LA ALIANZA OSCURA (NOVELA NEGRA-THRILLER nº 14) LA TINTA DE LA PENITENCIA
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LA TINTA DE LA PENITENCIA

La pluma de ganso, que durante meses había firmado sentencias de muerte con la fluidez de un arroyo primavera, se había convertido de repente en un instrumento de tortura, escribía la verdad.

—Yo, Gabriel de Valera, Ministro de la Gobernación, confieso ante Dios y ante los hombres...

Detallaba el asesinato de Olózaga, la manipulación de las Cortes, la ruina de la maestra de Soria, y, sobre todo, la masacre de la Plaza de la Cebada, al final del documento, con una caligrafía que ya no temblaba, había redactado los decretos de anulación: la devolución de los montes comunales, la liberación de los presos políticos, la destitución de los caciques y al pie de todo, su propia condena: la orden de su arresto inmediato y su entrega al pelotón de fusilamiento en cuanto el documento fuera leído en la Puerta del Sol.

Pero el Diablo no iba a permitir que la confesión llegara a la luz sin cobrar su precio.

A medida que Gabriel escribía, la habitación comenzó a cambiar, la luz del quinqué de petróleo se volvió densa, amarillenta, como si el aire se estuviera llenando de humo, el calor de junio desapareció, reemplazado por un frío glacial que congelaba la tinta en el tintero.

—Es inútil, Gabriel. —La voz de Helena no sonó en la habitación, sino dentro de su oído interno, vibrando contra su hueso mastoideo.

—Creéis que la verdad es un arma, la verdad es un espejo, y el pueblo odia los espejos que le muestran su propia miseria, si entregáis ese papel, no os fusilarán por justicia, os lincharán por diversión.

Escupirán sobre vuestro cadáver y cuando el sangre se seque, los mismos hombres que os odien hoy firmarán los mismos decretos infames mañana.

El sistema os devorará, y no habrá cambiado nada—.

Gabriel mojó la pluma en el tintero, que ahora parecía lleno de hielo molido, y continuó escribiendo.

—...y ordeno que mi persona sea detenida y juzgada por un consejo de guerra...

De repente, la pluma se partió en su mano, el astillero de acero se clavó en la yema de su dedo índice, una gota de sangre, oscura y espesa, cayó sobre el papel, manchando la palabra justicia.

Gabriel soltó un jadeo de dolor, miró hacia la chimenea. Helena estaba de pie junto al mármol, no sonreía; su rostro era una máscara de furia contenida, de una belleza terrible y destructiva.

—No podéis detenerme —dijo Gabriel, chupándo la herida para limpiar la pluma—. —El pacto exige mi voluntad, pero mi voluntad ya no os pertenece, he elegido la humildad—.

—La humildad es la vanidad de los débiles, siseó Helena, y las sombras de la habitación se alargaron, rozando los tobillos de Gabriel como dedos helados—.

—No vais a poder distribuir esos papeles.

Cárdenas os traicionará, los guardias os detendrán antes de que salgáis de este edificio y la oposición clandestina, a la que pensáis recurrir, no confiará en el verdugo que les ha cazado durante un año, os matarán en cuanto os vean, sin leer vuestra confesión.

Gabriel se detuvo, la pluma quedó suspendida en el aire.

Helena tenía razón, él era el hombre más odiado de Madrid, si salía a la calle con esos papeles, la Guardia Civil lo abatiría, o los republicanos lo acuchillarían en un callejón antes de que pudiera explicar su plan.

Necesitaba un puente, necesitaba a alguien cuya palabra el pueblo y la oposición respetaran más que la suya, necesitaba a la única persona cuya inocencia era un escudo contra el cinismo de Madrid. Necesitaba a Isla.

Gabriel dejó la pluma, tomó una hoja de papel en blanco, escribió unas breves líneas, la dobló y la selló con su anillo ministerial, luego, salió del despacho y buscó en los pasillos al mendigo ciego que a veces dormía en los soportales del Ministerio, un viejo al que Gabriel había ignorado durante meses; le puso una moneda de oro en la mano y le susurró una dirección en Aranjuez.

—Entregad esto a la mujer que vive en la casa de las lavanderas, decidle que el cirujano ha terminado la operación y que necesita a la maestra para cerrar la herida.

Tres días más tarde, la España oficial celebraba el cumpleaños de la Reina Regente con bailes y fuegos artificiales, mientras que en una buhardilla miserable del barrio de Lavapiés, la verdadera batalla por el alma de la nación llegaba a su clímax.

La habitación olía a humedad, a medicina barata y a la muerte inminente.

Isla Morell estaba recostada en un camastro de hierro, envuelta en mantas a pesar del calor asfixiante de julio, su rostro era el de un espectro; la tisis había consumido su carne, dejando solo los huesos y esos ojos dorados que ardían con una fiebre que no era física, sino espiritual.

Gabriel estaba sentado en una silla de madera junto a la cama, había acudido a la cita disfrazado con una capa de cochero y un sombrero calado hasta los ojos; se había quitado las condecoraciones, el frac, la máscara del poder, solo quedaba el hombre, o lo que quedaba de él.

—Os habéis arriesgado mucho viniendo aquí, Excelencia —susurró Isla. Su voz era apenas un hilo de aire, pero su tono no había perdido ni un ápice de su firmeza—. —Si la Guardia Civil os descubre, os fusilarán antes de que podáis explicar que habéis venido a rendiros—.

—No he venido a rendirme, Isla. He venido a que me ayudéis a ejecutar mi propia sentencia —respondió Gabriel.

—Sacó de su capa el paquete sellado con lacre negro y lo depositó sobre la mesa de noche—.

—La confesión, los decretos de anulación y la orden de mi arresto.

Todo está ahí. Isla miró el paquete. No lo tocó.

—¿Por qué yo? —preguntó, con los ojos fijos en él—. ¿Por qué no se lo entregáis a los republicanos? ¿A los anarquistas?—

—Porque los republicanos lo usarán para derrocar a la monarquía y provocar un baño de sangre y los anarquistas me matarán a mí y quemarán los papeles.

—Gabriel bajó la mirada, avergonzado—. Y porque yo no tengo autoridad moral ante ellos.

Soy el Diablo para ellos, pero vos... vos sois la maestra, si vos entregáis estos papeles a la prensa extranjera y a los líderes obreros, si vos les decís que es la verdad, os creerán, a mí me escupirán. A vos os escucharán.

Isla tosió, un sonido profundo y húmedo que le sacudió todo el cuerpo. El tiempo de la maestra se acababa.

—Es un plan suicida, Gabriel —dijo ella, recuperando el aliento—. —Cuando esto se haga público, no habrá prisión que os proteja del pueblo. Os destriparán en la calle—.

—Lo sé —respondió Gabriel, y por primera vez en un año, su voz sonó completamente humana, desprovista de cualquier eco sobrenatural—.

—Lo sé, y es el precio, pero hay algo más.

Helena... la entidad con la que pacté...

no me dejará salir del edificio, ha cerrado las puertas, sus sombras vigilan las ventanas, si yo salgo con los papeles, ella me paralizará o enloquecerá a los guardias para que me maten. Necesito que vos los saquéis de aquí—.

Isla lo miró largamente. En sus ojos dorados, Gabriel vio el reflejo de su propia miseria, pero también vio algo que no había visto en ningún otro ser humano: compasión, no la compasión condescendiente de los ricos, sino la compasión profunda de quien conoce el dolor y elige no devolverlo.

—No puedo caminar hasta la imprenta de la calle del Pez —dijo Isla, con una calma aterradora—. Mis pulmones están llenos de cristal, pero tengo un alumno, el hijo del zapatero. Un niño de doce años que corre por los tejados de Madrid como un gato, él puede llevar el paquete.

Gabriel sintió un alivio inmenso, pero fue efímero.

—Si el niño lleva el paquete, Helena lo interceptará, ella puede leer el miedo en los hombres, si el niño tiene miedo, ella lo encontrará.

—Entonces, el niño no tendrá miedo —dijo Isla, incorporándose con un esfuerzo visible.

Metió la mano bajo la almohada y sacó un pequeño crucifijo de madera de olivo—.

Yo bajaré con él, yo le daré el paquete en la puerta de la calle; mi presencia...

mi fe... cegará a la bestia el tiempo suficiente para que el niño escape.

—¡No! —Gabriel se puso de pie, alarmado—. Si salís a la calle, el esfuerzo os matará y si Helena os ve, os destruirá.

—Gabriel —dijo Isla, y su voz, aunque débil, resonó con la autoridad de las montañas de Soria—. Yo ya estoy muerta, la tisis solo está cerrando la puerta, pero vos... vos estáis intentando abrir la vuestra, dejadme hacer esto. Dejadme ser la última lección que os imparto—.

Antes de que Gabriel pudiera protestar, la temperatura de la buhardilla descendió bruscamente. El olor a mirra y flores marchitas inundó la pequeña estancia, anulando el olor a enfermedad. La puerta de madera se abrió lentamente, sin que nadie la tocara.

Helena de Santángel entró en la habitación. Llevaba un vestido de seda negra, sencillo, casi funerario, su belleza era cegadora, terrible, y sus ojos negros se fijaron en Isla con una mezcla de odio y fascinación.

—Así que la muerta se niega a morir —dijo Helena, su voz resonando como el hielo al quebrarse—.

Gabriel se interpuso entre Helena y la cama. Sacó su derringer del bolsillo, aunque sabía que las balas no servían de nada contra ella. —¡Dejadla en paz! ¡El pacto es conmigo!

Helena sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos. —El pacto es con vuestra voluntad, Gabriel y vuestra voluntad está a punto de romperse. Mirad—.

Helena levantó una mano pálida y señaló a Isla.

La maestra soltó un grito ahogado, se llevó las manos al pecho, arqueando la espalda.

El crucifijo de madera se le escapó de los dedos y cayó al suelo, la sangre comenzó a brotar de sus labios, no en un hilo, sino en un flujo oscuro y constante, manchando las sábanas blancas.

—¡No! —rugió Gabriel. Apuntó a Helena y apretó el gatillo, el estruendo del arma fue ensordecedor en la pequeña habitación.

La bala atravesó el pecho de Helena como si fuera de humo, impactando contra la pared de ladrillo. Helena ni siquiera parpadeó.

—No puedo matarla, Gabriel —susurró Helena, acercándose a la cama—. Pero puedo acelerar lo que ya es inevitable, puedo hacer que sus últimos segundos sean un infierno de agonía, a menos que...Helena miró a Gabriel.

—A menos que rompáis el papel, quemad la confesión, aceptad vuestro trono y la dejaré morir en paz, como una mártir. Si entregáis esos papeles, la haré sufrir cada segundo de sus últimos minutos, y luego me llevaré su alma antes de que pueda recibir la extremaunción.

Gabriel miró a Isla, la joven lo miraba desde la cama, con el rostro pálido como la cera, ahogándose en su propia sangre, pero en sus ojos no había súplica. Había una instrucción silenciosa, clara y luminosa. No cedáis.

Gabriel bajó el arma. Miró a Helena 7 luego, miró el paquete sobre la mesa.

Comprendió que este era el verdadero juicio del alma, no era un juicio de fuego y demonios, era un juicio de amor y de egoísmo.

¿Amaba a España más que a su propio orgullo?

¿Amaba a aquella mujer más que a su propia seguridad? —

Dio un paso hacia la mesa. Helena sonrió, creyendo que iba a coger el paquete para quemarlo, pero Gabriel no cogió el paquete, cogió el quinqué de petróleo que ardía en la mesa de noche.

—Si el fuego es lo que queréis —dijo Gabriel, con la voz tranquila de un hombre que por fin ha encontrado su verdadera patria—, os daré fuego.

Con un movimiento rápido, Gabriel volcó el quinqué sobre las cortinas de la ventana y sobre la pila de ropa sucia del rincón, las llamas prendieron con una voracidad espantosa, alimentadas por el aceite y la tela seca. El humo comenzó a llenar la habitación en segundos.

Helena retrocedió, su rostro deformado por una furia sobrenatural, el fuego, el fuego físico y real, la repelía, no porque la quemara, sino porque era la única fuerza de la naturaleza que no podía controlar, la fuerza que consumía y purificaba.

—¡Coged el paquete, Isla! ¡Por la ventana, al tejado! —gritó Gabriel, tosiendo ante el humo.

Isla, con un último esfuerzo, rodó fuera de la cama, cogió el paquete del suelo y, apoyándose en Gabriel, se arrastró hacia la ventana abierta, donde el niño de los tejados ya esperaba.

Gabriel se quedó en el centro de la habitación, tosiendo, rodeado por las llamas que comenzaban a devorar la madera.

Miró a Helena, que lo observaba desde el umbral, con el rostro contorsionado por el odio.

—Habéis perdido, —tosió Gabriel,sintiendo cómo el calor del fuego le quemaba la piel, un calor que, por primera vez en un año, le resultaba agradable—. Me habéis quitado el alma, pero no habéis podido quitarme la voluntad.

Y mientras el techo de la buhardilla comenzaba a crujir, Gabriel de Valera cerró los ojos y, por primera vez desde que bebió en el cáliz de la cripta, rezó. No para pedir perdón, sino para dar las gracias.