La amante de lord Spencer Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—No estoy diciendo que tengas que enamorarte —insistió Henry, como si le leyera el pensamiento.

Sus pupilas seguían el recorrido de su rostro pálido y de sus ojeras pronunciadas—.

Solo digo que tienes que elegir a alguien.

Una jovencita de buena familia, con dote, que esté dispuesta a darte un hijo y a no complicarte la vida.

Hay muchas en Londres esta temporada. Huérfanas, segundas hijas, muchachas sin fortuna que se conformarían con un título y una casa.

Elige a la primera que esté lo suficiente desesperada como para casarse con un hombre viudo y resuelve el problema.

—Suenas como mi madre. Me dais de dolor de cabeza los dos —se quejó con los dientes apretados.

—Tu madre tenía razón en esto, aunque en todo lo demás fuera una arpía.

—Henry sonrió sin ganas—. Escúchame, Sebastian.

No te pido que seas feliz. Te pido que hagas lo que hay que hacer.

Por tus hijas. Por Spencer Hall. Por el apellido que llevas.

Son cosas que te importan, y yo estoy cansado de fingir que no debo recordarte tus obligaciones solo porque te aprecio.

Sebastian se quedó en silencio, con la mirada perdida en la pared.

Sabía que Henry tenía razón. Lo sabía desde hacía años.

Lo había sabido cada vez que su abogado le recordaba la situación legal de sus hijas, cada vez que veía a Reginald en alguna reunión familiar, cada vez que pensaba en el futuro y no encontraba más que un callejón sin salida.

Pero la idea de elegir a una desconocida, de casarse por conveniencia, de tener un hijo que no deseaba con una mujer a la que no amaba... se le revolvía el estómago.

—No puedo —dijo, con la voz ronca—. No puedo hacerle eso a otra mujer.

—¿Hacerle qué? ¿Darle un título, una casa y una posición? —Henry arqueó una ceja—. Sebastian, hay cientos de mujeres en Londres que matarían por un matrimonio así. No todas esperan amor. Muchas solo esperan seguridad y un marido que sea amable y les dé cierta libertad. Joyas, vestidos. Esas cosas.

—Y yo no puedo darles ni eso. —Sebastian se pasó una mano por el cabello—. No soy... no soy un buen marido, Henry. Ya lo sabes.

—Eras joven. Catherine era... —Henry dudó— ...

difícil. Pero nunca le pusiste la mano encima ni le gritaste.

¿Sabes cuántos hombres pierden la compostura con sus esposas?

Decenas, por lo que he oído. Que tú no quisieras formar un vínculo romántico con Catherine no te convierte en un mal hombre.

Simplemente tenías claro que entre vosotros no habría ese tipo de sentimientos.

Ella lo aceptó y te dio dos hijas preciosas, ¿no?

—Catherine era una santa. Y yo la dejé sola demasiadas noches. —Sebastian cerró los ojos—. No quiero repetir eso.

Henry suspiró.

—Entonces elige a alguien que no espere nada de ti.

Una mujer que se conforme con el título y con la libertad de hacer su vida sin ti.

Hay muchas así. Mujeres que han pasado la edad de casarse por amor y que solo buscan un lugar donde envejecer con dignidad.

No tienes que amarla. Solo tienes que hacerle un hijo varón y se acabó.

Uno solo, si tienes suerte a la primera.

Y luego podéis fingir que sois dos conocidos que se llevan bien, sin volver a compartir el lecho.

Sebastian no respondió. No sabía cómo escapar de aquella situación sin parecer un crío quejándose de que no le gustaba la sopa que le habían puesto para cenar esa noche.

Al otro lado de la puerta, se escuchó la voz melodiosa y dulce de Charlotte. Hablaba con una de las doncellas, aunque el conde no supo captar de qué se trataba.

Henry siguió su mirada… y entonces frunció el ceño.

—¿Quién es? —preguntó, curioso.

—La nueva institutriz.

Esa información captó enseguida la atención de Henry.

—¿Y qué tal?

Sebastian tardó un momento en responder.

—Demasiado franca —dijo, finalmente—. Y demasiado... —No terminó la frase.

«Dulce, como el almíbar. Demasiado sumisa. No me gusta nada». El pensamiento lo sacudió como un escalofrío.

Henry lo estudió con atención, pero no insistió. Se levantó, se ajustó la levita y tomó su sombrero.

—Piensa bien lo que hemos hablado —dijo con cierta pesadez—. Londres abre la temporada en dos semanas. Si vas, podrás elegir con calma. Si esperas más, las mejores ya estarán comprometidas.

Sebastian no tenía ningún interés en volver a seducir a una dama, pero no lo dijo en voz alta.

—Lo pensaré.

—No lo pienses demasiado. —Henry se detuvo en la puerta, con la mano en el pomo—. Y, Sebastian... no dejes que Reginald se entere de que estás dudando. Ese hombre huele el miedo como los buitres huelen la carroña.

Se marchó, dejando tras de sí un silencio más pesado que todas sus palabras.

Sebastian se quedó sentado, con la mirada fija en la jarra de agua que Henry había dejado sobre el escritorio. No la tocó.

En su lugar, pensó en Amelia. En Beatrice. En el modo en que la más pequeña de sus hijas se había aferrado a la mano de Charlotte el día anterior, cuando iban de camino a las clases de piano.

Pensó en Reginald. En sus ojos pequeños y crueles. En las historias que había oído sobre él y las sirvientas de su propiedad. Todas ellas acababan tan mal que debían abandonar la capital porque nadie quería a una mujer tuerta o con cicatrices trabajando bajo su techo.

Y pensó, con una claridad que dolía, que Henry tenía razón. No podía permitirse el lujo de esperar. No podía permitirse el lujo de ser egoísta y dejar a sus dos hijas desamparadas si a él le ocurría algo.

Tenía que casarse. Tenía que traer al mundo a un heredero. Tenía que proteger a sus hijas.

Aunque eso significara renunciar a cualquier posibilidad de ser feliz.