La amante de lord Spencer Capítulo 21
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Capítulo 21

Beatrice estaba enferma y, aunque el médico había dicho que no era grave, que solo necesitaba reposo, calor y líquidos, la niña protestaba a diario y se negaba a tomarse el té.

Como las doncellas estaban agotadas de lidiar con ella, Charlotte tomó el relevo más que encantada. Pasaba las tardes con ella, en su habitación, y le ayudaba a cepillarse el cabello y tomar las sopas que la señora Halloway le preparaba con tanto cariño.

—Señorita Bennett, cuéntame otro cuento.

Charlotte, sentada en una silla junto a la cama, con un libro de gramática abierto en el regazo que no conseguía leer, negó con la cabeza.

—Ya te he contado tres, Beatrice. Duerme un poco.

—No quiero dormir. Quiero otro cuento.

—Mañana.

—Ahora —insistió la niña.

Charlotte suspiró. Desde el incidente del estanque, no había vuelto a contarle ningún cuento inventado. No porque no quisiera, sino porque cada vez que lo intentaba, la imagen de Beatrice flotando en el agua le taladraba la cabeza y las palabras se le atascaban en la garganta.

No quería pasar por eso nunca más. Así que se limitaba a los cuentos infantiles que pasaban de generación en generación, y que no tenía nada de peligroso.

—Voy a buscar algo para leer —dijo, levantándose de la silla—. Un libro bonito. Con dibujos.

—¿De la biblioteca de papá?

—Sí.

—Papá no deja que nadie entre en su biblioteca.

—Papá no está.

Beatrice sonrió, con la complicidad de quien sabe que está a punto de hacer algo prohibido. Charlotte le arropó con cuidado, le dio un beso en la frente y salió de la habitación.

El pasillo estaba en penumbra y a ella le dolía la espalda de pasarse horas sentada en la misma posición.

Solo necesitaba que Beatrice se relajase un poco y dormitase lo suficiente como para que ella pudiese encargarse del resto de sus labores.

Y por eso decidió colarse en la biblioteca del conde, aprovechando que él no se encontraba en casa, y coger uno de los libros infantiles que tenía por allí.

La biblioteca era una habitación enorme, de techos altos y estanterías de cedro, repletas de libros encuadernados en piel. Olía a papel viejo, a polvo y a un leve aroma a tabaco que Charlotte ya asociaba irremediablemente con Sebastian.

Se acercó a las estanterías y empezó a buscar. Había libros de historia, de política, de agricultura. Tomos de derecho. Tratados de navegación. Nada que pudiera interesarle a una niña de ocho años.

—¿Buscas algo en particular?

Charlotte se giró de golpe, con el corazón en la garganta.

Sebastian estaba de pie en el umbral, con la levita desabrochada y las manos en los bolsillos. Debía de haber estado en el despacho, al otro lado del pasillo, y la había oído entrar.

«Dios bendito, no le había escuchado llegar», pensó Charlotte.

—Milord —dijo Charlotte, con la voz estrangulada—. Lo siento, no sabía que estaba aquí. Beatrice quería un cuento, y yo...

—Beatrice debería estar durmiendo.

—Lo sé. Pero no consigue dormirse, y yo he pensado que un libro...

—Está bien. —Sebastian entró en la biblioteca y se acercó a una de las estanterías más bajas—. Los libros infantiles están aquí. Los de mi infancia. Amelia los ha leído todos, pero a Beatrice todavía le gustan.

Charlotte lo miró rebuscar entre los lomos. Sacó un volumen de tapas azules, con las esquinas gastadas, y se lo tendió.

—Este. Las aventuras de un ratón viajero. A Beatrice le encantará.

—Gracias —dijo Charlotte, tomándolo con cuidado y apretándolo contra su pecho. Ignoró por completo el revoloteo de su pecho—. Estoy seguro de que a Beatrice le hará muy feliz saber que todavía recibirá un cuento antes de dormir.

Los ojos grises del conde brillaban a la luz de la lámpara, y su pelo, algo desordenado, le hacía parecer más joven que de costumbre. A ojos de cualquiera, solo era un conde agotado tras un día de trabajo. Pero Charlotte pensó que era el hombre más guapo del mundo.

—No tienes que darme las gracias, ángel. Entretener a mis hijas también es algo que entra dentro de sus labores.

—Sí, cierto. Eh… Iré a ver qué tal está. Hoy ha tosido un poco más que ayer, pero se ha comido toda la sopa.

—Bien.

—Nos veremos después.

—¿Es una propuesta indecente, ángel? —preguntó él, con una de sus cejas alzadas.

Charlotte sintió que las mejillas le ardían. Se giró hacia la puerta.

—Debo volver. Beatrice me espera.

—Espera —Sebastian la agarró del brazo. Fue un gesto rápido, casi involuntario, pero suficiente para detenerla en seco. Charlotte se quedó inmóvil, con el libro apretado contra el pecho y la respiración entrecortada—. No me has respondido a la pregunta.

—No hay nada que responder —balbuceó ella, ardiendo de vergüenza.

—Has dicho que nos veríamos más tarde. Y eso, a mi parecer, es una propuesta muy interesante.

—¡Me refería para hablar de su hija! N-Nada más, milord.

Sebastian aflojó un poco su agarre, pero siguió mirándola con la sombra de una sonrisa en los labios.

—No he olvidado nada —dijo Sebastian, con una voz baja y ronca—. Nada de lo que pasó aquella noche, ángel. Sigues clavada en mis recuerdos.

Charlotte cerró los ojos con fuerza.

Había tratado por todos los medios olvidar aquella noche, cómo se sintió estando en los brazos del conde, para lidiar con la tristeza y la vergüenza y el anhelo de obtener más con algo de entereza. Porque las mujeres como ella no tenían permitido soñar con imposibles. Eso resultaba doloroso.

—No deberíamos hablar de eso, milord. Alguien podría escucharnos.

—¿Y crees que me importa?

—¡A mí sí! —exclamó ella con los ojos muy abiertos—. Tal vez usted pueda hacer lo que quiera, pero a mí un escándalo me destrozaría la vida.

Sebastian suavizó su expresión.

Ella se protegió a sí misma pegando más el libro a su pecho.

—Lo que pasó aquella noche fue un error.

—No estoy de acuerdo.

—Sebastian... —Charlotte se giró hacia él, con las mejillas encendidas y los ojos brillantes—. Fue un error. Lo dijimos. Íbamos a olvidarlo. Ese era el trato.

—No hicimos ningún trato, ángel.

—Lo hicimos implícitamente.

—No me importan las implicaciones. —Sebastian deslizó los dedos por su brazo y atrapó su mano enguantada—. No puedo olvidarlo. No quiero olvidarlo.

—No puedes decir eso, milord. Es demencial creer que una noche puede cambiar las reglas de esta sociedad. —Charlotte dio un paso hacia atrás, liberándose en contra de su voluntad—. Incluso si de verdad quiere mantener el recuerdo… es mejor si lo hace en la intimidad.

—¿Te avergüenzas de lo que pasó entre nosotros?

—¡No! —ella quiso protestar—. Solo intento que sea usted razonable.

—Me pides imposibles. Sobre todo, tratándose de ti.

Charlotte trató de mantener la calma, aunque su corazón se había acelerado en contra de su voluntad.

—No diga esas cosas.

—¿Por qué no? ¿No te gustan?

¡Al contrario! Solo alimentaba la esperanza que empezaba a brotar en su pecho, y eso lo volvía muy peligroso.

—Porque no importa, de todos modos. Está bien si se… acuerda de todo, milord. Eso no cambia nada. Aunque le recomiendo que haga usted como que nunca pasó.

—No quiero hacerlo, ángel —repuso él, encogiéndose de hombros—. Contra todo pronóstico, me gusta conservar los buenos recuerdos.

Charlotte inspiró profundamente.

—Será mejor que regrese con su hija y detenga este disparate.

Sebastian se acercó más. Le puso una mano en la cintura, con una suavidad que contrastaba con la firmeza de su mirada, y la apretó contra la pared. Charlotte sintió el calor de su cuerpo, el olor a tabaco y a madera, el latido de su corazón contra el suyo.

¿Cómo algo que se sentía tan bien podía ser tan peligroso?

—No he olvidado nada —repitió él, en un susurro—. Ni tu piel. Ni tu voz. Ni el modo en que dijiste mi nombre mientras me enterraba entre tus piernas una y otra vez. ¿Por qué tanta crueldad de repente, ángel? Queriendo arrancar ese recuerdo de mi mente.

—Sebastian...

—No he olvidado nada —insistió él—, ni lo haré.

Cuando el conde la besó otra vez, todas las razones por las que Charlotte creía que él se había vuelto loco murieron calcinadas bajo las lentas caricias de su lengua. Fue un beso tan dulce y tranquilo que decenas de mariposas echaron a volar dentro de su pecho.

Nunca la habían besado de esa forma. No era virgen, ni mucho menos.

Ya había tenido un amante antes del conde.

Un hombre que trabajaba importando telas, como su padre, y que le pareció apuesto y divertido cuando se conocieron.

Duraron pocos meses viéndose a escondidas, y de pronto, un día, él desapareció.

Pero ni de broma la besaba como lo hacía Sebastian.

El conde parecía buscar algún tipo de consuelo en sus labios, y ella, solícita, se lo concedía correspondiéndole con las mismas ansias.

Que Dios la perdonase, pero no era capaz de resistirse cuando él hacía que su corazón bailase un vals solo con una caricia.

Pero luego, con un esfuerzo que le costó más que ninguna otra cosa en su vida, se apartó solo poque alargar aquel beso la pondría en un aprieto peor. En el de conformarse con migajas y recuerdos.

—No —dijo, con la voz rota—. No puedo.

Sebastian la miró, acariciándole el cabello con suavidad.

—No puedo. —Charlotte se apartó de la pared, con las manos temblorosas y el libro apretado contra el pecho—. Beatrice me espera. Tengo que irme.

—Charlotte —la llamó él.

—Lo siento, milord.

Salió corriendo antes de que él pudiese acorralarla de nuevo y echar abajo sus defensas. O antes de cualquiera los viera y saltara la liebre.

No echaría a perder su futuro por ese deseo que le quemaba en las venas, ni tampoco por la pequeña llama que comenzaba a arder dentro de su corazón.