EL PLOMO EN LA PLAZA
Llegó el mes de junio a Madrid, y con él, un calor seco y asfixiante que no traía la promesa de la cosecha, sino el polvo de la miseria. La España de los salones seguía girando en su vals de frivolidad, ajena a que los cimientos del edificio crujían.
En los barrios populares, en las buhardillas de Lavapiés y en los sótanos inundados de la Latina, el precio del pan había alcanzado un nivel que hacía que las madres miraran a sus hijos con los ojos llenos de un terror mudo, las concesiones mineras, los desahucios en los campos y la leva forzosa para las guerras de ultramar habían colmado la copa.
El pueblo, ese ente colérico y ciego que los ministros despreciaban en los despachos y temían en las alcobas, decidió que ya no tenía nada que perder.
El motín comenzó en la Plaza de la Cebada al mediodía.
Lo que empezó como un grito de una vendedora a la que la Guardia Civil le había volcado el puesto de naranjas, se transformó en una hora en una marea humana que bajaba por la calle de Toledo, engrosada por jornaleros, aprendices de herrero, mujeres de rostro curtido y hombres con los puños cerrados y la mirada encendida por el hambre, no llevaban banderas políticas, ni gritaban consignas republicanas o carlistas.
Gritaban una palabra antigua y terrible: ¡Pan!
En el despacho del Ministro de la Gobernación, el aire acondicionado por los grandes bloques de hielo que los criados traían de la sierra, no lograba mitigar la tensión.
Gabriel de Valera estaba de pie junto al balcón que daba a la plaza, abajo, el rugido de la multitud sonaba como el de un animal herido.
Cárdenas entró en la estancia, pálido como un difunto, sosteniendo un parte militar.
—Excelencia... La multitud ha superado los cordones de seguridad, el capitán de la Guardia Civil solicita órdenes, dicen que si no se dispersa a la muchedumbre, tomarán el Ministerio.
Gabriel no se giró, sus ojos, fijos en el cristal, veían los rostros deformados por la ira de los hombres y mujeres que luchaban contra los piquetes.
—Que formen en línea de fusilamiento en la escalinata —ordenó Gabriel, con la voz plana, desprovista de emoción—. Que carguen los Remington, pero que no disparen hasta que yo lo ordene desde el balcón.
Cuando Cárdenas salió, el olor a mirra y flores marchitas inundó el despacho, anulando el aroma del hielo.
Helena de Santángel se materializó junto a la chimenea apagada, no llevaba luto, sino un vestido de verano color crema, tan luminoso y cálido que resultaba obsceno en aquella habitación cargada de presagios.
—El rebaño se rebela, Gabriel —dijo ella, con un tono de complicidad, como si comentaran el clima—.
Es la consecuencia natural de las leyes que habéis firmado.
Les quitasteis sus tierras, y ahora vienen a pediros vuestras cabezas.
¿Qué vais a hacer? ¿Hablarles de progreso? ¿Ofrecerles más decretos?—
—Voy a dispersarlos —respondió Gabriel, sin mirarla—. Usaré el Don, proyectaré calma, les haré sentir el sueño, el cansancio, el deseo de volver a sus casas sin derramar una gota de sangre.
Helena soltó una risa baja, un sonido que hizo vibrar los cristales del balcón.
—¡Qué ingenuidad tan conmovedora! Creéis que podéis usar mi veneno como si fuera agua bendita, creéis que podéis manipular la voluntad de tres mil hambrientos para que se vayan a dormir. Hacedlo, Gabriel, mostradme vuestro poder, sed el pastor que calma a las ovejas—.
Gabriel apretó los dientes, salió al balcón. El calor de la plaza lo golpeó como un mazo físico, el ruido era ensordecedor. Al ver la figura del Ministro en la balconada, los gritos se intensificaron, se alzaron puños, se lanzaron piedras que rebotaron inofensivas contra la piedra del Ministerio.
Gabriel cerró los ojos. Respiró hondo, buscó en su interior la fuente de aquel poder frío y mineral que había bebido en la cripta, lo canalizó hacia sus manos, hacia su mirada, hacia su voluntad. Abrió los ojos y clavó la vista en la multitud.
Calma, ordenó en su mente, empujando la voluntad con toda su fuerza, volved a vuestras casas, no hay odio aquí, solo cansancio. Dormid.
Sintió el poder fluir, una onda invisible que barrió la plaza, pero en el instante en que la voluntad de Gabriel tocó las mentes de los hombres abajo, Helena intervino.
No bloqueó el poder de Gabriel. No lo detuvo, lo que hizo fue mucho más sutil y mucho más atroz: invirtió el espejo.
Tomó la empatía que Gabriel sentía por el sufrimiento de la multitud, el dolor que él conocía tan bien, y lo proyectó no en el pueblo, sino en las mentes de los cien guardias civiles que formaban en la escalinata, con los dedos temblando en los gatillos de sus rifles.
Los guardias no vieron de repente a sus compatriotas hambrientos, a través del filtro envenenado por el Diablo, los guardias vieron a una horda de demonios, a monstruos sedientos de su sangre, a las sombras de sus propios pecados viniendo a arrastrarlos al infierno.
El terror sobrenatural, absoluto y paralizante, se apoderó de la línea de fusilamiento.
El capitán de la Guardia Civil, un hombre joven que hasta ese momento había mantenido la disciplina, soltó un alarido de pánico animal.
—¡Fuego! ¡Fuego, por el amor de Dios! —chilló, retrocediendo y disparando su arma al aire. El estruendo de cien rifles Remington cargados con pólvora negra y plomo rompió el aire de Madrid.
Gabriel, en el balcón, vio cómo la primera línea de la multitud saltaba por los aires, vio cómo los cuerpos, un segundo antes llenos de ira y de vida, se convertían en sacos de carne destrozada; vio a una mujer con un chal rojo caer de rodillas, con el pecho agujereado, intentando sostener algo que se le escapaba de las manos, a un niño de no más de ocho años, que había ido a buscar pan, quedar tendido boca abajo en los adoquines, con la sangre mezclándose con el polvo seco de la plaza.
El humo blanco de la pólvora cubrió la plaza como un sudario, los gritos de dolor reemplazaron a los de ira. La multitud, aterrorizada, se dispersó en una estampida ciega, dejando atrás a los muertos y a los moribundos.
Gabriel se quedó aferrado a la barandilla de hierro del balcón, sus nudillos estaban blancos, el calor del sol de junio le quemaba la nuca, pero él tiritaba.
Helena estaba a su lado en el balcón, no lo miraba a él; miraba la plaza con la satisfacción tranquila de un jardinero que acaba de podar un arbusto rebelde.
—¿Veis, Gabriel? —susurró ella, y su voz sonaba como el roce de la seda sobre el mármol—.
—Intentasteis usar mi poder para la paz y mi poder solo sabe crear cadáveres.
La herramienta define el resultado, no podéis construir una casa de Dios con el martillo del Diablo, el pueblo no se ha calmado; ha huido y mañana, cuando entierran a sus muertos, no os odiarán a vos, odiarán a la monarquía, a la Iglesia, a la República.
Habéis sembrado el desorden, y yo he cosechado—.
Gabriel no respondió. No podía, bajó la mirada hacia la plaza, el humo se estaba disipando.
Los guardias, recuperándose del pánico sobrenatural, miraban sus rifles con horror, sin comprender qué les había ocurrido y en el centro de la escalinata, el cuerpo del niño de ocho años yacía inmóvil, de su mano abierta, medio oculta bajo el cuerpo sin vida, rodó lentamente un mendrugo de pan negro, manchado de sangre.
En ese instante, la última ilusión de Gabriel de Valera murió.
Comprendió, con la claridad devastadora de los iluminados y los condenados, que Fray Bartolomé de las Cuevas tenía razón, él no era el cirujano de España, era la enfermedad.
Su sola presencia en el poder, su sola existencia como instrumento de la Mano Invisible, era un veneno que se filtraba en las venas de la nación.
Mientras él respirara y ocupara ese despacho, España seguiría sangrando.
No había reforma posible, no había ley que pudiera dictar para enmendar esto, no había discurso hipnótico que pudiera devolver la vida al niño de la plaza.
Gabriel soltó la barandilla, se giró lentamente hacia Helena.
Su rostro, que había sido una máscara de granito durante meses, se había transformado.
Las arrugas alrededor de sus ojos se habían marcado profundamente; parecía un hombre de sesenta años, vencido por el peso de los siglos, pero sus ojos...
sus ojos ya no estaban vacíos, ardían con una luz terrible, oscura y decidida.
—Tenéis razón, Señora —dijo Gabriel, y su voz sonó extrañamente serena, desprovista de todo eco sobrenatural, completamente humana—. La herramienta define el resultado y yo soy la herramienta equivocada.
Helena frunció el ceño, detectando un matiz en su tono que no le gustó. —¿Qué estáis diciendo, Gabriel?
—Estoy diciendo que habéis ganado la batalla de la plaza —respondió Gabriel, caminando hacia el interior del despacho, pasando por su lado sin mirarla—. Pero la guerra ha terminado.
Entró en el estudio y cerró las puertas de roble tras de sí, se acercó a su escritorio, sacó del bolsillo interior de su abrigo el pergamino de Fray Bartolomé y el cuaderno de tapas negras de Isla Morell, los colocó uno junto al otro sobre la madera bruñida.
Helena entró en la estancia un segundo después.
—¿Qué hacéis? —exigió saber, y por primera vez, su voz no sonó burlona. Sonó imperiosa.
Gabriel tomó su pluma de ganso. Mojó la punta en el tintero.
—Voy a redactar mi dimisión —dijo Gabriel, sin levantar la vista—.
Y después, voy a redactar mi confesión, cada asesinato, cada decreto infame, cada pacto con los caciques, cada nombre.
Lo haré imprimir en diez mil panfletos y los haré repartir por las calles antes del amanecer, luego, convocaré a la prensa extranjera y a los embajadores, les diré la verdad, diré que el Ministro de la Gobernación es un asesino y un vendido.
Helena dio un paso hacia él. El aire a su alrededor crepitaba con una energía oscura.
—Si hacéis eso, Gabriel, el pueblo os linchará antes de que el juez pueda deciros la sentencia, os fusilarán en el patio de la cárcel, perderéis vuestro nombre, vuestro honor, vuestro legado; seréis recordado en los libros de historia como el mayor traidor y el mayor monstruo que ha parido España.
¡Vuestro alma arderá en el infierno por la eternidad! —
Gabriel levantó la vista. La miró a los ojos negros y profundos y sonrió.
—El infierno ya lo habito, Helena y prefiero arder en él con la conciencia de un hombre, que gobernar el paraíso con el alma de un demonio.