La amante de lord Spencer Capítulo 2
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Capítulo 2

Charlotte despertó antes del amanecer, como había hecho toda su vida, y descubrió que su nueva habitación era más confortable de lo que había esperado.

Una cama estrecha pero limpia, un escritorio pequeño junto a la ventana, una jarra de agua fresca sobre la cómoda y un armario que olía a cedro. Nada lujoso, pero suficiente.

Las institutrices, después de todo, no vivían en los establos ni en una pensión. Y tampoco compartían techo con un padre adicto al alcohol, como ya le había pasado en los últimos años.

Se vistió con rapidez, se recogió el cabello en un moño severo y descendió a las ocho en punto para encontrarse con las niñas.

Aún no había tenido el placer de conocerlas y moría de ganas por descubrir cómo eran, cómo se oirían sus voces y cómo la recibirían. Después de varias institutrices, esperaba que con ella fuese suficiente. Que fueran tan felices con su presencia como para permitir que se quedara más de seis meses.

El aula estaba en el ala este, una habitación luminosa con ventanales que daban al jardín y dos mesas de madera oscura colocadas frente a una pizarra. Cuando Charlotte entró, las niñas ya estaban allí.

O, más exactamente, una de ellas estaba allí.

Amelia Spencer, la mayor, permanecía sentada con la espalda recta y las manos cruzadas sobre el regazo, con la expresión de quien ha sido entrenada para la sumisión, pero no la ha aceptado del todo.

Tenía diez años, el cabello castaño recogido en una trenza y unos ojos oscuros que estudiaron a Charlotte con una madurez inquietante.

La otra silla estaba vacía.

—Buenos días —dijo Charlotte, con una sonrisa medida. De pronto toda su confianza se había esfumado como de golpe—. Soy la señorita Bennett. Supongo que tú eres Amelia.

—Sí, señorita. —La niña inclinó la cabeza con una cortesía perfecta—. Bienvenida a casa.

Charlotte estuvo a punto de sonreír de verdad. Aquella criatura parecía una pequeña embajadora, tan formal y tan consciente del protocolo que resultaba casi cómica.

—Gracias, Amelia. ¿Y tu hermana?, ¿dónde está?

—Beatrice está... —Amelia dudó, y por primera vez su compostura se resquebrajó— ...llegando. Supongo. Con ella nunca se sabe.

En ese momento, un ruido sordo resonó en el pasillo, seguido de una risa ahogada y el golpe de unos pies descalzos sobre la madera. La puerta se abrió de golpe y entró una niña menuda, con el cabello suelto y enmarañado, y una mancha de lo que parecía mermelada en la mejilla.

—¡Llego tarde! ¡Lo sé, lo siento! —exclamó, sin un ápice de arrepentimiento en esos ojos brillantes.

Sonreía de forma tan amplia que todos sus dientes quedaron a la vista.

Le faltaba uno en la fila superior—. Pero es que la señora Holloway ha hecho bollos y he tenido que coger uno antes de que James se los llevara todos, y luego me he encontrado con el gato en la escalera y...

Charlotte parpadeó, sin lograr reaccionar. Aquella criatura la había descolocado del todo. Cuando pasó la mirada de una a otra, se dio cuenta de lo distintas que eran. La noche y el día, el protocolo y el caos. La madurez y la infancia en su más pura esencia.

«Esto no va a ser tan fácil como pensaba», concluyó Charlotte, cada vez más nerviosa.

—Tú debes de ser Beatrice —trató de ser amable, a pesar de todo.

—Sí. —La niña la miró de arriba abajo con descaro—. ¿Eres la nueva institutris ? —pronunció mal la última palabra.

—Eso parece. Me llamo señorita Bennett. O Charlotte, si lo prefieres.

¿Estaría bien romper el protocolo y acercarse a aquel diablillo risueño como si fueran amigas o vecinas? Solo el tiempo lo diría.

—La anterior se marchó llorando, ¿sabes? Dijo que éramos malas —comentó Beatrice con cierta inocencia—, y que Dios no se apiadadiría de nosotras.

—Beatrice —dijo Amelia, con un tono de advertencia—, papá dijo que esas cosas no se debían contar.

La aludida encogió los hombros, como si no le importara en absoluto.

—Es verdad. Se pasó tres días en la cama y luego se fue. —Beatrice se dejó caer en su silla y apoyó los codos en la mesa. Su mejilla continuaba manchada, y sus pies sin zapatos ni medias—. ¿Tú también te vas a marchar?

Charlotte se acercó a la mesa, tomó el bollo que Beatrice había dejado caer sobre la madera y lo sostuvo entre dos dedos. Por lo menos con aquel torbellino sería más fácil tratar, dado que le gustaba hablar por los codos.

—Primero, los codos no se apoyan en la mesa. Segundo, no se come en clase. Y tercero —se inclinó, mirando a la niña a los ojos—, no pienso irme a ninguna parte. Así que más te vale dejar de intentar asustarme antes de que se me ocurra ponerte a copiar cien líneas de gramática.

Beatrice abrió la boca, dispuesta a quejarse o chillar, pero la cerró. Miró a su hermana, buscando complicidad. Amelia, para sorpresa de Charlotte, estaba conteniendo una sonrisa.

«Cosa de hermanas —pensó con cierta diversión—. Me dan algo de envidia». Charlotte jamás tuvo hermanos; por tanto, no vivió nada de esto. Solo lo conocía a través de las anécdotas que sus amigas le contaban de pequeña y, ahora que se encontraba allá, gracias a las hermanas Spencer.

—Me gusta —dijo Beatrice finalmente—. Es más divertida que la anterior.

—Eso no es difícil —murmuró Amelia, y Charlotte tuvo que morderse la lengua para no reír.

Las siguientes dos horas transcurrieron con una mezcla de caos y descubrimiento.

Amelia era aplicada, meticulosa y aprendía con una facilidad que casi daba miedo.

Beatrice, en cambio, tenía una mente inquieta que saltaba de un tema a otro como una mariposa, incapaz de quedarse quieta más de cinco minutos.

Pero era lista. Terriblemente lista. Cuando Charlotte le propuso resolver un problema de aritmética con manzanas, la niña lo solucionó antes de que ella terminara de explicar el enunciado.

—¿Quién te enseñó a hacer eso? —preguntó Charlotte con genuina curiosidad.

—Nadie. Lo he averiguado yo. Las manzanas están ricas y son divertitidas.

Charlotte la miró con atención. Había algo en Beatrice —una chispa, una rebeldía— que le recordaba a sí misma a esa edad. Antes de que la ruina y el hambre le enseñaran a comportarse, o que su padre buscase un marido para ella.

Un marido que nunca llegó, a diferencia de la ruina y el hambre.

—Ya veo que te gustan —sonrió Charlotte, recordando la mancha en la mejilla de la niña que ella misma le limpió con un pañuelo de tela. La mermelada era de manzana—. ¿Qué más cosas son de tu agrado?

La niña se quedó callada un momento, como si no supiera qué hacer con el elogio ni cómo responder a su pregunta. Luego volvió a su cuaderno, y Charlotte fingió no ver la sonrisa que le temblaba en los labios.

A mediodía, Charlotte acompañó a las niñas al comedor después de enviar a Beatrice con la criada para que le pusiera unos zapatos y la peinase. Protestó al principio, pero al final cedió tras escuchar al gato en el piso de arriba.

La mesa era larga, de caoba pulida, con cubiertos de plata y un centro de flores que parecía recién cortado. Sebastian Spencer ya estaba sentado en la cabecera.

Se levantó cuando ellas entraron. No por cortesía hacia Charlotte, sino hacia sus hijas.

—Buenos días, padre —dijeron ambas, casi al unísono, antes de tomar asiento.

—Buenos días. —Su mirada se posó en Charlotte—. Señorita Bennett, espero que la mañana haya sido productiva.

—Lo ha sido, milord —respondió ella rápidamente, haciendo una venia.

—Me han dicho que Beatrice se ha pasado toda la mañana sin zapatos.

Charlotte trató de no echarse a temblar cuando escuchó su acusación. «Por supuesto que se iba a enterar. No se le pasa ni una».

—Sí, milord. Estamos trabajando en ello.

Sebastian arqueó una ceja. Fue un gesto mínimo, casi imperceptible, pero Charlotte lo captó enseguida. Como también se percató del modo en que sus labios se tensaron, como si estuviera conteniendo un arranque de ira.

—¿Trabajando en ello? —repitió, casi con burla—. ¿Puedo preguntar cómo, señorita Bennett?

—Con paciencia, milord. Y con la firme convicción de que Beatrice aprenderá a comer sin mancharse antes de los quince años.

Beatrice soltó una risita. Amelia tosió para disimular. Y Sebastian Spencer se quedó mirando a Charlotte con una expresión que ella no supo interpretar, pero que muy probablemente enmascaraba la rabia o las ganas de mandarla de vuelta a Londres cuanto antes.

—¿Estás usted intentando omitir la responsabilidad de sus actos, señorita Bennett?

La he contratado para que mis hijas sean unas damas dignas de contraer matrimonio en el futuro, y no para que parezcan las niñas del cochero.

Todo el día jugando en el campo, manchadas de barro y sin saber cómo coger un tenedor correctamente.

La cara de Charlotte ardió como si fuese un carbón encendido.

—En absoluto, milord —trató de que su voz sonara serena pese a la bola de nervios que la golpeaba por dentro—. Lamento que la actitud de Beatrice dejara que desear esta mañana. Asumo mi responsabilidad y me encargaré de que acate sus obligaciones a partir de ahora.

El silencio que siguió fue tan intenso que Charlotte se sintió muy fuera de lugar. Acababa de cometer un error al responder las acusaciones del conde.

Sebastian bajó la mirada hacia su plato y comenzó a comer sin decir palabra. No estaba acostumbrado —lo comprendió de pronto— a que nadie le respondiera. No estaba acostumbrado a que una empleada le hablara como si fuera una persona y no un dios reencarnado.

«Dios mío, ¿qué he hecho?», pensó ella, a caballo entre la frustración y el miedo. Hizo una venia para despedirse de las niñas y del conde, y abandonó el salón tan rápido como se lo permitieron sus piernas.

La tarde transcurrió sin incidentes. Las niñas estudiaron historia y geografía, y Charlotte descubrió que Beatrice tenía una memoria prodigiosa para los detalles escabrosos (guerras, ejecuciones, naufragios) y ninguna para las fechas.

Amelia, en cambio, recitaba dinastías enteras sin equivocarse y luego preguntaba si podía leer un libro en vez de seguir con la lección.

A las cinco, Charlotte las acompañó al jardín para que tomaran el aire. El sol se filtraba entre las nubes y los tilos mecían sus ramas con un susurro suave. Las niñas corrieron hacia el estanque, riendo, y Charlotte las observó desde un banco de piedra con una sensación extraña en el pecho.

Había pasado menos de un día en Spencer Hall.

Y, sin embargo, ya se sentía un poco menos sola.

Las cosas en Londres eran muy diferentes.

Casi siempre debía limpiar y cocinar, hacer recados, fingir que no estaban a punto de perderlo todo…

Pero al ver a aquellas criaturas jugar y reírse, se dio cuenta que no era tan malo estar lejos de casa.

Al menos en Spencer Hall había un ambiente más hogareño.

—¡Charlotte! —gritó Beatrice mientras correteaba hacia ella con una rana en la mano—. ¡Mira qué he encontrado!

—¡Qué ascoooooo! —gritó Amelia, lejos de ella, mirando a su hermana con horror.

Charlotte abandonó el banco y fue al encuentro de la más pequeña, con la esperanza de que nadie estuviera viendo qué hacían.

Una rana no era peligrosa, pero tampoco era una mascota digna de una futura marquesa o duquesa.

Y Beatrice necesitaba aprender que no se debía jugar con los anfibios del estanque, por más interés que despertara en ella.

—Beatrice, dame esa rana. Hay que devolverla a su hábitat.

—¿Qué es un hábitas ?

—Hábitat —corrigió Charlotte con cariño—. Y significa que el estanque es su hogar. Si la sacas de allí, morirá.

Los ojos castaños de Beatrice se cristalizaron tan rápido que Charlotte no se vio venir su llantina. Empezó a llorar a moco tendido y a pedirle perdón a la rana, como si ya le hubiese hecho un daño irreparable.

A Charlotte le temblaron las manos cuando tomó a la pequeña rana de las manos de la niña y trató de que no saltara libre por el jardín.

—Tranquila, está bien. Aún respira. ¿Lo ves? —le enseñó por un hueco entre sus dedos a la rana—. Si su barriga se hincha, es que respira.

—Pero yo… yo le he hecho… Le he hecho pone tridte …

—Oh, claro que no, Beatrice. Está bien. Ahora ya sabes que no debes coger las ranas que viven en libertad, ¿verdad? Vayamos a dejarla con su familia —propuso Charlotte en un intento porque la niña se tranquilizara.

Cuando llegaron al estanque, dejó la rana cerca del agua. El anfibio tardó unos segundos en reaccionar; luego, veloz como el rayo, pegó un salto y se sumergió en el agua. Beatrice le dijo adiós con la mano.

Con su rostro aún bañado por lágrimas y mocos, se giró hacia Charlotte y murmuró:

—¿Ahora ya no estará tridte?

—No —Charlotte quiso sonreír, mas se contuvo por si acaso eso no entraba dentro de las labores de una institutriz respetada—. Ha vuelto con su mamá, y eso la ha puesto muy contenta.

—Yo hace mucho que no veo a mi mamá —murmuró la niña, sorbiendo por la nariz—. Papá dice que se fue al cielo, y que es un ángel.

El corazón de Charlotte se encogió de forma dolorosa dentro de su pecho. No había sido consciente, hasta ese momento, de que a aquellas niñas les hacía falta lo más esencial de la vida: el amor y el calor de una madre.

—Sí. Ella es un ángel. Y los ángeles nos hacen saber que siguen con nosotros brillando en el cielo; junto a las estrellas.

—¿De verdad? —los ojos de Beatrice se iluminaron de pronto.

Charlotte asintió.

—Y ahora vayamos dentro para lavarte la cara y las manos antes de la cena. Lord Spencer las espera dentro de un rato.

Beatrice hizo una mueca con la boca que a cualquier otra persona le habría pasado desapercibida, pero que Charlotte captó enseguida. ¿Es que a la niña no le gustaba estar en presencia de su padre? ¿Tan estricto sería con ellas?

Caminó detrás de ella sin dejar de darle vueltas a las decenas de posibilidades que existían.

Amelia, al ser más tranquila y silenciosa, rara vez expresaba sus emociones.

Su hermana pequeña, sin embargo, era como un libro abierto lleno de ilustraciones hechas de tinta. Tan fácil de leer que asustaba.

Solo esperaba que eso fuese una virtud y no un defecto para cuando creciera.