La amante de lord Spencer Capítulo 9
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Capítulo 9

Charlotte no consiguió dormir en toda la noche.

Se había pasado horas tumbada en la cama, con los ojos abiertos y la mirada fija en el techo, dando vueltas a la misma idea una y otra vez; como un molino que no encuentra el grano.

Sebastian Spencer se marchaba a Londres. Iba a buscar esposa. Iba a casarse de nuevo.

Y era lo correcto. Lo entendía perfectamente.

Un hombre en su posición necesitaba un heredero.

Necesitaba asegurar el apellido, proteger a sus hijas, evitar que el título cayera en manos de un primo que, por lo que había oído, no era precisamente un dechado de virtudes.

Era su deber. Su obligación. Lo que cualquier hombre en su situación habría hecho.

Pero por más que lo repitiese en su cabeza, no conseguía que el dolor de estómago se le pasara.

Porque significaba que pronto llegaría otra mujer. Una nueva condesa. Una dama de la alta sociedad, con modales impecables y un apellido respetable, que ocuparía el lugar con el que Charlotte no podía ni soñar.

¿Estaría feliz el conde por su nueva boda? ¿Conocería a una buena mujer? Solo esperaba que ella amara a Beatrice y Amelia como se merecían.

Se giró hacia un lado, luego hacia el otro. Contó ovejas. Contó las vigas del techo. Contó las veces que había visto al conde en las últimas horas. Solo tres. Y en todas esas ocasiones se quedaron mirándose más de lo necesario.

Nada de eso funcionó.

Cuando el reloj marcó las cinco, se rindió.

Se levantó, se puso la bata y se acercó a la ventana.

La luz del amanecer empezaba a despuntar por el este, tiñendo el cielo de un gris rosado que prometía un día frío.

En el patio de grava, junto a la puerta principal, ya estaba el carruaje esperando.

Los caballos resoplaban, impacientes. Un criado cargó el último baúl, y justo detrás de él apareció el conde.

Sebastian salió de la casa con la levita puesta y el sombrero en la mano. Caminaba con paso firme, como si quisiera marcharse cuanto antes. Se detuvo junto al carruaje, intercambió unas palabras con el cochero y luego, por un instante, alzó la mirada hacia su ventana.

Charlotte se quedó helada. No sabía si la había visto, pero los ojos grises de Sebastian Spencer se posaron en el cristal, en la figura borrosa que lo observaba desde la penumbra, y se quedaron allí unos segundos de más.

Ella sintió que el corazón le daba un vuelco tan fuerte que tuvo que apoyar la mano en el alféizar para no perder el equilibrio. La sangre le subió a las mejillas, el aire se le atascó en la garganta, y por un instante —solo un instante— el mundo entero se redujo a aquella mirada.

Santo dios.

Ese hombre era hermoso a todas horas del día. Era tan injusto.

Sebastian subió al carruaje en cuanto apartó la mirada de ella. Un minuto más tarde, el carruaje se alejó de la casa a paso tranquilo; el sonido de las pisadas de los caballos resonando por todo el jardín.

Charlotte se apartó de la ventana como si el cristal quemara. Cerró las cortinas de golpe, se llevó las manos al pecho y se dejó caer en la cama, con el corazón galopándole como un caballo desbocado.

No ha sido nada, se dijo. No ha sido nada. Ha mirado hacia aquí por casualidad. No me ha visto. No puede haberme visto.

Pero por más que se lo repitiese, no consiguió calmarse.

¿Se habría despedido el conde de ella? No, claro que no. ¿Por qué lo haría? Ella solo trabajaba para él. No era nadie relevante. Aunque, por un segundo, mientras el conde al miraba desde la lejanía sintió que sí lo era.

A media mañana, después de la lección de historia, Charlotte bajó a la cocina a pedir una taza de té. Las niñas estaban cosiendo en el salón de día —una actividad que Beatrice había recibido con entusiasmo y Amelia con resignación—, así que Charlotte tenía unos minutos para sí misma.

Empujó la puerta de la cocina y se detuvo en el umbral.

La señora Holloway estaba junto al fogón, removiendo algo en una olla. Dos doncellas —Martha y Lucy, si no recordaba mal— estaban sentadas a la mesa, pelando verduras.

—...pues yo digo que no encuentra a nadie —decía Martha, con una risita—. ¿Qué mujer en su sano juicio querría casarse con él?

—Tú lo has dicho —respondió Lucy—. Es guapo, eso sí. Pero está loco. ¿Te acuerdas de cuando tiró la mesa del comedor? Yo estaba sirviendo, y casi se me cayó encima toda la cena.

—¡Por no hablar cuando se dedicó a disparar la pistola en el jardín! Dios mío, pensé que mataría a alguien.

—Dios mío, qué vergüenza. Mi hermana, la que trabaja en la casa de los Montgomery, dice que todo el mundo lo sabe en Londres. Que el conde de Spencer es un borracho perdido y que ninguna familia decente querría emparentarse con él.

—Pues yo no sé cómo va a encontrar esposa. ¡Ninguna mujer querría vivir en este lugar!

—Ya te digo yo que no encuentra a ninguna. Se volverá con el rabo entre las piernas, como siempre.

Las dos rieron casi a la par.

Charlotte se quedó inmóvil en el umbral, con la mano apoyada en el marco de la puerta y el corazón encogido.

¿Por qué se burlaban así del conde?

«Ellas lo conocen mejor que yo, desde luego». Sebastian Spencer bebía demasiado. Y no era algo reciente. No era el duelo por la muerte de su esposa, ni el estrés de la gestión de la propiedad, ni la presión de tener que casarse de nuevo. Se trataba de algo que venía de lejos.

Y Charlotte, por primera vez desde su llegada, se preguntó qué había pasado para que un hombre se rompiera de aquella manera.

La señora Holloway fue la primera en verla. Levantó la cabeza, miró hacia la puerta y su rostro se contrajo en una mueca.

—Señorita Bennett —dijo, con una voz seca—. ¿Necesita algo?

Las doncellas se callaron al instante. Se giraron hacia Charlotte con los ojos abiertos, las mejillas encendidas por la vergüenza de haber sido sorprendidas, y bajaron la mirada hacia las verduras como si fueran lo más interesante del mundo.

—Solo quería una taza de té —respondió con una calma que no sentía—. Pero ya me la preparo yo. No se molesten.

Se acercó a la mesa, tomó una taza del aparador y se sirvió el té de la tetera que humeaba junto al fogón. Las doncellas no levantaron la cabeza en ningún momento.

La señora Holloway la observaba con una expresión indescifrable, como si no supiera si disculparse o atacarla.

Charlotte no le dio la oportunidad de hacer ninguna de las dos cosas.

—Gracias —dijo, con una inclinación breve—. Buen día.

Y salió de la cocina con la taza en la mano y el corazón lleno de preguntas que no sabía a quién hacer.

Mientras subía las escaleras, no podía dejar de pensar en Sebastian. En su rostro serio. En sus ojos grises. En el modo en que rompía cosas por la noche y luego, al día siguiente, apenas si podía mirar a sus hijas a los ojos. La vergüenza consumiéndole.

No era solo un hombre difícil, sino que era un hombre roto. Y Charlotte, que había visto a su padre hundirse en la ruina y en la vergüenza, sabía lo que eso significaba.

Las personas rotas necesitaban que alguien les ayudara a salir del pozo en el que se encontraban. Un rayo de luz y esperanza que les permitiera comprender que todavía quedaba mucho por vivir. Que los sentimientos no eran su enemigo, y la tristeza tampoco.

«Pero no puedo ser yo quien lo ayude —pensó Charlotte—. Los hombres como el conde no quieren recuperar sus vidas, sino terminar de romperse».

Solo esperaba que no la arrastrara a ella a aquel abismo en el que llevaba viviendo durante años. Porque muy probablemente saltaría para poder tenderle la mano.