La amante de lord Spencer Capítulo 13
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Capítulo 13

A Charlotte le pareció sumamente extraño que esa noche no se escuchase ningún grito ni trifulca en el pasillo de arriba.

Cuando Sebastian Spencer volvía de sus reuniones en el pueblo —reuniones que, a juzgar por su estado, consistían en beber y maldecir—, la casa entera contenía el aliento.

Todos aguardaban a que el conde perdiese el control y, acto seguido, rompiera un par de lámparas nuevas y algunas copas de cristal.

«Debe encontrarse mal —pensó Charlotte, ocultando su cabeza bajo la manta—. O quizás su futura mujer le ha hecho sentir tanta felicidad que ya no necesita embriagarse».

Se equivocó, por supuesto. No era que el conde decidiera esa noche saltarse su habitual protocolo; es que aún no había llegado. Pero cuando lo hizo, los gritos y los golpes llenaron la casa.

Charlotte se levantó de la cama, se puso la bata y salió al pasillo en cuanto escuchó la maldición de una doncella al otro lado de la puerta. Todos estaban hartos de esa situación.

«Que me despida si quiere», pensó con fastidio.

Ya que no le permitía con Beatrice —obligándola a escabullirse de la habitación de la niña antes del amanecer—, por lo menos podía comportarse como un hombre adulto y educado.

Charlotte dudaba bastante de que los profesores y los padres del conde se sintieran orgullosos viendo en lo que se había convertido.

A pesar de que Sebastian le tenía prohibida la entrada en su despacho, Charlotte se dirigió allí de inmediato, alertada por las maldiciones que el conde soltaba cada pocos minutos.

Sebastian estaba de pie junto al escritorio, con una mano apoyada en la madera y la otra apretada contra el costado. En el suelo, a sus pies, brillaban los restos de un vaso roto. Y sobre la alfombra goteaba sangre, formando un reguero oscuro que crecía por momentos.

—Milord, ¿se encuentra bien?

—¿Qué demonios hace usted aquí? —gruñó él, al verla. Todos sus músculos se tensaron de golpe bajo la camisa arrugada y sucia—. ¡Fuera!

Charlotte no se movió del sitio. Tal vez era joven, inocente e imprudente, y se estaba dejando llevar por su miedo y su rabia, pero miró al conde como si quisiera transmitirle a través de sus ojos que no planeaba obedecerle en absoluto.

—Se ha cortado —dijo, recalcando una obviedad—. ¿Le duele?

—No es nada —gruñó él.

—Milord, está sangrando.

—¡He dicho que no es nada! —Sebastian alzó la voz, y el esfuerzo le hizo perder el equilibrio por un instante—.

¡Váyase a la cama! ¡Esto no es asunto suyo!

¿Qué diablos les pasa a ustedes, las mujeres de esta casa?

¿Creen que porque les doy un techo y dinero tienen el derecho a meterse en mi vida cuando les plazca?

Charlotte no supo a quién se refería. Lucy y Marthas, aunque chismosas por naturaleza, pecaban de una cobardía extrema cuando se trataba de encarar al conde.

El resto de las criadas ni se molestaban en opinar.

Y la cocinera… Bueno, ella era harina de otro costal.

Quizás ella sí que había dicho en voz alta lo que opinaba de la destrucción del conde.

Ella se acercó a Sebastian antes incluso de que él le lanzara una mirada preñada de una rabia primigenia.

—No pienso irme, milord. Está herido.

—¿Perdón?

—He dicho que no pienso irme. —Su voz era firme, pero todo su cuerpo temblaba—. Y menos aún después de oírle gritar. Beatrice está dormida, pero se despertará si sigue usted con estos gritos. ¿Se ha planteado evitarle las pesadillas a su hija pequeña?

Sebastian apretó la mandíbula.

—No vuelva a hablarme de mi hija. No es asunto suyo cómo las educo.

—Alguien tiene que hacerlo, ¿no? Pensar en ellas —recalcó—, porque usted no lo hace.

—Charlotte dio otro paso hacia él, acorralándolo a pesar de la diferencia de estatura que existía entre ambos—.

Beatrice tiene pesadillas cada noche, y se despierta llorando.

Cree que hay un monstruo recorriendo los pasillos de esta casa.

Aún es demasiado joven para comprender que se trata de usted.

Pensó que se lo había imaginado, pero, durante una fracción de segundo, Charlotte creyó ver un atisbo de vergüenza en aquellos ojos grises.

—¿Acaso es usted una imprudente? ¿Cómo se atreve a hablarme así? ¡Podría despedirte en cualquier momento! —siseó, y el aliento le apestaba a brandy.

—Sé lo que veo. —Charlotte no se amedrentó—.

Y veo a una niña de ocho años que se esconde detrás de mi falda porque tiene miedo de que su padre le grite.

Eso es lo que veo, milord. Todo lo demás me da igual.

Si me quiere despedir, hágalo. Pero, a este paso, va a ahuyentar a todos las institutrices de este país y le va a tocar educar a sus hijas usted mismo.

Sebastian la miró con una furia que habría hecho retroceder a cualquiera con sentido común. Pero Charlotte no se movió. Se quedó de pie, con la espalda recta y las manos apretadas contra la bata, sosteniéndole la mirada sin pestañear.

Conocía demasiado bien a los hombres como para saber cuánto les fastidiaba que les dijesen la verdad a la cara.

Todos ellos vivían dentro de una burbuja en la que se creían dueños de todo, incluso de la razón.

Pero eso ya se había terminado. Charlotte no toleraría más desprecios ni amenazas por parte del conde, ni de nadie.

—Usted no es más que una empleada —le recordó él, como si eso fuese a impedir que Charlotte siguiera hablando—. Una simple institutriz. No tiene derecho a hablarme así. No tiene derecho a decirme cómo criar a mis hijas. No tiene derecho a nada. ¿Me ha entendido?

—Perfectamente, milord. Es algo que repite a menudo, sobre todo cuando no sabe usted cómo controlar lo que pasa a su alrededor.

—¡Entonces váyase!

—No.

Sebastian se quedó atónito. ¿Qué le ocurría a esa mujer? ¿Había perdido el juicio?

Recorrió con la mirada su rostro de ángel, sus ojos verdes, el pelo largo y ondulado del color del trigo… y aquella piel nívea que ocultaba el camisón, y comprendió que estaba viviendo una pesadilla. Solo eso explicaría por qué alguien como ella venía a atormentarlo en plena noche.

Dios tenía un sentido retorcido del humor a veces, y le había enviado a uno de sus ángeles a recordarle que él seguía siendo humano, y que ni la rabia ni el deseo se podían ocultar tan bien como creía.

La sangre le hervía en las venas, pero ya no tenía tan claro que fuese solo por el enfado.

Charlotte despertaba en él lo que ya creía dormido: un anhelo asfixiante de tenerla entre sus brazos.

De corromperla hasta que dejase de mirarlo como lo hacía en ese momento: con una intensidad capaz de desarmarlo como un juguete de madera.

—¿Cómo dice?

—He dicho que no. —Murmuró Charlotte—. Écheme si quiere.

Mañana mismo, o ahora mismo. No me importa.

Pero antes de irme, quiero que sepa una cosa: esa niña le importa.

A mí me importa. Y no pienso quedarme callada viendo cómo se destruye usted solo mientras ella sufre.

Si tanto le importan sus hijas, piense en ellas también.

Sebastian abrió la boca para responder, pero antes de que pudiera decir nada, Charlotte dirigió la mirada hacia su mano herida y la señaló con un dedo.

—Se está desangrando. Siéntese, voy por gasas y alcohol.

—No me dé órdenes.

—Siéntese, milord. Por favor.

Algo en su tono —una firmeza que no admitía réplica— lo hizo obedecer como si de pronto fuese un niño muy obediente o un borracho muy tonto.

Sebastian se dejó caer en la silla con un gesto de dolor, y Charlotte se acercó a él con paso decidido. Tomó el pañuelo de su propio bolsillo, un trozo de tela de algodón limpio y doblado, y se arrodilló a su lado.

Aquella imagen, que no guardaba nada de erótico, le hizo sentir un retortijón y lo puso a sudar frío. Sebastian tenía muy claro que en sus sueños ella siempre estaría de rodillas frente a él, y no para suplicar clemencia.

—Deme la mano —pidió ella con un tono de voz tranquilo—, no le haré daño. Parece un corte superficial.

Sebastian la miró como si le hubiera pedido que le entregara el alma. Y si ella hubiese insistido un poco, a él se le habrían acabado pronto los argumentos para negarse.

—No.

—Deme la mano, milord. Se lo pido por última vez. A la próxima lo trataré como a sus hijas para que entienda las órdenes a la primera. Es decir: hablándole como si no supiera usted por dónde sale el sol.

La sombra de una sonrisa cruzó los labios del conde. Charlotte decidió que solo habían sido imaginaciones suyas. Como todo lo relacionado con él.

Sebastian, con un suspiro, extendió la mano. Charlotte la tomó con cuidado, con una delicadeza que contrastaba con la firmeza de su voz, y examinó el corte. Era poco profundo, nada peligroso. Un trozo de cristal le había abierto la palma, pero no le molestaría más que unos días.

Charlotte envolvió el pañuelo alrededor de la herida y apretó.

—Esto parará la hemorragia —dijo—. Pero mañana tendrá que ver a un médico. Quizás necesite un par de puntos y algún ungüento para que no se infecte.

Sebastian no respondió. A pesar de que sus ojos brillaban por el alcohol que le calentaba el torrente sanguíneo, no parecía tan hostil como un rato antes. Sino que la observaba con intriga, preguntándose si aquella mujer era real o una invención de su mente.

—¿Por qué? —preguntó él, finalmente, en un murmullo.

Charlotte parpadeó.

—¿Por qué…? ¿A qué se refiere, milord? Sabe que las heridas se pueden infectar, por eso creo que ust…

—No me refiero a eso —la cortó él con suavidad—. ¿Por qué me ayuda? Después de cómo la he tratado, después de lo que le he dicho… ¿por qué?

Charlotte levantó la cabeza y lo miró a los ojos. Estaban muy cerca el uno de la otra. Tan cerca que podía ella podía ver las motas grises en sus iris, la línea tensa de su mandíbula y un par de lunares en el mentón.

Ruborizándose hasta la raíz del pelo, Charlotte se sorprendió a sí misma deseando acariciar aquellos dos puntitos con las yemas de los dedos. Pero ese pensamiento no era lógico. Una mujer como ella no debería anhelar ese tipo de cosas.

—Porque está sangrando —dijo, simplemente, a la ar que encogía los hombros—.

Y porque, aunque no lo merezca, alguien tiene que ayudarle.

Está claro que en esta casa todos son expertos en mirar hacia otro lado cuando se trata de usted —añadió con cierta dureza—, pero no quiero parecerme a ninguno de ellos.

Sebastian no supo cómo encajar el duro golpe que supusieron sus palabras. Odiaba a esa mujer casi tanto como la deseaba, y cuanto más trataba con ella, más se aseguraba de que debía mantenerla lejos. De que jugar con fuego resultaría menos peligroso que dirigirle la palabra a Charlotte.

Esa mujer era como un veneno: se le metía bajo la piel y le iba intoxicando poco a poco. Nublando su juicio, echando abajo sus barreras.

—Huele bien —dijo Sebastian, en un susurro, cuando cerró los ojos y el perfume de Charlotte le llegó como una suave caricia.

Charlotte se irguió.

—¿Cómo dice?

—Su... su perfume. Huele bien.

Charlotte sintió que las mejillas le ardían. Se apartó un poco, con la respiración entrecortada.

Eso no estaba bien. Nada bien.

¡En nombre de Dios, ella era la institutriz! No podía darse el lujo de perder el control de sí misma solo porque Sebastian Spencer por fin mostrase algo de humanidad hacia ella.

—Es jabón de lavanda. Nada más —trató ella de quitarle importancia.

Sebastian sabía que no era solo por la lavanda. Olía bien ella. Como un ángel.

El conde levantó la mano libre, como si quisiera tocar su rostro, recorrer el contorno de sus labios. Charlotte se quedó inmóvil, sin saber qué hacer. Temblaba como un cervatillo asustado, y no de miedo.

Pero entonces Sebastian se detuvo de golpe. Bajó la mano y se mostró frío e impasible, como siempre.

—Váyase —dijo, con un tono de voz que había perdido toda calidez—. Ya me ha ayudado. Ahora váyase a dormir.

—Milord...

—He dicho que se vaya. ¿Acaso no ha visto la hora que es? Mañana deberá cumplir con sus obligaciones, señorita Bennett.

«Lo bueno nunca dura demasiado —pensó ella con cierta lástima—. Habíamos estado tan cerca de entendernos».

—Claro, milord. Buenas noches.

Ella hizo una suave venia y se dirigió rápidamente hacia la puerta.

Acababa de darse cuenta de que estaba en camisón, con el pelo suelto y las mejillas arreboladas.

¡Qué escándalo se armaría si alguien los descubría de pronto!

Pensarían cosas que no eran ciertas, como que se había acostado con el conde.

Dios la librase de escándalos así.

Pero, a medida que correteaba por las escaleras, se sorprendió a sí misma sonriendo un poco.

Después de todo, el conde también podía ser amable. Y eso le dio esperanzas para seguir descubriendo quién se escondía detrás de tanta frialdad.