Capítulo 7
Sebastian se despertó antes del amanecer, como siempre, con el sabor amargo del vino viejo en la boca y un peso en el pecho que no se iba con el agua fría ni con el café cargado.
La noche había sido tranquila, por una vez.
No había roto nada. No había gritado. Pero eso no significaba que hubiera dormido bien.
Se vistió sin la compañía de su ayuda de cámara, se ajustó el cuello de la camisa y salió al pasillo con la intención de bajar a su despacho antes de que sus hijas despertaran.
No quería cruzarse con nadie. No quería ver a la institutriz. No quería recordar la escena del día anterior, cuando la había encontrado en su despacho con el conejo de trapo en la mano y los ojos llenos de una confusión que lo había irritado más de lo que debería.
Es para lo único que está aquí.
Se había repetido esa frase toda la noche. Y no había conseguido creérsela.
Porque esa mujer se le había metido en la cabeza desde el primer día y se odiaba por eso. Charlotte Bennett era una criatura tan dulce y luminosa que no encajaba en absoluto en aquella casa. Tampoco a su lado.
Su pelo rubio brillaba como si fuera de oro cuando los rayos del sol la alcanzaban. Y sus ojos, de un castaño precioso, eran grandes y llenos de emoción. Parecía una cervatilla salvaje y curiosa que solo buscaba un lugar donde dejarse caer y descansar. Pero definitivamente no era en Spencer Hall.
Además, olía tan bien. A flores silvestres. Nunca había conocido a una mujer que desprendiese una fragancia tan viva. Como si toda ella fuera un bosque. O una ninfa.
Y la forma en que trataba a sus hijas le hacía sentir un cúmulo de emociones que prefería borrar de su pecho.
No necesitaba verla reír con Amelia, o calmar los llantos de Beatrice.
Sus hijas ya tenían una doncella a su cargo.
Pero Charlotte siempre hallaba la forma de hacer que sus hijas entraran en razón.
Ninguna otra institutriz lo había logrado, y menos en un mes.
«Tengo que sacarla de aquí —pensó con cansancio—. No puedo permitirme tantas distracciones».
Al pasar junto a la habitación de Beatrice, se detuvo en seco. La puerta estaba entreabierta, y por la rendija se colaba la luz gris del amanecer. Quedaba muy poco para que la doncella la levantara y la vistiera, antes de ir a su lección matutina con Charlotte.
Dudó un segundo, mas finalmente entró en la habitación de su hija. Pero no la encontró enterrada bajo las mantas, como venía siendo costumbre desde que era un bebé. Beatrice dormía plácidamente, con la mejilla pegada a la almohada y una mano enredada en el cabello de Charlotte.
¿Qué demonios?
Charlotte estaba sentada en el borde de la cama, con la espalda apoyada en el cabecero y la cabeza ladeada hacia la pequeña, profundamente dormida.
Llevaba el vestido del día anterior, arrugado, y el cabello se le había escapado del moño en mechones sueltos que le caían sobre la cara.
Tenía la mano libre apoyada sobre la manta, cerca del hombro de Beatrice, como si hubiera estado acariciándola hasta quedarse dormida.
Sebastian sintió que la sangre le hervía.
Porque aquella imagen era demasiado irreal para sus sentidos. No quería que una mujer ocupase ese lugar con su hija. Si Beatrice se acostumbraba a dormir con ella, ¿qué pasaría cuando se fuera? ¿A quién se aferraría su hija cuando Charlotte solo fuera un recuerdo?
—Señorita Bennett
Charlotte se despertó de golpe, con un sobresalto que hizo temblar la cama. Al verlo de pie en el umbral, con el rostro sombrío y los brazos cruzados, se puso roja como una amapola.
—Milord —dijo, incorporándose con torpeza—. Lo siento, yo... no debería...
—¿Qué hace en la habitación de mi hija?
—Beatrice ha tenido pesadillas últimamente —explicó Charlotte, con la voz aún espesa por el sueño—. Me llamó anoche, y yo vine a calmarla. S-Supongo que luego me he quedado dormida sin querer. Lo siento mucho, milord. No volverá a pasar.
—No, no volverá a pasar. —Sebastian dio un paso hacia ella, tan imponente que Charlotte se encogió por inercia—. Su trabajo es educar a mis hijas, no dormir con ellas. No es su doncella. No es su niñera. No es nada más que su institutriz. ¿Lo entiende?
Charlotte lo miró fijamente. Y por primera vez desde que había llegado a Spencer Hall, no bajó la mirada ni se dejó amilanar por sus malas formas.
¡Ella solo intentaba calmar a una niña asustada! ¿Desde cuándo era eso un pecado?
—Lo entiendo, milord. Sé que no es mi trabajo, y no pretendo inmiscuirme en las labores de las doncellas y mucho menos las labores que usted, como padre, desempeña.
Pero Beatrice tiene pesadillas —repitió Charlotte, esta vez con más firmeza.
Tal vez la despedirían por su soberbia y por ser una respondona, pero no se quedaría con todo eso dentro—.
Casi todas las noches. Tiene miedo de dormir sola y de los ruidos.
—Lo recalcó para que el conde supiera a qué se refería—.
Y no es una niña caprichosa, milord. Es una niña asustada.
Una niña que ha crecido en una casa donde los ruidos nocturnos significan cosas que nadie le ha explicado.
¿Cómo espera que descanse sola, si no sabe qué habita en la oscuridad?
Sebastian sintió que la ira le subía por la garganta. Y ni siquiera estaba enfadado con aquella criatura de pelo de oro que lo miraba como si quisiera zarandearlo.
En realidad, se asqueaba de sí mismo por la verdad que acababa de oír. Por su culpa, Beatrice sufría pesadillas y se asustaba de cualquier cosa. Y todo porque no se comportaba como un hombre maduro y responsable al caer la noche, eligiendo la botella sobre el sentido común.
—No sabe de qué habla —dijo, con la voz ronca.
—Sé lo que veo y lo que escucho, milord. Y veo a una niña de ocho años que se despierta llorando porque tiene miedo de su propio padre.
El golpe fue directo a su corazón. Sebastian lo sintió en el pecho, como una piedra lanzada con precisión. Y durante un instante, no supo qué decir. No supo qué hacer.
Aquella mujer acababa de sacar sus vergüenzas a la luz sin que le temblara el pulso.
Pero Sebastian, herido en su orgullo, cuadró los hombros y decidió cortar de raíz aquellas alas que sobresalían de la espalda de Charlotte. Ella no le hablaría más de ese modo.
Más que nada porque no podría soportar escuchar de sus labios la verdad que llevaba meses evadiendo.
—Basta —ordenó, con una frialdad que le hizo la competencia a los primeros días de invierno—. Deje de hacer esto. No es su lugar. No es su función. Y si vuelvo a encontrarla en la habitación de mis hijas, la echaré. ¿Me ha entendido?
Charlotte abrió la boca para responder, pero antes de que pudiera decir nada, una vocecita los interrumpió.
—Papá.
Beatrice se había despertado. Estaba sentada sobre la cama, con el cabello revuelto y los ojos todavía somnolientos, pero con una expresión de una seriedad que no era propia de su edad.
—Papá, por favor —dijo, con la voz temblorosa—. Deja que señorita Bennett se quede. Ella me cuenta cuentos. Cuentos que me gustan. Y así no tengo pedadillas. —Miró a su padre con los ojos húmedos—. Por favor. No me obligues a dormir sola. No me gusta. El ruido me asusta.
Sebastian sintió que algo se le rompía por dentro en cientos de añicos, como la porcelana más exquisita.
Miró a su hija unos segundos, sin saber qué decir, y luego a Charlotte. Y por un instante, solo un instante, quiso ceder. Quiso decir que sí y permitir que aquella mujer se quedara, que le contara cuentos a Beatrice y le diera el consuelo que él no sabía ofrecer.
Pero no podía. No debía.
—No —fue su respuesta—. Señorita Bennett dormirá en sus habitaciones. Es lo correcto. Y tú dormirás sola, Beatrice. Como una niña mayor.
Beatrice abrió la boca para protestar, pero Sebastian la cortó con un gesto.
—Basta. —Se giró hacia Charlotte—. Señorita Bennett, vuelva a sus habitaciones. Ahora. Y no repita esto nunca más. Bajo ningún concepto. ¿Está claro?
Charlotte lo miró. Y en sus ojos, Sebastian vio algo que no esperaba: una frialdad serena, casi desdeñosa, que lo dejó clavado en el sitio.
—Perfectamente claro, milord —dijo, con voz seca—. Así lo haré.
Se inclinó hacia Beatrice, le dio un beso en la frente y salió de la habitación sin mirar atrás. Sus pasos resonaron en el pasillo, firmes y decididos, y Sebastian se quedó de pie en el umbral, con la sensación de haber perdido una batalla que ni siquiera sabía que estaba librando.
Beatrice lo miró desde la cama, con los ojos llenos de reproche.
—La has asusdado .
—No la he asustado. Le he dado una orden. El servicio debe saber cuál es su lugar.
—La has asusdado —repitió Beatrice, con la misma terquedad que había heredado de él—. Y ahora no me va a contar más cuentos. Ella es increbible , y sus cuentos también.
Sebastian cerró los ojos un instante. Luego se acercó a la cama, se sentó en el borde y tomó la mano de su hija.
—Beatrice —murmuró—. ¿Por qué tienes miedo por las noches?
La niña no respondió de inmediato. Miró hacia la ventana, hacia la luz gris del amanecer, y luego volvió a mirarlo a él.
—Porque oigo ruidos —dijo en un susurro—. Ruidos que me asustan. Y pienso que el monstruo que grita a venir a hacerme daño.
Sebastian sintió que el aire le faltaba.
Él era ese monstruo.
Nunca le había daño a sus hijas, ni cuando estaba ebrio ni cuando se encontraba sobrio. Pero Beatrice no sabía discernir tan bien como su hermana que aquellos ruidos los provocaba él después de ahogar ese vacío aplastante de su pecho en la primera botella de vino que encontraba.
Había estado haciendo daño a su hija pequeña sin ser del todo consciente, y tuvo que llegar la cuarta institutriz para hacérselo saber.
«Soy un miserable —pensó—. Un jodido miserable».
—Nunca te haría daño. El monstruo… —carraspeó cuando se le fue la voz y el vacío en su pecho regresó—. Él no volverá a casa.
—¿Lo prometes? —Beatrice apretó su mano.
Sebastian se quedó allí, sentado en el borde de la cama, con la mano de su hija en la suya, y por primera vez en mucho tiempo se permitió sentir algo que no fuera ira ni culpa.
Arrepentimiento, tal vez.
—Lo prometo.
Beatrice asintió.
—¿Puede venir a dormir conmigo señorita Bennett? —preguntó, medio dormida.
—No.
—¿Por qué?
Sebastian tardó un momento en responder.
—Porque no está bien.
Beatrice no preguntó más. Se quedó dormida con la mano de su padre en la suya, y Sebastian permaneció allí, inmóvil, hasta que el sol terminó de salir.
Pero Sebastian no halló tranquilidad alguna. Estaba claro que su hija necesitaba una figura materna que la consolara cuando las pesadillas aparecieran o se raspase las rodillas al jugar en el jardín.
Y esa no podía ser Charlotte.
Ella era solo la institutriz.