La amante de lord Spencer Capítulo 8
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Capítulo 8

La carta llegó con el correo de la mañana, doblada en tres, con el sello del vizconde de Danforth en la esquina y una letra apresurada que Sebastian reconoció de inmediato.

Sebastian:

La temporada ha comenzado. Las buenas familias ya están en Londres. Si vas a hacerlo, hazlo ahora o no lo hagas nunca. Te espero en el club el jueves. No me hagas ir a buscarte.

Henry.

Sebastian leyó la carta dos veces, sentado detrás de su escritorio, con el ceño fruncido y una taza de café enfriándose a su lado. Luego la dejó sobre la mesa, se frotó los ojos y miró por la ventana.

El cielo estaba gris, como su ánimo. Los tilos del jardín se mecían bajo un viento suave, y en la distancia se oía la risa de Beatrice, que correteaba con Charlotte por los senderos de grava.

Amelia debía de estar con ellas. Las tres habían salido después del desayuno, y Sebastian las había visto cruzar el césped desde la ventana de su despacho, con Charlotte en medio y una niña a cada lado; como una pequeña comitiva improvisada.

Era una imagen que le dolía mirar. Porque significaba que sus hijas estaban en perfecto estado. Que eran felices, y que Charlotte Bennett, la institutriz franca y testaruda que dormía con Beatrice por las noches y le llevaba la contraria sin miedo, estaba haciendo bien su trabajo.

Y que él, en cambio, no estaba haciendo bien el suyo.

Henry tenía razón. Lo sabía en lo más profundo de su corazón.

Lo había sabido desde el día en que su amigo se sentó frente a él y le habló de Reginald, de la herencia, del futuro de sus hijas.

No podía seguir posponiéndolo. No podía seguir bebiendo y rompiendo lámparas y fingiendo que los problemas no existían.

Tenía que casarse. Debía tener un heredero y proteger a sus hijas.

Aunque eso significara renunciar a cualquier esperanza de ser feliz.

Llamó al mayordomo con un grito, y el hombre se presentó al cabo de minuto.

—Haga que me preparen el baúl —ordenó—. Salgo para Londres mañana al amanecer.

—¿Cuánto tiempo estará fuera, milord?

—No lo sé. Una semana. Dos. Lo que haga falta.

El mayordomo asintió y se retiró. Sebastian se quedó sentado en la silla de su despacho, con la carta de Henry entre los dedos, y por un instante pensó en Charlotte.

En el modo en que lo había mirado el día anterior, con aquella frialdad serena, casi desdeñosa.

En el modo en que le había dicho así lo haré y se había marchado sin mirar atrás.

No debería importarle. No debería pensar en ella.

Pero lo hacía.

Charlotte no le era indiferente en lo absoluto, y cuanto más tiempo pasaba bajo su techo, más peligrosa se volvía. Ya no discernía el bien del mal, la indiferencia del deseo.

Se levantó, salió al pasillo y se dirigió hacia el jardín. Necesitaba aire. Caminar. Alejarse de la casa antes de volverse loco.

Las encontró junto al estanque. Beatrice estaba agachada, observando algo en el agua —probablemente un pez o una rana—, y Charlotte estaba sentada en el banco de piedra con Amelia a su lado, hablando en voz baja. Al verlo llegar, las tres levantaron la cabeza.

—Padre —dijo Amelia, con una sonrisa.

—Milord —murmuró Charlotte, con una inclinación seca de la cabeza.

—Buenos días. —Sebastian metió las manos en los bolsillos—. ¿Molesto?

—No, en absoluto. —Charlotte se puso de pie—. Íbamos a volver dentro. Hace frío.

—No hace tanto frío —protestó Beatrice, que seguía agachada junto al agua—. Estoy mirando a un sapo.

—Es una rana, Beatrice —corrigió Amelia.

—Es un sapo.

—Es una rana.

—Basta, las dos. —Charlotte sonrió, y por un instante Sebastian sintió en su pecho un vestigio de algo que creía olvidado. ¿Diversión?—. Vamos dentro, niñas. Es hora de la siguiente lección.

Beatrice se levantó con un suspiro teatral y se acercó a su padre. Amelia se quedó donde estaba, con los brazos cruzados y una expresión pensativa.

—Padre, ¿es verdad que se marcha mañana a Londres?

Sebastian la miró. No recordaba haberle dicho nada. Ni siquiera le había dado tiempo.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Lo he oído hace unos minutos, cuando regresaba de la cocina. —Amelia no bajó la mirada. Tenía los mismos ojos del conde, a diferencia de Beatrice, que heredó los de su madre—. A la señora Holloway le ha parecido muy precipitado. Y James, el cochero, sugirió que iba usted a buscar esposa.

El conde no supo qué decirle a su hija. Hubiera preferido no tener esa conversación hasta que la futura esposa apareciera en escena. Así se ahorraba disgustos y pataletas. Pero estaba claro que el servicio no sabía mantener la boca cerrada.

Charlotte, que ya se había girado hacia la casa, se detuvo de golpe.

Beatrice las miró a todas, confundida.

—¿Es verdad? —insistió Amelia—. ¿Vas a buscar otra mamá para nosotras?

Sebastian sintió que el pecho se le cerraba. Y una vez más, el agujero se abría entre sus costillas, provocándole un sudor frío que bajaba por su espalda y unas náuseas horribles.

—Voy a Londres por asuntos importantes —repuso con la firmeza con la que creía que debía hablarles a sus hijas—. Y sí. Entre esos asuntos está el de encontrar una esposa.

Amelia apretó los labios hasta que casi desaparecieron de su cara.

—No quiero otra mamá.

Las palabras fueron tan certeras que Sebastian las sintió en su pecho como si él fuera una diana.

—Amelia, esto no es asunto de una niña de tu edad.

—No la quiero. —La niña dio un paso atrás. No sonaba como un berrinche, sino como una sentencia—. No necesitamos otra mamá. ¡Ya tenemos una, aunque esté en el cielo!

Sebastian miró a Charlotte, que seguía de pie junto al banco, con el rostro pálido y las manos apretadas contra el delantal.

¿Por qué le importaba tanto lo que ella opinara? Nada ni nadie le salvaría de aquel destino aciago que le esperaba. Si no contraía matrimonio con otra mujer y traía al mundo a un varón, su título estaría siempre en peligro.

—Amelia, vete a tu cuarto. ¡Las niñas no opinan de estos asuntos!

—¡No voy a irme a mi cuarto! —gritó Amelia, y su voz resonó en el jardín—. Beatrice y yo ya tenemos una madre, ¡no puedes sustituirla!

—Amelia, basta —al conde le tembló un músculo en la mandíbula.

—¡No! —La niña tenía los ojos llenos de lágrimas—. ¡No quiero otra mamá! ¡No quiero! ¡Y no me importa lo que digas!

Y antes de que Sebastian pudiera responder, Amelia se giró y echó a correr hacia la casa, con el vestido ondeando al viento y los sollozos ahogados en la garganta.

Sebastian se quedó de pie junto al estanque, con el corazón latiéndole con fuerza entre las costillas y una frustración que no sabía cómo expresar con palabras.

Beatrice lo miraba con los ojos muy abiertos. Charlotte seguía inmóvil, con el rostro vuelto hacia la casa, como si no supiera qué hacer.

—Milord —dijo Charlotte, finalmente, pasado un minuto—. ¿Quiere que vaya a buscarla? Puedo tratar de que entienda por qué usted debe casarse de nuevo y…

—No. —Sebastian se pasó una mano por el cabello—. Déjela. Ya se le pasará.

—No creo que se le pase, milord. Las niñas a esta edad son algo difíciles, y está claro que Amelia no se siente muy feliz con la idea de tener a otra madre.

Sebastian no la miró con la frialdad habitual, algo que ella no pasó por alto. Su corazón revoloteó de pronto. Aquel hombre estaba pasándolo mal y no había nadie que le echara una mano.

—¿Qué quiere decir?

Charlotte vaciló un instante.

—Amelia tiene diez años, milord. Perdió a su madre cuando era muy pequeña. Desde entonces, ha estado viviendo con el duelo y con la idea de que ella jamás volverá. Y ahora usted le dice que va a traer a una desconocida para que sea su madre. ¿Cómo cree que se siente?

Sebastian lo entendía. Eso era lo peor de todo: que comprendía la rabia que invadía a su hija porque era la misma que lo golpeaba a él desde que recibió la visita de Henry.

—Tal vez debería recibir algo de apoyo, una charla… —sugirió Charlotte—. Para que comprenda por qué tiene que ser así y no de otra manera. Pero, más que eso, para que pueda comprender que esa mujer no sustituirá a su madre; solo será parte de una nueva familia.

El conde deseó tener una botella de vino a mano. O de whisky. Cualquier licor que calmara aquella sensación de vacío que lo invadió desde las entrañas y se extendió por todo su pecho.

Una nueva familia. Charlotte lo llamaba así porque era demasiado inocente, pensó Sebastian. La realidad era muy diferente. Para él, casarse de nuevo solo era una transacción que no le permitían ahorrarse.

Dios sabía que un hombre como él no quería pasar por la vicaría una vez más.

—Muy bien, hable con ella —cedió finalmente. Esa conversación no la mantendría él, porque no podía convencer a su hija de algo que ni él deseaba hacer—. Convéncela antes de que llegue de Londres. Tiene un par de semanas.

Charlotte asintió con la cabeza.

—Lo haré, milord.

Sebastian se quedó unos segundos mirando aquellos ojos verdes. Eran tan mágicos. Tan dulces. Parecían darle la bienvenida. Y eso no tenía ningún sentido.

Con la garganta seca de pronto, se dio media vuelta y regresó a la casa.

No quería tener a esa mujer cerca más de lo necesario.