La amante de lord Spencer Capítulo 10
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Capítulo 10

Sebastian Spencer llevaba cuatro días en la ciudad y ya estaba harto.

Harto de las calles atestadas de carruajes.

Harto de los bailes a los que había asistido por obligación, donde madres ambiciosas le presentaban a sus hijas como si fueran mercancía en una subasta.

Pero, lo que más le molestaba, era tener que fingir que estaba feliz de encontrarse con viejos conocidos y que quería ser seducido a cualquier precio.

Porque nada de eso era cierto.

Cuando regresaba a su casa, el vacío de su pecho se ensanchaba considerablemente, y ni todo el whisky de Londres conseguía calmarle. Dormía entre pesadillas y dolores de cabeza, y al día siguiente se levantaba de mal humor. Hasta el servicio se había cansado de él.

Nada estaba saliendo como él quería.

Se sentó en un sillón de cuero del Redemption, su club favorito, con un vaso de brandy en la mano y la mirada perdida en la chimenea que ardía al otro lado de la sala.

A su alrededor, caballeros de toda condición fumaban, bebían y discutían sobre política, sobre caballos o sobre las últimas conquistas de la temporada.

Ninguno de ellos parecía tener prisa por volver a casa.

Sebastian tampoco. Pero por razones distintas.

Henry apareció al poco rato, con una sonrisa de canalla que hacía las delicias de cualquier mujer.

—Tienes cara de perro apaleado —dijo, dejándose caer en el sillón de enfrente—. ¿Tan mal ha ido?

—Peor que eso. Me han hecho bailar con tres señoritas diferentes y jugar al juego de los abanicos —Sebastian hizo una mueca—. ¿Cómo se supone que voy a superar esto? Estoy demasiado viejo para volver a vivir todo esto.

—¿Ni una sola te ha llamado la atención? —Henry se rio—. Vaya, sí que está difícil la cosa.

—Ni una sola. —Sebastian bebió un trago largo de su brandy—.

He conocido a lady Margaret Ashby, que no sabe hablar más que de sus perros.

A lady Catherine Lowell, que se ha pasado toda la velada mirándome como si fuera a comerme vivo.

Y a lady Elizabeth Grey, que ha intentado convencerme de que su padre tiene la mejor colección de vinos de Inglaterra, como si eso fuera lo que me importa.

—¿Y no lo es?

El conde le lanzó una mirada furiosa.

—Henry, no tiene gracia.

—Perdona, perdona. —Henry levantó las manos en señal de rendición—. Sigo escuchando. Vamos, dime qué tan malvadas son esas mujeres que quieren marido a cualquier precio. Soy todo oídos.

Sebastian suspiró y se pasó una mano por el cabello, tirando suavemente de algunos mechones.

—No encuentro a nadie. Y no es que las candidatas sean pocas. El problema aquí es que ninguna me interesa. Las miro y solo pienso en que tendría que pasar el resto de mi vida con una de ellas, y me entran ganas de salir corriendo.

—¿Y qué esperabas? —preguntó su amigo con cierto interés—.

A ningún hombre le gusta esta época, créeme.

El que parezca que sí, solo se engaña a sí mismo.

Las debutantes son un grupo de gallinas cacareando todo el rato.

Le da a uno dolor de cabeza —reconoció—.

Pero no importa mucho en tu caso. Elige a alguien sensata, con una buena familia, y resuelve el problema.

—¿Crees que no lo sé? Pero no es tan fácil.

—¿Entonces qué vas a hacer? ¿Seguir emborrachándote y esperar a la próxima temporada?

Sebastian entrecerró los ojos sobre él, escondiendo su fastidio tanto como el alcohol en su sangre se lo permitía. Cuanto más se embriagaba, más le costaba mantener a raya sus verdaderas emociones.

—Puede. Visto lo visto, ninguna de ellas me sirve. Todas esperan a un hombre mucho que yo. No quieren a un viudo con dos hijas.

—Hay una posibilidad —dijo Henry, tamborileando con los dedos sobre el respaldo de su sillón—. No es perfecta, pero puede servir.

—¿Quién? Y no me digas que alguna de las fulanas con las que te ves algunas noches. No voy a escoger a una viuda, por más joven que sea.

Henry se rio entre dientes.

—Eleanor Whitmore. La hija del barón de Ashford.

—¿Ashford? —Sebastian frunció el ceño—. ¿No es el que está arruinado?

—Arruinado es quedarse corto. El hombre ha perdido casi todo en malas inversiones.

Le queda la casa de campo y poco más. Y una hija en edad de casarse que necesita un buen partido cuanto antes.

—Henry se encogió de hombros—. La dote no es gran cosa, pero la familia es respetable.

El barón tiene buena reputación, aunque no tenga un penique.

Además, su hija es hermosa. Tendrías que verla, Sebastian; es todo con lo que un hombre sueña.

Sebastian se quedó pensativo. Eleanor Whitmore.

Recordaba haberla visto en alguna ocasión, años atrás.

Una mujer de unos veinticinco años, discreta, educada, con una belleza serena que no llamaba la atención pero que, mirada dos veces, resultaba agradable.

No era una jovencita recién salida del cascarón, ni una cazafortunas desesperada.

Era una mujer que, por lo que sabía, había rechazado varios pretendientes por razones que nunca habían quedado claras.

—¿Por qué no se ha casado todavía? —preguntó.

—Dicen que es exigente. O que no quiere dejar a su padre solo. O que simplemente no ha encontrado a nadie que le convenga. —Henry bebió de su vaso y deslizó la lengua por sus labios para secárselos—. Pero si su padre está arruinado, no puede permitirse el lujo de seguir esperando. Y tú tampoco.

Por más que le pesara, era una opción sensata. Eleanor Whitmore no le apasionaba, pero tampoco le desagradaba. Y en un matrimonio de conveniencia, eso era más de lo que podía pedirse.

—Escríbele al barón y dile que estás interesado en conocer a su hija. Con lo desesperado que está, aceptará cualquier cosa que le propongas.

—¿Y su hija?, ¿querrá lo mismo?

—Eso tendrás que averiguarlo.

No le agradaba conformarse, en ningún ámbito de su vida, pero esa solución era mejor que nada. Y se ahorraba tener que seguir bailando con jóvenes debutantes de vestidos coloridos y abanicos.

—Te encanta mover los hilos, ¿verdad? —Sebastian se apoyó en el respaldo, con la mirada fija en su amigo—. Eres peor que una alcahueta.

—Forma parte de mi encanto —repuso con cierto orgullo Henry—. Tú, en cambio, te ves de mal humor desde que llegaste.

—¿Me culpas?

—No, pero podrías esforzarte un poco. Tus hijas te lo agradecerán.

—Mis hijas me odian. Y Amelia ni siquiera está conforme con que me vuelva a casar con otra mujer. Solo espero que Charlotte la meta en vereda antes de mi regreso.

Esas palabras captaron la atención de Henry casi al instante.

—¿Charlotte? ¿Ya la tuteas?

Sebastian se maldijo a sí mismo.

—¿Qué más te da? ¿Está ella cerca acaso para amonestarme?

El marqués alzó las manos, como si se estuviera rindiendo. En sus ojos marrones brilló una emoción peligrosa como la diversión.

—Solo pregunto. ¿Tanto te gusta la institutriz de tus hijas?

Cada uno de los músculos del conde se tensaron ante la pregunta, y no por enfado, sino por miedo. Pánico a que Henry sacara a relucir lo que llevaba semanas reprimiendo: que aquella mujer de cabellera rubia y ojos verdes despertaba en él algo tan intenso como el deseo.

—Para ser sinceros, si pudiera… la despediría —gruñó en respuesta.

—¿Porque es mala con tus hijas o porque quieres meterte en su lecho? Son dos cosas diferentes.

Sebastian golpeó la mesa con el vaso de brandy. Henrry ni se sobresaltó.

—¿A qué vienen todas estas preguntas?

—A que te conozco, viejo amigo. Y sé perfectamente que la señorita Bennett no te es indiferente.

La última vez que estuve por tu casa, te tensaste tanto en su presencia que parecías a punto de romperte.

—Pausa—. No te negaré que la mujer es hermosa y no entiendo cómo ha terminado bajo tu techo, pero de ahí a querer cruzar esa línea…

—chasqueó la lengua—. Hay mujeres mucho más fáciles por ahí dispuestas a una aventura contigo, y que no te costarían nada. Y no me refiero al dinero.

—Estás delirando.

—Seguro que sí. Este brandy pega fuerte —fingió que agitaba su copa—. Casi tanto como el deseo cuando se te mete en la cabeza una mujer hermosa y vulnerable.

—Charlotte no es ninguna mujer vulnerable. Es una institutriz que hace su trabajo porque le pago.

—Por supuesto —Henry escondió una sonrisa lobuna—. Y estoy seguro de que no pondrías en peligro tu reputación ni la de tus hijas por una aventurilla.

Sebastian apartó la mirada, como si eso sirviera a la hora de ocultar la verdad de sus ojos. De su corazón viejo y desgastado.

El deseo… Sí, era peligroso si no se sabía controlar. Precisamente él eso lo sabía de sobra, y por eso no cruzaría esa línea.

—Escribe al barón mañana —insistió su amigo, esta vez con un tono de voz más serio—, y consíguete una esposa cuanto antes. Eso te mantendrá ocupado.

La sensatez regresó de golpe a él, y Sebastian asintió.

Dándose por satisfecho, Henry pidió otra ronda y le ayudó a distraerse hablándole de cosas triviales.

Luego, cuando se despidieron y el conde subió a su carruaje, tan ebrio que veía borroso, se permitió un momento de debilidad y pensó de nuevo en Charlotte. En su sonrisa, en su pelo de oro.

Sí, era mejor mantenerla alejada.