La amante de lord Spencer Capítulo 12
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Capítulo 12

No paraba de llover desde hacía varios días. Caía tanta agua que ni siquiera el conde, quien adoraba salir a beber por las noches, fue capaz de abandonar la casa. Tampoco el servicio, lo que provocó que hubiese cierto desabastecimiento de harina, leche y huevos frescos.

Charlotte había pasado las últimas mañanas dando clases con las niñas, y aunque el aula estaba caldeada por la chimenea, el ruido del agua sobre el tejado tenía algo de hipnótico que volvía somnolientos hasta a los más despiertos.

A las once, Charlotte decidió hacer una pausa. Las niñas estaban inquietas —Beatrice llevaba media hora dibujando ranas en lugar de copiar la lección de gramática—, y ella misma necesitaba una taza de té para calmar el frío que se le había metido en los huesos.

—Haremos una pausa de media hora. No vayáis demasiado lejos.

Bajó a la cocina, donde la señora Holloway le sirvió una taza de té sin demasiada amabilidad, y se la bebió de pie, junto a la ventana, mirando cómo el agua caía sobre el jardín.

Últimamente había una calma engañosa en Spencer Hall. Nadie hablaba de más, y el conde no había vuelto a emborracharse hasta el punto de romper y tirar cosas. Charlotte supuso que era un avance.

—¡¡Ahhhhh!!

El grito resonó por toda la casa. Era agudo e infantil, y le siguió una maldición. Tanto Charlotte como el resto de los presentes se alarmaron de pronto.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó la cocinera.

Charlotte dejó la taza sobre la mesa y salió corriendo.

El salón de día era un caos. Tres doncellas habían subido a las sillas y gritaban como si les estuvieran arrancando la piel a tiras.

Martha sostenía una escoba y daba golpes al aire.

Lucy había dejado caer una bandeja de porcelana que se había hecho añicos contra el suelo.

Y en medio de todo, riéndose a carcajadas, Beatrice corría de un lado a otro con las manos llenas de barro y una expresión de absoluta felicidad.

En el suelo, saltando sobre la alfombra, había cinco ranas.

Cinco.

Charlotte se quedó petrificada en el umbral, sin saber si reír o llorar o maldecir.

—¡Señorita Bennett! —chilló Lucy, subida a una silla—. ¡Las ranas! ¡Beatrice ha traído ranas!

—¡Son mis amigas! —protestó Beatrice, agachándose para atrapar una—. ¡Se llaman Cordelia, Ophelia, Gertrudis, Hamlet y... y...!

—¡No les pongas nombres! —gritó Martha—. ¡Sácalas de aquí!

Charlotte dio un paso hacia delante, con las manos extendidas en son de paz.

—Señoras, por favor, cálmense. No son venenosas. Solo son ranas.

—¡Son bichos! —chilló Lucy—. ¡Bichos asquerosos!

—¡No son asquedosas! —Beatrice se giró hacia ella, con los ojos encendidos—. ¡Son bonitas! ¡Y estaban en el estanque, con frío y con lluvia, y les he dicho que podían venir a casa a estar calentitas!

—Beatrice —dijo Charlotte, tratando de no reír para no transmitirle a la niña una idea equivocada—. ¿Has sacado las ranas del estanque?

—Sí. —La niña levantó la barbilla, desafiante—. Estaban en su habidad , pero llovía y hacía frío, y me han dado pena. Así que las he metido en un cubo y las he traído.

Charlotte cerró los ojos un instante. Contó hasta tres. Luego volvió a abrirlos.

—Beatrice, cariño, las ranas...

—¿Qué demonios está pasando aquí?

La voz del conde resonó desde la puerta como un trueno. Sebastian Spencer estaba de pie en el umbral, con el cabello despeinado —como si hubiese pasado horas dando vueltas por la cama— y una expresión de fastidio que caló en todos los presentes de inmediato.

El salón se quedó en silencio. Las doncellas bajaron de las sillas con rapidez. Beatrice se giró hacia su padre con los ojos muy abiertos.

—Padre —dijo, en un hilo de voz—. Solo intentaba… que las ranas… Ellas tenían frío…

—¿Qué es esto? —Sebastian recorrió la escena con la mirada: las doncellas temblorosas, la bandeja rota, la alfombra manchada de barro, las ranas que seguían saltando por el suelo—. ¿Alguien me explica qué ha pasado?

Nadie respondió.

—Beatrice. —Sebastian dio un paso hacia su hija—. ¿Has sido tú?

La niña tragó saliva. Luego asintió.

—Sí, padre. He traído las ranas. Estaban en el estanque, con frío, y yo...

—¿Y se te ha ocurrido meterlas en casa?

—Sí. Porque llovía. Y yo... —Beatrice miró a Charlotte, buscando ayuda—. Yo solo quería ayudarles. En su habidad no estaban a gusto…

Sebastian apretó la mandíbula.

—¿Ayudarles? —repitió, a punto de estallar—. Beatrice, has asustado a todo el servicio. Has manchado la alfombra. Y has convertido el salón en un establo. ¿Eso te parece ayudar?

—No, padre, pero...

—No hay peros. —Sebastian dio otro paso hacia ella y la sujetó del brazo para apartarla de una de las ranas—. Esto es inadmisible. A tu edad deberías saber comportarte como una señorita. Y no lo estás haciendo.

Beatrice empezó a temblar. Sus ojos se llenaron de lágrimas, y antes de que Sebastian pudiera añadir nada más, la niña echó a correr y se escondió detrás de Charlotte, agarrándose a su falda con fuerza.

Sebastian se detuvo en seco. Nunca había visto a su hija comportarse así. Ella odiaba a las institutrices y a las doncellas. Era indómita hasta rayar lo absurdo. Pero allí estaba, buscando apoyo en Charlotte como si ella fuese su escudo contra el mundo.

No se había dado cuenta hasta ese momento de lo importante que era la señorita Bennett para su hija pequeña.

—Beatrice, sal de ahí —ordenó él.

—No.

—Beatrice.

—¡No!

Charlotte sintió la manita de la niña aferrada a su vestido y el cuerpecito tembloroso contra su pierna. Levantó la cabeza y miró a Sebastian a los ojos.

—Milord —dijo, con una voz serena—. Permítame decir algo…

—No necesito que me diga nada. Necesito que mi hija salga de detrás de usted y se disculpe como es debido por este comportamiento impropio de una niña.

—Se disculpará, pero no ahora. —Charlotte mantuvo la cabeza en alto, en lugar de agachar la mirada, como hacía casi siempre—. Ahora mismo está asustada. Y si la obliga a salir, lo único que conseguirá es que tenga más miedo.

—No me importa que tenga miedo. Me importa que aprenda a comportarse.

—Es una niña, milord. Tiene ocho años. —Charlotte hizo una pausa—. Y lo que ha hecho, aunque no esté bien, no es nada del otro mundo. Todos de niños hemos hecho cosas así. Yo misma metí una vez un erizo en la cocina de mi casa. Mi madre casi se desmaya y…

Sebastian dio un paso hacia ella, como si quisiera agarrarla de los hombros y zarandearla en un intento desesperado porque se callase.

—¿Me está diciendo que aprueba lo que ha hecho? —preguntó, finalmente, en un siseo—. ¿Cree que es admisible que mi hija meta ranas a la casa, gatos callejeros y cualquier animal que se encuentre por el jardín?

Charlotte no se dejó llevar por sus emociones.

—No, milord. Le estoy diciendo que no es un crimen. Beatrice ha visto a unas ranas con frío y ha querido ayudarlas. Es una niña compasiva. Podría estar haciendo cosas mucho peores.

—Eso no es excusa para que tenga esta actitud.

—No. Pero es una explicación válida.

Beatrice seguía escondida detrás de Charlotte, con los ojos cerrados y la respiración entrecortada. Las doncellas observaban la escena con los ojos abiertos, sin atreverse a moverse. Y Sebastian, de pie en medio del salón, parecía debatirse entre la ira y algo más.

—Señorita Bennett —dijo, finalmente—. Si mi hija se comporta así, es porque usted no está haciendo bien su trabajo. ¿A esto se dedica?, ¿a decirle a mi hija que es propio de su edad jugar con ranas en lugar de practicar piano?

Charlotte notó que los pulmones le dolían de tanto aguantar el aliento. Aquel hombre era frío e implacable, y no escuchaba a nadie. Y ella empezaba a cansarse de que hiciera oídos sordos a cualquier explicación solo porque él era un infeliz.

—Lo siento, milord. En realidad, asumo mi culpa. Pero yo no le he dicho a sus hijas que es admisible que traigan ranas a la casa. Es solo un acto infantil. Pero intentaré que no se repita más.

Que el conde la recorriera con la mirada hizo que Charlotte se echara a temblar por primera vez en ese día.

No quería que él la viera débil y sumisa.

Si tenía que defender su postura, lo haría sin vacilar.

Pero cuando los ojos grises de Sebastian se posaron en su cuello, en su boca…

dios, pensó que el corazón se le saldría por la boca.

—Si vuelve a pasar algo así, la echaré. ¿Me ha entendido?

—Perfectamente —respondió ella tras inspirar profundamente—, milord.

Sebastian la miró unos segundos más. Luego se giró hacia las doncellas y señaló todo el desastre que había en el suelo.

—Limpiad esto. Y sacad a las ranas de aquí. —Se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo—. Beatrice.

La niña levantó la cabeza, con las mejillas húmedas.

Charlotte no se movió del sitio, actuando aún de escudo entre el conde y su hija.

—Mañana te quiero en el aula a las ocho en punto. Y no quiero volver a oír hablar de ranas. ¿Está claro?

Beatrice asintió.

—Sí, padre.

Sebastian salió del salón sin añadir nada más. Sus pasos resonaron en el pasillo, alejándose, y Charlotte esperó a que el sonido se desvaneciera por completo antes de girarse hacia Beatrice.

Se agachó hasta quedar a su altura. Le secó las lágrimas con el pulgar y le sonrió con una ternura que le dolía en el pecho.

—Beatrice, lo que has hecho ha sido bonito.

De verdad. Has visto a unas ranas con frío y has querido ayudarlas.

Eso habla bien de ti. —Charlotte le acarició el cabello.

No sería dura con ella, porque no se lo merecía—.

Pero no puedes traerlas a casa. Las ranas viven en el estanque.

Es su hogar. Si las sacas de allí se mueren.

Y, además, asustas a las doncellas, rompes cosas y manchas alfombras. Y eso no está bien.

—Ya lo sé. —Beatrice se secó la nariz con la manga—. Lo siento. No quería que las dondellas se asustaran.

Charlotte le echó un vistazo a Martha y Lucy, que las escuchaban con atención a pesar de estar limpiando los trozos de porcelana del suelo. Ambas se sonrojaron notablemente y farfullaron un «no se preocupe, señorita» antes de seguir con sus quehaceres.

—No tienes que pedirme perdón a mí. Tienes que pedírselo a las doncellas. Y a tu padre.

—¿A padre?

—Sí. Porque se ha enfadado. Y porque le has desobedecido. —Charlotte le tomó la mano y se la limpió con el pañuelo de tela—. Pero eso lo haremos mañana, cuando estés más tranquila. ¿De acuerdo?

Beatrice asintió.

—¿Y las ranas?

—Las ranas volverán al estanque. —Charlotte se levantó y miró a las doncellas, que seguían por allí—. Yo misma me ocuparé de ellas. Pero tú me vas a ayudar a atraparlas. Y luego las llevaremos juntas al estanque, para que estén en su casa.

Beatrice sonrió con cierta timidez.

—Vale.

Charlotte le tendió la mano. Beatrice la tomó, y juntas se agacharon para cazar ranas por el salón, mientras las doncellas las miraban con una mezcla de incredulidad y alivio.

Y mientras atrapaba a Cordelia —o quizá a Hamlet—, Charlotte no pudo evitar pensar en Sebastian. En su rostro duro. En su voz cortante. En el modo en que había amenazado con echarla.

Si vuelve a pasar algo así, la echaré.

Lo había dicho en serio, lo sabía. Pero Charlotte también sabía algo más: que no pensaba dejar que aquel hombre le hiciera la vida imposible a su hija. Ni a ella.

Porque Beatrice no era una niña difícil. Era una niña con un corazón enorme. Y Charlotte, que había pasado toda su vida sintiéndose fuera de lugar, sabía perfectamente lo que era que nadie entendiera eso.

—Ya las tenemos todas —sonrió a la niña—. Vayamos a regresarlas a su hogar.

Beatrice sonrió y se encaminó hacia la puerta.

No, definitivamente no permitiría que el conde arruinase aquella inocencia.