La amante de lord Spencer Capítulo 5
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Capítulo 5

Sebastian Spencer estaba sentado detrás de su escritorio, con los codos apoyados en la madera y la cabeza entre las manos, maldiciendo en voz baja cada decisión que había tomado la noche anterior.

La botella seguía en el suelo, junto a la silla, medio vacía. Debió ser la última que se tomó antes de caer inconsciente. La lámpara que había roto yacía hecha añicos en un rincón, y el aire del despacho olía a vino, a cera quemada y a humo viejo.

Sebastian no se había molestado en abrir las ventanas. No quería que nadie entrara, y tampoco quería ver a nadie. Ni siquiera a sus hijas, a las que adoraba, por supuesto, pero que en ese momento no tenían por qué verle en ese estado.

Su cabeza latía con un dolor sordo que le taladraba las sienes, y cada vez que cerraba los ojos veía la cara de Beatrice en el pasillo, asustada, con el camisón arrugado y los pies descalzos.

La había mandado a la cama antes de desaparecer y buscar otra botella, pero sus ojos —que eran idénticos a los de su difunta esposa— se le quedaron grabados en las retinas y fue incapaz de sacudirse de encima la sensación de que todos en aquella casa lo juzgaban.

Sebastian apretó los dientes y se pasó una mano por la cara.

Odiaba beber casi tanto como odiaba perder el control.

Los hombres como él no deberían comportarse de forma tan mediocre, pero cuando caía la noche y sentía el peso de la soledad dentro de su pecho, lo único que lograba calmarlo era el vino y el whisky.

Una mezcla letal que lo consumía lentamente y lo acercaba cada día más a compartir el mismo destino que su difunta esposa.

¿Y si lo mandaba todo al infierno y se quitaba del medio?

A lo mejor era lo correcto, dadas las circunstancias.

Ya ni siquiera era capaz de acudir a sus obligaciones sin sentir una rabia intensa quemándole la piel, la carne y los huesos.

Aquella presión en el pecho no se marchaba nunca.

Solo crecía y crecía, convirtiéndolo en un monstruo.

Un golpe en la puerta lo arrancó de sus pensamientos.

—No estoy para nadie —gruñó.

La puerta se abrió de todos modos.

—Eso ya lo sé —dijo una voz conocida—. Por eso he venido, ¿qué te crees? ¿Que no sé cómo acaban tus noches solitarias? Vaya, aquí apesta que echa para atrás.

Sebastian levantó la cabeza con un gesto de dolor. En el umbral, con una sonrisa torcida y una jarra de agua en la mano, estaba Henry Montgomery, vizconde de Danforth, su mejor amigo desde los días del colegio.

Y la única persona que lo soportaba, todo había que decirlo.

—Henry. —Sebastian se dejó caer hacia atrás en la silla—. ¿Qué demonios haces aquí?

—Salvarte de ti mismo, por lo que veo. —Henry cerró la puerta con el pie, cruzó la habitación y dejó la botella sobre el escritorio—. Aunque, por el estado de tu despacho, diría que llego tarde.

—No necesito que me salves. Necesito que te marches.

—Y yo necesito que dejes de beber como un desgraciado y escuches lo que tengo que decirte.

No te creas que vengo solo a liberarte de ese dolor de cabeza que sufres.

También soy quien va a solucionar tu pena.

—Henry se sentó en la silla frente a él, sin pedir permiso—.

Así que vamos a hacer una cosa: tú te tomas un vaso de agua, yo te cuento por qué estoy aquí, y luego decides si quieres que me vaya o no.

Sebastian lo miró con los ojos inyectados en sangre. Henry le sostuvo la mirada, imperturbable. Llevaba años lidiando con sus arrebatos, con sus silencios, con sus noches de vino y de furia. No se asustaba fácilmente.

—Está bien —cedió Sebastian, con un suspiro—. Habla rápido.

Henry sirvió un vaso de agua, se lo tendió a Sebastian y esperó a que bebiera antes de hablar.

—He estado en Londres hasta hace un día —comenzó como si estuviera narrando una gran aventura y no un simple viaje de trabajo—. Y he oído cosas.

—¿Qué clase de cosas?

—Cosas sobre tu primo Reginald.

Sebastian se tensó.

—¿Qué pasa con Reginald?

Nada bueno, eso seguro. Aquel tipo era experto a la hora de protagonizar toda clase de escándalos casi cada semana, aparecer en todas las revistas de cotilleos y en meterse bajo las faldas de mujeres casadas a las que trastocaba la vida sin que a él le ocurriese nada. Y de ellas no se podía decir lo mismo.

—Que está muy interesado en tu salud. —Henry hizo una pausa—. Y en la de tus hijas. Ya sabes a lo que me refiero.

El dolor de cabeza de Sebastian se intensificó.

Sí, claro que lo sabía. Cualquier persona que se encontrase en los zapatos de Reginald —es decir, a la espera de heredar título, tierras y fortuna— buscaba colocarse pronto en aquella mansión y no seguir dando tumbos o buscando una esposa acorde a la que fastidiarle la vida con sus idas y venidas.

Ya se lo había dejado caer en varias ocasiones su abogado cuando pasaba por allí, más o menos cada seis meses, a comprobar que todo seguía en regla y que Sebastian no había olvidado sus obligaciones.

Es decir, seguir produciendo en sus tierras, seguir sumando una buena fortuna y seguir educando a sus hijas.

Pero siempre faltaba algo, la letra pequeña, en la que lo empujaban a cumplir con algo más. Algo que no dependía solo de él, porque el conde aún no sabía cómo gestar un heredero varón. Bueno, ni él ni ningún hombre, claro estaba.

Y eso le llevó a sospechar que su amigo Henry estaba allí por un motivo muy similar.

Que era, básicamente, empujarlo a los brazos de una dama fértil y joven que le diese el hijo varón que todo hombre necesitaba para respirar tranquilo y saber que su título y el futuro de sus hijas no caería en garras de alguien como Reginald.

—Explícate —ordenó el conde con hastío.

—Reginald ha estado preguntando por tus asuntos, tus propiedades, tus deudas, la salud de las niñas…

—Henry se inclinó hacia delante, sus ojos castaños brillando con cierta diversión.

Como si todo ese asunto fuese más un burdo teatro para niños y no un tema serio—.

Se le ha visto en casa de tu abogado. Y, según me han dicho, ha hecho comentarios en el club sobre lo conveniente que sería para él que tú...

bueno, ya me entiendes. Te fueras a vivir con tu exesposa al cementerio.

Sebastian no respondió. No hacía falta.

Reginald Spencer era su primo segundo, el hijo de un hermano menor de su padre.

Un hombre que había heredado una pequeña propiedad en Yorkshire y la había dilapidado en menos de una década.

Tenía cincuenta años, una reputación deplorable y una crueldad que Sebastian había visto de cerca cuando eran niños.

Si él moría sin un heredero varón, el título pasaría a Reginald.

Y con él, Spencer Hall. Y con Spencer Hall, sus hijas.

No podía permitir tal cosa.

—Tus hijas son demasiado pequeñas para casarse —continuó Henry, esta vez sin rastro de humor.

Porque algunos asuntos había que tratarlos en serio—.

Amelia tiene diez años. Beatrice, ocho. Si algo te pasara mañana, quedarían bajo la tutela de Reginald hasta que cumplieran la mayoría de edad.

O hasta que él decidiera casarlas con quien le conviniera.

—Eso no va a pasar.

—No si tú te ocupas de que no pase. —Concluyó Henry con una floritura de su mano—.

Necesitas un heredero, Sebastian. Y necesitas casarte para tenerlo.

No sé si me entiendes. Ojalá valiese un bastardo, pero…

—encogió los hombros—, lamentablemente la sociedad no lo aceptaría, aunque llevara tu sangre en las venas.

Sebastian cerró los ojos. El dolor de cabeza le palpitaba con una intensidad brutal.

Un hijo. Un hijo varón.

Se había olvidado por completo de que la sociedad aún lo culpaba por no haber cumplido sus funciones correctamente. Amaba a sus hijas, pero ellas no garantizaban que el título siguiera siendo de ellos y no de un zoquete como Reginald.

—No quiero casarme otra vez —reconoció Sebastian—. Es… demasiado trabajo. Buscar esposa, casarme, hacerle un hijo, criarlo…

—Ya lo sé. Pero esto no va de lo que quieres, sino de lo que necesitas. —Henry se recostó en la silla y tamborileó con los dedos sobre el reposabrazos—. Y no me vengas con que no estás preparado o que no has superado lo de Catherine. Han pasado cuatro años.

—Tres y medio.

—Tres y medio. Y sigues bebiendo como si hubiera sido ayer cuando enterrabas a tu mujer.

Entiendo que la querías, Sebastian, pero la vida sigue.

Anclarse al recuerdo de una mujer a la que entregaste tu corazón no te hará feliz ni solucionará tus problemas.

Solo te convierte en una persona que no eres. En un hombre infeliz.

Sebastian no respondió. Catherine había muerto de neumonía cuando Beatrice solo tenía cinco años, y desde entonces había evitado cualquier pensamiento de matrimonio con la misma determinación con la que evitaba el recuerdo de su rostro en el último día.

No había sido un matrimonio de amor, pero había sido un matrimonio de respeto.

Pero ella ya no estaba. Y su ausencia aún lo atormentaba.

Quizás, si él hubiera pasado más tiempo en casa, Catherine no se habría enfermado y sus hijas seguirían teniendo a su madre.

Pero ahora solo le tenían a él. Un hombre agotado y furioso que no sabía qué hacer para darle un futuro digno a sus dos hijas. O cómo evitar que a él también le ocurriese algo y Reginald se hiciera con el título.

De solo pensarlo, la presión en su pecho se intensifica y le costaba respirar.