La amante de lord Spencer Capítulo 17
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Capítulo 17

Sebastian llevaba tres días en Spencer Hall desde su regreso de Londres, y todavía no había conseguido ponerse al día. Los papeles se acumulaban sobre el escritorio, las cuentas de la propiedad amenazaban con desbordarlo y las cartas de su abogado exigían respuestas que él no tenía ganas de dar.

Se había pasado la mañana encerrado en su despacho, con la puerta cerrada y una taza de café que se enfriaba a su lado, intentando concentrarse en algo que no fuera el recuerdo de Charlotte tocando el piano.

O todas las tardes que había pasado con Eleanor, conociéndola más a fondo; a ella y a sus paisajes hechos con pintura.

No lo estaba consiguiendo. Tanto la institutriz como su futura esposa lo acompañaban día y noche en sus pensamientos. Y ya no sabía qué más hacer para sacárselas de encima.

Terminó de redactar la última carta y se estiró, dispuesto a beberse la taza de café —ya fría, a esas alturas— antes de regresar a sus labores. Mas ni siquiera pudo alcanzar el asa, pues la puerta se abrió de golpe y la madera golpeó la pared.

Sebastian levantó la cabeza, irritado, pero la expresión de la doncella que entró —Martha, con el rostro pálido y la respiración entrecortada— le heló la sangre antes de que pudiera decir nada.

—Milord —jadeó ella—. Milord, no encontramos a Beatrice. Ha… —tragó saliva—. Ha desaparecido.

Sebastian se levantó de golpe, arrastrando la silla unos centímetros por el impulso.

—¿Qué quieres decir con que no la encontráis? Se habrá escondido en algún armario. Lo hace mucho y…

—Ha desaparecido. La hemos buscado por el aula, por el jardín, por los establos... no está en ninguna parte. Señorita Bennett la busca ahora mismo, pero... Hace horas que nadie la ve, milord.

Sebastian no esperó a que terminara de ofrecerle una explicación sobre la desaparición de su hija pequeña.

Salió del despacho a la carrera, y atravesó el vestíbulo como una exhalación.

En la puerta principal se encontró con Charlotte, que llegaba del jardín con el vestido manchado de barro y el rostro desencajado.

—No está en el jardín delantero —dijo ella, con la voz temblorosa—. He mirado por todas partes. En el huerto, en los establos, en la casa de los perros...

—¿Y las doncellas? ¿Dónde están?

—Están registrando el ala este. La señora Holloway se está encargando de revisar la cocina y el sótano. —Charlotte se llevó una mano al pecho—. Milord, Beatrice tiene miedo a la oscuridad. No se habría ido lejos.

Sebastian no respondió. Se giró hacia el jardín, con el corazón latiéndole con una fuerza que le dolía en las costillas, y echó a correr.

—¡Beatrice! —gritó—. ¡Beatrice!

El jardín trasero se extendía más allá de los tilos, un laberinto de setos, de senderos de grava y de parterres que en primavera se llenaban de flores.

Al fondo, más allá del muro de piedra, estaba el estanque.

Un pequeño lago artificial que Sebastian había hecho restaurar hacía años y que ahora servía de refugio a patos, ranas y peces de colores.

Beatrice adoraba aquel estanque. Tal vez… Había llovido ese día, y ella insistía en que las ranas pasaban frío, así que no sonaba nada descabellado que se hubiese lanzado a hacerles una visita.

Sebastian corrió hacia allí, con el corazón en la garganta, apartando ramas y saltando setos. Aquella niña iba a matarlo de un disgusto. ¿Qué hacía pululando por los jardines, sin compañía alguna? ¿Mimando a los gatos callejeros?, ¿rescatando ranas?

Tendría que darle un escarmiento, para que no lo hiciera más.

Sebastian alcanzó el estanque, pero allí no había nada. Llamó a su hija, y no recibió ninguna respuesta. Furioso y desesperado, hizo ademán de volver a la casa… cuando sus ojos captaron una sombra en el agua.

En el agua, flotando boca abajo, con el vestido azul extendido como una flor marchita y el cabello rubio esparcido sobre la superficie, estaba Beatrice.

Sebastian notó que su corazón dejó de latir de pronto. Ni siquiera se dio cuenta de que se había lanzado haca el estanque hasta que notó el peso de su hija en los brazos, el modo en que su cuerpecito colgaba como un trapo; con el rostro pálido y los labios azules.

Salió del estanque con ella en brazos, empapado de agua, y echó a correr hacia la casa.

—¡Un médico! —gritó a pleno pulmón—. ¡Que alguien llame a un médico! ¡Rápido!

Entró en la casa, subió las escaleras de dos en dos, atravesó el pasillo y llegó a la habitación de Beatrice. La dejó sobre la cama con una delicadeza que no sabía que aún poseía, le apartó el cabello mojado de la cara y se quedó mirándola.

—No —murmuró—. No, no, no, no... —Estaba pálida. Demasiado pálida. Y no se movía—. Beatrice —dijo, con la voz rota—. Beatrice, cariño, abre los ojos.

Nada.

—Beatrice. —Sebastian le tomó la mano. Estaba fría—. Beatrice, por favor. Por favor, abre los ojos. No me hagas esto. No me dejes.

Nada.

Sebastian sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. No recordaba la última vez que había llorado. Ni siquiera cuando murió Catherine. Ni siquiera cuando enterró a su padre. Pero ahora, arrodillado junto a la cama de su hija, con su manita fría entre las suyas, no podía contenerlas.

—No me abandones —susurró—. Por favor. No me abandones. Eres lo único que me queda. Tú y Amelia. Sois lo único que me queda.

Pero la niña no abrió los ojos. Y sus labios estaban cada vez más azules.

Sebastian sabía lo que eso significaba, así que la abrazó con fuerza, intentando traspasarle su calor, y besó sus cabellos húmedos una y otra vez. Desesperado por traerla de vuelta.

No podía perder también a su hija.