La amante de lord Spencer Capítulo 18
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Capítulo 18

Charlotte subió a la habitación de Beatrice en cuanto supo lo que había ocurrido.

Todo el mundo en la casa estaba alterado, olvidando sus quehaceres para aguardar el despertar de la niña.

Y aunque lo más sensato de su parte hubiese sido esperar junto a los demás, no logró detenerse y se lanzó escaleras arriba.

Ansiosa por escuchar que Beatrice estaba bien.

Desde el umbral, Charlotte vio al médico —un hombre mayor, de barba gris y manos firmes— inclinado sobre la cama.

Beatrice estaba tumbada, pálida como la cera, con el cabello todavía húmedo extendido sobre la almohada.

Y Sebastian, de rodillas junto a la cama, sostenía la mano de su hija con una expresión que Charlotte no le había visto nunca.

«Está muy asustado», pensó con cierta congoja.

Charlotte se quedó en la puerta, sin atreverse a entrar. El médico le tomó el pulso a Beatrice, le levantó los párpados, le auscultó el pecho. Luego se enderezó y dijo algo en voz baja a Sebastian, que asintió sin mirarlo.

—Va a vivir —dijo el médico, en voz más alta—. Ha tragado agua, pero ha expulsado toda durante los minutos en los que recobró la conciencia. Necesita reposo, calor y vigilancia. Si tiene fiebre en las próximas horas, avisadme. No importa la hora que sea.

—Gracias —murmuró Sebastian, con una voz rota—. Gracias, doctor.

El médico recogió su maletín y salió de la habitación tras asegurarse de que Beatrice contaba con todos los medios posibles para pasar una buena noche. Al pasar junto a Charlotte, le dirigió una mirada breve y siguió su camino.

Charlotte esperó a que sus pasos se perdieran por el pasillo y luego entró.

—Milord —dijo, con una voz suave—. ¿Cómo está ella?

Sebastian se giró hacia ella con el rostro crispado. Había tanta rabia ardiendo en sus ojos que hasta Charlotte retrocedió, impactada.

—¿A qué demonios has venido? —la tuteó, perdiendo los papeles—. ¿Crees que tu presencia aquí va a cambiar algo?

—M-Milor, creo que no le entiendo…

—¡Claro que no lo entiendes! —Sebastian dio un paso hacia ella, como si quisiera empujarla muy lejos—. ¡Porque eres una inconsciente! ¡Una irresponsable!

Abrió y cerró la boca, sin saber qué decir. Sentía que ninguna palabra que brotase de sus labios agradarían al conde o lo tranquilizarían.

—Lo lamento, milord. N-No quería molestarle, es que… Beatrice me importa y…

—Te importa, pero has permitido que esto ocurra.

—¿Qué? —todo color se le borró de las mejillas—. No, no. Eso no es… Milord, no sabía que ella iría al estanque —insistió ella, retorciéndose las manos.

De pronto le faltaba el aliento.

—¡Toda esta idea se la metiste tú en la cabeza!

¡Porque tú le dijiste que podría oír la voz de su madre allí!

—Sebastian la señaló con el dedo, temblando como nunca—.

¡Le contaste un cuento sobre una niña que oía a su madre cantar en una fuente!

¡Y ella, pobrecita, creyó que en el estanque podría oír a Catherine!

¡Se acercó al borde, resbaló y cayó al agua!

¡Casi se ahoga, Charlotte! ¡Casi se muere por culpa de tus estúpidos cuentos!

Charlotte se quedó helada.

Recordó la noche en que le había contado a Beatrice el cuento del jardín secreto.

Recordó la vocecita de la niña, sus ojos brillantes, su mano aferrada a su cabello mientras retenía todas sus palabras como si fuesen verídicas.

Recordó haberle dicho que el amor de su madre la acompañaría siempre, incluso cuando ya no pudiera oír su voz.

Nunca imaginó que Beatrice lo tomaría al pie de la letra, o que iría al estanque a buscar a su madre.

Dios bendito, había sido tan estúpida. ¡No tendría que haberle contado esas historias!

—Lo siento —susurró, con las lágrimas cayéndole por las mejillas. Ni siquiera se había dado cuenta de que lloraba—. Lo siento mucho. No era mi intención. Yo solo quería consolarla y hacerla dormir por las noches. Nunca creí que ella… que pensaría…

Sebastian no dio su brazo a torcer. Toda la rabia, el miedo y la desesperación que ardían dentro de él se convirtieron en flechas clavándose en el centro del pecho de Charlotte.

La diana perfecta, porque ella era quien había contado la ridícula historia de una difunda que hablaba a través del rumor del agua.

¿Y cómo iba a él a perdonarla por lo ocurrido? Si caso pierde a su hija, a su pequeña Beatrice.

—¡No me importa lo que querías! —gritó Sebastian—. ¡Mi hija casi se muere por tu culpa!

—Milord, por favor... —sollozó Charlotte.

—¡Fuera!

Charlotte notó que se le empañaba la vista al mismo tiempo que sus oídos dejaban de captar cualquier sonido. Ni siquiera la voz del conde, que seguía repitiéndole que abandonase la habitación y dejara de disculparse.

—Lo siento —insistió ella—. Lo siento tanto.

Pero él no la escuchó más. Le dio la espalda y regresó a la cama, para seguir velando por Beatrice.

Con el corazón hecho pedacitos, Charlotte obedeció su única orden y abandonó la habitación tras lanzarle una última mirada a la niña.

Solo esperaba que despertase sana y salva, y que la perdonase por sus errores.

Nunca quiso perjudicarla, pero estaba claro que no era su destino estar a cargo de aquellas dos criaturas. El cargo le venía grande.

Si se hubiese mantenido al margen, tal y como le pidió el conde, tal vez Beatrice nunca se habría lanzado al estanque en un intento desesperado, casi infantil, de escuchar la voz de su madre.

Pero ya no era capaz de cambiar lo sucedido, así que, derramando lágrimas gruesas como puños, se encerró en su habitación y rezó a Dios para que ayudase a Beatrice. Aunque ella tuviera que pagar un alto precios por eso.