La amante de lord Spencer Capítulo 11
29%

Capítulo 11

El conejito de Beatrice había vuelto a desaparecer.

Esta vez, según la niña, había sido el gato callejero que a veces dejaba entrar a la casa.

Según Amelia, había sido su hermana pequeña quien lo había dejado tirado en cualquier rincón después de jugar.

Fuera como fuese, el peluche no aparecía y Beatrice había amenazado con no comer hasta recuperarlo.

Así que Charlotte había empezado por el aula, había seguido por el salón de la mañana, había registrado el comedor y la biblioteca, y ahora se encontraba en el ala este, en los cuartos vacíos que nadie usaba desde hacía años, con las manos polvorientas y la espalda dolorida.

El pasillo estaba en penumbra porque el conde llevaba unos días fuera y nadie pasaba por allí. Las cortinas de los cuartos vacíos estaban corridas, y el aire olía a humedad y a polvo.

Charlotte abrió una puerta tras otra, mirando debajo de las camas cubiertas con sábanas, dentro de los armarios, detrás de las cortinas. Nada.

El peluche había desaparecido por completo.

Finalmente decidió acercarse al despacho del conde para ver si Beatrice había dejado el peluche abandonado otra vez por allí.

Charlotte vaciló una vez se detuvo frente a la puerta. No debía entrar, se lo había ordenado él. Bajo ningún concepto. Pero Beatrice esperaba en el aula, con los ojos llorosos y el estómago vacío, y Charlotte había prometido encontrar el conejo.

«Solo será un momento. Y él no está», se dio ánimos a sí misma.

Empujó la puerta con cuidado. El despacho estaba vacío, en penumbra, con el escritorio cubierto de papeles y la chimenea apagada. No había ningún conejo de trapo escondido entre las estanterías ni cerca del diván del conde.

Suspiró, frustrada, y se disponía a salir cuando oyó voces en el pasillo.

Se quedó inmóvil, esperando a que nadie se percatase de su presencia.

—...acaba de llegar —decía una voz. Era Martha, la doncella—. Y ha dicho que el viaje ha dado sus frutos.

—¿De verdad? —La voz de Lucy, emocionada, resonó por todo el pasillo—. ¿Entonces ha encontrado a alguien?

—Eso parece. James lo ha oído en el vestíbulo. Dice que el señor ha bajado del carruaje con una sonrisa. ¿Te imaginas? El señor, sonriendo.

—No me lo creo.

—Te lo juro. Y ha dicho que en una semana volverá a irse a Londres, para preparar unos asuntos. ¿Te imaginas que se trate de una boda?

—¡Solo espero que sea un evento sencillo! —Pausa—. ¿Y ella quiere casarse con él? ¿Quién será? —Lucy bajó la voz, pero Charlotte la oyó perfectamente—. Digo yo que estará desesperada. Porque con lo que bebe el conde, y lo que rompe, y lo que grita... no sé yo quién va a querer meterse en esta casa.

—Pues alguien habrá. Porque el señor vuelve con prometida, eso seguro.

—Pobre mujer —suspiró la mujer.

—Pobre de nosotras, más bien. Si ya es insoportable ahora, imagínate cuando tenga a una esposa a la que impresionar. ¡Esto se va a convertir en una historia de terror!

Las dos rieron al mismo tiempo, y se alejaron mientras seguían compartiendo sus impresiones ante las nuevas noticias.

Charlotte se quedó inmóvil, con la espalda pegada a la pared y el corazón latiéndole tan fuerte que temió que la oyeran desde el otro extremo de la casa.

«Ha conseguido esposa, y en tiempo récord». No supo por qué descubrir eso la dejó noqueada durante unos segundos, incapaz de pensar en otra cosa.

Lo había hecho. Lord Spencer había encontrado a alguien. Y ahora volvía a casa con una prometida del brazo.

Charlotte sintió que el aire le faltaba y se mareaba. Se apoyó en la pared, cerró los ojos y respiró hondo. No debía importarle. Era lo que tenía que pasar. Sebastian Spencer necesitaba una esposa, y ahora la tenía. Todo estaba en orden.

Pero por más que lo repetía en su cabeza, no conseguía que el nudo en el pecho se deshiciera.

Esperó unos segundos, hasta que estuvo segura de que las doncellas se habían marchado. Luego salió del despacho con cuidado, cerró la puerta tras de sí y echó a andar por el pasillo, con paso rápido y la mirada baja.

Tenía que regresar rápidamente al aula, para que nadie supiera que había pasado cerca de una hora buscando el peluche de Beatrice en cada rincón de aquella mansión.

Pero no llegó demasiado lejos.

Sebastian Spencer estaba de pie al final del pasillo, con la levita aún puesta y el sombrero en la mano. Lejos de parecer feliz —tal y como habían dejado caer las doncellas—, su expresión seguía siendo huraña. Como si nada le hiciera lo suficientemente feliz como para relajarse un poco.

—Señorita Bennett —su saludo no sonó cordial—. ¿Qué hace fuera del aula? ¿Dónde están mis hijas?

Charlotte se detuvo en seco. El corazón le latía tan rápido que le costaba respirar.

—Milord. —Hizo una inclinación breve—. Buscaba el peluche de Beatrice. Lo ha vuelto a perder.

—¿Y lo ha encontrado?

—No, milord. No está en ninguna parte.

Sebastian la observó unos segundos, con una expresión indescifrable. Luego asintió con la cabeza, como si no le importara lo más mínimo el motivo por el cual una de sus hijas llevaba un buen rato haciendo berrinche.

—Muy bien. —Hizo ademán de girarse, pero se detuvo y apretó aún más el sombrero entre sus dedos—. ¿Ha hablado con mis hijas en este tiempo que he estado fuera?

Charlotte parpadeó. No esperaba que el conde sacara el tema tan pronto.

—Sí, milord. He hablado con ellas.

—¿Y? —la instó a hablar—. ¿Qué ha ocurrido en mi ausencia con Amelia y Beatrice?

—Amelia sigue reacia a la idea de que usted contraiga matrimonio con otra mujer. Dice que no quiere otra madre. Pero le he explicado que es lo mejor para usted y para ellas, y al menos ha prometido que no montará un escándalo cuando llegue la noticia.

Y le había costado casi dos días convencerla de que una mujer no cambiaría nada en esa casa. Que ella continuaría siendo la preferida de todos y la que daría ejemplo en el futuro, cuando debutase y se casara.

—Bien. —Hizo una pausa—. ¿Y Beatrice?

—Beatrice no lo entiende del todo. Pero si Amelia está tranquila, ella también lo estará.

—Eso espero. No quiero escándalos innecesarios.

—No los habrá, milord.

Charlotte mantuvo la mirada baja, fija en el suelo, sin saber hasta cuándo sería capaz de prometer cosas de las que no estaba segura.

—Puede volver a sus obligaciones —dijo finalmente el conde—. Y no vuelva a entrar en mi despacho sin mi permiso. Es la segunda vez que se lo advierto.

—Sí, milord.

—Ahora regrese con mis hijas. Ellas la necesitan —hizo un aspaviento con la mano y pasó por su lado, dejando tras de sí el eco de su perfume.

Charlotte notó que las mejillas le ardían cuando inspiró profundamente y se sintió tranquila de pronto. Como si la llegada del conde la hiciera sentir en casa otra vez.

Asustada de sus propias emociones, regresó al aula y saludó a las niñas.

—¿Lo has encontrado? —preguntó Beatrice.

—No, pequeña. Pero lo encontraremos. Te lo prometo.

Otra promesa más. Otra mentira dentro de su enorme repertorio.

—Ahora empecemos con la clase —dio unos golpecitos el escritorio con los dedos—. Y quizás, esta tarde, podamos merendar pastel de naranja.

Eso pareció tranquilizar a Beatrice, y, con ella, Charlotte también se relajó.

Mientras ella fuera la institutriz, nadie ni nada haría infelices a esas niñas.