La amante de lord Spencer Capítulo 4
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Capítulo 4

—¡Pero milord…!

—Apártese si no quiere que… yo… ¿¡Dónde está mi copa!? ¡Maldita sea, quítese del medio!

Charlotte se incorporó en la cama de golpe, con el corazón latiéndole con fuerza entre las costillas. La habitación estaba a oscuras, y por la ventana apenas entraba la luz de una luna velada por las nubes. Miró el reloj de la mesilla: las dos y cuarto de la madrugada.

¿Quién estaba gritando? ¿Y por qué lo hacía en plena madrugada?

Atontada por el sueño, Charlotte agudizó el oído… y captó el sonido inconfundible de una tos ronca, seguida de pasos pesados e irregulares que recorrían el pasillo de arriba.

Donde dormía el conde.

Charlotte se levantó, se puso la bata sobre el camisón y abrió la puerta con cuidado.

El corredor estaba iluminado por una única vela que alguien había dejado en una repisa, y su luz temblorosa dibujaba sombras alargadas sobre la pared.

Una doncella pasó corriendo en dirección contraria, con el cabello suelto y los ojos asustados, sujetándose la bata con una mano.

—¿Qué ocurre? —susurró Charlotte, deteniéndola—. ¿Algo anda mal?

La doncella se giró, con el rostro pálido. A diferencia de la cocinera y el mayordomo, la mujer no la miró con altanería ni desdén. En realidad, pareció agradecer su compañía repentina.

—El señor —dijo, con la voz entrecortada—. Otra vez está borracho. Ha roto una lámpara y ha tirado la mesilla del pasillo. La señora Holloway ha ordenado que nadie se acerque.

—¿Y las niñas? —se preocupó de pronto Charlotte.

—Están en el ala oeste. No las alcanza el ruido... normalmente.

Charlotte asintió, aunque algo en su interior se negaba a quedarse tranquilo.

La doncella se marchó corriendo, y ella se quedó sola en el pasillo, con la espalda pegada a la pared y la respiración contenida.

«Entonces esto ocurre más veces. ¿Será por eso por lo que Beatrice no soporta estar en compañía de su padre?». Aunque la curiosidad le pesaba, no se lo preguntaría a la niña. Había ciertas cosas que era mejor ignorar.

Desde el fondo del corredor llegó otro golpe, seguido de un gruñido. Charlotte cerró los ojos un instante. No era asunto suyo. No debía intervenir.

«Será mejor que regrese a la cama». Se giró para volver a su habitación. Pero ni siquiera llegó a cerrar la puerta, pues alguien la llamó de pronto.

Una vocecita aguda e infantil que la reclamaba en mitad de la oscuridad.

Charlotte se quedó helada. Siguió el eco de esa voz, descalza, con los pies fríos sobre la madera, hasta que llegó a una puerta entreabierta. Al otro lado, sentada en el suelo con las rodillas pegadas al pecho y el camisón arrugado, estaba Beatrice.

Tenía los ojos rojos y la cara húmeda de lágrimas.

—Beatrice —susurró Charlotte, arrodillándose a su lado—. ¿Qué haces aquí? Deberías estar en la cama. Es tarde.

—He oído a papá —dijo la niña, con la voz quebrada—. Siempre hace ruido cuando bebe widky . Y al día siguiente no se acuerda de nada… La señora Halloway dice que papá solo está tridte, pero no me gusta verlo así…

Charlotte sintió una punzada en el pecho. Una punzada que conocía bien, porque ella también había sido niña en una casa donde los ruidos nocturnos significaban cosas que nadie le explicaba.

—Ven —dijo, y la tomó en brazos—. Volvamos a la cama.

Beatrice era ligera, más de lo que debería a su edad, y se aferró a su cuello como si temiera que fuera a soltarla.

Charlotte la llevó hasta su habitación, una estancia pequeña y ordenada, con una cama de dosel y una muñeca de trapo sentada en la almohada.

La acostó, le subió las mantas hasta la barbilla y se sentó en el borde del colchón.

Los gritos del conde seguían llegando desde el otro extremo del pasillo, amortiguados por las paredes, pero aún audibles.

Beatrice se estremeció.

—No se va a callar —susurró—. Nunca se calla.

Charlotte le acarició el cabello.

Lamentaba profundamente que una niña tuviera que ser testigo de malas acciones de sus padres. O que el conde no pensara en ellas cuando agotaba la botella y se dedicaba a gritar y golpear muebles.

Tal vez por eso las institutrices duraban tan poco en aquella casa. Ese pensamiento la alertó. ¿Y si a ella no le quedaba tanto como creía? ¿Y si se cansaba también de la actitud de aquel hombre frívolo y egoísta?

Decidida a tranquilizar a la única víctima allí —la pequeña Beatrice—, trató de sonreír y murmuró:

—¿Quieres que te cuente un cuento?

La niña asintió con la cabeza, con los ojos muy abiertos.

—Había una vez una niña que vivía en una casa muy grande.

Tan grande, que a veces se perdía en ella.

Y un día encontró un jardín secreto, escondido detrás de un muro cubierto de hiedra.

En el jardín había un manzano que daba manzanas de oro, y un estanque donde nadaban peces de colores, y una fuente que cantaba con la voz de su madre.

—¿Su madre había muerto? —preguntó Beatrice, en un susurro.

—Sí. Pero la niña la oía en la fuente. Y cada vez que se sentía sola, iba al jardín, se acomodaba junto al agua y escuchaba con atención. Y su madre le decía que no tuviera miedo, que mientras ella recordara su voz, nunca estaría realmente sola.

Beatrice cerró los ojos.

—Yo no me acuerdo de la voz de mi mamá…

Su respiración se fue serenando, y la mano que tenía aferrada al camisón de Charlotte se relajó un poco.

—Estoy segura de que la oirás en sueños —repuso Charlotte con cariño.

—¿Y la niña se quedó en la casa grande? —preguntó, medio dormida.

—Sí. Creció allí. Y un día se dio cuenta de que el jardín no era un secreto, sino un regalo. Y que el amor de su madre la acompañaría siempre, incluso cuando ya no pudiera oír su voz.

Beatrice no respondió. Se había quedado dormida, con la mejilla pegada a la almohada y una mano enredada en el cabello de Charlotte.

Verla en ese estado, tan pequeña y vulnerable, despertó en su corazón un sentimiento cálido. Los niños no merecían un mundo de pesadillas, sino de amor. Vivir rodeados de sonrisas y abrazos y elogios, y no de gritos y golpes y recuerdos fracturados.

«Solo espero que el conde aprenda un día la lección y deje de comportarse como un zoquete».

Charlotte intentó moverse, un poco enfadada con el señor de la casa. Pero no podía. La niña la tenía sujeta con fuerza. Y los gritos del conde, aunque más espaciados, seguían resonando en el pasillo.

Suspiró con cierto fastidio. No hacia Beatrice, que poca culpa tenía. Sino hacia el conde, que había optado por ahogar sus frustraciones en la botella y ahora tenía a todos despiertos en esa casa.

No debía quedarse en esa habitación y lo sabía.

Si alguien la encontraba allí, en el dormitorio de una de las niñas, en plena noche, las consecuencias serían graves.

Pero Beatrice respiraba tranquila por primera vez en toda la noche, y Charlotte no tuvo el valor de soltarla y abandonarla a su suerte.

No era tan cruel.

Tras meditarlo unos segundos, Charlotte finalmente se recostó con cuidado en el borde de la cama, sin soltar la mano de la niña, y cerró los ojos.

Solo sería un momento, se dijo. Solo hasta que los ruidos cesaran y el conde perdiera la conciencia, y no hubiese nadie en los alrededores.

Pero el cansancio pesaba más que la prudencia, y el calor de la pequeña junto a ella era un consuelo que no había sentido en mucho tiempo.

Se quedó dormida con la mano de Beatrice enredada en su cabello, con la luna filtrándose por la ventana y con la última imagen de Sebastian Spencer, borracho y furioso, rompiendo cosas en el pasillo.

Y en sueños, por primera vez desde que había llegado a Spencer Hall, no se sintió sola.