La amante de lord Spencer Capítulo 16
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Capítulo 16

Una noche más, Charlotte no conseguía conciliar el sueño.

Había sido un día largo, de esos en los que cada hora pesa como un ladrillo, y su cabeza no dejaba de dar vueltas a todo lo que estaba sucediendo a su alrededor últimamente.

Las niñas habían estado especialmente revoltosas —Beatrice había decidido que quería aprender a silbar, y Amelia se había pasado toda la tarde corrigiéndola con una superioridad que habría sido cómica si no fuera tan agotadora—, y para colmo, Charlotte no había dejado de pensar en Sebastian desde el incidente del piano.

En sus ojos grises. En su voz ronca. En el modo en que la miró, como si quisiera aprender cada uno de sus rasgos de memoria.

Se levantó de la cama, se puso la bata y bajó a la cocina con la esperanza de encontrar algo que la ayudara a dormir. Leche caliente, quizá. O una infusión. Cualquier cosa que calmara el torbellino de su cabeza.

Nada más llegar a la cocina, se percató de que la luz estaba encendida y que había gente charlando tranquilamente.

Empujó la puerta y asomó la cabeza. La señora Holloway estaba sentada en un extremo, con un vaso de algo que humeaba entre las manos.

A su lado, el mayordomo —un hombre de unos cincuenta años, delgado y severo, al que Charlotte apenas había oído pronunciar más de tres palabras seguidas— removía una cucharilla en su propia taza.

Martha y Lucy, las dos doncellas, ocupaban el otro extremo, con el cabello suelto y las batas puestas, riéndose por lo bajo de algo que Charlotte no alcanzó a oír.

Al verla, todas las conversaciones cesaron de golpe. Algo habitual en esa cocina, si debía ser sincera.

Charlotte sintió que las mejillas le ardían.

—Lo siento —dijo, retrocediendo un paso—. No sabía que había alguien. Solo quería...

—Pase —dijo la señora Holloway, para sorpresa de todos—, y siéntese con nosotros.

Charlotte parpadeó.

—Pero…

—He dicho que pase. —La cocinera señaló una silla vacía junto a Martha—. Siéntese. No mordemos a nadie, de verdad.

Charlotte vaciló. Hasta ese día, todos habían sido un poco duros con ella. Aislándola de todas las conversaciones y guardando un frío silencio a su alrededor. Pero supuso que por fin querían darle una oportunidad de conocerlos.

—Gracias —murmuró—. No conseguía dormir.

—¿Leche caliente? —ofreció la señora Holloway.

—Sí, por favor.

La cocinera se levantó, tomó una jarra del aparador y sirvió un vaso de leche que calentó sobre el fogón. Luego, con un gesto rápido, añadió un chorrito de algo de una botella que Charlotte no reconoció.

—Coñac —dijo la señora Holloway, al ver su expresión—. Para el frío y las noches solitarias. Un remedio que ayuda hasta al más terco.

—Que se lo digan al conde —dijo Lucy, aguantándose la risa.

Charlotte no dijo nada. Tomó el vaso, bebió un sorbo y sintió que el calor le bajaba por la garganta y le caldeaba el pecho.

—Está bueno —comentó.

—Pues claro que está bueno. —La señora Holloway volvió a sentarse—. No llevo veinte años en esta cocina para servir brebajes que no se beberían ni las cabras, señorita.

Martha y Lucy rieron. El mayordomo —que, según supo después, se llamaba James— esbozó una sonrisa mínima. Y Charlotte, por primera vez desde que había llegado a Spencer Hall, sintió que no era una intrusa en esa cocina.

—¿De qué hablaban? —preguntó, más por cortesía que por curiosidad.

—De la futura condesa —dijo Lucy, con un brillo travieso en los ojos—. De lady Eleanor.

Charlotte sintió un pinchazo en el pecho, pero no lo dejó traslucir.

—¿Ya es oficial? ¿El conde se casará de nuevo?

—Mi prima trabaja en la casa de los Whitmore, en Ashford, y dice que lady Eleanor es dulce, educada y muy callada. Que no le gusta el escándalo ni las fiestas. Que se pasa el día pintando —comentó Lucy, emocionada por tener tantísima información.

—Pintando —repitió Charlotte—. Debe ser muy buena con el pincel. Normalmente a las damas no se les permite un pasatiempo tan… fuera de lo común.

—Sí. Pero es curioso, ¿no? ¿Qué hace el conde casándose con una mujer que vive con un pincel en la mano? —preguntó Martha.

—Eso no es asunto nuestro —repuso James con calma.

Martha hizo un mohín con los labios ante su reproche velado.

—No sé yo —dijo la señora Holloway, con un tono escéptico—. Las mujeres que pintan suelen tener ideas propias. Y las ideas propias, en una condesa, no siempre son buenas. ¡Lo que nos faltaba! Que nos revolucione todavía más la vida.

—Mejor eso que una que se pase el día en el salón recibiendo visitas —replicó Lucy—. ¿Te acuerdas de lady Ashby? La que estuvo a punto de casarse con el señor hace tres años. Menuda arpía.

—Esa era peor que un dolor de muelas —corroboró Martha.

Las risas volvieron a llenar la cocina. Charlotte bebió otro sorbo de leche y se dejó envolver por el calor de la conversación.

Era agradable. Más agradable de lo que habría imaginado.

Estar allí, sentada con el servicio, escuchando sus chismes y sus teorías, la hacía sentir parte de algo. Aunque fuera por una noche.

—A lo mejor se va a casar con Eleanor precisamente por comodidad —comentó la señora Holloway con cierta severidad—. Aunque aún no comprendo qué ha podido hacerle cambiar de parecer.

—¿El conde no quería casarse? —preguntó Charlotte, de pronto muy curiosa.

La cocinera se rio.

—¿Casarse? Por dios bendito… Ese hombre vive por y para la botella. Nos hace comprar cargamentos cada mes. Que siga vivo ya es un milagro, pero que vuelva a casarse… —suspiró—. Supongo que se ha dado cuenta del futuro que le espera a sus hijas si a él le pasa algo.

El corazón de Charlotte se encogió dolorosamente. Sí, Beatrice y Amelia acabarían en malas manos si no se casaban antes de que el conde abandonase ese mundo. Y ella, con el cariño que les había cogido, no quería que les pasara nada.

—Pobre hombre —dijo Martha, con una sinceridad que sorprendió a Charlotte—. No siempre fue así, ¿sabes?

—¿De verdad? —Charlotte notó un cosquilleo en la garganta al pensar en el conde.

—Sí. —Martha sacudió la cabeza—. Cuando yo llegué a esta casa, hace ocho años, el señor era distinto. Más joven, claro, pero también más... no sé. Más alegre. Se reía. Jugaba con las niñas. Se sentaba en el jardín a leer. —Suspiró—. Luego murió lady Catherine, y todo cambió drásticamente.

—No fue solo la muerte de lady Catherine —intervino la señora Holloway, con una voz más grave—. Fue todo lo que vino después.

Charlotte se quedó muy quieta.

—¿Qué quiere decir?

La cocinera la miró un momento, como si sopesara cuánto podía contarle. Luego suspiró.

—El señor no siempre bebía tantísimo. Empezó después de la muerte de su esposa, sí, pero se le fue de las manos a medida que sus hijas crecían. Como si el papel de padre le sobrepasara. —Bebió un sorbo—. Y luego está lo de su primo.

—Shhhh, no hable de esa rata —chistó Martha.

Pero la señora Halloway la ignoró por completo.

—Un hombre despreciable, si me preguntas. Ha estado intentando meter mano en la herencia desde que el padre del señor murió. Y el señor lo sabe. Sabe que, si le pasa algo, sus hijas quedan en manos de ese... bueno, ya me entiende.

—Merluzo.

—Rata inmunda.

—Cabrón.

—¡Muchachas! —exclamó la cocinera al escuchar el intercambio de las doncellas—. Por el amor de dios, ¡dejen de blasfemar!

Martha y Lucy pusieron los ojos en blanco casi a la par.

Charlotte no conocía al primo del conde, pero, a juzgar por cómo se dirigían a él, no debía ser el mejor hombre sobre la Tierra. Y si eso era así, solo esperaba que se mantuviera al margen y no se acercara a Amelia y Beatrice. Esas niñas ya habían sufrido demasiado.

—Por eso necesita casarse —dijo, casi para sí misma.

—Por eso, y porque necesita un hijo varón. —James se encendió una pipa a pesar de la mirada de reproche que le lanzó la señora Halloway—. Si no lo tiene, el título pasa a Reginald. Y con el título, la casa. Y con la casa, las niñas.

Un escalofrío descendió por la espina dorsal de Charlotte.

—Y Reginald no es precisamente un hombre de fiar —añadió Lucy, estremeciéndose también—. Mi hermana trabajó una vez en su casa. Dice que trataba a las criadas como animales. Que una vez...

—Lucy —la cortó la señora Holloway—. No es tema para la mesa.

Lucy se calló, pero Charlotte ya había oído suficiente. Suficiente para entender por qué Sebastian bebía. Por qué rompía cosas. Por qué se encerraba en su despacho y no quería ver a nadie.

Ese hombre estaba tan roto que ni siquiera tenía fuerzas para reunir los trozos y recomponerse.

Sebastian estaba muerto de miedo.

Miedo de perderlo todo. Miedo de dejar a sus hijas en manos de un monstruo. Miedo de no ser suficiente.

—Pero antes era distinto —insistió Martha, con una nostalgia que se coló en su tono de voz y captó la atención de los presentes—.

Antes de todo esto, el señor era... bueno, era un buen hombre.

Un poco serio, sí. Pero bueno. Se preocupaba por los demás.

Se reía con las niñas. Una vez, cuando Beatrice era bebé, se pasó toda la noche en vela porque tenía fiebre.

No se movió de su lado ni un minuto. ¿Cuándo fue la última vez que pasó a darle un beso de buenas noches en la frente? Yo ya he perdido la cuenta.

Charlotte sintió que algo se le encogía en el pecho.

Cómo le hubiese gustado conocer a ese hombre del que hablaban.

—Ahora... —Martha suspiró—. Ahora es como si estuviera muerto por dentro. Como si ya no le quedara nada.

Charlotte miró su vaso de leche, ya casi vacío, y sintió que el calor del coñac se mezclaba con una tristeza que la inundaba por dentro.

—Bueno —dijo la señora Holloway, levantándose para recoger las tazas vacías—. Ya está bien de penas. Es tarde, y mañana hay que madrugar.

Todos se levantaron de golpe, como si quisieran huir de aquella cocina cuanto antes.

—Buenas noches, señorita Bennett —se despidió Martha de ella, con una sonrisa.

Charlotte le devolvió el gesto, feliz de haberlos conocido un poco más.

—Buenas noches.

Lucy le dio una palmadita en el brazo.

—Que duerma bien.

—Gracias.

James inclinó la cabeza.

—Señorita Bennett.

—Mr. James.

La señora Holloway, la última en salir, se detuvo un instante junto a ella.

—Mañana le guardaré un poco de pastel —dijo, sin mirarla—. Si le apetece.

Charlotte se quedó sin palabras.

—Gracias —consiguió decir—. Me haría muy feliz.

—De nada. Y ahora váyase a dormir, que mañana le espera un día duro con esas dos muchachas a las que intenta educar.

La cocinera se marchó, y Charlotte se quedó sola en la cocina, con el vaso vacío en la mano y el corazón contento.

Aquella noche, por primera vez desde que había llegado a Spencer Hall, el servicio la había tratado como a una persona. Y Charlotte, que llevaba semanas sintiéndose invisible, sintió que algo dentro de ella se aflojaba.

Por fin empezaba a sentirse en un hogar y no en una prisión llena de esperanzas y sueños vacíos.