La amante de lord Spencer Capítulo 1
2%
La amante de lord Spencer

La amante de lord Spencer

Por Hollie Deschanel

© inepub.com

Capítulo 1

Cuando Charlotte echó un vistazo por la ventana de su carruaje, se fijó en que Blackwood House era aún más impresionante de lo que pensó en un principio.

Había esperado algo más modesto, dado que el viudo al que pertenecía ese hogar no tenía más que dos hijos y era, según los rumores que corrían en la capital, un hombre arisco y poco dado a invertir en sus propiedades.

Que la enviaran a esa casa de campo le provocó cierto desasosiego al principio.

No sabía muy bien qué esperar de un hombre como lord Spencer.

Si bien su labor consistiría únicamente en ocuparse de sus hijos y ofrecerles una educación impecable, tendría que convivir con el conde, de todos modos.

Hablar con él, transmitirle cómo avanzaban los niños.

¿Y si no encajaba en absoluto en aquel hogar? ¿Y si el conde era un hombre malvado? No sería la primera vez que escuchaba cómo un señor intentaba visitar los aposentos de una institutriz con malas intenciones. Solo esperaba que no fuese su caso.

Charlotte respiró hondo, alisó las arrugas imposibles de su vestido —un gris marengo que había conocido tiempos mejores, cuando su padre aún podía permitirse el lujo de vestir a su hija como correspondía— y se repitió, por enésima vez en aquella última semana, la lista de razones por las que debía aceptar este empleo.

Indiferente de los miedos e inquietudes que sus compañeras le hubiesen metido en la cabeza.

Las deudas que asolaban a su familia después de que su padre confiara en quien no debía. Su estatus, que no era muy bueno como hija de un comerciante de té. Y también el hecho de que no quería casarse con otro comerciante y dedicar su vida a un hombre que no amaba, solo para no morirse de hambre.

«Todo estará bien —pensó ella, frotándose las manos húmedas de sudor sobre la falda del vestido—. Solo serán dos años».

El coche se detuvo apenas unos minutos después frente a la puerta principal de Blackwood House. Charlotte descendió del carruaje antes de que el cochero pudiera ofrecerle la mano. Las institutrices no necesitaban ayuda para bajar. Las institutrices no necesitaban nada.

Eso era, precisamente, lo que más le repitieron antes de aceptar aquel trabajo. Su primer trabajo como institutriz.

«Recuerda parecer elegante, educada y formal. Nada de tartamudear ni soltar comentarios fuera de lugar», pensó, decidida a conservar aquel trabajo sin importar hacia dónde soplara el viento.

La puerta principal se abrió antes de que ella llegara a tocarla con los nudillos. Un mayordomo de espalda recta y rostro impenetrable la recibió con una inclinación mínima, la justa para no ser grosero.

—Señorita Bennett. Por aquí, si es tan amable.

El interior de Spencer Hall era exactamente lo que Charlotte había temido: muebles demasiado nuevos, ni una sola mota de polvo y ni un niño jugando o chillando por los pasillos. Como si no hubiera un solo alma allí.

—De acuerdo —saludó ella, siguiéndole.

Cada paso de sus botas resonó con una claridad obscena sobre el suelo pulido. Se sintió pequeña y fuera de lugar. No encajaba allí.

—Lord Spencer la recibirá en el despacho —anunció el mayordomo, deteniéndose ante una puerta de roble oscuro—. Espere aquí, por favor.

Charlotte asintió. Y mientras esperaba, con las manos entrelazadas por delante y la espalda recta, se permitió un único pensamiento rebelde en medio de su ataque de nervios. «Si este hombre me rechaza, no sé qué será de mí».

La puerta se abrió un minuto más tarde, casi de sopetón. Charlotte pegó un suave brinco fruto de la sorpresa.

La figura del conde la recibió como una bocanada de aire gélido. Como si el invierno hubiese llegado de pronto y ella no tuviera más que un fino vestido de verano encima. Toda su piel se erizó cuando sus ojos se encontraron durante una fracción de segundo.

Dios bendito.

Era más joven de lo que Charlotte había imaginado cuando le dijeron que el conde estaba viudo.

En su cabeza lo había dibujado como un hombre con pelo cano y arrugas en las comisuras de los ojos, algo desgarbado y con olor a tabaco rancio.

Pero la persona que tenía delante tendría quizá treinta y un años, y era demasiado atractivo.

El conde era alto, de hombros anchos bajo la levita negra e impecable, con el cabello oscuro peinado hacia atrás y una mandíbula que parecía esculpida por las manos de un artista renacentista.

Pero lo que le heló la sangre en las venas no fue su apariencia física —recordándole a un ángel caído—, sino el color de sus ojos. De un gris que amenazaba tormenta.

«Dios mío, ¿a dónde he ido a parar?», se preguntó Charlotte, con el corazón encogido dentro de su pecho y las manos húmedas.

—Señorita Bennett —dijo el conde, sin dedicarle una sola mirada. Su voz era profunda, sin inflexiones—. Entre y siéntese.

Charlotte se sentó con cierta torpeza. Tuvo que obligar a los músculos de su cuerpo que se pusieran en marcha.

Él no lo hizo. Permaneció de pie detrás del escritorio, con las manos apoyadas en el respaldo de la silla, observándola con una atención que la hacía sentirse desnuda.

—Mi ama de llaves ha revisado sus referencias —comenzó a decir él, sin presentarse ni ofrecerle una taza de té.

Como si todo eso le pareciese una pérdida de tiempo—.

La señora Montgomery, de Bath, también me habló bien de usted.

Dice que es culta, discreta y que sabe mantener a los niños bajo control sin recurrir a castigos físicos. ¿Es cierto?

—Me halaga, milord. Le puedo asegurar que me encantan los niños y pued…

—No la estoy halagando —la interrumpió él—. Repito lo que me han dicho. —Hizo una pausa—. ¿Por qué dejó su anterior empleo? ¿Es que no estaba a gusto en la casa de los Edworth?

Aún con las mejillas sonrojadas por la interrupción y la falta de cordialidad del conde, ella se removió en la silla y contuvo sus nervios.

Charlotte había ensayado esta respuesta durante días, pues sabía que más temprano que tarde alguien se la haría.

—La familia se trasladó al extranjero y los niños ingresaron en un internado en Suiza. No había lugar para mí en la familia.

No añadió que la señora Montgomery, una mujer que amaba a sus hijos y no quería alejarse de ellos, la había despedido con lágrimas en los ojos y una carta de recomendación que valía más que su peso en oro.

Tampoco que se había pasado dos meses buscando empleo, escribiendo cartas que nunca obtenían respuesta, viendo cómo el dinero se esfumaba de sus bolsillos y las puertas se cerraban a su alrededor.

Solo había durado una quincena en casa de los Edworth, y la gente dudaba de sus capacidades. Como si hubiese sido ella la culpable de que aquellos niños terminasen fuera del país.

Sebastian Spencer no pareció impresionado ni conmovido por su relato. Simplemente asintió, como si hubiera confirmado un dato que él mismo tuviera apuntado en su cuaderno.

—Tengo dos hijas, algo que supongo que ya sabrá. Amelia tiene diez años. Beatrice, ocho. Han tenido tres institutrices en los últimos dos años. Ninguna ha durado más de seis meses bajo este techo.

Charlotte lo miró fijamente, tal y como le habían recomendado que hiciera. No bajar la guardia, no darle pie a adentrarse por cualquier recoveco hasta desmantelarla.

—¿Puedo preguntar por qué, milord?

—Puede. —Una sombra de algo —¿cansancio?

¿frialdad?— cruzó su rostro—. Mis hijas no son fáciles.

Han crecido sin madre. Y esta casa... —hizo un gesto vago con la mano— no es un lugar para mujeres sensibles.

Por eso necesito una institutriz que tenga mano dura y les enseñe a ser fuertes y a respetar las normas, para que el día de mañana no sea demasiado complicado buscarles un marido.

Charlotte comprendió al instante lo que realmente ocurría entre aquellas paredes. El problema no radicaba en que las niñas fueran difíciles; sino en que él era el difícil. Que esta casa devoraba a quien no supiera mantenerse entero. Y lord Spencer tenía toda la culpa.

—Entiendo lo que busca, milord. Y le aseguro que puedo tener mano dura cuando se requiere —dijo, a pesar de que era mentira. Solo esperaba que su rostro no lo reflejase—. Si usted quiere que sus hijas se ajusten a las normas y al protocolo, yo puedo serle de ayuda.

—No tiene experiencia.

Charlotte trató de no perder los nervios.

—He cuidado a los hijos de lord Edworth durante una quincena, y también ayudé en uno de los orfanatos de la ciudad, milord.

Sé tratar con niños, incluso cuando estos tienen una actitud fuera de lo…

que se espera de ellos —afirmó, tratando de sonar sincera y segura de sí misma.

Al conde no podía decirle que los niños debían ser niños, y que los berrinches y gritos y quejas formaban parte de la crianza de estos—.

Entiendo que le preocupe el futuro de sus hijas, y que necesite dejarlas en buenas manos.

Pero le aseguro que soy una institutriz que sabe hacer bien su trabajo y, si me contrata, le garantizo resultados mucho antes de lo que usted espera.

Sebastian rodeó la silla y se sentó frente a ella.

La proximidad le permitió a Charlotte ver detalles que antes se le habían escapado: una cicatriz fina en la sien izquierda, el modo en que sus dedos tamborileaban una vez sobre la madera antes de quedarse quietos, la rigidez de sus hombros; como si cargara un peso invisible.

Debía ser el hombre más atractivo que sus ojos hubieran visto alguna vez, y por eso su corazón se aceleró ligeramente. Un colibrí con ganas de echar el vuelo.

—Las normas de esta casa son simples, señorita Bennett —dijo el conde—.

Las enumeraré una sola vez, y espero que no tenga que repetirlas nunca más.

—Levantó un dedo—. Primero: sus obligaciones se limitan a la educación y el cuidado de mis hijas.

No tiene autoridad sobre el resto del personal, así que espero que no pretenda modificar el menú ni relegar obligaciones sobre las criadas o la ama de llaves.

—Alzó un segundo dedo—. No se le permite abandonar la propiedad sin mi permiso expreso.

Si usted necesita hacer recados personales o visitar algún familiar, me lo tendrá que notificar con una semana por adelantado.

¿Queda claro? —Charlotte asintió mientras veía cómo él elevaba un tercer dedo—.

Las visitas están prohibidas. Si alguien viene a verla, será recibido en la puerta y no podrá alojarse en mi casa.

—Cuarto dedo—. La puntualidad es esencial.

No voy a tolerar que se quede dormida, se desvele o llegue tarde a sus obligaciones.

—Pausa—. Las comidas se sirven a las horas establecidas, y espero que esté presente para supervisar la educación de las niñas en la mesa.

Charlotte asintió con cada punto, memorizando cada una de las normas para que no se le borrase de la mente a causa de los nervios.

¿Ese hombre no le permitiría recibir la visita de ninguna amiga o incluso de su padre? Una crueldad, si le preguntaban a ella. Pero dado que estaba allí para sobrevivir y no como una invitada de honor, se tragaría su dolor y se limitaría a escribirles cartas.

—¿Le ha quedado claro todo, señorita Bennett? No es usted una prima lejana que viene a visitarnos, sino la institutriz. Y espero que lleve a cabo sus labores sin creerse la dueña de este lugar. Algo que ya ocurrió con alguna de sus antecesoras.

Charlotte sintió el golpe, aunque no era más de lo que esperaba. Los hombres como Sebastian Spencer no buscaban una aliada en la crianza de sus hijos, sino una mujer a quien delegar sus obligaciones mientras él seguía con su vida sin muchos sobresaltos.

—Lo entiendo, milord.

Por un instante, temió que él la viera demasiado joven o inexperta, y decidiera enviarla de vuelta a Londres sin muchos miramientos.

—Bien. —Sebastian se levantó de la silla y la miró desde arriba con unos ojos grises que amenazaban tormenta—. El salario es de treinta libras al año, más alojamiento y manutención. Tendrá dos días libres al mes, que podrá pasar en el pueblo si lo desea. —Hizo una pausa—. ¿Le parece aceptable?

Treinta libras. Era más de lo que ganaba en su anterior empleo. Era más de lo que su padre ganaba ahora en un año.

El corazón de Charlotte se saltó un latido de la emoción. ¿Significaba esto que la había escogido para cuidar a sus hijas y no tendría que volver a la capital?

—Sí, milord.

—Entonces el empleo es suyo. Solo espero que esté usted a la altura de las expectativas.

Charlotte quería sonreír, mas se contuvo.

Eso era muy poco profesional.

—Gracias, lord Spencer.

—El mayordomo le mostrará sus habitaciones. Las niñas la verán mañana a las ocho en punto. —Sebastian se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo con la mano en el pomo—. Una cosa más, lady Bennett.

—¿Sí, milord?

Le lanzó una mirada por encima del hombro que le congeló el aire en los pulmones de golpe.

—Espero que dure más de seis meses aquí.

No esperó a que ella respondiera, sino que se marchó del despacho.

Charlotte permaneció sentada un momento, con las manos en el regazo y el corazón latiéndole con una mezcla extraña de alivio y aprensión. Había conseguido el empleo, asegurando el pan de su familia por unos meses más.

Había hecho lo que tenía que hacer.

Pero mientras seguía al mayordomo por los pasillos de Spencer Hall y veía por la ventana los árboles que se mecían bajo el viento, Charlotte no pudo evitar pensar en los ojos grises de Sebastian Spencer. En el modo en que la habían mirado; como si ya estuviera buscando una razón para despedirla.

«Seis meses —pensó con cierta amargura—. Solo tengo que durar más de seis meses. Es sencillo. Si consigo demostrarle que soy de fiar, no tendrá motivos para echarme».

Con la determinación recorriéndola de cabeza a pies, Charlotte arrastró su maleta hacia su nueva habitación y respiró con alivio al ver que era grande, con sábanas nuevas y limpias, y un escritorio donde poder escribir en su diario. O cartas a sus seres queridos.

Seis meses pasarían muy rápido.