La amante de lord Spencer Capítulo 20
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Capítulo 20

Charlotte caminó delante de él por el sendero de grava, con los brazos cruzados sobre el pecho y la respiración aún agitada, sintiendo su presencia a la espalda como se siente el calor de una hoguera.

No se atrevió a mirarlo. Solo caminaba, con los ojos fijos en la puerta iluminada de Spencer Hall, preguntándose qué demonios acababa de pasar y por qué su cuerpo seguía respondiendo a algo que su mente se empeñaba en negar.

Entraron en la casa en silencio, y subieron las escaleras sin alertar a nadie. Había muchísima calma en Spencer Hall esa noche.

Él abrió la puerta de su habitación, entró y dejó el baúl junto a la cama, con un golpe sordo que resonó en la estancia.

Charlotte se quedó en el umbral, sin saber cómo retomar su vida donde la había dejado un rato antes, cuando decidió volver a Londres y así expiar su culpa.

—Gracias —dijo con un hilo de voz—. Y lo siento. Lo que ha pasado ahí fuera... no debería haber pasado. Yo no debería...

Se calló de golpe, porque Sebastian se había girado y la estaba mirando con aquellos ojos grises que la desarmaban, que la desnudaban, que la hacían sentir como si no hubiera paredes ni normas ni distancias entre ellos.

—No te disculpes —él parecía tan fuera de lugar como ella—. No ha ocurrido nada. Mañana los dos fingiremos que no estabas huyendo en mitad de la noche.

—Pero sí que lo he hecho.

—Claro que no.

—Señor, lo que intenta usted hacer es…

—Lo correcto —la interrumpió el conde, avanzando hacia ella. Charlotte retrocedió un paso, un tanto asustada por las represalias. Aunque él no hizo ademán de gritarle ni reprocharle nada—. Por primera vez en mucho tiempo, estoy haciendo lo que se debe hacer.

—¿Retener a una mujer en contra de su voluntad?

—¿Acaso no desea seguir siendo la institutriz de mis hijas?

—Claro que sí —dijo con la voz estrangulada y el corazón encogido—. Amo a sus hijas. Son valientes y talentosas y dulces y…

—Entonces no estás en contra de tu voluntad en esta casa.

Las mejillas de Charlotte se colorearon de rosa.

—Usted me ha obligado a entrar.

—Y tú quieres estar aquí, con mis hijas. Conmigo.

Un suave suspiro escapó de los labios de Charlotte. No encontró palabras con las que desmentir esa afirmación, y él lo supo, y lo usó a su favor cuando se acercó aún más y le quitó el abrigo.

—Dímelo, Charlotte.

Ella titubeó.

—Sí, quiero estar aquí.

—Muy bien, entonces. Mañana estará todo olvidado, y esta noche no será más que un sueño.

¿También lo sería el beso? Le hubiese encantado preguntarle, mas el conde ya tenía sus propios planes, que no eran otros que volver a besarla. Adueñándose no solo de sus labios —algo fríos por el clima exterior—, sino también de su mente, su corazón y su cuerpo.

Y Charlotte, lejos de resistirse, lo recibió con los brazos abiertos y el deseo quemándole las entrañas.

Sebastian extendió el brazo y cerró la puerta.

Charlotte tembló.

—Sebastian... —susurró. Al caer en lo que había dicho, se ruborizó todavía más y se apresuró a decir—: Milord, yo…

—Sigue diciendo mi nombre. No es un pecado mayor que el de permitir que te bese, ángel.

Ella quiso protestar, decirle que no, que claro que era un pecado y merecía un castigo por ello. Pero cualquier réplica murió en el mismo instante que el conde la tomó de la cintura y la atrajo hacia él.

Sebastian la besó de nuevo. Esta vez no fue torpe ni desesperado, sino lento, profundo, como si quisiera saborear cada segundo. Le sujetó la cara con las manos, le acarició los pómulos con los pulgares, y Charlotte, lejos de apartarse, se aferró a su levita como quien se agarra a un salvavidas.

El roce de la barba de tres días de Sebastian contra su piel hizo que a Charlotte se le escapara un gemido ahogado.

La coraza de contención que había mantenido durante semanas se desmoronó por completo cuando sintió el calor abrasador de las manos de él descendiendo por su cuello, trazando la curva de sus hombros hasta encontrar los cordones del corsé y la tela del vestido gris.

—No deberíamos... —susurró ella entre sus labios, aunque sus propios dedos se enredaban con desesperación en la nuca de Sebastian, tirando de él hacia abajo.

—Dime que me detenga y me iré, Charlotte —murmuró él contra su boca, con la voz ronca, entrecortada por un deseo que lo consumía—. Dímelo ahora, porque si no lo haces... no responderé de mí.

Charlotte abrió los ojos. En la penumbra de la alcoba, iluminada apenas por las brasas moribundas de la chimenea, vio la tormenta en la mirada de Sebastian: la devoción, el hambre contenida y la vulnerabilidad de un hombre que se entregaba por entero a su deseo más intenso.

—No te vayas. Por favor.

Aquella confesión fue la chispa que incendió la estancia.

Sebastian la apretó contra su cuerpo con una posesividad feroz pero infinitamente cuidadosa.

Sus labios abandonaron la boca de Charlotte para descender por su mandíbula, trazando un camino de besos ardientes por su cuello mientras sus dedos hábiles desabrochaban los corchetes de la espalda de su vestido.

La tela gris cayó a sus pies con un susurro, dejándola en enaguas y corsé ante la mirada devoradora del conde.

Charlotte sintió un escalofrío de anticipación recorrerle la espina dorsal. Nunca un hombre la había mirado así; como si fuera un santuario, como si fuera el único aire respirable en el mundo.

Sebastian le retiró las horquillas con lentitud, dejando que la masa de su cabello cayera en cascada sobre sus hombros desnudos.

Hundió las manos en su melena, respirando su aroma a lavanda antes de volver a reclamar sus labios en un beso hambriento, que le hizo a ella perder el aliento y las fuerzas en las rodillas.

Con infinita delicadeza, la guio hacia la gran cama de dosel. La acomodó sobre las sábanas de lino fino y se posicionó sobre ella, manteniéndose apoyado en los antebrazos para no incomodarla con su peso, mirando cada rasgo de su rostro ruborizado.

—Eres hermosa, Charlotte —susurró él, despojándose de la levita y la corbata con prisa torpe—.

Tan hermosa que me duele la cabeza solo de pensar que estuve a punto de perderte esta noche.

Dios mío… Solo logro pensar en ti, en tu boca…

En lo mucho que perderé la cabeza si no te hago el amor esta noche.

Los dedos de Sebastian desataron las cintas del corsé. Cuando sus palmas desnudas entraron en contacto directo con la piel tibia y suave de su cintura, Charlotte dejó escapar un suspiro entrecortado y arqueó la espalda, buscando instintivamente más de ese contacto que le encendía la sangre.

Él no se apresuró. Cada caricia era una promesa, cada beso en sus pechos, en su vientre y en la cara interna de sus muslos era una súplica de perdón y una declaración de deseo no formulada.

La devoraba con la mirada y con las manos, haciéndola gemir suavemente en la penumbra, ahogando los sonidos contra el almohadón para no despertar a nadie.

Cuando Sebastian finalmente se despojó de la camisa y se posicionó entre sus piernas, Charlotte enlazó los brazos alrededor de sus hombros desnudos, sintiendo la firmeza de sus músculos, el pulso desbocado de su pecho contra el suyo.

—Mírame, ángel —pidió él, rozando sus labios.

Ella abrió los ojos, anegados en un deseo puro y brillante.

Sebastian se unió a ella en un movimiento lento, encajándose en su interior después de haber notado lo húmeda que estaba. Charlotte ahogó un pequeño sollozo de placer cuando la plenitud de la unión los envolvió a ambos, sintiendo cómo la última barrera entre ellos se borraba para siempre.

—Sebastian —gimoteó ella—. Oh…

—Te sientes tan bien, mi ángel —le besó la siente derecha—. Tan dulce, tan cálida… Tan mía…

El ritmo que siguió el conde fue una danza lenta y pausada, acompasada por los suspiros ahogados de Charlotte y los murmullos posesivos de Sebastian en su oído.

Cada embestida los arrastraba más profundo hacia un abismo de sensaciones desconocidas para ella: una marea de calor creciente que le comprimía el pecho y le hacía aferrarse a la espalda de él con las uñas marcadas en su piel.

—Sebastian... —gimió ella, perdiendo el control, sintiendo que el mundo entero se reducía a ese intercambio de besos y caricias.

—Estoy aquí, mi ángel... Estoy contigo —respondió él, acelerando el compás, buscando su boca en un beso desesperado mientras la llevaba al límite.

La cumbre los alcanzó a ambos casi al mismo tiempo.

Charlotte sintió una ola de éxtasis estallar en su vientre, haciéndola temblar convulsivamente en sus brazos mientras ahogaba un grito contra el cuello de él.

Sebastian dejó escapar un rugido sordo contra su hombro, entregándose por entero en un espasmo final que lo dejó exhausto, colapsando suavemente a su lado.

El silencio volvió a adueñarse de la alcoba, roto únicamente por la respiración entrecortada de ambos.

Sebastian no se apartó. La atrajo hacia su pecho, rodeándola con sus brazos fuertes y cubriendo a ambos con la colcha de terciopelo. Charlotte apoyó la cabeza en su torso desnudo, escuchando el latido desbocado de su corazón mientras los dedos de él acariciaban perezosamente sus rizos desordenados.

Sintió la calidez del lecho, el aroma a ambos mezclado en el aire y un peso dulce en los párpados.

Sabía que al salir el sol el mundo exterior seguiría allí, con sus normas rigurosas y las sombras del compromiso de él, pero en la penumbra de esa habitación, abrazada al hombre que deseaba, Charlotte supo que había cruzado una línea de la que jamás querría regresar.