La amante de lord Spencer Capítulo 6
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Capítulo 6

Después de un mes viviendo en Spencer Hall, Charlotte comprendió, muy a su pesar, que nunca sería bienvenida. Que nadie la recibiría con emoción, a excepción de las dos niñas a las que educaba a diario y con las que tenía que lidiar a pesar de sus berrinches o malas caras.

La señora Holloway seguía sin dirigirle la palabra más allá de lo estrictamente necesario. Las doncellas la miraban de reojo cuando cruzaba el pasillo. El mayordomo la trataba con una cortesía tan gélida que dolía más que un insulto. Y el cochero ni siquiera se sabía su nombre.

Charlotte llegó a sospechar que ninguno de ellos quería encariñarse con ella porque daban por hecho que no duraría ni tres meses.

Tal y como había pasado con las anteriores institutrices.

Pero ella no pensaba dar su brazo a torcer.

Demostraría que amaba su trabajo, que era disciplinada y entregada, y que tanto Beatrice como Amelia le importaban muchísimo.

Pero al final del día, quien peor la trataba era el conde.

Sebastian Spencer era un hombre de silencios.

Durante aquel mes apenas le había dirigido la palabra.

La veía en el comedor, en el pasillo, en el jardín con las niñas y pasaba de largo con una inclinación seca y un "señorita Bennett" que sonaba como una puerta cerrándose.

Nunca la miraba a los ojos. Nunca le preguntaba por las niñas.

Simplemente hacía oídos sordos a su presencia, agrandando el agujero de frustración que Charlotte llevaba en el pecho por su culpa.

Por el contrario, Amelia y Beatrice, pese a su inteligencia y su encanto, seguían siendo un torbellino imposible de domesticar.

Habían mejorado, sí. Ya no se levantaban de la mesa sin permiso.

Ya no le escondían los libros. Pero seguían discutiendo entre ellas, olvidando los deberes y encontrando siempre la manera de convertir cada lección en una pequeña batalla campal.

Lo único que le daba esperanzas a Charlotte en ese preciso instante, entre tanto desasosiego y silencio, era que había superado el primer mes. Ya solo le quedaban cinco para demostrar que no saldría corriendo y que no sería despedida.

Algo más animada que días atrás, Charlotte entró en el aula, dispuesta a empezar la clase de aritmética… cuando se encontró a una Beatrice tirada en el suelo. La niña pataleaba y chillaba bajo la mirada acusadora de su hermana mayor.

—¡No está! ¡No está! ¡No está!

Amelia estaba sentada en su silla, con los brazos cruzados y una expresión de fastidio infinito.

—Lleva así media hora —explicó antes de que Charlotte preguntase nada—. Y no se calla.

Charlotte dejó los libros sobre la mesa y se acercó a Beatrice, que seguía en el suelo, con la cara roja y las lágrimas cayéndole por las mejillas.

—Beatrice. —Se arrodilló a su lado—. ¿Qué ocurre?

—¡Mi conejito! —sollozó la niña—. ¡No encuentro mi conejito! ¡El señor Timmy no está!

Charlotte recordó el peluche que la niña llevaba consigo a todos lados.

Un conejo de trapo, sucio y descosido, con una oreja medio desprendida y un ojo de botón que amenazaba con caerse en cualquier momento.

Beatrice amaba a ese muñeco. Dormía con él.

Lo llevaba al jardín. Incluso lo había metido de contrabando en alguna lección.

—¿Dónde lo viste por última vez?

—No lo sé. —Beatrice se secó la nariz con la manga—. Ayer. Antes de cenar. Y ahora no está. Y lo he buscado por todas partes y no está. Me ha abandonado —un puchero—. Ya no me quiede.

Charlotte suspiró.

—Si dejas de llorar y me esperas aquí con Amelia, iré a buscarlo.

Beatrice levantó la cabeza, con los ojos brillantes de lágrimas y de esperanza.

—¿Y si no lo encuentras?

—Lo encontraré, así tenga que levantar esta casa piedra a piedra.

—¿Me lo prometes?

Charlotte vaciló un instante. Prometer cosas a los niños era un arma de doble filo. Pero Beatrice la miraba con una intensidad que dolía, y Charlotte no tuvo el valor de negarse.

—Te lo prometo. Pero a cambio, tienes que calmarte y esperar aquí sentada, como una señorita. ¿De acuerdo?

Beatrice asintió con la cabeza y se dejó llevar hasta su silla. Amelia la miró con una ceja arqueada.

—No lo encontrarás —dijo, con la sabiduría implacable de los diez años—. Lo ha perdido en el jardín. O en la cocina. O en el establo. Lo lleva a todas partes y ahora mismo puede estar en la basura.

—¡Timmy! —sollozó Beatrice de nuevo.

—Entonces lo buscaré en todas partes.

Charlotte salió del aula con paso decidido.

Recorrió el salón de la mañana, donde las doncellas limpiaban la chimenea, y no lo encontró.

Registró el comedor, el pasillo, la escalera principal.

Nada. Bajó a la cocina, donde la señora Holloway le informó con sequedad que no había visto ningún conejo de trapo y que, si lo hubiera visto, lo habría tirado a la basura.

«Pues menos mal que no ha caído en tus manos —pensó Charlotte con hastío—. Tienes el instinto maternal de la madrastra de Cenicienta».

Volvió a subir, con el ceño fruncido. Y entonces recordó que, la noche anterior, Beatrice había estado jugando en el pasillo del ala oeste, cerca del despacho de su padre. Había oído su risa desde su habitación, antes de que el conde la mandara a acostarse.

El despacho.

Charlotte se detuvo ante la puerta. Estaba entreabierta, y no había ni rastro del conde. Sebastian había salido temprano, según le había dicho la señora Holloway, a una reunión en el pueblo. No volvería hasta la hora de la comida.

No deberías entrar, se dijo.

Pero Beatrice estaba llorando en el aula, y ella había prometido encontrarlo.

Tragándose todos esos pensamientos intrusivos de golpe, inspiró profundo y empujó la puerta para entrar.

El despacho era una habitación amplia, con estanterías hasta el techo, un escritorio enorme de caoba y una alfombra persa que amortiguaba sus pasos.

Olía a papel viejo, a cuero y a un leve aroma a tabaco.

Charlotte recorrió la estancia con la mirada, buscando entre los libros, debajo de las sillas, junto a la chimenea apagada… y por fin lo vio.

El conejo de trapo asomaba por debajo del escritorio, junto a una pata de la silla. Beatrice debía de haberlo dejado caer allí la noche anterior, cuando su padre la mandó a acostarse.

Charlotte se agachó para recogerlo rápidamente. En cuanto ese muñeco volviera a las manos de la niña, se acabarían los dramas en esa casa.

Justo cuando agarró la oreja de trapo del conejo, escuchó que la puerta se abría de par en par, sobresaltándola.

—¿Qué demonios hace usted aquí?

Charlotte se giró de golpe, con el conejo todavía en la mano. Sebastian Spencer estaba de pie en el umbral, con la levita aún puesta y el sombrero en la mano. Sus ojos grises la miraron con una frialdad que le heló la sangre.

—Milord —balbuceó, incorporándose con torpeza—. Yo... lo siento, no sabía que había vuelto, me dijeron que...

—Le he preguntado qué hace en mi despacho. ¿Acaso tiene usted problemas para comprender lo que se le cuestiona?

—El conejito de Beatrice —dijo Charlotte, tendiéndole el peluche como si fuera una prueba—. Lo había perdido, y estaba llorando, y yo... he pensado que quizá lo había dejado aquí, y...

—¿Y ha pensado que era una buena idea entrar en mi despacho sin permiso?

—No, milord. Es decir, sí. Es decir... —Charlotte se enredó en sus propias palabras—. Solo quería ayudar a su hija. Lloraba mucho y me dio pena verla así. Ella quería que Timmy volviese.

Sebastian dio un paso hacia ella. No era una amenaza física, pero la proximidad de su cuerpo, la frialdad de su voz y la intensidad de su mirada la hicieron retroceder hasta chocar con el borde del escritorio.

—Mi despacho no es un lugar para institutrices —dijo con los dientes apretados—. Ni para conejos de trapo. Ni para excusas. ¿Lo entiende?

—Sí, milord.

—No vuelva a entrar aquí. Bajo ningún concepto. ¿Está claro?

—Perfectamente, milord.

Sebastian le arrebató el conejo de la mano. Fue un gesto brusco, casi violento, y Charlotte sintió que los dedos le temblaban al quedarse vacíos.

—Váyase —dijo él—. Y ocúpese de mis hijas. Es para lo único que está aquí.

Charlotte asintió, con la garganta cerrada, y salió del despacho sin mirar atrás. Cerró la puerta con cuidado, como si el más mínimo ruido pudiera romper algo, y luego echó a andar por el pasillo.

No corrió. No podía permitirse correr. Pero sus pasos eran rápidos, casi frenéticos, y su corazón latía con una fuerza que le dolía en el pecho.

Es para lo único que está aquí.

Lo sabía. Lo había sabido desde el primer día. No era más que una empleada. Una institutriz.

Nadie.

Pero oírlo de sus labios, con aquella frialdad, con aquel desdén, le había dolido más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Llegó al aula con las mejillas ardiendo y los ojos brillantes. Beatrice levantó la cabeza de inmediato.

—¿Lo has encontrado? —preguntó, con la voz temblorosa.

Charlotte respiró hondo. Sonrió. Y mintió.

—No. Lo siento, pequeña. Pero lo encontraremos. Te lo prometo. Mañana, cuando haya más luz, lo buscaremos juntas.

Beatrice asintió, con los ojos húmedos, y Charlotte la abrazó con una ternura que no sabía que aún le quedaba después de todo.

Pero mientras la niña se acomodaba en sus brazos, Charlotte no podía dejar de oír la voz de Sebastian, fría y cortante.

Es para lo único que está aquí.