismo desgraciado de siempre.
—Charlotte notó que la garganta le ardía—.
Ha hecho cosas muy buenas últimamente. Ayer jugó con sus hijas, y le leyó un cuento a Beatrice.
Sé que también le ha aumentado el sueldo al cochero al enterarse que había tenido otro hijo.
Es usted una buena persona que solo necesita sentirse menos…
roto —susurró—. Pero ambos sabemos que el alcohol no borra nada de eso.
—Hablas demasiado, y nunca dices nada sensato.
Ella apretó los puños.
—Hay mucha gente que se preocupa por usted, milord.
—¿Tú? —Sebastian la miró con escepticismo—. ¿Tú te preocupas por mí?
Ella tardó unos segundos en volver a hablar.
—Sí.
—¿Aunque llevo semanas gritándote y sacándote de mi vista?
—Sí —susurró ella.
—¿Aunque te besé y te hice el amor?
Ante el recuerdo de la noche que compartieron, Charlotte tembló y notó que una calidez inmensa se extendía por todo su cuerpo.
—Sí.
—¿Aunque te estoy destrozando la vida?
Charlotte no respondió de inmediato.
—No me está destrozando la vida. Me duele ver cómo echa su futuro a perder por culpa del alcohol. Eso… me entristece mucho.
Sebastian se levantó por fin y, aunque no estaba ebrio, se tambaleó ligeramente. El cabello, que de normal llevaba perfectamente peinado hacia atrás, ahora lucía desordenado.
Al verlo, Charlotte deseó peinárselo con los dedos.
—No deberías preocuparte por mí, ángel.
—Alguien tiene que hacerlo. Supongo que no pasa nada si ese alguien soy yo.
—No. —Sebastian negó con la cabeza—. No quiero tu lástima.
—¿Crees que es lástima lo que me motiva a salir de la cama a estas horas y bajar aquí? —Charlotte dio un paso hacia él, la bata dejando entrever su camisón, la piel suave de su cuello y su escote—. ¿Cree que me quedo aquí por lástima?
—No sé por qué te quedas —reconoció él, y sonó muy vulnerable.
—Me quedo porque no puedo irme. —Charlotte lo miró con cierta timidez—.
Quizás los dos estemos cometiendo el peor pecado de todos al pensar en el otro cuando no debería.
Yo… —se abrazó a sí misma y apartó la mirada—.
Solo sé que usted me importa y no quiero verle destruirse por algo tan asqueroso como lo es el alcohol.
—¿Y qué harás? ¿Cómo vas a conseguir que entienda que es mejor dejar de beber, aunque estar sobrio me empuje a pensar en ti, ángel?
El corazón de Charlotte se estrujó dolorosamente dentro del pecho. Ninguno de los dos debería esta diciendo estas cosas en voz alta, y aunque lo correcto hubiese sido pedirle que dejase de hacerlo, ella se regodeó en sus palabras. Como si estas fueran un abrigo en mitad de una noche de invierno.
—Dices que te importo —prosiguió él, acercándose solo para poder tomar uno de sus mechones de pelo rubio y enredarlo entre sus dedos—, pero solo me lanza reproches. ¿Cómo voy a ser capaz de abandonar el alcohol? Necesito un aliciente, ángel.
—¿No le basta con saber que sus hijas le necesitan? ¿Que es más feliz cuando no bebe ni rompe cosas?
—No, no es suficiente.
El aliento se le quedó atascado en la garganta.
Charlotte permitió que él le alzara el rostro tras colocar un dedo bajo su mentón.
—¿Y qué podría ofrecerle alguien como yo, milord?
—¿Qué tal si me dejaras besarte ahora mismo? —susurró, con una voz que era mitad burla, mitad deseo—. Quizás si mantengo mis manos y mi boca ocupadas en ti, no beberé.
Charlotte sintió que la sangre se le subió a las mejillas.
—No te burles de mí.
—No me estoy burlando.
—Sí lo haces. Eres cruel —se quejó ella, tuteándolo por fin.
—No soy cruel, ángel. —Sebastian le puso una mano en la cintura, con una suavidad que contrastaba con la intensidad de su mirada—.
Soy un hombre desesperado. Un hombre que lleva semanas pensando en ti.
Un hombre que desea algo que no puede tener.
—Acercó su boca a su oído—. Y no es ninguna broma.
Pienso en ti día y noche. En tu piel. En tu voz.
Y ese deseo... —Le mordió el lóbulo de la oreja— ...
quema en mis venas. Y quiero que seas mía. Aunque sea una sola noche, ángel.
—No hables así... —suplicó Charlotte en un hilo de voz, pero las palabras murieron en su garganta cuando la boca de Sebastian bajó hacia la curva de su cuello con una voracidad contenida que le hizo temblar hasta los huesos.
Esta vez no había la cautela ni la timidez de su primer encuentro.
Había un hambre ciega, una necesidad abrasadora y rabiosa alimentada por semanas de contención, de insomnio y de angustia.
Sebastian no era el conde distante ni el amante contenido: era un hombre despojado de sus armaduras, desesperado por apagar el veneno que le quemaba las entrañas con el único fuego capaz de salvarlo.
—No voy a dejarte ir, Charlotte —murmuró él contra su piel, con la voz áspera y bronca, sepultando las manos en la masa desordenada de su cabello y obligándola a echar la cabeza hacia atrás—. Tú dijiste que te importaba. Demuéstralo.
Su boca reclamó la de Charlotte con una urgencia feroz. El beso fue un choque ardiente, posesivo, sin tregua. Sebastian devoró sus labios con un dominio implacable, buscando su lengua, robándole el aliento hasta dejarla sin aliento y sin capacidad para razonar.
Charlotte intentó aferrarse al último reducto de cordura, apoyando las manos en el pecho desnudo de él bajo la camisa entreabierta, pero al sentir el pulso desbocado y la piel hirviente de Sebastian, sus dedos se cerraron sobre la tela en un gesto de rendición absoluta.
Un gemido bajo escapó de los labios de ella, un sonido que encendió la última chispa de cordura en la mente del conde.