EL ESPEJISMO DE LA HISTORIA
El llamado "Pasillo de los Pasos Perdidos" en el Palacio de las Cortes era una obra maestra de la arquitectura liberal: una galería inmensa, flanqueada por columnas de mármol blanco y espejos de Venecia, proyectada para que los diputados deambularan, conspiraran y perdieran el tiempo entre el hemiciclo y la puerta de la calle.
Aquella mañana de julio, sin embargo, el pasillo estaba desierto, los diputados habían huido a sus despachos o a sus casas, aterrados por los panfletos que incendiaban Madrid. El silencio en la galería solo era roto por el eco rítmico y desigual de las botas de Gabriel de Valera.
Caminaba con dificultad, las quemaduras de sus manos y su rostro tiraban de la piel con cada movimiento, un dolor palpitante y humano. Con cada paso, dejaba una leve mancha de hollín y sangre seca sobre el mármol immaculado.
No iba hacia la salida. Iba hacia el hemiciclo, hacia el centro del poder que había construido y que ahora iba a destruir.
A mitad del pasillo, bajo la luz fría que se filtraba por los tragalucios, el aire se espesó, el olor a sudor y a carne quemada de Gabriel fue anulado, una vez más, por el aroma dulce y letal de la mirra y las flores marchitas.
Helena de Santángel estaba apoyada contra una de las columnas de mármol, su rostro no mostraba la furia demoníaca de la buhardilla en llamas, mostraba algo mucho más terrible: una melancolía profunda, casi humana, la resignación de un jugador que acaba de ver cómo su oponente ejecuta una jugada imprevista.
—Os habéis quemado, Gabriel —dijo ella, su voz con una claridad cristalina en la galería vacía—.
Habéis perdido vuestro rostro, vuestro poder y vuestro nombre y todo por un papel impreso en tinta barata que, antes de que el sol alcance su cenit, los mismos hombres que os vituperan habrán utilizado para negociar sus propias prebendas.
Gabriel se detuvo. No sacó el arma; ya no la llevaba, se limitó a mirarla, respirando con dificultad debido al humo que aún anidaba en sus pulmones. —He venido a rendir cuentas, Helena. No a negociar.
Helena soltó una risa suave, desencantada. Se separó de la columna y caminó lentamente hacia él.
—Qué terco sois, mi querido cirujano, creéis que estáis a punto de dar el golpe de gracia al sistema, que vuestra confesión pública, vuestro martirio en el patio de la cárcel, será el punto de inflexión de la historia de España, pero dejad que os muestre vuestro verdadero destino. Dejad que os muestre vuestro Yuste—.
Helena levantó la mano. Los espejos de Venecia a lo largo del pasillo dejaron de reflejar el mármol, en su lugar, las lunas se llenaron de imágenes, nítidas y crueles, como ventanas abiertas al futuro.
Gabriel vio las Cortes en sesión extraordinaria, vio a los diputados leyendo su confesión, el escándalo, los gritos, la dimisión del gobierno; pero luego, el espejo avanzó en el tiempo, vio a los mismos diputados, semanas después, repartiendo los cargos de Gabriel entre ellos, vio que las leyes opresivas no se derogaban, sino que se renombraban, que los caciques de los pueblos no eran destituidos, sino reemplazados por primos y yernos de los nuevos ministros, que la maquinaria de la Restauración, ese monstruo de inercia y frivolidad, simplemente digería la verdad de Gabriel y la excretaba como una nueva mentira conveniente.
—¿Lo veis? —susurró Helena, acercándose a su oído—.
—La historia no se mueve por las confesiones de los grandes hombres, Gabriel, la historia es un río de lodo que fluye por su propia inercia.
Vuestra verdad no salvará a España, solo cambiará los nombres de los verdugos, vuestro sacrificio es inútil, vuestra humildad es solo la última y más refinada forma de vuestra vanidad.
Queréis morir como un mártir para que la historia os recuerde, pero la historia os olvidará en una semana.
Este pasillo será vuestro monasterio de Yuste, el lugar donde comprenderéis que vuestro imperio fue de arena, y que vuestra penitencia no ha servido para nada—.
Gabriel miró los espejos. Vio la miseria, la corrupción, la inmensa y aplastante estupidez del sistema político español.
Helena tenía razón, la dialéctica de la historia era implacable, su confesión no detendría los desahucios, no llenaría las barrigas vacías de Lavapiés, no devolvería la vida al niño de la Plaza de la Cebada.
El mundo seguiría siendo un lugar cruel, gobernado por hombres mezquinos.
La tentación que Helena le ofrecía no era el fuego del infierno, era el nihilismo, la paz cínica de rendirse, de aceptar que nada importa, de volver a sentarse en el trono y reírse de la comedia humana.
Gabriel cerró los ojos, el dolor de sus quemaduras latía en su piel y en medio de ese dolor, buscó un recuerdo.
No buscó a los generales, ni a los diputados, ni a la Patria con mayúscula, buscó el rostro del niño de los tejados, corriendo con el paquete de la verdad, buscó los ojos dorados de Isla, mirándolo desde la cama de la buhardilla, pidiéndole que no cediera, el mendrugo de pan negro manchado de sangre en los adoquines.
La historia es un río de lodo, pensó Gabriel, pero yo no soy el río, no soy el grano de trigo. El grano de trigo no salva al río, el grano de trigo solo tiene que morir para dar fruto, aunque sea para una sola alma.
Gabriel miró a Helena. Y por primera vez desde que la conoció en la estación del Mediodía, sintió lástima por ella.
—Tenéis razón, Helena —dijo Gabriel, y su voz, ronca por el humo, sonó más fuerte que el eco de sus botas en el mármol—.
Mi confesión no salvará a España, España se salvará a sí misma, o se condenará, por la suma infinita de las pequeñas acciones de millones de hombres que ni vos ni yo conocemos.
La historia no la hacen los Ministros ni los Demonios, la hacen las maestras que enseñan a leer en las ermitas, y los niños que corren por los tejados.
Helena frunció el ceño, la imagen en los espejos comenzó a temblar.
—Mi sacrificio no es para la historia —continuó Gabriel, dando un paso hacia ella—.
Mi sacrificio es para mí, es para el hombre que fui antes de beber en vuestro cáliz, no me importa si el sistema me digiere, me importa que yo no me deje digerir, que cuando cierre los ojos, no vea vuestro rostro, sino el de ellos.
—¡Sois un necio! —gritó Helena, y por un segundo, su rostro se desfiguró, revelando la antigüedad terrible y el vacío absoluto que habitaba tras la máscara de belleza—. ¡Moriréis escupido por la nación que amáis! ¡Vuestro nombre será sinónimo de traición!
—Lo sé —sonrió Gabriel, y la sonrisa le arrancó la costra de sangre en la comisura de los labios—. Y es un precio que pago con gusto, porque al pagarlo, os devuelvo lo único que os niega el poder: mi libertad.
Helena lo miró, la furia en sus ojos negros se apagó, reemplazada por una comprensión gélida.
Comprendió que había perdido, no porque Gabriel fuera más fuerte, ni más inteligente, ni más santo, lo había perdido porque Gabriel había dejado de desear el poder, y el Diablo solo tiene dominio sobre aquellos que desean.
La figura de Helena comenzó a desvanecerse, volviéndose translúcida como el humo de un cigarro en una habitación ventilada, el olor a mirra fue barrido por una corriente de aire fresco que venía de los ventanales.
—Nos veremos en el abismo, Gabriel —fue lo último que susurró la voz, ya sin eco, disolviéndose en el aire—. Y allí, no habrá espejos que os consuelen.
—Lo sé —respondió Gabriel a la soledad del pasillo—. Pero llevaré mi propia luz.
Gabriel reanudó su marcha, sus botas dejaron de sonar contra el mármol, pues al final del pasillo, la pesada alfombra de lana roja del hemiciclo amortiguaba sus pasos.
Llegó ante las grandes puertas de caoba que daban acceso a la sala de sesiones, al otro lado, podía escuchar el murmullo furioso y aterrorizado de los diputados que, convocados de urgencia por la Presidencia, debatían a gritos cómo enfrentar la marea de panfletos que inundaba Madrid.
Estaban discutiendo sobre el poder, sobre la inercia, sobre la mentira.
Gabriel levantó su mano quemada, negra por el hollín y envuelta en vendajes improvisados, y la apoyó en la fría manija de bronce. No sintió miedo, no sintió duda, solo sintió la inmensa, pesada y gloriosa carga de ser, simplemente, un hombre.
Empujó la puerta, y la madera crujió, abriéndose hacia el hemiciclo.