LA ALIANZA OSCURA (NOVELA NEGRA-THRILLER nº 14) TINTA NEGRA SOBRE CENIZA BLANCA
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TINTA NEGRA SOBRE CENIZA BLANCA

El fuego no tiene conciencia, no tiene piedad y, sobre todo, no tiene amo.

Mientras las llamas devoraban las cortinas de la buhardilla y lamían las paredes de yeso, Gabriel de Valera sintió cómo el calor le abrasaba la piel del rostro y las manos, pero por primera vez en un año, el dolor no era una abstracción metafísica ni un castigo espiritual,, era un dolor físico, brutal y absolutamente humano.

Helena, de pie junto a la ventana por la que Isla y el niño habían escapado hacia el tejado, lo miraba con una expresión de incredulidad que rápidamente se tornó en una furia gélida.

—¡Habéis perdido el juicio, Gabriel! —gritó ella, y su voz ya no era el susurro seductor de la sombra, sino el chillido estridente de una posesión que se rompe—. ¡El techo va a caer sobre vos! ¡Moriréis como un perro en un estercolero!—

—Mejor eso —tosió Gabriel, que vivir como vuestro lacayo en un palacio.

Con un estruendo que sacudió los cimientos del edificio, la viga maestra del techo cedió.

Gabriel no intentó huir hacia la puerta; sabía que las sombras de Helena ya la habían sellado, llenando el pasillo de un pánico sobrenatural que habría paralizado a cualquier vecino que intentara subir, en su lugar, se lanzó hacia el ventanal por el que Isla había salido, arrojándose al vacío justo cuando el techo de la buhardilla colapsaba en una lluvia de tejas ardientes y maderas en llamas.

Cayó sobre el tejado inclinado de la planta inferior.

Las tejas se rompieron bajo su peso, y Gabriel rodó, quemándos las manos, hasta que su cuerpo chocó contra la canalón de zinc de la fachada trasera, desde allí, resbaló hasta el patio interior de luces, aterrizando sobre un montículo de basura y cenizas húmedas.

Cuando abrió los ojos, el cielo de Madrid comenzaba a teñirse de un gris plomizo, estaba vivo, pero el "Don" de la Mano Invisible se había roto.

Al elegir el sacrificio físico, al aceptar la destrucción de su propio cuerpo y de su legado, Gabriel había escupido el cáliz de la cripta de San Elías, ya no sentía el frío mineral de Helena en la nuca, ya no podía leer los pecados de las palomas que picoteaban en el patio.

Era solo un hombre de cuarenta años, con el frac reducido a harapos, el rostro cubierto de ampollas y hollín, y el alma en carne viva.

A tres calles de allí, en el sótano húmedo de una imprenta clandestina en la calle del Pez, el aire olía a tinta negra, a plomo fundido y a sudor.

Isla Morell estaba sentada en un barril, envuelta en una manta, con la respiración entrecortada y un pañuelo manchado de sangre presionado contra los labios.

El niño de los tejados, un muchacho de doce años con la cara tiznada, había llegado corriendo, jadeando, y había entregado el paquete sellado al maestro impresor, un viejo anarquista tuerto que había perdido tres hijos en las minas de Asturias.

El viejo había leído la primera página de la confesión de Gabriel, había llorado en silencio, había besado el papel y había ordenado a sus tres aprendices que prepararan las prensas manuales.

—¡Tinta! —gritaba el viejo, moviéndose con una agilidad que desmentía sus sesenta años—. ¡Rodillos! ¡Papel de estraza, el más barato, que llegue a todos los barrios! ¡Que Madrid sepa lo que ha sido su Ministro!—

El rítmico clac-clac-clac de las prensas manuales sonaba como el latido de un corazón despertando en las entrañas de la ciudad.

Isla observaba las hojas salir de la máquina, aún húmedas, con la caligrafía de Gabriel reproducida en tipos de plomo. La verdad, pensaba ella, no es un ángel con espada de fuego, la verdad es plomo, tinta y sudor, la verdad es pesada, huele mal y mancha las manos.

A las cuatro de la madrugada, los aprendices salieron a la calle con los fardos.

En media hora, miles de panfletos comenzaron a llover desde los balcones, a deslizarse por debajo de las puertas de las casas de vecinos, a ser clavados con chinchetas en los troncos de los árboles del Retiro y en las paredes de las iglesias.

A las seis de la mañana, el sol de julio se elevó sobre Madrid, pero no iluminó una ciudad normal. Iluminó una ciudad que había enloquecido.

En el Palacio Real, el Rey Alfonso, aún en bata, leía el panfleto con manos temblorosas, mientras su confesor se santiguaba en un rincón, en los cuarteles de la Montaña, los generales se gritaban unos a otros, acusándose de complicidad, en los cafés de la Puerta del Sol, los tertulianos leían las páginas en voz alta, y el silencio que seguía a la lectura era más aterrador que cualquier grito.

Yo, Gabriel de Valera... he asesinado a don Fermín de Olózaga... he hipnotizado a las Cortes... he ordenado la masacre de la Plaza de la Cebada... he vendido los montes y las almas...

La confesión no dejaba margen para la duda, para la negación o para la propaganda, estaba firmada con el sello del Ministerio y detallaba nombres, fechas y lugares de entierro que solo el asesino podía conocer.

El hombre que había gobernado España con puño de hierro durante un año se había desnudado ante la nación, confesando no solo sus crímenes, sino la naturaleza sobrenatural y diabólica de su poder.

La prensa extranjera, los corresponsales de Le Figaro y The Times, telegrafiaban frenéticamente a París y a Londres.

La Bolsa de Madrid, al abrir, se desplomó, los políticos que habían sido sus aliados más cercanos ordenaban a sus criados que empacaran sus joyas y huyeran hacia la frontera francesa.

El sistema, ese monstruo de inercia y frivolidad que Gabriel había intentado domar, se estaba desmoronando no por una revolución armada, sino por el peso insoportable de la verdad.

Gabriel caminaba por la calle de Alcalá.

Nadie lo reconocía, el hombre más poderoso de España, el amo de la Mano Invisible, era ahora un vagabundo con el rostro desfigurado por las quemaduras, la ropa chamuscada y el paso cojeante, los transeúntes se apartaban de él con asco, cubriéndose la nariz con pañuelos perfumados, maldiciendo al "loco quemado" que les estorbaba el paso.

Gabriel no sentía ofensa, sentía una paz extraña, una ligereza que no conocía desde su juventud en las guerras carlistas, a su alrededor, la ciudad era un caos de gritos, carruajes que huían en direcciones opuestas y grupos de obreros que leían los panfletos con los puños cerrados.

Sabía lo que iba a ocurrir, cuando la Guardia Civil y el Ejército organizaran una respuesta, cuando el gobierno necesitara un chivo expiatorio para calmar a las masas, lo buscarían a él y al no encontrarlo en su palacete, lo buscarían en las ruinas de la buhardilla.

Encontrarían sus restos carbonizados, o quizás no encontrarían nada, y lo declararían un mártir o un traidor fugado.

Pero Gabriel no iba a esconderse. Iba a cumplir su propia sentencia.

Se detuvo frente a la verja de hierro forjado del Palacio de las Cortes, en la Carrera de San Jerónimo, la plaza estaba tomada por los alabarderos y los guardias civiles, que miraban con ojos desorbitados a la multitud que comenzaba a congregarse, leyendo los panfletos y gritando consignas de muerte contra el gobierno.

Gabriel se acercó a la verja. Un guardia civil, un joven con el rostro pálido y el dedo en el gatillo de su Remington, lo apuntó. —¡Atrás, mendigo! —gritó con la voz quebrada por el miedo y la adrenalina—. ¡Retroceded o disparo!

Gabriel lo miró, No intentó hipnotizarlo, simplemente, lo miró con sus ojos humanos, enrojecidos por el humo y cansados por la vigilia.

—Avisa al Presidente del Consejo de Ministros —dijo Gabriel, con la voz ronca, pero clara, alzándose por encima del ruido de la multitud—.

—Dile que el Ministro de la Gobernación ha venido a entregar su dimisión—.

El guardia lo miró con desprecio, a punto de golpearlo con la culata del rifle, pero entonces, otro guardia, un sargento veterano con cicatrices en las mejillas, se acercó, entrecerrando los ojos ante el rostro quemado del vagabundo.

El sargento había estado en la Plaza de la Cebada, había visto a Gabriel de Valera en el balcón, dando la orden de fuego, conocía la postura de aquel hombre, la forma en que sostenía la barbilla, incluso con el rostro desfigurado.

El sargento palideció, bajó su arma lentamente y se llevó la mano al tricornio, no por respeto, sino por el terror supersticioso de tener ante sí a un fantasma.

—Dios mío... —susurró el sargento—. Sois vos, estabais muerto. Os habéis quemado.

—El fuego purifica, sargento —respondió Gabriel, y se apoyó en la verja de hierro, sintiendo el metal frío contra sus palmas quemadas—. —Abrid la puerta, tengo que entrar. Tengo un discurso que dar—.

Las puertas del Congreso de los Diputados se abrieron lentamente, chirriando sobre sus goznes, y Gabriel de Valera cruzó el umbral, dejando atrás la luz del sol de Madrid para adentrarse en el pasillo de los pasos perdidos, donde las sombras de la historia y las sombras del Diablo lo esperaban para el juicio final.