Capítulo 19
Sebastian cerró la puerta de su despacho con llave y se quedó de pie en medio de la habitación, respirando agitadamente.
Beatrice se recuperaría. Al menos, eso afirmó el médico.
Estaba dormida, con fiebre leve, pero viva. Amelia no se había separado de su lado, y la señora Holloway la vigilaba en aquel momento. No había peligro inmediato. No había razón para beber.
Y, sin embargo, allí estaba. Encerrado en su templo de pecado.
El aparador de las botellas presidía la pared oeste del despacho, con sus cristales tallados, sus etiquetas antiguas y sus colores ambarinos que brillaban a la luz de la lámpara.
Sebastian lo miró como se mira a un viejo enemigo.
Conocía cada una de aquellas botellas. Conocía el sabor del brandy, del whisky, del oporto y del coñac.
Conocía el alivio que le esperaba al otro lado del primer vaso.
Y lo deseaba.
Deseaba beber hasta que las manos le dejaran de temblar. Hasta que la imagen de Beatrice flotando en el estanque se borrara de su mente.
Abrió el aparador y tomó una botella de brandy. La dejó sobre el escritorio y llenó un vaso hasta casi el borde.
Se quedó mirándolo muy fijamente, aunque sin beberlo. Una parte de él le suplicaba que lo hiciera, que adormeciera ese dolor, pero la otra parte, mucho más sensata, le exigía que aguantase sobrio.
La voz de Beatrice resonó en su cabeza. Papá, he visto a mamá en el esdanque. Me ha llamado. He ido a buscarla y me he caído. Lo siento.
Sebastian cerró los ojos con fuerza y se abrazó a aquel recuerdo para mantener la cordura.
Si bebía, no estaría disponible en caso de que ella empeorase. Si bebía, no podría sentarse junto a su hija cuando se despertara, así como tampoco sería capaz de sostenerle la mano. No podría decirle que todo iba a estar bien, que la quería y que la protegería de cualquier peligro.
Si bebía, volvería a ser el hombre que rompía cosas y asustaba a sus hijas.
El monstruo que llenaba las pesadillas de Beatrice.
Empujó el vaso lejos de él. La bebida se derramó sobre el escritorio, empapando los papeles. Sebastian no lo limpió. Se giró hacia la ventana y golpeó el marco con el puño, con una violencia que le hizo sangrar los nudillos.
—Maldita sea —murmuró—. Maldita sea, maldita sea, maldita sea.
Se quedó de pie junto a la ventana, con la frente apoyada en el cristal frío, respirando con dificultad. El jardín estaba a oscuras, iluminado apenas por la luz de la luna. Los tilos se mecían bajo el viento. El estanque, al fondo, era una mancha negra entre los setos.
No tendría que haberse encerrado en su despacho. Allí solo había tentaciones y malos pensamientos.
Golpeó el cristal de la ventana una segunda vez, pero entonces, como un conejito salvaje, algo se movió por el jardín.
Una figura menuda, cubierta por un abrigo oscuro, avanzaba por el sendero de grava hacia la verja. A rastras, con esfuerzo, llevaba un baúl.
Charlotte.
Sebastian sintió que la sangre le hervía en las venas. Esa mujer era la culpable de todo. Ella y sus estúpidas historias.
¿Qué estaría haciendo allí? ¿Huyendo en mitad de la noche?
El simple pensamiento bastó para que Sebastian, furioso y asustado, se apartase de la ventana y decidiera detener aquella locura antes de que pasara a mayores.
—¡Charlotte! —gritó una vez abandonó la casa—. ¡Detente ahora mismo!
Por supuesto, la mujer hizo caso omiso.
Sebastian soltó una maldición y corrió para alcanzarla. Justo cuando ella pretendía abrir la verja principal, él la agarró del brazo y la mantuvo en el cielo.
El grito de Charlotte resonó en mitad de la noche.
—¡Cállate! —susurró Sebastian, tapándole la boca con la mano—. ¿Qué demonios crees que haces? ¿Adónde vas a estas horas?
Charlotte forcejeó un instante, y luego se quedó quieta. Sus ojos, oscuros y brillantes de lágrimas, lo miraban con una mezcla de miedo y de furia. Sebastian le retiró la mano de la boca, pero no la soltó del brazo.
—¿A dónde crees que vas? —repitió.
—A Londres —dijo Charlotte, liberándose de su agarre—. Vuelvo a Londres. Está claro que no hago bien mi trabajo. Por mi culpa, Beatrice casi se muere. No puedo quedarme aquí. No debo quedarme aquí. Soy… un peligro. La peor institutriz que esas niñas podrían tener.
—No digas tonterías —el conde volvió a sujetarla, esta vez de los hombros—. ¿Crees que huir va a cambiar algo?
—No son tonterías. —Charlotte intentó soltarse—. Suélteme, milord.
—No.
—¡Suélteme!
—¡No! —Sebastian la agarró con más fuerza—. Te he contraté para que cuidases de mis hijas, y eso es lo que vas a hacer.
—¡He herido a su hija! —gritó Charlotte—. ¡Le conté un cuento y ella creyó que podía hablar con su madre muerta! ¡Casi se ahoga por mi culpa! ¡No puedo quedarme aquí como si no hubiera pasado nada!
—¡Nadie pensó que se iría al estanque! —Sebastian alzó la voz también—. ¡Nadie! ¡Beatrice es una niña! ¡Hace cosas de niña! ¡Se mete en charcos, persigue ranas, se cae de los árboles! ¡Y a veces le pasan cosas malas! ¡Pero eso no es culpa tuya!
Charlotte se quedó quieta de pronto.
De entre todas las cosas que esperaba oír de parte del conde, nunca imaginó que él se mostraría tan… de su parte. Calmando su dolor y su impotencia con palabras impropias de él.
—¿Cómo?
—Que no es culpa tuya. —Sebastian respiró hondo, como si le costara hablar—.
Le contaste un cuento. Un cuento bonito.
Para consolarla. Y ella lo interpretó a su manera.
Eso no es culpa tuya. Es culpa de... —Se pasó una mano por el cabello—.
Tú misma dijiste hace unas semanas que Beatrice es una niña y está en edad de hacer travesuras.
—Pero usted me culpó hace un rato de lo que le ha pasado hoy. Y tiene razón —susurró ella, mortificada. Tenía la nariz roja, los ojos hinchados—, lo es. Tendría que haberle hablado de cuentos de hadas y príncipes que besan a princesas, y no de… de tonterías…
No terminó la frase.
Sebastian, que se consideraba a sí mismo un hombre frío la mayo parte del tiempo, se mostró cercano y comprensivo. Rozándole los hombros con suavidad para que entrase en calor y dejase de temblar.
—Te grité porque estaba asustado, muerto de miedo —recalcó—, y necesitaba desfogarme con alguien.
Tú eras un blanco fácil y… Mira, no estuvo bien.
No fue tu culpa, Charlotte. Conozco a mi hija y sé que seguirá poniéndose en peligro porque adora este jardín, y los animales que habitan en él, y eso es algo que ni tú ni nadie puede impedir.
Ella sorbió por la nariz. Los labios y la barbilla le temblaban a causa del llanto.
Sebastian pensó que aquellas gotitas que bajaban por sus mejillas la hacían parecer una ninfa del bosque.
—Será mejor que me vaya —balbuceó ella—. Por favor, déjeme ir a Londres.
—¿Es que no escuchas nada de lo que te digo, ángel? —la interrogó él, perdiendo la paciencia.
—No. —Charlotte se soltó de un tirón—. No puedo. No debo quedarme. Cada vez que estoy cerca de usted, pasa algo. Cada vez que hablo con sus hijas, pasa algo. Cada vez que... —Se calló, con la respiración entrecortada—. No soy buena para ninguno de ustedes.
—A buenas horas te entra el cargo de conciencia, ángel —a pesar de que la situación era muy tensa, él sonrió.
La primera sonrisa que le dedicaba—. Has gritado y protestado tan como has querido, y más.
Me has llamado mal padre, mal hombre y borracho.
Cuando te he ordenado algo, me has desobedecido.
Y hoy, que lo tenías tan fácil como odiarme por culparte por lo sucedido, decides que es mejor irte. ¿Quién es la cobarde ahora?
—Tal vez sea una cobarde, pero no voy a se tan inconsciente de quedarme cuando sus hijas están en peligro.
—En realidad te equivocas, ángel. Quien está en peligro por tu culpa soy yo —sus dedos atraparon el cordón del abrigo y tiró de él para acercarla—. Mis hijas son felices bajo tu cuidado. Beatrice nunca te culparía por lo ocurrido.
—¿Y usted?
—Yo asumo mi responsabilidad. Ódiame, si quieres. Con toda la furia de tu corazón. Pero no vas a ir a ninguna parte —sentenció él—. No te he dado permiso para que abandones esta casa, ángel. No me obligues a ser un hombre aún peor del que conoces.
—Eso es difícil —sorbió por la nariz.
—En eso estamos de acuerdo, mira por dónde.
Charlotte separó sus labios, dispuesta a lanzar una pregunta, pero Sebastian ni siquiera le dio la opción a pronunciar palabra alguna. En un visto y no visto, la tomó del mentón y plantó su boca sobre la de ella en un beso lleno de pecado.
Sus labios se encontraron con fuerza, con hambre.
El conde asumiendo todo el rato el mando, dada su pasividad.
Por un segundo pensó que ella le mordería la lengua o se apartaría con brusquedad, mas nada de eso ocurrió.
Charlotte, con cierta timidez, se fue relajando y aceptando que invadiera su boca.
Sebastian gimió bajo cuando el sabor de aquel ángel estalló en su paladar. Sabía a gloria bendita. A puro manjar de los dioses.
Dios, ¿cómo había podido pasar semanas negándose algo tan bueno?
Se estaba volviendo loco. Con el pulso acelerado, ahondó en su boca, recorriendo cada recoveco con la lengua, sin que sus dedos dejaran de acariciar la suave piel de su mentón.
Charlotte temblaba como una hoja, y no de frío, y él simplemente le dio calor cubriéndola con su cuerpo. Hasta que se fundieron por completo.
—Vas a quedarte —murmuró él cuando se separó—. Y no admito réplicas.
—Pero, señor…
—Sh —le posó un dedo sobre los labios, acallándola—. Volvamos dentro, señorita Bennett. A donde pertenece.
A pesar de que esas palabras abrazaron su corazón, Charlotte aún seguía envuelta en la culpa y la vergüenza, y no se le borraba de la cabeza que había hecho algo terrible.
Pero cuando la mano del conde se posó sobre su espalda, instándola a regresar sobre sus pasos, no le quedó de otra que obedecer.
Pues, en lo más profundo de su ser, albergaba la esperanza de ser una más dentro de Spencer Hall.