Capítulo 15
Sebastian Spencer caminaba junto a Eleanor Whitmore por el sendero de grava, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida en el horizonte. Había bastante más gente de la que un principio creyó paseando por el mismo parque que ellos.
Cuando envió la invitación, un día después de su llegada a Londres, nunca pensó que la hija del barón aceptaría tan pronto. Pero, en cierto modo, también le tranquilizaba saber que ninguno de los dos ansiaba alargar demasiado la fase del cortejo. Si es que se le podía llamar de ese modo.
Henry tuvo bastante razón al afirmar que el barón aceptaría su propuesta antes incluso de que abriese la boca.
El hombrecillo estaba desesperado por casar a su hija con un lord decente y recuperarse económicamente.
Tanto así, que no hacía otra cosa que agasajarle cada vez que Sebastian y él coincidían en la misma habitación.
Y sí, el conde no estaba muy ilusionado con su matrimonio. Eso era tan obvio que el barón sufría un poco al pensar que se echaría atrás. Pero eso no ocurriría. Sebastian no pretendía pasar mucho más tiempo en la capital, si podía evitarlo.
Por eso viajó una segunda vez y decidió invertir toda su energía y tiempo en la dama que caminaba junto a él en ese momento.
A unos pasos de distancia, una doncella de mediana edad los seguía con discreción, con la vista baja y las manos cruzadas sobre el vientre. La sombra necesaria para que una dama pudiera pasear con un caballero sin que su reputación quedara hecha trizas.
Llevaban media hora paseando, y, contra todo pronóstico, Sebastian no lo estaba pasando mal.
Eleanor Whitmore no era nada de lo que había esperado.
No era una jovencita tonta, ni una cazafortunas desesperada, ni una dama fría y calculadora.
Era una mujer de veintiséis años, de estatura media y complexión delgada, con el cabello castaño recogido en un moño sencillo y unos ojos verdes que brillaban con una inteligencia serena.
Vestía con elegancia, pero sin ostentación, y caminaba con la espalda recta y el paso firme de quien ha aprendido a moverse por el mundo sin llamar demasiado la atención.
Claramente encajaba perfectamente en la clase de mujer que necesitaba desesperadamente un marido que evitase su caída en desgracia o que la tacharan de solterona, y se aferraba a Sebastian casi tanto como él se aferraba a ella.
—¿Así que sus hijas se llaman Amelia y Beatrice? —preguntó ella, con una sonrisa suave—. Qué nombres tan bonitos. ¿Los eligió usted?
—Gracias. Amelia tiene diez años. Beatrice, ocho. Y no, los nombres fueron idea de su madre.
—¿Y son traviesas? Con esa edad, un niño solo piensa en ensuciarse y en acabar con la paciencia de todos cuanto les rodean —bromeó ella.
Sebastian soltó una risa corta, casi involuntaria.
—Beatrice metió cinco ranas en el salón la semana pasada. Asustó a todo el servicio. Tendrías que ver cómo se reía de su travesura.
Eleanor se rio.
—Me gusta. Una niña con iniciativa es una niña con un futuro brillante. Se lo digo por experiencia, milord.
—¿Usted también cazaba ranas?
—Oh, no —ella sacudió la cabeza—. Pero hacía otras travesuras. Entre usted y yo —bajó un poco la voz—, cuando te tocaban varias horas de piano te valía todo con tal de evitar seguir aporreando las teclas.
—Supongo que eso explica muchas cosas —pausa—. Aunque mis hijas adoran a su institutriz.
—¿Tiene institutriz?
Esa información captó la atención de Eleanor de inmediato.
—Sí. Una mujer muy... —Sebastian dudó— ...muy sincera.
—¿Sincera?
—Demasiado, diría yo.
Eleanor lo miró de reojo, con una curiosidad amable.
—Parece que no le gusta mucho las formas en que dicha institutriz lleva la educación de sus hijas.
Sebastian procuró que no se le notase en la cara que, en realidad, ese no era el problema. Porque Charlotte era amable y dulce, casi maternal con sus hijas. Y Amelia y Beatrice la adoraban.
Lo que en realidad le provocaba cierto desasosiego era asumir que la deseaba en contra de su voluntad. Y que no era capaz de echarla a cajas destempladas de su hogar porque le encantaba ver cómo se ruborizaba mientras le echaba en cara que era un zoquete, un mal hombre y un borracho.
Henry lo denominaba un «dulce masoquismo», pero a él le gustaba decir que se había vuelto idiota con la edad.
—No es eso. Es... —Sebastian se pasó una mano por el cabello— ...complicada.
—Las mujeres complicadas suelen ser las más interesantes. O, al menos, eso es lo que me han comentado.
Sebastian no respondió. Se quedó mirando el sendero, con el ceño ligeramente fruncido, y Eleanor no insistió.
—¿Puedo preguntarle algo, lord Spencer? —dijo ella, finalmente.
—Por supuesto, milady.
—¿Por qué me eligió a mí? Estoy segura de que tendría usted otras candidatas, y probablemente mucho más… convenientes para usted.
Sebastian se detuvo, y ella se le quedó mirando con intriga.
No esperaba que le hiciera esa pregunta tan pronto.
—¿Por qué quiere saberlo?
—Hay muchas mujeres en Londres esta temporada. Más jóvenes, más guapas. Con dotes más generosas. —Eleanor no parecía decirlo desde la envidia, sino como si hablase de que el sol salía todos los días—. ¿Por qué se ha fijado en mí?
Sebastian tardó un momento en responder. No quería mentirle, no se lo merecía. Eleanor parecía ser una buena mujer.
—Porque no busca amor —dijo, finalmente—. Ni yo tampoco. Y creo que dos personas como nosotros necesitamos mantenernos lejos de la discordia.
Eleanor arqueó una ceja.
—¿Y eso le parece bien? ¿Vivir sin esperar ningún tipo de afecto por mi parte?
—Me parece honesto, si le soy sincero. No quiere decir que vayamos a ser dos extraños viviendo juntos para el resto de los días —aclaró al ver que ella se tensaba ligeramente—. Pero no soy capaz de prometerle un amor como el que hay en los libros.
—¿Puedo ser franca? —preguntó ella.
—Se lo ruego, lady Eleanor.
—Sé por qué me ha elegido. Mi padre está arruinado —lo dijo con algo de pesar—.
Necesita casarme cuanto antes con alguien que pueda mantenernos y evite su caída en desgracia.
A todas luces, soy su única moneda de cambio —pausa—.
Y usted necesita una esposa que le dé un heredero y que no le complique la vida.
—Eleanor sonrió, sin rastro de ironía o reproche—.
Es un acuerdo perfecto. Yo le doy un hijo, y usted me da un título y una posición. Ambos salimos ganando con este trato.
Sebastian no supo si su sino era rodearse de mujeres como Eleanor y Charlotte, demasiado sinceras, o si dios por fin se había decidido a darle un escarmiento usándolas a ellas como mediadoras.
Lo que sí tenía claro era que, fuera lo que fuese, acababa de cruzarse con una mujer que no le complicaría demasiado la vida. Y eso era una victoria.
—No espero amor —continuó ella—. No pretendo eclipsar el recuerdo de su difunta esposa, ni ocupar un lugar que no me corresponde. Solo espero que me trate con respeto. Que me permita ser la condesa que necesita. Y que me deje dedicarme a lo que de verdad me importa.
—¿Y qué es lo que de verdad le importa?
Eleanor se ajustó el guante, como si quisiera reunir la fuerza necesaria para abrirse en canal y no sentirse demasiado expuesta.
—La pintura.
—Ignoraba que pintase usted, milady.
—Sí. —Eleanor sonrió, y por primera vez su rostro se iluminó de verdad—.
Pinto desde que era niña. Óleos, acuarelas, lo que sea.
Es lo único que me hace feliz. Y sé que, si me caso con un hombre que me respete, podré seguir pintando sin que nadie me lo impida.
—Hizo una pausa—. ¿Le parece bien? Yo haré mis labores, criaré a nuestro hijo y le permitiré salir a buscarse una o varias amantes, si así lo desea.
Lo recibiré en mi lecho las noches que crea oportuno y no le rechazaré.
Jamás le exigiré que me compre joyas o vestidos que no necesito, y trataré al servicio con paciencia y cortesía.
»En cuanto a sus hijas, sé que ellas jamás me verán como una madre, ni lo pretendo.
Aunque me gustaría que usted me ayudase a ganármelas.
Que me vean como una aliada y no como una enemiga.
Eso hará más fácil la convivencia, y podremos ser una familia unida.
—Pausa—. Esas son mis condiciones. Siempre y cuando usted me permita la libertad de pintar, de tener mis ratos a solas si así lo deseo, y de que tanto mi familia como amigas vengan de visita de vez en cuando, por supuesto.
Sebastian sintió algo parecido al alivio. Todo lo que ella le proponía era mucho más de lo que se atrevió a soñar cuando su abogado y su mejor amigo le insistieron en que volviera a casarse.
Tal vez se había equivocado y dios no lo estaba castigando, después de todo.
—Me parece perfecto todo lo que me propone. Le garantizo que, mientras sea mi esposa, dispondrá de todo lo que desee y entre de unos límites razonables.
—Entonces tenemos un acuerdo, milord. —Eleanor le tendió la mano—. ¿De acuerdo?
Sebastian la estrechó. Su mano era pequeña, cálida, y el apretón firme pero breve. Un acuerdo entre caballeros. Nada más.
—De acuerdo.
Eleanor retomó el paso, ignorando la mirada que su doncella les lanzó. Estaba claro que aquella mujer sabía lo que quería, y no dudaría en pelear por ello; incluso si estaba en una clara desventaja.
Pero a Sebastian no le molestó en absoluto. Solo quería dos cosas de ella: que le diese un hijo varón y que respetara a sus hijas. Todo lo demás no le importaba en absoluto.
Porque dentro de su pecho ya no latía ningún corazón que entregar.