La amante de lord Spencer Capítulo 3
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Capítulo 3

Charlotte se despertó a las seis, como siempre, pero esta vez no fue el sol ni la costumbre lo que la arrancó del sueño, sino el hambre.

Una punzada seca, insistente, que le recordó que la cena de la noche anterior había consistido en una sopa clara y un trozo de pan tan pequeño que apenas si había dejado huella en ella.

Se vistió con rapidez, se recogió el cabello y descendió a la planta baja con la esperanza de encontrar algo de comida antes de que las niñas se levantaran.

En su anterior empleo, la cocinera le guardaba siempre un plato caliente y una taza de té.

Aquí, al parecer, las cosas funcionaban de otro modo.

«Todo el mundo es demasiado frívolo —pensó, arrastrando los pies por el suelo para hacer el mínimo ruido—. No hay calor ni color alguno entre estas paredes».

La cocina estaba al final de un largo pasillo oscuro y con cierto olor a carbón.

Cuando Charlotte entró, cinco o seis personas ya estaban sentadas a la mesa; el mayordomo, dos doncellas, el ayuda de cámara del conde y una mujer corpulenta con delantal blanco que Charlotte supuso que era la cocinera.

A pesar de llevar cuatro días en el Spencer Hall, no había tenido el placer de conocerla. Ni al cochero tampoco. Como si se escondieran de ella por algún motivo que se le escapaba.

Todas las conversaciones cesaron en cuanto hizo acto de presencia.

—Buenos días —dijo Charlotte, con una sonrisa que pretendía ser amable.

—Buenos días —respondió el mayordomo, con una inclinación mínima de cabeza.

Nadie más dijo nada. La cocinera —la señora Holloway, según había oído— la miró de arriba abajo con una expresión que no era exactamente hostil, pero que distaba mucho de ser cálida. Luego volvió a su taza de té.

Charlotte tomó asiento en el extremo de la mesa. Una doncella le pasó un plato de gachas sin mirarla. Otra le acercó una jarra de agua. Nadie le preguntó su nombre ni de dónde venía. Era como si fuera invisible para todos.

O peor: como si fuera una intrusa.

—¿Hay té? —preguntó Charlotte, más por romper el silencio que por necesidad.

—Se ha terminado —dijo la cocinera, sin levantar la vista.

Charlotte miró la tetera que humeaba en el centro de la mesa. Estaba llena, pero no dijo nada.

No iba a llorar. No pensaba darles esa satisfacción.

La mañana transcurrió en compañía de las niñas, y Charlotte se refugió en ellas como un náufrago en una tabla.

Amelia le recitó las capitales de Europa.

Beatrice le preguntó si era verdad que en Francia comían ranas.

Charlotte respondió que sí, que era un festín para ellos, y Beatrice se pasó los siguientes veinte minutos imaginando ranas vestidas con sombreros y bastones.

A las once, Charlotte bajó a la cocina a pedir una taza de té. No por necesidad, sino porque el frío de la casa se le había metido en los huesos y necesitaba algo caliente. Pero la cocina estaba vacía.

Algo muy extraño a esas horas.

La puerta trasera estaba abierta de par en par, y por ella entraba un aire fresco que olía a hierba mojada y a heno recién cortado.

En el patio, un carruaje de provisiones acababa de llegar, y todo el servicio —incluida la señora Holloway— estaba fuera, descargando cajas y discutiendo con el proveedor.

Charlotte se quedó en el umbral, indecisa. No debía estar allí a esas horas, y ella lo sabía. Pero tenía hambre. Y estaba sola.

«Solo será unos minutos —pensó—. Cojo algo y me voy».

Finalmente entró, aprovechando que no había nadie rondando por allí. Sobre la mesa más cercana había una hogaza de pan recién cortada, un tarro de mermelada de fresa, una terrina de mantequilla y un pequeño recipiente de pasta de judías que alguien había dejado a medio abrir.

Charlotte sonrió casi de inmediato.

Su madre solía prepararle aquel tentempié cuando era niña.

Una rebanada de pan untada primero con pasta de judías, luego con mantequilla y por último con mermelada.

Una mezcla extraña, dulce y salada a la vez, que su padre decía que era un crimen contra la gastronomía y que a ella le sabía a gloria.

Tomó un cuchillo, cortó una rebanada gruesa y se dispuso a preparar su desayuno favorito en el mundo. La pasta de judías se extendió sobre el pan con una facilidad sedosa. La mantequilla se derritió ligeramente. La mermelada cayó encima en una cucharada generosa, brillante como un rubí.

¡Mermelada de frambuesa! Le encanta.

Charlotte le dio un bocado generoso y gimió. ¡Qué delicia! Había olvidado cómo sabía la mermelada y la pasta de judías. Durante los últimos años habían pasado tantas penalidades que apenas podían permitirse esos caprichos. Por eso ahora le sabía incluso mejor.

Disfrutaba como una niña pequeña de su pequeño desayuno cuando la puerta de la cocina se abrió de golpe y el conde hizo acto de presencia.

Charlotte se giró de golpe. La rebanada se le escapó de los dedos y cayó al suelo, con la mermelada hacia abajo, manchándole el vestido y hasta la mejilla. Un desastre rojo y pegajoso que se extendía por la tela gris como una herida abierta.

Los ojos de ella se abrieron con horror.

—Milord —dijo, con la voz estrangulada—. Lo siento, yo... no debería estar aquí, solo quería...

Sebastian ni siquiera le dedicó una mirada. Pasó por su lado como si fuera un mueble, como si no existiera, y se dirigió a la puerta trasera, donde la señora Holloway acababa de entrar con una cesta de verduras.

Asustada de recibir algún tipo de represalia, Charlotte se apresuró a coger la rebanada del suelo, limpiar el desastre con un trapo y abandonar la cocina antes de que alguien reparase en su presencia.

Pero ni siquiera se alejó lo suficiente. Aguardando al otro lado de la puerta entreabierta, pegó la oreja para ver de qué hablaban la cocinera y lord Spencer.

—Milord —saludó la mujer con una sonrisa tensa en los labios—. ¿Necesita algo?

—¿Ha llegado lo mío? —preguntó él, con ese tono frívolo que siempre usaba con todos.

—Sí, milord. Todo está en el almacén.

—Bien. Que suban un par de botellas a mis habitaciones antes del mediodía.

—Como usted diga, milord.

Charlotte se quedó inmóvil, con la mermelada goteándole por el vestido y la cara ardiendo de vergüenza. No sabía qué hacer. No sabía si marcharse, si disculparse de nuevo o si quedarse quieta hasta que el suelo se la tragara.

«Huye antes de que te vean, tonta». El pensamiento la golpeó como si fuera un gong, y se apresuró a ponerse en marcha… justo cuando la puerta se abrió de par en par y el conde salió por fin.

Él la miró entonces. Una mirada breve, fría y desdeñosa que se le clavó en el costado como un puñal. Recorrió con los ojos su vestido manchado, su mejilla roja… e hizo una mueca.

—Límpiese. Es usted quien debe dar ejemplo a mis hijas.

Nunca había sentido tanta vergüenza como en ese instante. Si la tierra no se la tragaba pronto, ella misma se lanzaría al estanque de las ranas para dejar de existir.

¡Qué bochorno! ¡Qué mal ejemplo estaba dando!

Oh, dios mío. Su corazón estuvo a punto de detenerse en ese instante.

Lord Spencer se marchó de allí en cortas zancadas, y Charlotte se quedó sola en el pasillo, con los ojos llenos de lágrimas que se negaba a derramar.

Solo tenía que aguantar seis meses como mínimo allí… y ya estaba fracasando. Haciendo el ridículo cuando el conde necesitaba confiar en ella y en sus labores como institutriz.

«Dios, dame fuerzas». Respiró hondo y corrió escaleras arribas —olvidándose de que eso quedaba muy poco elegante también— para cambiarse de ropa y seguir con las lecciones de las dos pequeñas. Ellas eran las únicas que importaban, después de todo.