Capítulo 14
Tanto Amelia como Beatrice se habían marchado junto a las doncellas para hacerle una visita a la modista y comprar vestidos nuevos ahora que se acercaba el invierno, así que Charlotte se quedó toda la tarde sola en la casa, sin saber qué hacer.
Había terminado sus quehaceres, había ordenado el aula, había escrito una carta a su padre que no sabía si llegaría a enviar, y el silencio de la casa empezaba a pesarle como una losa.
Así que, harta de lamentarse por lo ocurrido la noche anterior, cuando se quedó a solas con el conde, optó por volcar tus emociones sobre el piano.
El instrumento solo se tocaba cuando ella les daba clases a las niñas, tres veces por semana.
Amelia era exquisita, mientras que Beatrice aún no encontraba nada divertido en pulsar teclas al azar y que sonase una melodía.
Como eso sí se lo tenían permitido, se sentó en el taburete y comenzó a tocar una alegre melodía. Era de las pocas que recordaba que no se lo había enseñado su madre, sino que la aprendió por su cuenta. Más o menos cuando aún guardaba la esperanza de casarse con un buen hombre.
Lastimosamente, su padre entró en bancarrota y eso la empujó a ganarse las libras anuales con el sudor de su frente. Olvidándose de cortejar a un hombre, de casarse y tener hijos, y de ser feliz con una pequeña familia.
Tocaba con los ojos cerrados, con la espalda recta y las manos moviéndose con una suavidad que contrastaba con la tensión que llevaba semanas acumulando en el pecho. Cada nota era un pensamiento que se iba. Cada acorde, una preocupación que se desvanecía dentro de su pecho.
Para Charlotte la música era terapéutica.
Tan ensimismada estaba en la música que tocaba, que no se dio cuenta en ningún momento que gozaba de cierta compañía.
El conde se había colado en el salón y, al verla allí, se quedó mirándola con una mezcla de curiosidad e irritación. Al parecer, ese era su estado de ánimo habitual.
Solo cuando la melodía llegó a su último compás, cuando las últimas notas se disolvieron en el aire, Charlotte abrió los ojos y lo vio. Sebastian Spencer estaba de pie junto a la ventana, con las manos detrás de la espalda y la mirada fija en ella.
Charlotte se tensó tan rápido que le crujió hasta los huesos de la espalda.
—Milord —dijo, con la voz estrangulada—, no sabía que estaba aquí. Lo siento, no debería haber molestado tocando el piano. Es que las niñas han ido a ver a madame Lissuar y…
—No se disculpe. —Sebastian no se movió de la ventana—. Toca bien, en realidad. Y ese piano lleva años desaprovechado.
Charlotte parpadeó, sorprendida por no recibir una réplica o un reproche.
—Gracias.
—¿Quién le enseñó?
—Mi madre. —Charlotte bajó las manos al regazo—. Tocaba el piano. Antes de que ella… —carraspeó— muriese de una fuerte gripe hace unos años.
Sebastian asintió lentamente con la cabeza.
Historias como esas había a patadas a su alrededor.
Mujeres que perdían a uno o ambos padres antes de casarse o alcanzar la vida adulta.
Hasta él pasó por ello, cuando su padre, el anterior conde, abandonó ese mundo tras una enfermedad incurable que contrajo en su último viaje a Francia.
Sebastian heredó el título y las tierras, y también la responsabilidad de cuidar a su madre.
Ella sí que disfrutó de algunos años más de vida, y conoció a sus nietas y a la mujer que se robó el corazón de Sebastian cuando todavía era inmaduro y soñador.
Después de que Beatrice naciera, el conde se enfrentó a una doble pérdida: primero murió su madre, tan repentinamente que ni los médicos supieron darle una explicación válida.
Y un año después de su entierro, falleció su esposa.
Ella nunca terminó de recuperarse de su último embarazo y, tras pasar unas semanas en la cama, terminó por sufrir una hemorragia imparable que acabó con su vida en cuestión de horas.
Sí, Sebastian conocía a la perfección el duelo y la pérdida. El vacío que consumía un corazón que lo había perdido todo. Y por eso mismo empatizó con Charlotte cuando la miró a la cara y vio en ella las cicatrices de la pérdida. El dolor y la resignación bailando en sus ojos verdes.
—Lamento su fallecimiento —dijo él.
Charlotte hizo una suave inclinación con la cabeza.
—Gracias, milord. ¿Cómo sigue su mano? —preguntó ella, más para romper el silencio que por otra cosa.
—Mejor. —Sebastian levantó la mano vendada y la movió ligeramente—. Su pañuelo sirvió de ayuda. El doctor dijo que hizo usted muy bien en rociarme brandy sobre la herida e improvisar una venda. Solo ha tenido que coserme las esquinas de la herida.
—Me alegro mucho, lord Spencer.
—Aunque no crea que la he perdonado por su impertinencia de anoche. No debería usted pasearse por los pasillos de esta casa a medianoche. Y mucho menos en camisón.
Pensó que ella se ruborizaría de forma exquisita —como hacía algunas veces—, pero Charlotte reaccionó de forma diferente a lo esperado. Ella se levantó y lo encaró con una expresión de fastidio que, lejos de afearla, la hacía ver todavía más hermosa.
—Entonces debería usted dejar de despertar a todos los que vivimos bajo este techo.
Sobre todo, a sus hijas. ¿No cree que sea un poco hipócrita de su parte reprocharme que no me quede en mi cama, cuando llega usted cada noche que no se puede tener en pie?
¡Y haciéndose daño! Ya le dije que no se merecía compasión alguna, pero que yo no miraría hacia otro lado.
—¿Compasión? ¿Se está escuchando a sí misma? ¡Hace mucho que no busco compasión en nadie, y menos en una mujer!
—Pues debería, dadas las circunstancias. Va a usted a casarse, ¿no? ¿Qué cree que pensará su futura esposa cuando lo vea emborracharse y romper cosas y gritar? ¿Cree que se sentirá feliz?
El golpe tan bajo y directo que Sebastian notó que le ardía la cara. Nunca le habían hablado de esa manera, y mucho menos una institutriz. Ellas solían mantener las distancias y comunicarse con tranquilidad y respeto.
Sebastian soltó una risa corta, sin ninguna gracia.
—Es usted demasiado soberbia, señorita Bennett.
Y bastante imprudente. ¿Cómo se atreve a hablarme así?
—se acercó a ella de dos zancadas. Charlotte no bajó la mirada en ningún momento—.
A este paso haría muy bien en despedirla y enviarla a trabajar para cualquier otro lord que tenga la paciencia de tratar con mujeres como usted.
—Hágalo, entonces. Pero eso no evitará que le diga lo que pienso de su actitud.
¡Se enfadó conmigo por procurar que Beatrice durmiera bien por las noches!
Y también por preocuparme del corte en su mano.
Cualquier otra persona lo agradecería, pero usted…
Usted es un hombre carente de empatía. Ni siquiera se detiene a escuchar lo que los demás piensan de usted.
—Me importa un comino lo que cualquiera de ustedes piense de mí —se alteró el conde, por fin reaccionando de otra manera que no fuese a la defensiva—. ¿Cree que estas son formas?
—Apela usted todo el rato a mi sentido del recato, milord. ¿No será que intenta escapar de mis palabras porque le hieren de alguna manera?
«Dios mío, ¿de dónde ha salido esta mujer? Maldita sea», el pensamiento resbaló por su mente y lo dejó noqueado al menos unos segundos.
—No es capaz ni de callarse cuando la están amonestando. Ni siquiera cuando sería lo más sensato para usted. Está a un pie de salir de esta casa, ¡y sigue comportándose como una insolente!
—La insolencia no sería un pecado si más gente como usted quisiera escuchar lo que tienen que decir los demás —los hombros de Charlotte estaban tan tensos como su mandíbula—.
He visto a unos cuantos hombres como usted perderse en la bebida para no enfrentarse a sus recuerdos, heridas y emociones.
Ahogando su tristeza en una botella y luego perdiendo el control. Y créeme que no suelen vivir demasiado.
»Tiene usted dos hijas preciosas y un futuro por delante.
Hasta una nueva esposa —la última palabra brotó de sus labios con cierta dificultad, como si no le gustara demasiado ese apodo—, según se rumorea entre el servicio.
¿Por qué lo echa a perder por la bebida? ¿No ve que solo le trae cosas malas?
—No es mi deber complacerla a usted de ninguna manera, ni siquiera escuchándola. Y mucho menos dejando de hacer lo que me plazca.
—Lo sé. —Charlotte mantuvo la compostura, aunque por dentro se estuviera retorciendo a causa de la frustración—. Pero alguien tiene que decírselo. Y al parecer, nadie más se atreve.
Sebastian no era ningún santo, y mucho menos un hombre dado a hablar de lo que sentía o pensaba.
Las pocas veces que usaba las palabras con una mujer era para seducirla o dejarse seducir.
Pero con Charlotte todo era explosivo y nuevo.
Ella lo trataba como si quisiera soplar algo de sentido común en su dirección, y él, lejos de alejarse o despedirla, le seguía el juego como un niño curioso.
—¿Y qué cree que va a conseguir? ¿Que me arrepienta? ¿Que cambie? —se rio de forma sarcástica—. Es usted una criatura fascinante a veces, señorita Bennett. Cree en cuentos de hada a pesar de tener casi treinta años.
Charlotte no permitió que él la hiciera sentir mal con sus palabras. Estaba bastante orgullosa de ser como era, aunque su padre, sus amigas y todos a su alrededor se empecinara en señalarla con el dedo.
—No. —Charlotte negó con la cabeza—. No creo que cambie. La gente como usted no cambia. Solo quería que supiera lo que ocurre a su alrededor y pensara un poco en cómo afecta eso a sus seres queridos.
Seres queridos. Hacía tanto tiempo que no escuchaba esas palabras.
—¿La gente como yo?
—Sí. Hombres que tienen todo y no valoran nada. Hombres que se destruyen a sí mismos y arrastran a los demás en su caída. Hombres que...
—Basta. —Sebastian dio otro paso, y ahora estaban tan cerca que Charlotte podía sentir el calor de su cuerpo. El olor que desprendía el conde y que nada tenía que ver con el brandy de la noche anterior—. No tiene derecho a hablarme así. Diga otra palabra y…
—Como mucho, me echará. Y encontraré otra casa donde servir. No me da miedo, milord.
—¿Ah, no? —Sebastian la miró desde lo alto, con una expresión que era mitad furia, mitad deseo. El fuego ardía en su interior y no tenía ni idea de cómo detenerlo—. ¿Entonces qué le doy?
Charlotte tardó un momento en responder.
—Lástima.
Sebastian se quedó inmóvil. Le pitaron los oídos y los latidos de su corazón se ralentizaron de golpe.
—¿Lástima? —repitió, como si la palabra le quemara en el paladar.
—Sí. —Charlotte sostuvo su mirada con la misma insistencia que todas las veces anteriores que se habían animado a intercambiar unas palabras—.
Lástima. Porque es usted un hombre que tiene dos hijas maravillosas, una casa hermosa y toda una vida por delante.
Y en lugar de disfrutarlo, se encierra en su despacho a beber hasta perder el sentido.
Me da lástima, milord. Mucha lástima. Tal vez yo solo sea una simple institutriz, y probablemente me echará a patadas de aquí y hablará mal de mi trabajo, pero no me importa.
Porque seguiré valorando las cosas bonitas que usted opta por ignorar día tras día, como si se estuviera castigando por pecados del pasado.
Sé vivir, milord. No veo que usted pueda afirmar lo mismo.
El pecho de Charlotte subía y bajaba a un ritmo irregular. Nerviosa, pensó Sebastian. Ella estaba nerviosa, y no era para menos. Una sola palabra suya, y acabaría en la calle, con las maletas en la mano, esa misma noche.
Pero Sebastian no quería echarla de allí. De hecho, necesitaba que siguiera hablándole de ese modo. Como si quisiera echar abajo todos esos muros que él mismo fue construyendo a lo largo de los años para protegerse de los sentimientos.
Que Dios lo cogiera confesado, porque quería besar aquella boca que acababa de recitar unas cuantas palabras hirientes que, lejos de irritarlo, solo le empujó hacia delante. Hacia el camino correcto.
—¿Ha terminado con su discurso?
Charlotte se ruborizó de golpe.
—B-Bueno, yo…
—Sabe tan bien como yo que este tipo de actitud podría costarle muy caro, señorita Bennett. No he decidido aún si es usted demasiado lista o demasiado tonta. Lo que sí tengo claro es que le encanta jugar con fuego y quemarse.
—¿Milord…?
—Váyase a sus habitaciones y deje de molestar. No necesito que actúe usted como si fuera mi madre. Su trabajo en esta casa está claro. Y no es servirme ni sermonearme.
—Lo sé —balbuceó ella.
—Entonces será mejor que lo recuerde la próxima vez que decida que soy un objeto digno de estudio. Tanto usted como yo sabemos que, en efecto, no voy a cambiar de parecer. Y mucho menos porque usted me lo ordene.
Su cara ardía como una antorcha. Sebastian pensó que, si posaba las menos sobre esas mejillas rellenitas, las encontraría calientes al tacto. Y que ella temblaría aún más.
Dios, necesitaba un baño helado. Y alejarse de la tentación antes de cometer una locura.
—De acuerdo, milord. Si me disculpa.
Charlotte hizo una venia y abandonó el salón tan rápido que se trastabilló un par de veces.
Lo único que quedó de ella fue su olor a lavanda.